Los niños del arroyo

 

ARCANITO CORRÍA POR LAS CALLES del pueblo como si fueran parte de su propia casa, si a la choza donde vivía con sus padres adoptivos se la podía llamar así. Él sólo contaba con cuatro añitos, pero su astucia y rebeldía le ayudaban, en muchos casos, a salir victorioso de sus andanzas de mendigo. Conocía muy bien el asidero que tenía que adoptar para implorar clemencia a la gente, ya fuera en la puerta de una iglesia o en la entrada de un cine. Ponía su pequeña y mugrienta gorra en uno de los escalones, y lanzaba profundos suspiros y alguna que otra lágrima, mientras temblaba como un epiléptico. La gente se compadecía y le dejaba algunas monedas, sobre todo las señoras. Él se lo agradecía con un “Dios se lo pague”; y, en muchas ocasiones, besaba la mano bienhechora.

 

Sus padres adoptivos formaban una pareja treintañera. Eran drogadictos y alcohólicos. Cogieron al niño de una señora de su propia calaña, que tampoco era su madre, con el propósito de que les sacara de algunos apuros. Cuando Arcanito volvía a la choza, siempre se reflejaba en su cara la satisfacción del deber cumplido. Desataba un mugriento trapo y vaciaba las monedas sobre la destartalada mesa. Sus “padres” se abalanzaban, ávidos, para contar el dinero; y, casi siempre, le cubrían de besos.

 

Pero el niño fue creciendo y esto originó que se guardara algunas monedas para sí, que escondía lejos de la choza, para que nadie las encontrara. Lo que suponía, entregar menos cantidad. Sus “protectores” no toleraban tal disminución y     le sometían a largas y penosas interrogaciones. Él se justificaba diciendo que la gente se había vuelto menos generosa, pero esto no convencía a la pareja que comenzó a darle palizas y malos tratos.

 

Y el pobre de Arcanito tuvo que marcharse lejos de aquellos explotadores que, sin piedad, lo maltrataban.

 

Salió de la choza como todos los días, sin intención de volver. Mas ¿a dónde iría? No tenía familiares ni amigos. Sólo tenía cuatro añitos, aunque muy bien aprovechados; ya que el año que pasó con sus padres adoptivos le fue de gran utilidad para aprender, de la escuela del arroyo, todas las astucias y picardías indispensables para poder desenvolverse solo, en medio de un mundo ingrato que no aspira a reconocer el dolor ajeno.

 

Pasó la noche con más frío que un perro de aguas; pues la dichosa manta, que recogió en un vertedero de basura, tenía más agujeros que la cortina de un bar.

 

Al día siguiente, entró en un establecimiento de poca monta y, con el dinerillo que había recolectado la víspera, pidió un vaso de chocolate muy caliente, y un “suizo”.

 

-          ¿Tienes dinero para pagar todo esto, chaval? – preguntó el dueño.

 

-          Claro que sí – respondió Arcanito.

    

Seguidamente, mostró un puñado de monedas al dueño, que las contó y las guardó en uno de sus bolsillos, diciendo:

 

-          Vete a la mesa del fondo y espera allí.

 

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Al cabo de unos minutos, el señor del bar le sirvió un gran vaso de chocolate, un “suizo” y un pedazo de torta de chicharrones.

 

Cuando terminó de comer, Arcanito no pudo por menos de exclamar:

 

-          ¡Qué bien nos lo pasamos, los ricos! ...

 

Mas, segundos después, se dio cuenta de que él no pertenecía a tal estirpe; y esto casi lo dejó sumido en la tristeza. No obstante, pronto reaccionó con tal fuerza y genio que, apretando los puños y haciendo un ademán de puesta en guardia, dijo para sí: “¡Pero, seré idiota con las comparaciones que yo me hago!. ¡Si los ricos no son más que esclavos de sus riquezas! Mientras que yo soy libre como el viento y hago lo que me viene en gana. Lo único que siento, es no haber conocido a mis padres biológicos; y, sobre todo, a mi madre, que tiene que ser una santa; o, quizás no tan santa; porque algunas veces me pregunto: “si las madres son tan buenas, ¿por qué la mía me abandonó? ...” Pero yo la perdono, fuera como fuere, siempre será mi madre y la querré como tal. Y así, me siento feliz”.

 

Arcanito salió de la taberna y puso rumbo a Madrid, porque le habían dicho que las casonas que se divisaban en el horizonte pertenecían a la capital de España. Y pensaba para sus adentros: “¿quién me iba a decir a mí que, con tan pocos años, iba a recorrer tanto mundo ¡y hasta la capital de España! ... ¡Qué alegría! Cuando sea mayor y tenga hijos, les contaré mis andanzas de niño. Seguro  que  no lo creerán”.  Y se tocaba la cara,  y todo el

 

 

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cuerpo, antes de decir: “Si no lo creen, que hagan lo que quieran, pero es verdad”.

