Manuel José de Lavardén en la escena literaria

del Río de la Plata (1754-1808)

 

El nombre de mi país, Argentina, tiene un origen literario, muy anterior a la existencia de la nación. Ya había aparecido, un poema llamado La Argentina, escrito por Martín del Barco Centenera (1544-1605), en el año 1602. Es en rigor la primera obra escrita por un hijo de la tierra. El título de éste poema gravó a fuego el famoso latinismo equivalente a Río de la Plata. Río de la Plata, significaba nada menos, que invocar a las Indias Meridionales.

 

De una manera sencilla, recatada, tanto el Renacimiento, como el Barroco y el Neoclasicismo se hicieron presentes, en la literatura colonial de América del Sur - desde el siglo XVI hasta comienzos del siglo XIX -. La cultura hispana esparcía estas simientes en América, si bien en el siglo XVII, el barroco rioplatense es pobre, si se lo compara con otros del continente. Pero como un designio, la colonización del Río de la Plata, coincide con los primeros  rayos de luz que emanaban del Siglo de Oro Español.

 

Los ecos de los clásicos españoles y de los enciclopedistas franceses, recorrían los claustros de la Universidad de Chuquisaca en la actual República de Bolivia, donde las imprentas jesuitas forjaban amalgamas con la lenguas indígenas. Allí el barroco surgía en forma imitativa, entre los versos culteranos seguidores de Góngora.

 

Pero   la   corriente   de   pensamiento  que  nos  ocupa,  el neoclasicismo, llegó al Río de la Plata en la última época del período colonial de nuestra literatura - entre 1700 y 1830 - Como bien sabemos, esta corriente surgía en Europa como reacción contra los excesos del Barroco.

 

De los 11 virreyes que tuvo el Río de la Plata, en la actual ciudad de Buenos Aires, fue Don Juan José de Vértiz y Salcedo, el Virrey de las Luces, el único de origen americano que había nacido en México, quien encendería con mayor énfasis la llama cultural de esta colonia. En ése entorno, es donde  estudia abogacía nuestro poeta, José Manuel de Lavardén, como tantos ilustres rioplatenses pero con una pátina especial.

 

Las leyendas presagiaban que remontando el Río de la Plata, se llegaba a las regiones de Oro y Plata. Los viajeros de esta época reflejaban aspectos geográficos y del ambiente. Allí, entre el testimonio de los bosques, de los camalotes arrastrados por la corriente del río, del colorido que conjuran las flores y los pájaros, surge la mirada de nuestro poeta en su canto Oda al Paraná:

 

“….augusto Paraná, sagrado río,

primogénito ilustre del océano

que en el carro de nácar refulgente

tirado de caimanes recamados

de verde y oro, vas de clima en clima

de región en región, vertiendo franco

suave verdor y pródiga abundancia

tan grato al portugués como al hispano.

 

En momentos en que se produce la bajada de sus aguas, Juan Manuel de Lavardén, canta a la hermosura y también a la fecundidad de este río, al desborde de riquezas que nos deja en sus riberas.

 

En otro momento de Oda al Paraná, nos dice:

 

…si las sencillas ninfas argentinas

contigo temerosas profugaron

y el peine de carey allí escondieron

con que pulsan y sacan sones blandos

en liras de cristal, de cuerdas de oro

que os envidian las deas del Parnaso.

 

Aquí su decir expresa con proverbial delicadeza, la contemplación de ciertos dones, de cierta gracia, de la mujer americana.

 

Y más adelante, percibimos un recogimiento de gratitud hacia el Río Paraná, junto a su clamor a la tierra española, al decir:

 

“…no quedarás sin premio, ¡premio santo!

llevarás guarnecidos de diamantes

y de rojos rubíes, dos retratos,

dos rostros divinales que conmueven,

uno de Luisa es, Otro de Carlos…”

 

Este poema aparecería en el primer número del periódico El Telégrafo Mercantil, Rural, Político, Económico e Historiográfico del Río de la Plata - el primero de abril de 1801 -. Desde la prensa, Lavardén manifestaba su preocupación por las haciendas, por el libre comercio, por el cuidado de los puertos y además como el mismo decía "…la poesía que todo lo anima y hace llevaderas las tareas más estériles…"

 

En el aspecto literario, los modelos preferidos fueron los antiguos poetas latinos, Virgilio y Horacio. Como sabemos éste último tenía en España un gran admirador: Fray Luis de León.

