Fray Bartolomé de Las Casas

Entre los primeros defensores del americanismo

 

Al volver a España el progenitor de Bartolomé de Las Casas no imaginaba que aquel presente que, entre otros, llevaba a su familia, marcaría el destino y la vocación de su hijo.

 

Se trataba de un indio americano, una persona tomada como objeto y llevada a Europa como simple exhibición de lo exótico, raro, diferente, desconocido y extraño.

 

Del contacto que el joven Bartolomé estableció con aquel que le fuera entregado a la vuelta del segundo viaje de Cristóbal Colón a las Indias Occidentales, quedaron plasmadas en su espíritu vivencias de confraternidad que abrieron su conciencia a una percepción más humanística del proceso histórico de la colonización.

 

Establecido él en América y ya ordenado sacerdote tuvo ocasión de vivenciar los atropellos, desmanes, crímenes y barbaridades que cometían aquellos que decían representar al Rey y la Religión que supuestamente se intentaban establecer pacíficamente en el denominado por los europeos Nuevo Mundo.

 

La comprobación en el sitio de las aberraciones cometidas por los recién llegados dio motivo a que se levantara una constante denuncia, en la que afortunadamente no estuvo solo, sino que fue acompañado por personas de la esfera del pensamiento, principalmente clérigos, que no hallaban justificativo para el inhumano proceder de los invasores.

 

Bartolomé reconocía en sus escritos la importancia de valorar en su justa medida a aquellos pueblos y diferentes culturas originarias, respetando las jerarquías establecidas antes de su arribo.

 

La enumeración de delitos inhumanos cometidos por sujetos cuya ansiedad de riqueza no tenía límites, fue la característica preponderante del clérigo, quien sintió que no podía permanecer imperturbable ante los atropellos que en nombre de la Corona y la Fe se hacían.

 

Tuvo enemigos, personificados en esos terribles salteadores y criminales que ostentaban un poder armado infinitamente superior materialmente al ejercido por Bartolomé, llegando a sufrir atentados y amenazas, como así también intentos de soborno que lograsen doblegar su actitud.

 

Pero de él y su grupo de críticos de la situación eran la fuerza de la razón y el gran poder de la letra escrita al servicio del pensamiento, por lo que su firmeza en mantenerse en forma inclaudicable, sustentando lo esgrimido, lo transformó en un paradigma de la voluntad al servicio de la verdad y la justicia.

 

Y es en este punto donde se puede medir el alcance real de la gesta del relator, que logró hacer fuese escuchada la voz de un pueblo al que, en el decir del mismo cronista, se le debía reconocer cultura, religión, idiomas y costumbres diferentes a las europeas.

 

Resulta verdaderamente llamativo que no cesase de hacer reflexionar a sus lectores sobre la importancia de tomar conciencia de la autonomía de los pueblos autóctonos y las autoridades genuinas, llegando a proponer que los contactos fueran puramente comerciales, totalmente pacíficos, buscando gestar acercamientos con representantes que fuesen entendidos en artes y ciencias y, principalmente, ya que era su rubro, embajadores de la religión cristiana.

 

Convencido que solamente la Fe podía resultar el incentivo capaz de producir un acercamiento fraternal, se negaba terminantemente a toda intervención militar con fines de lucro y despojo a los naturales.

 

La descripción detallada de los múltiples crímenes cometidos hace dudar de la naturaleza humana, ya que solamente una mentalidad inhumana puede llegar a pensar y ejecutar los múltiples asesinatos mencionados por el Fray.

 

Sus detractores encuentran razones para combatirlo, entre otras, en los argumentos nacidos de su creencia religiosa, al atribuir al Papa el poder de designar al Rey español como responsable de la ocupación de América, como asimismo su consentimiento sobre la utilización de esclavos.

 

Ambos argumentos, y otros de menor valía, deben ser analizados con demasiada cautela y conocimiento, embebién- dose el hombre de nuestro tiempo en la cultura, costumbres y medio en que el morador del medioevo desarrollaba su pensamiento y elaboración de opiniones.

