Estatua de San Isidoro de Sevilla, por José Alcoverro,

en la escalinata de acceso a la Biblioteca Nacional de España.

 

 

San Isidoro de Sevilla

por Manuel Garrido, Málaga, España

 

Nunca la ciudad del Betis se había distinguido en el cultivo de las letras. Ni un orador, ni un poeta, ni un sólo escritor de renombre había creado su aula en los cinco siglos de la dominación romana. De repente hay una, que se convierte en maestra de la península, y fue obra de aquella familia llegada de la provincia cartaginense. Ella hizo brotar allí, la luz del saber. Una oscuridad completa envuelve la vida de los piadosos extranjeros en los primeros años de su residencia en la región sevillana.

 

Los padres mueren cuando el hijo menor no ha salido aún de la infancia. Leandro el primogénito, es un hombre serio; en el que ya se revelan todos los rasgos de su carácter. Formado desde la infancia en todas las disciplinas que estudiaban antaño los hijos de los patricios hispano-romanos, más que en

 

el ejército, parece destinado a brillar en la magistratura o en el gobierno de la Iglesia.

Dueño ahora de un rico patrimonio y administrador de la herencia de sus hermanos menores, toma una resolución extrema: Destina sus riquezas a la propagación de la vida monástica. Dos monasterios surgen en la región de Sevilla: uno de hombres y otro de mujeres. En este último, coloca a su hermana Florentina. En el otro, se reserva Leandro la dirección de las almas y el establecimiento de la disciplina.

 

Isidoro vivía allí, a su lado, nutriéndose con el doble aliento de la piedad y de la ciencia. La formación de aquel niño era el objeto de todos sus cuidados. En él, veía indicios de un porvenir brillante. Un día, incapaz Isidoro de meterse en la cabeza la lección, huye de la escuela monástica y echa a andar sin rumbo fijo por la campiña del Guadalquivir.  Fatigado y sediento, se sienta a la orilla de un pozo y empieza a mirar atentamente los huecos abiertos en el borde del brocal. Estaba pensando, preguntándose de dónde podían provenir aquellos surcos; cuando una mujer, con un cántaro en el brazo, llega y le explica que las gotas de agua, al caer un día tras otro en el mismo sitio, terminan agujereando la piedra. Entonces, pensó el niño, si el agua cayendo lentamente puede vencer la dureza de la piedra; de igual manera su espíritu, duro y rebelde, conseguirá impregnarse de enseñanza. Volvió al lado de su hermano y terminó rápidamente su educación, sin acobardarse ante las dificultades del latín, del griego y del hebreo.

 

En el año 598 las llamas destruyeron el archivo del imperio, y tal vez fue éste, el motivo que llevó a Leandro, una vez más, a desplazarse a Constantinopla. Entretanto, Isidoro le había reemplazado en el monasterio sevillano. Había cumplido los treinta años de edad, tiempo requerido para la ordenación sacerdotal.

 

El estudio, decía Leandro, necesita del auxilio de la memoria. La lección y la meditación, así miradas, serán el principio de todo aprovechamiento; pues, si por la una aprendemos lo que ignoramos, por la otra conservamos lo aprendido.

 

Isidoro, siguiendo las enseñanzas de su hermano mayor, lee metódicamente, infatigablemente: extractando lo que más le interesa y le impresiona, y ordenándolo primero en su memoria. Busca libros por todas partes: libros clásicos y patrísticos, latinos y griegos, poéticos y jurídicos, científicos y filosóficos. Un libro nuevo era para él una gracia de Dios y la mayor de las venturas. Pero no estudiaba movido únicamente por un vano deseo de saber, sino por sacar de la barbarie al mundo antiguo, ser útil a sus compatriotas. Su erudición científica era innegable. Desde Plinio no se había levantado un hombre que supiese tanto como él, y pasarán muchos siglos sin que aparezca otro sabio semejante. Su obra es el único síntoma de vida intelectual que encontramos en la Europa occidental por espacio de doscientos años.