 

 

 

 

Serían las doce del día tres de enero del año mil novecientos cuarenta y siete, cuando Arcanito pisó las calles de Madrid por primera vez en su corta vida. Estaba contento, pero un poco aturdido por las calles tan anchas, el ruido de tanto coche, tanto tranvía y carruaje tirado por caballos... La gente circulaba por las aceras, quizá con demasiada prisa. Nadie remarcaba al pobre Arcanito, con su mano tendida, implorando y pidiendo una limosna.

 

Pasó el día ambulando por las calles de Madrid, visitó varias iglesias, admiró los monumentos y los grandes edificios; sin olvidar los bares o tabernas, donde, según su experiencia, las personas solían ser mas humanas y sentimentales con los niños pobres que pedían una limosna en nombre de su madre enferma. La verdad es que, al anochecer, en el talego que llevaba a su espalda, había recolectado comida para varios días. ¿Pero, dónde dormiría? ... Él no conocía Madrid. Todo le parecía demasiado bonito para profanarlo con su harapienta personilla, y siguió andando en dirección ignota. Mas, de pronto, alguien poso una pequeña mano sobre su hombro. Arcanito se volvió, asustado y tembloroso, y se  encontró, frente a frente, con un chaval como él. Iba mal vestido, estaba sucio y tendría, más o menos, su misma edad: en fin, un hermano de infortunio. El recién llegado le preguntó:

 

-          ¿Cómo te llamas, hermanito?

 

 

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-          Me llamo Arcanito; y, muchas gracias por lo de “hermanito”. Y tú ¿cómo te llamas?

 

-          Yo me llamo Antonio, pero me apodan “el Pirracas”. Y tú ¿no tienes ningún mote?

 

-          No, que yo sepa.

 

-          Pues, yo te voy a poner uno... ¿De dónde vienes?

 

-          Vengo de Andalucía, de un pueblo que se llama Estepa.

 

-          ¡Huy, huy, niño! En ese pueblo hubo muchos bandoleros; y ... por lo tanto ... tú te llamarás ... “el Tempranillo”... Así que, a partir de ahora, tú me llamarás Pirracas; y yo, a ti, Tempranillo. ¿De acuerdo, hermanito?

 

-          De acuerdo, Pirracas. Y tú ¿dónde vives? ... ¿Con tus padres? ...

 

-          No. Yo no tengo padres, hermano, y no vivo en ninguna parte; aunque tengo mis sitios favoritos en cada barrio de la capital. Y tú ¿con quién vives?

 

-          Con nadie. Yo tampoco tengo padres. Nunca los conocí.

 

Los dos pequeños se abrazaron unos minutos, durante los cuales sólo se oyeron varios sollozos y hondos suspiros; quedando así sellada y rubricada, la amistad y familiaridad de dos hermanos de la desdicha.

 

-          Pirracas, ¿dónde estamos? – preguntó el Tempranillo.

 

-          En la calle Atocha. ¿Es que no conoces este barrio?

 

-          Lo que no conozco, es Madrid. Es la primera vez que piso sus calles y todas me parecen la misma.

 

-          Pues, ya irás conociéndolo. No te preocupes, hombre. Al final de esta calle, se encuentra la estación del mismo nombre, que es de donde llegan y parten los trenes de Andalucía. Tú ¿no has venido en el tren? ...

 

-          ¡Quieres callarte! Eso debe de costar una fortuna, y yo no tengo ni un real.

 

-          ¡Cómo se ve que eres un cateto! Y perdona la expresión, hermano, pero yo te enseñaré a viajar en los trenes sin pagar una linda. Y, además, te respetarán y cuidarán de ti hasta que llegues a tu destino, que será el que tú elijas. Claro está, esto es contando con que el revisor no sea un ñoño, que los hay, y que en la próxima estación te haga bajar. Pero, ahí está la inteligencia del ser humano: tú, te bajas sin rechistar; te haces el tonto y, cuando vuelva la espalda, te vuelves a subir.

 

-          ¡Pero, Pirracas!... Todo esto que me cuentas es peligroso; porque, si te coge la guardia civil, te las has buscado.

 

-          Que no pasa nada ¡hombre! Tú les dices a los guardias que estás perdido y que vas a buscar a tus padres, que son gitanos. Y, si te preguntan dónde viven; tú les dices que, allí, muy lejos, debajo de un puente. Y, créeme que te dejan tranquilo hasta el destino que tú decides. Y, a propósito, Tempranillo, ¿cuántos años tienes?

 

-          Pues, según me han dicho los que me adoptaron, tendré unos siete años.

 

-          ¡No me digas! Pues, esa es mi edad. ... ¡Hay! ... ¡Qué idea me ha venido! ... ¿Te la digo? ...

 

-          ¡Sí, sí, dila! ...

 

-          Pues, mira, Tempranillo. Desde hoy, no sólo somos hermanos, sino mellizos. ¿Qué te parece?

 

-          ¡Hombre! ... Me parece muy bien. Y, aunque sólo hace unos minutos que nos conocemos ... ¡te siento y te quiero como al hermano que nunca tuve!

