Luis de Tejeda

“El peregrino en Córdoba”

 

La lengua es la única nacionalidad de un escritor, decía Octavio Paz. La lengua española hermana a Tejeda con Cervantes y Borges...

 

Lenguaje y destino. Invención de un tiempo donde la realidad es revelación, concepción de una obra, exploración de territorios donde convergen los poderes del silencio y la palabra.

 

Hablar de principios impone una búsqueda emocional y denodada. Iluminar espacios sombríos, reducir  distan-cias; como tentativa de recobrar signos, evidencias, viajes imaginarios hacia imposibles encuentros, hacia la para-dójica época donde los mundos contendían por lograr su preeminencia.

 

El mundo de la raíz, del mito; y su opuesto, el de la profecía, el del advenimiento.

 

...Y el poeta en la evocación aletargada por tanta bruma de siglos, por tanto sueño hecho jirones.

 

Memoria que pudo ser una invención. Voz que nos llega involuntariamente, impersonal, casi cegada.

 

Tejeda es un momento de la ausencia, habitante de un país irreal al que accedemos por la pureza de la palabra y aun por sus asperezas.

 

Con las señales de orientación que disponemos para trasponer los territorios, para unirlos, para llegar al momento estricto de la gestación de lo real.

 

Tejeda - lugar de confluencias - palabra que pareciera no haber querido ir más allá de su cronología, de sus relumbres y sombras.

 

Donada a un tiempo imaginario, a las manos que la pudieron exhumar...

 

Luis José de Tejeda y Guzmán nació en 1604 en Córdoba del Tucumán, provincia dependiente del Virreinato del Perú. Cuando se estableció en las Indias una sociedad virreinal formada por los descendientes de los conquistadores y la sangre indígena.

 

El cambio social instituido fue notorio en las letras, que fluyeron del género histórico de las Crónicas y la literatura de la evangelización, a una literatura cortesana que reflejaba la educación escolástica difundida desde México y Perú hacia todos los dominios...

 

Durante el siglo XVII hizo su aparición en América el arte Barroco. El virreinato de Indias - universo cerrado de singular refinamiento - era un lugar muy apto para el florecimiento de un estilo erudito e ingenioso.

 

Pero el gran desafío del Barroco, sería conciliar y asimilar en sus procedimientos la expresividad de las culturas indígenas...

 

El ansia de conocimiento universal hizo evidente la crisis del mundo colonial, incómodamente ubicado entre los desvaríos de la razón y la fe.

 

Luis de Tejeda  padeció también las controversias, que pueden ser  verificadas en todo el desarrollo de su obra...

En ese clima espiritual vivió nuestro poeta. En ese mundo que se reconstruía a sí mismo e intentaba identificarse entre sus aspectos antagónicos, entre las constantes reformas culturales y conceptuales.

 

En esa tierra indeterminada, forjada por el sueño de españoles, indígenas y criollos, donde sucedería aún: la expulsión de los jesuitas, las reformas virreinales, la revolución de mayo, el hundimiento del viejo sistema y el nacimiento de una nueva voluntad hecha patria, hecha identidad, en la ambivalencia de los tiempos comunes...

 

El precursor de la literatura en estas tierras, creció en un ambiente religioso donde se veneraba con extrema devoción a Santa Teresa.

 

Cursó estudios en el Colegio Máximo de los jesuitas, donde obtendría en 1623 el bachillerato en artes. Personalidad múltiple, de gran vigor y dinamismo, habría de emprender disímiles tareas; desde complejas funciones burocráticas hasta arriesgadas campañas militares...

 

Un acontecimiento especial en su vida, puso freno a sus aventuras amorosas juveniles. Su padre, Juan de Tejeda, lo obligó a casarse con doña Francisca de Vera y Aragón.

El desamor en la relación provocó la infidelidad del poeta, o tal vez la represalia al forzoso mandato.

 

A pesar de los devaneos de su vida disipada, Luis de Tejeda pudo forjar interiormente el rígido carácter del soldado y la férrea disciplina militar...

 

Fue capitán de infantería, actuó en la defensa de Buenos Aires contra los piratas holandeses que la asaltaron, y desarrolló una extensa campaña contra los indios. Concluidas las operaciones militares volvió a Córdoba. Muerto su padre, se hizo cargo de la administración de sus bienes y ejerció distintas funciones públicas.

 

Alférez y procurador (1634), alcalde ordinario y regidor (1657) y teniente general y maestre de campo del gobernador (1660).

 

Hacia 1661 debió afrontar un grave conflicto. Por despotismo y arbitrariedad en sus procedimientos la Audiencia decretó su prisión y la confiscación de sus bienes, por lo que se vio obligado a refugiarse en un convento y luego huir a las sierras, hasta que en 1663 entró como novicio en el convento de Santo Domingo, en el cual tres años más tarde profesó y vivió hasta su muerte (1680)...

 

En el texto de sus poemas utiliza la expresión  Peregrino en Babilonia, que luego recogería el crítico literario y poeta argentino Ricardo Rojas, para titular la colección de sus trabajos.

 

Las obras de Tejeda son en prosa y verso y en el códice original figuraban con el encabezamiento de “Libro de varios tratados y noticias”.

