El pueblo de caminos estrechos

 

ÉRASE UN PUEBLO MUY GRANDE, tan grande que los padres apenas veían a sus hijos, porque el trayecto hacia el trabajo era tal, que necesitaban más tiempo, para desplazarse de su casa al trabajo, y, del trabajo a su casa, que el que pasaban con su familia.

 

Así que se veían obligados a irse de casa muy temprano para no llegar con retraso al trabajo, cuando la prole no se había levantado todavía para ir al colegio. Y, por la noche, cuando regresaban, los niños ya estaban acostados, pues era muy tarde.

 

Esto le tenía bastante preocupado al señor alcalde; pues, siempre veía a los niños con sus madres o sus abuelos; y los padres se perdían la infancia de sus hijos, siendo la infancia la edad donde más se aprende de los pequeños, y los pequeños de sus padres.

 

Mientras estaba pensando, sentado en el banco de la plaza del pueblo, dándole vueltas a la cabeza, preguntándose cómo terminar con estas distancias, tuvo una idea, muy acertada según él:

 

Se fue hacia el bosque, un bosque cercano al pueblo. Era frondoso. Tenía de todas las especies de árboles y arbustos. Había animales de todas clases: desde el más elegante, como el ciervo, hasta la más pequeña y saltarina de las ardillas. Allí había lobos, liebres, jabalíes, águilas, halcones, cabras monteses, gorriones y golondrinas.

 

Y hasta,  los  más  viejos  del  lugar,  decían  que había unos  pequeños duendecillos que, por las noches, salían a estirar las piernas, después de haber estado todo el día escondidos para que la gente no los viese y los dejase, en paz, trabajar y cuidar de todo aquel entorno tan bello.

 

El alcalde llamó a los habitantes del bosque con un silbido muy especial que sólo él sabía hacer -- claro, ¡por ser alcalde! --. Acudieron todos a la llamada y se pusieron a su alrededor para saber qué les iba a pedir en esta ocasión -- ya que cuando tenía algún problema, iba a consultar a los sabios animales de aquel bosque.

 

-          Hola mis fieles amigos – les dijo con voz preocupada.

 

-          Hola – contestaron todos (claro está, cada uno en su peculiar idioma). Se comprendían muy bien, a pesar de la manera tan distinta que tenían para  expresarse.

 

-          Tengo un problema y necesito de vuestra ayuda y de vuestros consejos, que siempre me han sido de gran utilidad.

 

Para comunicarse entre ellos, se miraban a los ojos. No necesitaban más. De esta manera tan sencilla, se entendían perfectamente.

 

-          Te escuchamos - dijo el más viejo de todos (que era un ciervo con una gran cornamenta, una cornamenta que lucía con orgullo y elegancia).

 

El alcalde se frota la barbilla con su gran manaza, y se explica:

 

-          Yo suelo observar a todos los habitantes de mi pueblo; y cuando digo mi pueblo, os incluyo a vosotros. Veo cómo cuidáis a vuestras crías, cómo jugáis con ellas; cómo las enseñáis a defenderse de los peligros de la vida, peligros que en el bosque les pueden hacer daño. Y, sobre todas las cosas, los educáis para que puedan vivir solos si alguno de vosotros llegara a faltar.  Los humanos hemos perdido este privilegio. Nuestra manera de vivir nos ha cambiado. Nuestras formas de mantener- nos son muy diferentes a las vuestras y no sé qué hacer para que los padres puedan estar más cerca de sus hijos. Las distancias que tienen que recorrer todos los días, para ir a su trabajo, son cada vez más largas; y cada vez tienen menos tiempo para estar con la familia. Esto hace que los niños aprenden más de la madre que del padre, y no es bueno. Yo creo que tienen que aprender de los dos, tanto del padre como de la madre, que son sus grandes maestros.

 

Los animales le escucharon con mucha atención y, después de un momento, el ciervo le dijo:

 

-          ¡Vente mañana! que te estaremos esperando aquí, y te daremos una contestación. Comprende que tenemos que meditar un poco todo esto. No queremos darte un consejo erróneo.

 

El alcalde, que pensaba irse de allí con una solución, tuvo que marcharse sin haber resuelto el problema.

 

Al día siguiente, volvió al lugar donde se solía reunir con sus amigos cuando tenía un problema. Ellos, como prometieron, estaban allí, esperándolo:

 

-          Buen amigo nuestro -- le dijo el ciervo --, después de haber estado toda la noche reunidos, hemos llegado a la conclusión de que vuestro gran problema reside en las distancias y en el modo de vida que habéis escogido. La solución es acortar distancias: Agrandaremos el bosque y haremos las ciudades más pequeñas. Hemos pensado que si las ciudades son más pequeñas, las distancias que tendrán que recorrer los padres para ir al trabajo, serán más cortas. Así tendrán más tiempo para sus crías y saldremos ganando todos. Vosotros ganáis tiempo; y nosotros, espacio, que cada vez nos dejáis menos.

 

El alcalde vio una gran solución, pero había un problema: y es que ¿quién iba a realizar el trabajo?

 

No era fácil hacer el pueblo más pequeño y el bosque más grande. Requería mucho tiempo.