 

-          Y yo, a ti también te quiero ... ¡cómo a mi hermano mellizo, mira! ... ¿Ves aquel escaparate que tiene tanta luz? ... Pues, es una tienda de espejos. Vamos corriendo, y verás ¡qué sorpresa!

 

Los dos corrieron hacia el escaparate. Al llegar frente a él, Pirracas dijo a su hermano:

 

-          ¡Mira qué espejo tan grande! ... ¡Ven! ... ¡Ponte a mi lado! ... Ahora ... ¡Mira al espejo, a ver qué me dices de nuestro parecido!

 

El Tempranillo no pudo reprimir un verdadero gesto de asombro: Eran iguales de altos. Los dos tenían la cabeza desmelenada, la cara redonda, los ojos negros y la nariz un poco achatada.

 

-          ¡Qué barbaridad! – dijo Arcanito, sin salir de su asombro. – Pirracas, ¿tú no crees que deberíamos investigar nuestros orígenes? Quien sabe si nuestro parecido pudiera tener lazos carnales. O, como tú bien has dicho, ¡hasta pudiéramos ser mellizos!.

 

-          Bueno, tempranillo, vamos a la estación. Allí, tengo un pequeño cuarto con un buen camastro, que el jefe me deja durante el invierno. Te presentaré a él como mi hermano mellizo, y ya veremos lo que dice de nuestro parecido. Y, al mismo tiempo, le pediré permiso para que duermas conmigo en el cuarto.

 

Entraron en el hangar de la estación y se dirigieron hacia la oficina del jefe. Una pareja de guardias civiles les cerró el paso, preguntándoles a dónde iban. Arcanito, sobrecogido de pánico, estuvo a punto de salir corriendo. Pero, Pirracas, que ya lo había previsto, le cogió de la mano y, como si se tratara de dos amigos suyos, respondió tranquilamente:

 

-          Pues ¿no lo saben ustedes?: a saludar al jefe de estación, como tengo por costumbre todas las noches. Y, este es mi hermano mellizo, que, esta noche, me acompaña.

 

 

 

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Los guardias les dejaron pasar, casi compadecidos de aquellos niños, que, a tan temprana edad, ya soportaban los rigores del crudo invierno.

 

Al verles, el jefe de estación se dirigió a Pirracas, casi enfadado:

 

-          ¡Escúchame, Pirracas! Sabes que te tengo dicho que, aquí, no me traigas a nadie, o te quitaré el cuarto.

 

-          Don Anselmo, ¡perdóneme! He venido a solicitar, de usted, el permiso para que mi hermano mellizo pueda dormir conmigo. Se llama Arcanito, pero le apodan “el Tempranillo”.

 

-          ¡Bueno, vale! ... Pero no me traigas gente extraña. Tú sabes que no me gusta que te juntes con gente de mal vivir. ... Y ¿éste es tu hermano mellizo? ...

 

-          Sí, Don Anselmo. Hoy he tenido la suerte de conocerlo y estoy muy contento.

 

-          Pues, nunca me hablaste de que tenías un hermano mellizo. La verdad es que os parecéis como dos gotas de agua. ... ¿Él tampoco conoció a vuestros padres? ...

 

-          No. Él ha vivido en el Sur, en un pueblo que llaman Estepa. De allí le viene el mote del Tempranillo, pero es más bueno que el pan.

 

-          ¡Hombre! Si se parece a ti, tiene que ser bueno a la fuerza.

 

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-          No precisamente, Don Anselmo. Yo tengo más mala leche. Él tiene una nobleza que se podría comparar con San Juan de Dios. No puede ver sufrir a nadie.

 

-          ¡Bien! ... Pues, espero que seamos buenos amigos los tres. Pirracas, ¡toma esta manta para tu hermano!; y, mañana, os buscaré una cama más ancha y un colchón nuevo.

 

-          ¡Muchas gracias, Don Anselmo! Es usted el hombre más bueno que existe sobre la tierra.

 

-          ¡Sí! ... ¡Sí! ... ¡Ale! ... ¡Hasta mañana!

 

Pero Pirracas, que, además de tener otras muchas cualidades, también tenía la de ser un gran observador, vio cómo a Don Anselmo, le rodaban dos gruesas lágrimas por sus mejillas. Nunca lo había visto llorar: ... “¿Por qué llora Don Anselmo? ... ¿Será que Arcanito le ha traído algún recuerdo?”... Y Pirradas no pudo dormir en toda la noche. Las lágrimas del jefe de estación le hacían pensar de tal forma, que se hacía un lío en sus suposiciones. Por la mañana, cuando se levantaron, a Pirradas le dolía la cabeza y le pinchaban los ojos. A pesar de ello, preguntó a Arcanito:

 

-          ¿Has pasado buena noche, hermano?

 

-          Pues sí. He dormido como un bendito, gracias a ti y al jefe de la estación, que debe de ser un Santo.

 

-          ¡Bueno, hermano! ... ¡Apresúrate! que, a las ocho, tenemos que estar en el “bar Atocha”. Allí toman el desayuno, los andaluces que vienen en el tren. Y son muy espléndidos, si sabes entenderlos.

