Tres fábulas con moraleja, de Medardo Ramos

 

Un leoncillo entre leones

 

UN LEONCILLO de poco tiempo de existencia caminaba erguido. Su mirada era soberbia, sus pasos muy marcados; y en su voz, entremezclaba sonidos de tos para mostrar su valor, porque se veía mucho mayor de lo que era en la realidad.

 

De pronto, un rey león que le observaba le dijo:

 

-          ¿Se puede saber el porqué de tu estilo en el hablar y en el movimiento?

 

Y el leoncillo le contestó:

 

-          Porque sé que soy un león como hay pocos en mi alrededor.

 

Y volvió a preguntarle el rey:

 

-          ¿Te has mirado al espejo? ¿Has visto quién eres de verdad? ¿Eres como te estás viendo, o es que te ves como no eres? ... ¿Te has fijado en tu entorno, en los que están contigo?

 

-          ¡Kjim kjim! – se exclamó el leoncillo -- ¡Claro que sí! ...

 

Y por último, el rey quiso advertirle:

 

-¿Me has visto bien? ¿Te has preguntado quien soy yo?

 

Pero no sirvió de nada, seguía con la suya. Parecía no ver la cantidad de leones de gran tamaño que tenía junto a él, ni asumir que, precisamente, él era uno de los más pequeños,  de los últimos nacidos en la manada.

 

El rey se hizo cargo de la poca sabiduría del cachorro, de su corta edad, su falta de observación, su vivir fuera de la realidad. Comprendió que era inútil insistir, que el tiempo ya se encargaría de enseñarle lo que él, ahora, no llegaba a inculcarle con palabras. Sólo el tiempo, el fracaso y la necesidad, le convertirían en un león adulto y razonable.

 

 

 

 

Moraleja:

 

1 – Al querer enseñar a tantos inexpertos como hay en este mundo, tenemos que comprender que no se puede hacer en un momento: hay que saber esperar.

 

2 – Muchos se miran tanto a sí mismos, que se olvidan que hay otros en su derredor. Están tan embebidos en su propia imagen, que no llegan a verse tal cómo son, ni a aprender lo esencial.

 

3 – Cuando más grandes nos vemos, es, a veces y sin darnos cuenta, cuando más inferiores nos volvemos con nuestra conducta.

 

 

 

 

 

El amo y el asno

 

 

FLORENCIO era un vendedor que tenía un asno. Se sentía muy satisfecho por el buen resultado que la bestia le daba con su fuerza, resistencia y obediencia. Pero cierto día, algo pasó por su mente: “Estoy seguro que mi asno puede llevar la carga que concerté para mañana. A pesar de estar el lugar muy distante, sé que podrá. Nunca me ha fallado y no creo que lo haga esta vez”.

 

Mas, al día siguiente, cuando se preparó para emprender el viaje, se le ocurrió que el animal era capaz de soportar una carga mayor y que sería una lástima desaprovecharlo. Lo cargó más y se puso en marcha.

 

El buen asno caminó un rato largo sin chistar, mientras su amo sonreía pensando: “¡hum, ya sabía yo que no me fallaría!

 

Pero pronto su resistencia fue mermando y su marcha ralentizando. Entonces, Florencio decidió coger cuanto pudo de la carga para llevarlo él mismo. No obstante, el camino se hacía tan largo que ya no sólo era el asno, sino también el amo, que se estaba agotando, hasta que, sin fuerzas para dar un paso más, el animal se echa al suelo y el vendedor se tumba a su lado, medio muerto de cansancio.

 

¡Qué aspecto más desolador presentaban ambos! ... Ni podían seguir adelante, ni pasaba nadie para ayudarles.

 

De esta forma estuvieron toda la noche... ¡Hasta el día siguiente, no pudieron reanudar el camino!. Y cuando finalmente llegaron al lugar concertado, el comprador ya se había marchado. Florencio se entristeció y dio patadas al suelo, pensando que tenía mala suerte y que todo le salía mal.

 

 

 

Moraleja:

 

La avaricia, el abuso de confianza en uno mismo, y el aprovecharse demasiado de ciertas circunstancias, posesiones o personas, puede ser peligroso y traer malas consecuencias, como lo que le ocurrió a Florencio.

 

 

 

 

 

 

Una mirada equivocada

 

HABÍA UNA VEZ un hombre tranquilamente sentado en el metro, cuando, de repente, se dio cuenta que el señor de enfrente tenía los ojos fijos en él. Le pareció una persona seria, mas no le agradó que le mirara así.

 

Tras recorrer varias estaciones de metro, al ver que el otro seguía mirándole, no lo soportó más y le preguntó:

 

-          ¿Se puede saber por qué me mira usted tan insistentemente ... ¿Acaso le caigo antipático? ... ¿Ha notado en mí algo molesto? ...

 

Siguieron varias preguntas de este tipo, luego el señor aludido le contestó:

 

-          ¡Perdone! Estaba intentando hablarle sin atreverme, pero puesto que usted me dirige la palabra, le contaré... Aunque probablemente no me haya visto nunca, yo, a usted sí le conozco y sé que está atravesando una etapa muy dura, que busca trabajo y no lo encuentra, que tiene varios hijos y le está preocupando carecer de empleo. Por esto, quiero manifestarle que soy empresario y que tengo un puesto de trabajo vacante que a usted le podría venir muy bien.

 

Al escuchar estas palabras, le volvió a preguntar:

 

-          Se lo agradezco mucho, pero sigo sin entender: ¿por qué me miraba de esa manera?

 

Entonces, el empresario le confesó:

 

-          Es cierto que le estaba observando, pero sin mala intención. Mi mirada era una mirada compasiva. Conocía su situación y, teniendo un trabajo para ofrecerle, no me atrevía a hablarle. Estaba luchando con mi timidez...

 

Al oír estas palabras, nuestro hombre se dio cuenta de cuan equivocado estaba. Lo que creyó leer en los ojos del empresario era diametralmente opuesto a la realidad.

 

 

 

 

 

Moraleja:

 

No siempre podemos hacer caso a lo que nuestra vista, pensamientos o sentimientos nos dictan. Una misma imagen se puede ver desde distintos ángulos y tener un significado totalmente contrario al aparente. Nos confundimos muchas veces ante la realidad.