 

En nuestro medio, el Neoclasicismo comenzó a ejercer influencia luego de la expulsión de los jesuitas (1767) y bajo las directivas del liberalismo borbónico. Fue coincidente con la aparición de las nuevas ideas enciclopedistas francesas y su manantial de soberanía popular y de ideales republicanos.

 

Lo cierto es que Labardén, sin saberlo, anticipaba la condición de los versificadores rioplatenses, los cuales en medio de las contingencias de la militancia patriótica, debieron empuñar a un tiempo la pluma y la espada, siendo tanto soldados como poetas. Con su delicadeza, su contagiosa erudición, sueña con clavarle un par de alas a la cultura artística de la colonia, levantar el brillo de las letras en un entorno social más abierto, y este deseo, especial por entonces, lo llevará a ser el primer escritor del género dramático argentino. El, había nacido en el año 1754, quiere decir que sus cincuenta y cinco años de vida, transcurren durante las postrimerías del período colonial. Colabora en la creación del primer teatro llamado De La Ranchería, durante el gobierno del virrey Vértiz. Un incendio acabaría con la vida de este teatro y de otras composiciones suyas, entre ellas un poema sobre La Defensa de Buenos Aires durante las Invasiones Inglesas, algunas sátiras y dos sonetos.

 

No es extraño, que la fragilidad del humildísimo galpón de  madera ,   cuyo  techo  pajizo  se  levantaba  en el gran patio de la Ranchería, hubiese sucumbido a la voracidad de las llamas, en la noche del 16 de agosto de 1792,  durante  los festejos de San Juan.

 

En el más antiguo de los periódicos publicados en Buenos Aires, en su número correspondiente al día 19 de noviembre de 1801, Lavardén insistía en la falta que hacía un teatro, y deploraba que "la preciosa capital argentina estuviese desairada sin el único solaz del hombre civil". Tres años más tarde levantábase los cimientos del Coliseo, bajo los auspicios del Cabildo, en el mismo sitio donde está construido hoy el principal de nuestros teatros, el Teatro Colón de Buenos Aires.

 

Fue bajo la paja del galpón de la Ranchería, que la musa dramática inspiró a nuestro compatriota Lavardén en la creación de la afamada tragedia Siripo, aplaudida sucesivamente por dos generaciones, antes y después de la Revolución de Mayo de 1810.

 

Pero veamos cuál es el entorno en que se desenvuelve Lavardén dramaturgo.

 

Digamos que el vecindario de Buenos Aires, fue siempre como de origen español, amante del teatro, porque ya en ocasión de los regocijos públicos de carácter oficial, asistía gustoso a los espectáculos que le proporcionaban los aficionados. Las funciones se realizaban los días domingos desde las cuatro hasta las siete y media de la tarde. Un día de noviembre del año 1747, para celebrar el advenimiento al trono del rey Fernando VI, los oficiales de la tropa de línea de la guarnición, convertidos en actores  y  maquinistas,   improvisaron un salón de teatro, representando en él, nada menos, que los dramas Las armas de la hermosura y Efectos de odio y amor, de Pedro Calderón de la Barca, con sus respectivas loas alusivas a la situación.

 

El virrey Vértiz trató de favorecer cuanto pudo las diversiones honestas, especialmente las dramáticas, empleando unas veces la energía de soldado y otras, la habilidad de hombre de mundo, para soslayar los obstáculos que levantaba contra sus miras, la palabra del púlpito. De manera, que cuando creyó oportuno el establecimiento de un teatro público, puso esta idea profana bajo el amparo de los sentimientos de la caridad, aplicando el producto de la casa de comedias, al mantenimiento de los Niños Expósitos; y para vencer del todo las resistencias de los espíritus timoratos, se rodeó de una especie de consejo, de personas de crédito y de ilustración, que purgasen las piezas que se representaban de cuanto pudiera servir de escándalo al público y de mal ejemplo a la juventud. El sabio virrey, como él mismo lo ha dicho en su Memoria de Gobierno, tomó las más estrechas providencias para que no se cometiesen desórdenes por los asistentes al teatro y como era uno de los concurrentes infalibles a las funciones, disimulaba la verdadera razón de su asiduidad, con la obligación en que se creía de imponer compostura a los demás asistentes, con el respeto de su persona.