 

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Los dos supuestos hermanos entraron en el “bar Atocha”, donde uno de los camareros les salió al paso con cierto enfado, advirtiendo a Pirracas:

 

-          ¡Oye, Pirracas! Sabes bien que sólo toleramos tu presencia en el bar. Sin embargo te estás pasando, hoy nos traes un ejército de mendigos.

 

-          ¡He, alto ahí, Don Alfonso! ... Éste que usted ve aquí, a mi lado, es mi hermano mellizo.  ... Y, si él no puede entrar conmigo, ahora mismo nos vamos.

 

Y Pirracas hizo un círculo con sus talones para volverse hacia la puerta de salida. No obstante, el tal Alfonso lo retuvo, disculpándose al mismo tiempo:

 

-          ¡Hombre, Pirracas, no lo tomes así. Si es tu hermano mellizo, yo le diré a mi jefe lo que tú me has contado, y le pediré que os deje entrar; pero, eso sí, tenéis que comportaros bien en el interior del bar y traernos, desde la estación, muchos clientes; porque, además de lo que ellos os den, aquí tenéis comida segura, como tú sabes desde hace más de un año. ¿O no es verdad? ...

 

-          Sí que lo es, Don Alfonso. Pero también es verdad que yo le he buscado muchos clientes a su hermano, para el taxi, y nunca se le ha ocurrido darme ¡ni un soplo en el ojo! – añadió Pirracas.

 

-          ¡Bueno, Pirracas! También le diré a mi hermano, que, desde ahora en adelante, sea más generoso con vosotros.

 

 

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-          Pues, a ver si es verdad todo eso; porque de lo contrario, ahora que somos dos, nos cambiamos al “ Bar Andaluz “ ; y vosotros sufriréis las consecuencias. ... ¿Sabes, guapetón? ...

 

-          ¡Ni se te ocurra, Pirracas! ... Espera un momento que voy a ver a mi jefe.

 

Unos minutos después, el camarero volvió sonriente y muy complacido. Les preguntó:

 

-          ¿Habéis desayunado? ...

 

-          Pues, no – dijo Pirracas, mientras derramaba una mirada de complicidad hacia su hermano, el cual hizo un gesto casi de cansancio.

 

-          ¡Bien! ¡Venid conmigo! ...

 

Los condujo hasta el almacén. Allí, los acomodó sobre dos sillas, alrededor de una mesa, y preguntó:

 

-          ¿Qué van a tomar los señores? ...

 

-          Los señores, como usted dice, van a tomar chocolate con churros y un zumo de naranja natural.

 

Momentos después, el mismo camarero les servía lo pedido y dejaba, sobre la mesa, en un pequeño plato, cuatro reales en monedas de diez céntimos.

 

-          Aquí, tenéis una peseta para los dos. Es un regalo del jefe.

 

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-          ¡Déle usted las gracias en nuestro nombre, y dígale a su jefe, que no vaya a creer que nos tiene comprados; pues, no estamos en venta para nadie.

 

-           ¿Qué te parece, hermano, la forma en que me defiendo? – Dice el Pirracas a Arcanito, después de haberse marchado el camarero.

 

-          ¡Maravillosa! Y, además, con mucha autoridad y finura. Claro que tú te has criado en Madrid, y, quieras o no, tu cultura es superior a la mía. Pero te advierto, que nosotros, los andaluces, tampoco nos dejamos pisar el pie por el primer venido...

 

-          Ya lo he notado, hermano. ¿Quién sabe si nuestra rebeldía la llevamos en la sangre, y es algo hereditario que compartimos?

 

Poco después, caminaban en dirección de la iglesia de Santa María del Rosario. En la puerta de ésta, Pirracas había adquirido el compromiso de verse, todas las semanas, con una señora que le hacía unas preguntas muy raras, pero que era muy buena con él. Siempre le daba algún dinerillo y, sobre todo, le besaba varias veces con el mismo calor que lo pudiera hacer una madre. Por lo tanto, Pirracas ansiaba la llegada del domingo para poder ver a aquella mujer, que él consideraba como algo suyo. No le dijo nada de esto a su hermano, aunque anhelaba el momento de presentarle aquel monumento de mujer.

 

Cuando llegaron a la entrada de la iglesia, se acomodaron en el peldaño superior. Entonces, Pirracas explicó a Arcanito:

 

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-          Hoy, deseo que conozcas a una señora que es la propia Virgen en persona, en lo guapa, en lo joven, y en lo buena. No te digo más. Lo demás, quiero que tú lo descubras.

 

Cuando las campanas anunciaron el final de la Misa, Pirracas dijo a su hermano, señalando a una mujer :

 

-          Ésta es la señora de la cual te hablé.

 

Arcanito se descubrió e hizo una reverencia, inclinando el cuerpo y la cabeza, al tiempo que decía:

 

-          Tanto honor y gusto, señora.

 

La señora los abrazó y besó a los dos, y preguntó a Pirracas:

 

-          Antonio, ¿quién es este niño que te acompaña hoy y que se te parece tanto?