 

Asimismo se esgrime en su contra que las cantidades a que aduce en sus escritos al dar cuenta de los desmanes producidos, pueden estar faltando a la verdad. Pero, aún admitiendo el más generoso de los descuentos que a las cifras de perjudicados se quiera hacer, siempre el balance resultará elevadísimo, partiendo del enunciado de principios y valores con que fue llevado a cabo el encuentro de las civilizaciones.

 

La conquista de cualquier lugar de la tierra, en nombre de cualquier soberano extranjero, no justifica ni una sola muerte, y el hecho de si las muertes violentas ocasionadas en América deberían contabilizarse en centenas de miles o en millones no disminuye el valor ni la importancia del genocidio denun- ciado.

 

El medio del que provenía Bartolomé, habiendo sido en primer instancia un colonizador al que se le adjudicaron tierras e indios para su sojuzgamiento, no concordaba con el espíritu amplio y positivo que él albergaba, por lo que, al relacionarse con personas de un orden moral e intelectual superior, pudo comenzar a expresar con mayor libertad sus verdaderos pensamientos, que a veces no eran más que penosas denuncias de crímenes y atropellos a la condición humana, practicados por quienes debían justamente representar algo tan sagrado para él como eran la Religión y la Civilización.

 

Como americanos no podemos de dejar de reconocer la gran valentía esgrimida por el clérigo, sus acompañantes y seguidores, en una contienda en que la vida humana no era tenida en cuenta, cuando el resultado se medía en cantidad de oro rapiñada.

 

Fue su obra muy proficua, llegando no sólo al valiente enunciado de la denuncia social, hecho poco frecuente en esos tiempos, sino también a la elaboración y presentación ante las autoridades de propuestas concretas totalmente viables como para ser desarrolladas en un clima de amplia armonía e intercambio de conocimientos.

 

Reconocía plenamente las autoridades establecidas, citaba a menudo en sus escritos la mansedumbre natural de los aborígenes, ponderaba su organización social, su apego al trabajo y la creación artística.

 

Proponía establecer condiciones de acercamiento correspondiente a civilizaciones desarrolladas, donde imperase la razón, valiese el argumento de mayor peso y el intercambio de opiniones terminase enriqueciendo a ambos pueblos.

 

Sin lugar a dudas se le puede considerar como uno de los precursores del pacifismo, ya que constantemente propiciaba el diálogo y el entendimiento por encima de la acción puramente militar y de ocupación mediante la fuerza bruta.

 

Como estudioso, no podía permanecer imperturbable al tomar conocimiento de las creaciones artísticas y de las ideas que sobre el mundo tenían los naturales, por lo que deploraba la pérdida invalorable de verdaderos tesoros que se hacía, al invadir y eliminar con innecesaria crueldad los mansos pueblos americanos.

 

Pero la realidad mezquina, avara y materialista de la mayoría de los invasores, prevaleció y se perdió la oportunidad histórica de haber marcado una impronta positiva a las relaciones entre naciones tan distantes, marcando un hecho que no volvería a repetirse con tal magnitud.

 

Afortunadamente el pueblo americano contó con la defensa de Bartolomé de Las Casas, quien logró llamar la atención de personas influyentes, cuya prédica consiguió, paulatinamente, ir desarrollando un trato más humano.

 

Como dato ilustrativo, basta indicar que sus contemporáneos no propagaron mucho sus escritos en su España natal, tal vez debido a que, tal como hoy, los comunicadores sociales tienen la posibilidad de dividir los temas entre los que se van a difundir, y los que no.

 

Para comprender en forma completa la gesta del clérigo, se debe el lector ubicar en las circunstancias mundiales que se vivían, cuando nuevos inventos y descubrimientos revolucio- naban todo lo conocido hasta el momento, cuando viejas creencias y saberes encontraban su reemplazo por demostra- ciones científicas, cuando el hombre, reconociéndose como minúscula criatura, debía cabalgar a horcajadas entre lo viejo conocido y lo nuevo desconocido, sin lograr aún despren- derse de la magia como explicación final; descubriendo al mismo tiempo y con temor, los secretos que la Tierra Nueva comenzaba a desvelar.