 

Su biblioteca es la más rica de su tiempo, y la Edad Media difícilmente logrará reunir otra semejante. Muchos libros que él leyó desaparecieron para siempre, y hoy los conocemos gracias a los extractos que de ellos hizo. En su biblioteca había de todo: tomos de teología y poesía, filosofía e historia, astronomía y medicina. Los santos padres viven con los autores profanos, las actas conciliares se juntan con las leyes de los juristas romanos, los decretos imperiales tienen su complemento en las decretales de los papas. Allí está la riqueza de Isidoro, su orgullo, su cariño, su más exquisito cuidado.

 

Analizando y comparando sus escritos, la crítica moderna ha logrado reconstruir las obras más importantes que Isidoro guardaba; y hoy ya sabemos qué libros consultaba cuando escribía sobre física, mineralogía, geografía o historia natural. En realidad, Isidoro era un admirador apasionado de la cultura antigua.

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Isidoro empieza su carrera científica con una empresa gigante que le convierte en el heredero más fiel del pensamiento de San Jerónimo. España recogió su obra con entusiasmo y la guardó con veneración. Un español, el poeta Teodulfo, la dio a conocer en la corte de Carlomagno; y, desde allí, su influencia se extiende hasta las orillas del Rhin. Luego, cruzando los Alpes, penetra en los monasterios lombardos y llega a introducirse en los círculos oficiales de la Iglesia. Isidoro recordaba aquellas palabras de San Jerónimo: “Ama la ciencia de la escritura y no amarás los vicios de la carne”

 

El día 13 de Mayo del año 599, murió su hermano Leandro, cuando ya Isidoro era obispo. Él sabía que en adelante las preocupaciones literarias tenían que pasar a segundo plano en su vida. “Pero episcopado – decía él – es nombre de trabajo, no de honor; y por tanto no es obispo el que lleva el báculo para figurar, sino para ser útil a los demás”.

Isidoro prosigue, ahora, desde la cátedra episcopal, aquella lucha contra la ignorancia que venía sosteniendo hacía más de diez años, con la pluma y con la enseñanza escolar. El deber de la predicación era, para él, lo más importante de su nueva dignidad. Nada es más necesario para un obispo que el conocimiento de las Escrituras, sin el cual, por muy santo que sea, no podría ayudar al pueblo. Junto a la enseñanza del púlpito y las tareas de la cátedra, Isidoro siguió vigilando y fomentando personalmente la formación de su clero, como lo había visto hacer a su hermano Leandro.

 

Dotado de una incomparable elocuencia, se hacía entender de la gente más humilde. Tenía todo lo que hace un buen orador: la ciencia, la presencia, la facilidad, la gracia; y, sobre todo, la bondad. Hasta nosotros ha llegado un dicho isidoriano:

 

Son muchos aquellos que engañados por el enemigo dicen en su interior: soy joven todavía, es la edad de gozar del

mundo. Cuando llegue la vejez entonces haré penitencia. ¡Pobre de ti si piensas de esta manera, pues ni un solo día, ni una hora de tu vida tienes en tu poder!”

 

La adolescencia de Isidoro se había deslizado entre amagos de persecución y estruendos de polémica. Él mismo había intervenido en las discusiones y había hecho frente a las violencias, pero la lucha terminó con el triunfo completo de la causa que defendía. Desde la conversión de Recaredo, la ortodoxia reina en España casi sin contradicción. Las grandes herejías históricas de la Península, el priscilianismo y el arrianismo, aniquiladas en braga (562) y en Toledo (589), habían perdido toda influencia en la vida nacional. Sus últimos partidarios se agazapan en la sombra o bien prefieren desterrarse, como aquel obispo arriano de Mérida, Sunna, el rival de Masona, que renuncia a vivir bajo el cetro de un rey católico; o morirse, como el obispo de Narbona, Ataloco, a quien la tristeza por la ruina de su causa lleva súbitamente al sepulcro. Ya apenas hay discusión, no hay más que la confesión explícita de la fe en fórmulas minuciosas, excogitadas por teólogos sutiles que no dejan el menor resquicio por donde pueda escaparse el adversario.