 

-          Es mi hermano mellizo, que la casualidad, o el poder de la Virgen del Rosario, hizo que ayer nos encontráramos, señora Hortensia.

 

-          Y, ¿cómo se llama tu hermano? ... Y, ¿cómo sabes tú que es tu hermano mellizo?

 

-          Se llama Arcanito. Y, en cuanto a cómo sé yo que es mi hermano mellizo; pues, le diré, señora Hortensia, que son cosas del corazón y de la sangre, que sin que te hable nadie, ni te muestren papeles donde lo diga, tú sabes. Porque el corazón lo dicta a tu mente; le dice que es tu hermano y, al tener tu misma edad y parecido, sacas en conclusión, que además de hermano, es tu mellizo.

 

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-          ¡Ay, qué bien, hijos míos! ... Pero, yo quisiera saber más cosas de vosotros. ¿Podrías venir conmigo a mi casa? ...

 

-          Sin ningún inconveniente, señora Hortensia – respondieron los dos a un tiempo.

 

-          ¿Habéis desayunado?

 

-          Sí, señora, y además, muy bien.

 

-          No importa. Os tomaréis una tacita de leche con unas pastas. Esto nunca viene mal. Yo también lo tomaré con vosotros. Así, estaremos más en familia. ¿No os parece? ...

 

Los dos supuestos hermanos se miraron sorprendidos, pero ninguno respondió a la señora Hortensia. ¿Qué buscaba aquella mujer? que hasta llegó a llamarles hijos. Arcanito sentía un estremecimiento y algo agridulce en el paladar, que le hacía temblar desde que conoció a Doña Hortensia. Estaba convencido de que él tenía una parte de propiedad en aquella mujer, pero le daba miedo pensarlo, porque podía manchar su virginal silueta con su harapienta personilla. La señora Hortensia los sacó de sus supuestas cavilaciones.

 

-          ¡Bueno, Arcanito! ... Aún no nos has dicho de dónde vienes, ni quienes son tus padres, ni cómo son tus apellidos. En fin, cuéntanos algo, hijo, para que te conozcamos.

 

-          Yo poco puedo contar, Doña Hortensia. ... Según me han dicho mis padres adoptivos, nací en Andalucía, en un pueblo de Sevilla llamado Estepa.

 

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-          No he conocido a mis padres biológicos, ni tampoco sé si tengo apellidos. Así que, como verá, señora Hortensia, mi historia es bastante corta. Yo no me inquieto mucho, para no sufrir. Cuando sea mayor, ya veremos si encuentro mis raíces.

 

La señora Hortensia, muy lejos de sentir pena por la opaca historia de Arcanito, parecía como si una antorcha invisible hubiese iluminado sus pupilas, que brillaron con una satisfacción incomprensible para sus interlocuto- res, que se miraban, quizá, con un cierto recelo; sin comprender la actitud de aquella guapísima mujer, que, unas veces, les daba una cierta esperanza; y otras, casi una sospecha miedosa. Pero les tranquilizó unas palabras que parecían salir de los labios de un ángel bienhechor.

 

-          Mañana, Dios mediante, os esperó aquí, en mi casa, a las once y media de la mañana. Y, si Dios quiere y mi padre me ayuda, todos podríamos tener una agradable sorpresa. En fin, no nos hagamos muchas ilusiones, por si el diablo metiera el rabo en el rescoldo de nuestra desgracia.

 

Y besó repetidas veces a los dos angelitos del cielo que deambulaban por el arroyo de la vida, donde encontraban más penas que alegrías.

 

 

Hortensia salió de su casa y se encaminó a la de su padre, que vivía solo, porque su mujer murió en uno de los bombardeos que asoló Madrid en el segundo año de la guerra civil española. Llamó con los nudillos a la puerta; y fue la señora que hacía el servicio doméstico, quien le abrió.

 

-          ¡Buenos días, señora Dolores! ... ¿Está mi padre en casa?

 

-          ¡Sí, sí, señorita Hortensia!... Lleva unos días que no sale, con este dichoso invierno, tan crudo, que Dios, o el diablo, nos ha mandado. Pues, no se atreve a salir, temiéndole a sus reumas que tanto le hacen sufrir. ... Pero pase, señorita Hortensia, él está en el cuartito de estar.

 

-          ¡Muchas gracias, Dolores!

 

Y avanzó hasta donde estaba su padre:

 

-          Buenos días, papá. ¿Cómo te encuentras con tus dolores reumáticos?

 

-          Pues, ya me ves. Aquí, encerrado. Me distraigo con la lectura del periódico y algún que otro libro. ... ¿No me das un beso?

 

-          ¡Y un ciento que me pidas, papá! Si no lo he hecho antes, es porque tengo un buen catarro y no quisiera pegártelo.

 

-          ¡Qué buena eres, hija! Si no fuera por ti, mi vida ya no tendría ningún interés. Sólo tú y el recuerdo de tu madre, hacéis que siga luchando en este mundo, que está lleno de desilusiones.