 

En medio de esa ráfaga de información, los enemigos de Bartolomé de las Casas encontraban e inventaban argumentos de fácil credibilidad para justificar su proceder.

 

A quinientos años de las denuncias de Bartolomé de Las Casas, ante la reivindicación del Pueblo Indígena, ante el tema de conciencia del mundo actual, que investiga y juzga el pasado en forma imparcial, crece y se agiganta la figura señera del verdadero hijodalgo, que desde la historia nos señala ese gran principio moral de no callar ante las injusticias.

 

Francisco José Gariboldi

La Escondida, Provincia del Chaco, Argentina

 

 

 

 

 

Brevísima relación de la destrucción de las Indias, es la obra más conocida de Fray Bartolomé de Las Casas; terminó de redactarla en Valencia a finales de 1542, y fue dirigida al príncipe Felipe (futuro Felipe II), entonces encargado de los asuntos de las Indias. Contenía la ilustración siguiente, de Théodore de Bry, que no se puede mirar sin tremendo horror. ¡Lo peor es que tuvo que ser reflejo de la realidad!!!

 

A Short Account of the Destruction of the Indies: is the most well known work of the Spanish Dominican Friar Bartolomé de las Casas, written in Valence, Spain, in 1542, and addressed to Prince Phillip (future Phillip II), who then was in charge of Indies affairs. It contained the illustration by Théodore de Bry you will found at the end of the Spanish original paper; an illustration impossible to look at without tremendous horror!!! And what is worst, it must be the reflect of an experienced reality!!!

 

 

 

 

 

 

 

 

Bartolomé de Las Casas

 

Among the first defenders of Americanism

 

Coming back to Spain, the progenitor of Bartolomé de Las Casas did not imagine that one of the souvenirs he brought to his family, would be so important for the destiny and vocation of his son.

 

It was an American Indian, a person taken as an object and carried to Europe as a simple exhibition of something exotic, strange, different and unknown.

 

The contact Young Bartolomé had with that Indian who had come to Spain as a trophy when Christopher Columbus returned from the second voyage to Western Indies, was intense. Vivid memories of the established brotherhood opened his conscience to a more human perception about the historical process of colonization.

 

Living in America and already ordained priest, he had the occasion to see the abuses, outrages, crimes and atrocities accomplished by those who were told to represent the King and Religion, by those who supposedly were to settle peaceably on the lands European people call New World.

 

The verification on the spot of the outrages carried on by the new settlers, made him constantly complaining. Fortunately he was not alone on this, thinkers and principally clergymen did not found any excuse for such inhuman behavior.

 

Bartolomé recognized in his writings, the importance of treating those people of different culture in their just value, respecting the hierarchies established before their arrival.

 

To report the inhuman crimes made by those, whose yearning for riches was unlimited, was the predominant preoccupation of the priest, who could not remain impassive, furthermore because they were acting in the name of the Crown and Christian faith.

 

The enemies he had in those terrible criminals were showing, with their armed material, a power highly superior of the one exerted by Bartolomé. He had to suffer attacks and menaces, and they even intended to have him through bribes.

 

But the force of the reason was with him and the people. He continued criticizing the situation, using the words as weapons. His firmness in what he claimed his duty made him a model for everyone who struggles for verity and justice.

 

And it is at this point where the real impact of the epic can be measured. With it, the chronicler gets the voice of a nation be heard, a nation whose culture, idioms and customs, different of the European ones, must be recognized.

 

It is amazed how Bartolomé did not stop making readers think about the importance to understand indigenous people and their genuine authorities. He even proposed that peace contacts merely commercial, searching an approach with artists and learned persons in art and science - mainly with ambassadors of the Christian religion, for this was his mission - ought to be settled.