 

Algunos de sus poemas fueron publicados en la “Revista de Buenos Aires”, el año 1867, pero más tarde, perdido el códice original no se volvió a mencionar su nombre. Hasta que Ricardo Rojas en 1915 encontró los manuscritos en la Biblioteca Nacional.

 

Al año siguiente editó la obra de Tejeda con el título de “El peregrino en Babilonia”, y la incluyó en el tomo X de su “Historia de la literatura argentina”...

 

Tejeda consideraba su vida secular como una larga peregrinación a la ciudad santa, muchas veces interrumpida por sus estancias en la ciudad del vicio, Babilonia. De ese modo construyó poéticamente dos orbes opuestos, uno del pecado, Babilonia y otro de la virtud, Jerusalén.

 

El Romance de su vida es un relato autobiográfico bastante extenso, al que sigue otro de temas religiosos en su mayoría que tituló “Soledades, donde  interrumpiendo el relato de su vida, describe los pasos de La Pasión.

 

Tejeda realizó una especie de breviario marial dividido en dos partes: la primera integrada con la historia de la Santísima Virgen, que comienza con las redondillas que dedicó a la jura y publicación de la bula de Alejandro VII sobre el misterio de la Inmaculada Concepción, y con el comentario en prosa sobre un sermón pronunciado en 1663, y concluye con el Fénix de Amor y su explicación en prosa. La segunda parte consta de una versión poética de La Pasión en verso y prosa – los textos acerca de la meditación que forman el Rosario – el más popular de los ritos de culto dedicados a la Virgen.

 

La obra de Tejeda recibió la influencia de sus lecturas. Valdivieso, Lope de Vega y Góngora se hacen visibles a través de sus versos.

 

Ricardo Rojas es quien señala enfáticamente la influencia de Góngora en Tejeda y lo advierte particularmente en su soneto a Santa Rosa de Lima.  En un fragmento del estudio preliminar que el crítico escribió para “El peregrino en Babilonia”, leemos: “He dicho que Tejeda conocía a Góngora. Su influjo se siente en el tercer y cuarto verso de su soneto a Santa Rosa

 

“Entre las rosas sol es ya del prado / Crepúsculo de olor, rayo de rosa”, si es que no preferís hallarlo en el aire general de la composición y en su oscuridad culterana. Sabido es que Góngora murió en mayo de 1627, treinta años antes de que Tejeda escribiera. La reputación del poeta español estaba entonces en su apogeo...”

 

Ciertos críticos no son benévolos con Tejeda, su culteranismo es desdeñado por muchos.

 

Si bien se destaca en los temas religiosos por sobriedad y elegancia expresiva, su creatividad decae  en los relatos biográficos, demostrando que sólo la exaltación de lo sagrado lo convierte en un notable poeta.

 

Su vida y su obra están nutridas de sucesos extraordinarios y de una permanente confrontación de valores.

 

Su retiro penitente le abrió un espacio de plena luz, donde fueron diluyéndose las imágenes del oprobio. Desde allí, el peregrino emprendería decididamente su camino hacia Jerusalén.

 

La reseña vital se agota en algún punto...  y en algún punto se manifiesta como un problema insoslayable la nacionalidad de Tejeda.

 

¿A qué Argentina perteneció el poeta, a la que emerge como un vocablo relumbrante, casi como un animal mítico, en el relato poético de Martín del Barco Centenera publicado en Lisboa en 1602?

 

¿O al mismo topónimo que resurge diez años más tarde utilizado por el cronista español Ruy Díaz de Guzmán en su crónica en prosa titulada La Argentina. Del  descu-brimiento, población y conquista del Río de la Plata?

 

...Lejos de las denominaciones alusivas y de las  promul-gaciones legales – el nombre oficial del país como República Argentina aparece en un decreto sancionado  el 1 de octubre de 1860 por el entonces presidente Santiago Derqui – Tejeda puede considerarse el primer poeta nacido en aquellas primitivas y convenciona-les  ”argentinas” del sur de América...

 

En consecuencia nos preguntamos si su obra nos pertenece, si somos sus legítimos receptores.

 

Diferencias... tal vez poco significativas.

 

Confuso, inaprensible, aparece el recuerdo. Inviolable a veces, usurpado otras tantas.

 

Astro perdido en su limitado espacio...

 

Imagen de sobrenatural esencia proyectada como un designio, en la trama de los días y las noches que prefiguran un lugar.

 

Un lugar irreductible donde se detiene el tiempo. El tiempo incierto, separado del destino peregrino, a la sombra de sus sitios encantados...

 

Donde unas manos al despertar, concilian oposiciones y desencuentros, en el azaroso hallazgo, en la gravitación de las incógnitas horas que alcanzan para rescatar a Tejeda para la poesía... para los dominios inextinguibles de su porvenir.

 

Héctor Rico

Escritor y poeta argentino.

Buenos Aires, febrero de 2005.

 

 

 

BIBLIOGRAFIA

 

Literatura Hispanoamericana y Argentina - Alfredo Veiravé

 

Literatura Americana y Argentina  - René Bastianini y Laura B. de Molina y Vedia

 

Enciclopedia de la Literatura Argentina – Pedro Orgambide y Roberto Yahni

 

El peregrino en Babilonia  - Ricardo Rojas

 

El origen de los nombres de los países del mundo  - Edgardo Otero