 

-          Pues, de eso se trata, papá. Porque yo, también tengo un sufrimiento muy grande, y sólo tú puedes hacer que se trueque en alegría, quizá para los dos.

 

-          Ya sé lo que me vas a pedir, pero, de esto, ya hemos hablado infinidad de veces; y la solución, yo no la tengo ni puedo encontrarla. Con esta maldita guerra que todo lo ha enredado, he perdido la pista de aquel hombre que pagué para que se hiciera cargo de los niños.

 

-          Dirás, de tus nietos. Porque quieras o no, son tus nietos, papá. Mas hoy, puede que yo tenga una pista, pequeña quizá, pero una pista que nos pudiera llevar a descubrir el paradero de mis hijos, que Dios sabe cómo estarán. ... Papá ¿tú recuerdas el nombre del señor que se hizo cargo de los niños cuando nacieron? ...

 

-          ¡Sí, claro que lo recuerdo! Se llamaba Anselmo, y trabajaba en la RENFE, pero no era de Madrid.

 

-          ¡Ay, papá! ... ¿Por qué harías tú estas cosas? ... Y ¿no sabes los apellidos de este señor? ...

 

-          ¡No, hija, no los conozco! En cuanto a por qué lo hice, ya te lo he explicado muchas veces: Fue por tu reputación... ¡Maldigo la hora en que yo pensé tal cosa, porque hoy es mi mayor remordimiento y tu desgracia! ... Pero, cuando tú diste a luz, a aquel comandante del ejército republicano ya lo habían fusilado las tropas franquistas; y, como que no estabais casados, creí que lo mejor era que  desaparecieran tus dos hijos mellizos; así, tú podías seguir pasando por una joven soltera. ... ¡Pero, hija, te suplico que me perdones! ...

 

-          Ya lo hice, papá, aunque me costó mucho trabajo; porque, ¡son mis hijos!. ... ¿Cómo puedo yo buscarlos ahora, si no están inscritos en ningún registro, ni bautizados en ninguna iglesia? ...

 

-          ¡Tranquilízate, hija ¡ que Dios nos ayudará a encontrarlos. Ya verás como sí, porque la misericordia del Señor es infinita, y nosotros tenemos mucha fe. ... Mañana, iré a la Dirección General de RENFE, donde tengo un buen amigo. A ver si él pudiera encontrar al señor Anselmo.

 

-          ¡No, papá! ... Tú, esperas. ... Porque yo tengo otra idea que quizá sea el camino más corto para encontrarlos. ... ¿De acuerdo, papá?...

 

El día siguiente, sobre las once y media de la mañana, los dos supuestos hermanos llamaban al timbre de la lujosa casa de la señora Hortensia, y fue ella misma la que les franqueó el paso al interior de la casona.

 

-          ¡Buenos días, señora Hortensia! ... ¿Ha pasado bien la noche? ...

 

-          ¡Buenos días, mogolotes! ... ¿Y vosotros? ¿Cómo y dónde la habéis pasado? ...

 

-          Nosotros la hemos pasado muy bien en la estación de Atocha, donde tenemos un amigo que es como nuestro padre.  Cuando le presenté a Arcanito, anteanoche, primero se enfadó conmigo; mas, cuando le dije que era mi hermano mellizo, se le quitó el enfado y nos dijo que nos compraría una cama más grande y un colchón. Así que esta noche pasada, mi hermano ha dormido muy bien. Pero yo ... regular ... solamente.

 

-          Y ¿por qué?,  Antoñito. ... ¿Qué te ha pasado? ...

 

-          Pues, verá usted, Doña Hortensia. Anteanoche, cuando le dije que Arcanito era mi hermano mellizo, Don Anselmo se puso como turbado; y aunque disimulaba volviendo la cara hacia atrás, yo vi cómo dos gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas. ... Eso es lo que me hace pensar mucho y no me deja dormir.

 

-          Y ¿quién es tu amigo? ¿Cómo se llama? ...

 

-          Es el jefe de la estación de Atocha y se llama Don Anselmo. Pero, no quiero que él sepa que yo le vi llorar.

 

-          ¡Por supuesto que no!... Y ¿tanto te quiere a ti este señor? ... Porque a tu hermano, acaba de conocerlo.

 

-          Sí, yo tengo mucha amistad con él. Muchas veces ha querido que fuera a su casa, para conocer a su familia. Pero, a mí, me da vergüenza presentarme con esta ropa, y nunca fui. ... Le juro, Doña Hortensia, que si lloró, fue cuando yo le dije que Arcanito era mi hermano mellizo.

 

-          ¡Bueno, hijos! ... Hoy no vais a ir a ninguna parte. Os quedáis en el jardín con Jacinto, el jardinero; y, allí, jugáis todo el día. Cuando esté el almuerzo a punto, yo os llamaré. Pero os pido, por favor, que no habléis de nada con la servidumbre, incluso cuando os haga preguntas. ¿De acuerdo, hijos? ...

 

-          ¡Sí, Señora Hortensia! – respondieron los dos pequeños.

 

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La Señorita Hortensia llamó rápidamente por teléfono a la estación de Atocha, y preguntó por el jefe de estación. “Soy yo mismo”, le respondió una voz ronca de fumador.