 

Convinced that only the Faith was able to produce a fraternal approach, he absolutely rejected all military interventions aimed to gain profit and plunder the natives.

 

The detailed description of the multiple crimes commited made us doubt about human nature; for only an inhuman mentality could abide the atrocities mentioned by Bartolomé de las Casas.

 

His opponents encountered reasons to combat him among the arguments arose from his religious beliefs; because he attributed to the pope, the power to appoint the Spanish King as responsible for the occupation of America; and his consent about the manner slaves are used.

 

All these arguments and others of lesser value have to be analyzed with great caution and knowledge; steeping ourselves

into the culture, customs and environment in which the dwellers of the Middle Ages elaborated and developed their opinions and thoughts.

 

It is also told against him that the quantities he adduces in his writings, by mentioning the abused committed, may not be accurate. But even admitting the most generous of the discounts, the balance will always be enormous, taking into account the principles and values that took part in the encounter of civilizations.

 

The conquest of whichever place on the Earth, in the name of whoever foreign sovereign, does not justify even one only death; and whether the violent casualties occurred in America amount to thousands or hundreds of thousands or thousands of millions does not diminish the value nor the importance of the denounced genocide.

 

The milieu from where Bartolomé came, having first been a colonizer to whom lands and Indians had been assigned to be conquered, was not in accordance with his ample and positive spirit. Because of that, his encounter with people of a superior moral order, made him to express his true thoughts, that sometimes consisted in mere painful denounces of the crimes against human condition, carried on by those-selves, whose duty was to represent something so sacred for him, as religion and civilization was.

 

We, Americans, cannot jump over the great courage demonstrated by the priest and followers, in their fight to defend the despised native people against the invaders, who were only longing to get rich by robbing as much gold as possible, using the most brutal force when needed to fulfill their greed.

 

His work was beneficial. He not only denounced, which was not frequent in those times, but he wrote an extensive report to the Authorities, with proposals completely viable, to build a productive way of communication and knowledge exchange, in a climate of harmony.

 

He fully recognized the native authorities, and very often quoted the natural gentleness of the dwellers. He highly praised their social organization, their attachment at work and artistic creation.

 

His proposal was an approach to a more developed civilizations, were the reason were reigning, were the argument of more weight and the exchange of opinions would turn into wealth for each nation.

 

Without any doubt, he may be considered as one of the Pacifism precursors, for he always favored the dialogue over the pure military action and brutal invasion.

 

As a scholar, he could not remain insensible to the knowledge, artistic creations and ideas of the world those people have performed; all great treasures that would be for ever lost because of the cruel invasion, abuse and unnecessary destruction.

 

Nevertheless, the miserable mean materialist reality of almost the totality of the invaders, prevailed. And lost remains the historical opportunity to lay a positive imprint on the encounter of so distant nations, an event that would never occur again in similar magnitude.

 

Fortunately, American people counted on the defense of Bartolomé de Las Casas, who win the attention of influent persons, whose preaching obtained little by little a more equitable treatment.

 

As an illustrative note, it is enough to say that his contemporaries spread very little written works in their fatherland, Spain; perhaps because same as today, the social media make a choice between what is to be published and what not.

 

To entirely understand the achievement of the priest, the reader must transport himself in his time and circumstances: when new inventions and discoveries revolutionized the world; when the old beliefs and knowledge were replaced by scientific demonstrations; when the humanity recognized itself as minuscule creatures, having to behave and move between what is known and old, and what is unknown but new. Still unable to give off the magic as a final explanation, they were discovering with fear the secrets the New Land began to unveil.

 

In the middle of this burst of information, the enemies of Bartolomé de las Casas were finding and inventing easy to believe arguments to justify their actions.

 

Five hundred years ahead of the priest's denounces, before the renewed claim of the native population; before the conscience of the actual world, who investigates and judges the past impartially; growing and becoming giant is the outstanding figure of a true gentleman that, from history, is teaching us this great principle of not be silent before injustices.

 

Author of the paper: Francisco José Garriboldi

English version by Mariette Cirerol