 

¿Cuál habría sido la inspiración de nuestro poeta, para la creación de su  tragedia Siripo?   Entre la magia de las leyendas y crónicas, nuestro primer historiador, Ruy Díaz de Guzmán, había retomado la palabra Argentina.

 

La obra en prosa de este cronista mestizo, de origen americano, se llamaba Historia Argentina del Descubrimiento, Población y Conquista, e inspiró a Manuel José de Lavardén para la producción de su obra, basada en la leyenda de Lucía Miranda. La deliciosa trama en la que esta mujer andaluza, que llega al Río de la Plata con la expedición del navegante genovés Sebastián Gaboto junto a su esposo Sebastián Hurtado. Serán moradores del fuerte Espíritu Santo situado en la margen derecha del Río Paraná.

 

Recordemos que en el afán de aventuras para alcanzar renombre la mayor parte de estos primeros pobladores, hijos de principales familias, hidalgos caballeros y comendadores, no declinaban su firmeza hacia los mayores peligros. Lucía deja su cielo puro y sereno, la abnegación de su madre, sólo por seguir a su amado esposo. Tomará contacto con los indios timbúes, propagará su amistad hacia el cacique y lo acercará a la religión cristiana. Lucía será raptada por Siripo. Se produce entonces, el intercambio espiritual entre ambos mundos.

 

Los manuscritos de las leyendas y crónicas de Ruy Díaz de Guzmán, circulaban entre los escritores europeos. En los ensayos de Montaigne, en De los Caníbales, observamos el abordaje de la oposición entre civilización y naturaleza, si bien desde una perspectiva utópica, pero con datos concretos de cómo vivían los nativos en América. También los personajes de la leyendas de Lucía Miranda,  representante  de  lo maravilloso americano, vienen a ensamblarse en una de las últimas obras de Shakespeare, La Tempestad, proyectando un sorpren- dente dibujo.

 

La relación entre el intento de violación y rapto de Miranda por parte de Calibán podría indicarse - y esto es sólo una hipótesis - como una suerte de duplicación, de reflejo del rapto de Miranda perpetrado por Mangoré y Siripo. Y la tríada Próspero, Miranda, Calibán, en La Tempestad, tienen las características de la relación entre los capitanes españoles, Lucía Miranda y los caciques indígenas, como apunta Luis Astrana Marín en su Estudio Preliminar a William Shakespeare. Se trata de una lectura posible, propuesta a partir de una red de significaciones que surge del mismo y de sus interpretaciones críticas.

 

Siripo, es estrenada una noche de carnaval de 1789 y representada exitosamente hasta el año 1816, cuando se declara la independencia nacional. Aquí, un pasaje de la Escena XIII Miranda - Lucía:

 

…” Y ¿dónde iré yo sola, mujer débil?

¿Qué gruta será fúnebre reparo

a mi triste orfandad?¿Los fieros tigres

socorro me darán? Sí, serán mansos

cuando un amante, un padre y un esposo

su fiereza les roban despiadados.

¿Pero de quién me quejo? ¿Su venganza

no he provocado yo?¡No es justo pago

aqueste de mi crimen?¿Yo no he sido

quién con los ojos risueños ha mirado,

infiel a un nuevo amante que tejía

con alevosas y sangrientas manos

la guirnalda nupcial, que coronase

mi crimen y mi boda? Es necesario

que la muerte le lave. Morir debo.

Yo de mí misma juez pronuncio el fallo.

El honor lo aconseja, amor lo manda.”…

 

La pieza constaba de tres actos - algunos dicen cinco - y fue precedida de una loa, titulada La Inconclusa, cuyo texto se ha perdido. La tragedia escrita en fatigosos versos de romance endecasílabo, no nos ha llegado hasta el presente. Es evidente que el valor histórico de la obra es superior a sus méritos literarios. Pero había tomado su espacio casi sin quererlo, porque Lavardén aunque ignorado los últimos años de su vida, propicia sin embargo, el reencuentro del pueblo con la poesía más refinada y por otro lado, el  de sus cantos en la literatura con el drama, allí en el lugar luminoso de la escena, donde los latidos se encuentran… Y nacía otra epopeya, la historia del teatro argentino.

 

Mirta Cevasco

Poeta y escritora argentina

Buenos Aires, marzo de 2005

 

 

BIBLIOGRAFIA

 

 

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