 

-          ¡Por favor! ... ¿Es usted Don Anselmo, señor? ...

 

-          ¡Sí, señora! ... ¡Él mismo! ...

 

-          Pues yo me presento: Soy Hortensia de Vilarrubia, hija del duque de mismo nombre; y quisiera que usted me concediera una entrevista lo más pronto que pueda, o que su trabajo se lo permita.

 

-          Señora Duquesa, si es tan urgente, la espero a las quince horas, aquí, en mi oficina, ya que esta tarde no tengo servicio y podemos hablar. ... ¿Qué le parece, Señora Duquesa? ...

 

-          ¡Magnífico! Señor Anselmo. ¡Muchas gracias! y allí estaré a esa hora.

 

A las tres en punto de la tarde, un soberbio automóvil se detenía frente a la estación de Atocha. El chofer, gorra en mano, abría la puerta trasera derecha, y una señora distinguida, pero sencilla, bajaba del automóvil y se dirigía al hangar de la dicha estación: era la señorita Hortensia. Preguntó por la oficina del jefe, y uno de los empleados de RENFE le indicó el camino. Llamó con los nudillos en la tosca puerta de madera y, unos segundos después, el Señor Anselmo, descubriéndose, la invitaba a pasar.

 

-          ¡Buenas tardes, Señor Anselmo! ... ¿Está usted solo? ...

 

-          ¡Buenas tardes, Señora Duquesa! ... Sí, estoy solo, y no de Dios. ... Pero ¡por favor! ¡Siéntese, Señora Duquesa! ...

 

-          Señor Anselmo, usted conoció a mi padre, ¿verdad? ...

 

-          Pues sí, Señora Duquesa. Hemos hablado varias veces. Pero, de eso, hace algunos años.

 

-          Sí, es verdad, hace siete años. Pero ... ¡Respóndame usted con toda sinceridad y el corazón en la mano! ... ¿Sabe dónde puedo encontrar a mis hijos mellizos, Don Anselmo? ...

 

-          Creo que sí. Aunque, la verdad sea dicha, Señora Duquesa, no estoy seguro al cien por cien. Cuando su padre de usted me los entregó, yo era conductor del tren Madrid – Sevilla. La guerra estaba recién terminada. Mi esposa se vino conmigo a Madrid, para recoger a los niños y criarlos en nuestra casa. Su padre nos pagó para que los cuidáramos. Mas, mi mujer se murió tres meses después y yo tuve que deshacerme de los niños. Nosotros ya teníamos dos hijos de nuestro matrimonio: una niña con nueve años; y un niño, con siete, que una hermana mía se llevó a vivir con ella. Pero no podía mantener a los mellizos... Eran muy pequeños y ya era madre de tres, también de corta edad.... Así que tuve que buscar a alguien que acogiera a sus dos hijos, porque yo tenía que seguir trabajando.... Me acordé de un buen amigo mío que vivía en Estepa. Estaba casado pero no tenía hijos.... Cuando pude, fui a hablar con él y su mujer. Aceptaron quedarse con los niños y criarlos como si fueran hijos suyos...  Les di el dinero que su padre de usted me había dado, y quedaron tan contentos... Pero, un año después, supe por otro amigo y compañero de trabajo que  vivía en el mismo pueblo, que a ese matrimonio, lo habían fusilado por cosas de la guerra. No sabía nada de los niños y, un día, me fui con él a Estepa, para indagar el paradero de los mellizos. Allí me  dijeron que una señora, a la que apodaban “la gallega” y que no era de aquel pueblo, los recogió y se fue con ellos Dios sabe dónde... Sin embargo, hace más o menos un año, Dios quiso que me encontrara a un niño mendigando por la calle Atocha... Por aquellas fechas, ya estaba destinado aquí, como jefe de la estación... No puedo explicar por qué me pareció que sería uno de los mellizos. Le pregunté cómo se llamaba y me dijo que Antonio, y que tenía seis años. También me dijo que no tenía padres, y que se había escapado de la señora que le obligaba a pedir y lo maltrataba cuando se embriagaba. Me rogaba que lo protegiera de aquella vieja borracha que lo andaba buscando por la otra parte de Madrid. Yo sentí compasión por aquel niño y me lo llevé a la estación; donde, en la parte del almacén, teníamos un pequeño cuarto lleno de cosas inservibles. Ordené que lo limpiaran y le instalé una pequeña cama; y una estufa eléctrica para que no pasara frío, que hice colocar de manera a que el niño no pudiera tener acceso a ella,  para  evitar el peligro de un incendio...    Pero,  anteanoche,  se  presentó con otro niño, igualito que él, y me dijo que era su hermano mellizo. Yo los miré y, la verdad, señorita Hortensia, sentí frío, calor y ganas de llorar. Pues ... ¡eran tan parecidos! ... ¡cómo dos gotas de agua!... Y, al decirme Antonio que su hermano venía de Estepa, ya no dudé. Me dio tanta alegría que no pude por menos de derramar unas lágrimas... Esto es, Señorita Hortensia, todo lo que puedo contarle de estos dos pequeños, que, según mi instinto y cierta experiencia de la vida, ¡SON SUS HIJOS! ...