 

-          ¡Ah! – exclamó la liebre -. No te preocupes por ello. Nosotros, por la noche, haremos este trabajo. Cuando os levantéis por la mañana, el pueblo habrá cambiado y el bosque también.

 

Ese fue el acuerdo en que llegaron los animales y el alcalde.  Se despidieron con un cordial saludo y cada cual se fue al lugar donde vivía.

 

A la mañana siguiente, cuando el alcalde se levantó, no se asomó a la ventana como era su costumbre. No podía pensar que tan pronto hubiesen hecho el trabajo prometido el día anterior. Él sabía que los animales eran muy eficientes y constantes; pero no pensó jamás que tanto.

 

Cuando salió a la calle para ir a trabajar, se encontró que, si no andaba listo, se caía al barranco. Sorprendido, vio que las calles del pueblo eran demasiado estrechas, más bien ya no eran calles, sino que se habían convertido en carriles ¡tan angostos! que el ayuntamiento, antes en la otra punta del pueblo, estaba al lado de su casa; con lo cual apenas  tuvo que dar dos pasos para entrar en su despacho.

 

El colegio del pueblo estaba sólo dos calles más abajo. Entonces pensó: “¡Menos mal!, está tan cerca que el niño puede ir solo”. Pero se dio cuenta que, al ser las calles tan estrechas, los niños se podían caer al barranco. Y decidió llevarlo él.

 

Ya no cabían los autos en las calles. Y, mucho menos el autobús, más grande y ancho de lo normal, pues era muy antiguo.

 

Por primera vez, sintió el calor de la mano de su hijo dentro de la suya. Entonces, experimentó algo que, siendo ya adulto, no se podía explicar. Era una emoción, un regocijo; en definitiva, un orgullo paterno que no había conocido antes. Y se dijo para sus adentros: esto sólo lo sentía su madre, y ... ahora ... ¡lo siento yo también! ...

 

El hecho de dividir las ciudades y hacerlas más pequeñas fue una idea muy sabia, como todo lo que siempre hace la naturaleza.

 

Para el niño, era un orgullo tan grande que su papá le llevase al “cole”, que sus ojos brillaban más que nunca y la alegría se le escapaba de la boca; pues, apenas podía cerrarla.

 

Al volver la esquina, vio a sus amigos que, al igual que él, también llevaban a sus hijos de la mano a clase. Todos iban asustados. Nadie comprendía lo que había acontecido aquella noche. Cuando se fueron a la cama, todo estaba igual que hacía años. Pero poco importaba lo que había ocurrido. El hecho de estar cerca de sus hijos, tener el trabajo al lado de sus casas, les permitía dedicar más tiempo a sus seres queridos. Ya no dependían del coche, podían caminar, cosa que a algunos se les había olvidado.

 

Mientras bajaban al colegio, el padre de Pablito empezó a hacer planes:

 

-          Esta tarde, después de ayudarte con los deberes, jugaremos al fútbol.

 

Otro padre le decía a su hijo:

 

-          Te voy a llevar a pescar esta tarde, y todas las que  quieras.

 

Cada padre explicaba a su hijo lo que, a partir de ahora, iban a hacer juntos. A todos les gustó la idea de aquel  nuevo  pueblo.  Sin  saber  cómo,   se habían  acortado las distancias. Ya ni siquiera necesitaban el coche. Podían salir todos juntos. Tenían tiempo para sus mujeres, sus hijos; para sus padres, para seguir aprendiendo de ellos, de los grandes maestros de la vida, de sus mayores.

 

Todo lo tenían a mano. Jugarían a la pelota con los suyos, aunque se la tuviesen que amarrar al tobillo con una cuerda   para no perderla.  Podrían  sentarse  con  sus vecinos y conversar tranquilos, lo que no ocurría desde hacía tiempo. Se bañarían en el río como cuando eran niños, y disfrutarían de toda la infancia que se habían perdido hasta ahora. Nadie se explicaba de quien fue la idea de acortar distancias, de dividir las ciudades. Tenían más bosque para disfrutar de la belleza y de la frescura de los árboles. El hecho de que los caminos fueran más cortos y más estrechos, les había devuelto algo que ya habían olvidado: la hermosura de la naturaleza.

 

Lo único cierto en todo esto, es que la familia estaba más unida. Ya nadie se sentía solo; y, por una vez, dieron las gracias sin saber a quien, por haber acercado, de aquella forma tan extraña y tan extraordinaria, a la gente del pueblo, a las familias.

 

¡Ah! Y veían más a menudo los animales del bosque, pues ellos también se aproximaron al pueblo. Al estrechar los caminos, no pensaron que el bosque se haría más grande. Los cervatillos jugaban con los más pequeños y los conejos saltaban, jugueteando revoltosos con ellos. Los pájaros cantaban tan maravillosamente que, por vez  primera,  atraían  la atención de los niños que escuchaban con deleite sus alegres trinos, antes desapercibidos.

 

Los búhos, los grillos y las ranas del lago eran los músicos de la noche.

 

Habían recuperado lo que el tiempo les fue arrebatando, poco a poco, con tanto cambio y tanta transformación como habían sufrido las ciudades, al paso de los años.

 

Mará Angustias Moreno Barrios (2005)