 

-          Muchas gracias, Señor Anselmo, por todo lo que me ha contado... Pero ... ¿Cómo podré yo justificar que son mis hijos? ...

 

-          Su padre tiene mucha influencia en Madrid. No le será difícil encontrar un buen abogado que les aconsejará cómo hacerlo, Señorita Hortensia.

 

-          Quizá tenga usted razón. Para empezar, le voy a dar una sorpresa... Los niños están en mi casa en este momento ; jugando en el jardín, bajo la vigilancia de Jacinto, el jardinero... ¿Cómo es posible? me dirá usted ... Pues, resulta que yo también conocí a Antonio, hace unos años, en la puerta de la iglesia de Santa María del Rosario, donde voy todos los días, a pedirle a la Virgen que encuentre a mis hijos... Algo me dijo que aquel niño, sucio y harapiento, que debería de tener la misma edad que mis hijos, y que imploraba una limosna para su madre enferma, era algo mío... Desde aquel día, una cierta amistad se estableció entre nosotros.

 

Me propuse comprarle ropa y calzado; pero él se negó, alegando que si iba bien vestido nadie lo escucharía, y quería seguir con su vida de mendigo... Ayer, cuando me presentó a su hermano mellizo, les invité a venir a mi casa. Nos tomamos un vaso de leche con unas pastas, y les hice varias preguntas que los angelitos míos, por ser tan pequeños, no supieron contestar... Entonces, les dije que volvieran la mañana siguiente y, seguidamente, fui a visitar a mi padre. Aunque habíamos hablado muchas veces de  ¿por qué hizo desaparecer a mis hijos?; hasta esta vez, no me había revelado el nombre de usted, que coincide con el que los niños me dieron... Ésta es la razón, Señor Anselmo, de mi presencia aquí, en su oficina...

 

-          Pues, ha hecho usted muy bien, Señorita Hortensia; porque su padre, el Conde de Vilarrubia, nunca me dejó su dirección ni su nombre; y yo, no sabía quienes eran ustedes, ni dónde dirigirme para encontrarles y contarles lo que sabía de los pequeños.

 

-          ¡Bien, señor Anselmo, permítame que le bese! ... Hoy ha nacido una nueva amistad entre nosotros, que más que amistad, serán lazos familiares los que nos van a unir para siempre.

 

La señorita Hortensia salió de la oficina del señor Anselmo ¡tan satisfecha! que le pareció que el mundo y la vida tenían una nueva dimensión humanitaria para ella. Montó en su automóvil y se dirigió ansiosa hacia su casa, para   poder   estrechar entre sus brazos aquellos dos mendiguitos harapientos, que eran la causa de su existencia: antes, porque no los conocía ni los veía; y, ahora, porque los tenía tan cerca que podía tocarlos y comérselos a besos.

 

Cuando llegó a su casa, vio cómo otro automóvil también se detenía frente a la verja. Era su padre que quería  saber algo más de su hija, porque el día anterior la había encontrado muy agitada y misteriosa.

 

-          ¡Buenos días, papá! ... Tengo una sorpresa para ti que te va a gustar.

 

Entraron en la casona, atravesando parte del jardín que la rodeaba. Una vez en el salón, Hortensia invitó a su padre a sentarse:

 

-          ¡Ponte cómodo, papá, y escúchame tranquilo! ... Vengo de encontrarme con ese tal Anselmo a quien tú entregaste a mis hijos. Hemos hablado mucho. Luego, te lo comento... Ahora, lo más importante es que conozcas a tus nietos... Están aquí, en mi casa...  - Y, abriendo una ventana que daba al jardín, gritó con alegría:

 

-          ¡Jacinto, sube a los niños al salón, que ha venido mi padre! ...

 

Unos minutos después, Jacinto, cumpliendo la orden de la señora de la casa, llamaba con los nudillos a la puerta. Hortensia se apresuró a abrir y, cogiendo a los niños, uno en cada mano, dio las gracias a Jacinto, diciéndole que podía retirarse. Luego, avanzó hasta donde estaba su padre, diciéndole:

 

-          ¡Papá, aquí tienes a tus nietos! ...

 

Tanto el padre, como los niños, quedaron perplejos. Nadie se movía. Parecía como si las palabras de aquella mujer hubiesen sido una sentencia que todos asestaban.

 

Al fin, fue Hortensia, quien les dijo, a sus hijos:

 

-          ¡Corred y abrazad a vuestro abuelo!

 

Y todos se unieron en un largo y conmovedor abrazo, donde todos los ojos derramaban lágrimas de alegría, de una alegría que se había quedado truncada hacía ya más de siete años, sólo por salvar el honor; un honor que siempre hizo desgraciados a muchos seres, y aún seguirá haciendo daño a la humanidad.

 

Juan Durán Jiménez

Delegado Provincial del SNEE, en Granada