 

La manera de trabajar del obispo de Sevilla es siempre la misma: consulta sus ficheros donde todo está cuidadosamente ordenado, recoge el fruto de sus inmensas lecturas, copia, resume, hilvana: mezclando con la doctrina de los antiguos sus propias reflexiones, e imprimiendo con frecuencia su sello personal en las ideas viejas. En cuanto al pensamiento, más que el suyo, nos presenta el de la tradición cristiana. Eco de toda la era patriarcal y último de los Padres Occidentales, condensa cuanto le dejaron los siglos pasados.

 

En medio de un siglo de tinieblas y de errores, su nombre es un faro de ortodoxia, cuyas llamaradas iluminan todos los campos de la teología. Los intelectuales carolingios, que tanto discutieron acerca de la predestinación, invocaron la autoridad de san Isidoro; y, alguna vez, en apoyo de sus errores.

 

Fue prolífico: escribió tratados filosóficos, lingüísticos e históricos. De entre sus numerosas obras, destacan: “De Natura Rerum”, sobre la fuerza de las cosas, un libro de astronomía e historia dedicado al rey visigodo Sisebuto; “El Liber Numerorum”; “Las Diferencias”; “Las Sentencias”; y “Viris Ilustribus”.

 

Pero Isidoro quería hacer público su plan de corregir, ampliar y completar aquella obra en la que se había propuesto condensar todo el saber de la antigüedad: un libro donde culmine la producción extensa y variada del gran polígrafo; un monumento gigantesco, cristalización genial de los conocimientos que había atesorado en su memoria y almace- nado en “Nexus ficheros”. Todo el saber antiguo debía de estar aquí, condensado, sistematizado y ordenado. “LAS ETIMO- LOGÍAS,” una primera enciclopedia escrita en la cultura occidental, y toma su nombre del procedimiento de enseñanza que utiliza. Empieza siempre la exposición buscando el significado original de la palabra. De aquí el nombre de “Orígenes” o “Etimologías”

 

El estudio de las artes liberales le sirve de introducción. Siguen las nociones fundamentales de la medicina y, tras ellas, las leyes de los tiempos, con un breve resumen de la historia universal. A continuación: la noticia de las cosas sagradas, de la religión y de las sectas; y luego, la exposición de toda suerte de conocimientos profanos: lingüística y etnología; sociolo- gía y jurisprudencia; geografía y agricultura; historia natural y cosmología; lengua, raza, monstruos, animales, minerales, plantas, edificios, campos, caminos, jardines, construcciones, bibliotecas, vestidos, costumbres, instrumentos de la paz y de la guerra, ciencia militar, máquinas y utensilios de todas clases. Partiendo de Dios, pasa por los ángeles hasta el hombre; baja del hombre a los animales para extenderse luego al reino inanimado, al mundo material con sus partes: átomos y elementos. Desde la teología hasta la indumentaria, desde el cedro del Líbano hasta el isótopo del arroyo.

 

Entendiendo Isidoro que su misión aún es más alta todavía, traza un puente entre el mundo antiguo y el nuevo, armonizando el conocimiento profano y la conquista de los siglos que no supieron del Redentor, con el pensamiento más alto de la filosofía cristiana.

 

La obra “Las Etimologías” fue el primer retorno al mundo pagano, después de la ofensiva de los bárbaros. Por ella, empezaron a admirar la antigüedad los discípulos de San Isidoro; y, en ella, aprendieron a amar a los clásicos, aquellos poetas polemistas en la corte de Carlomagno.

 

Se trata ciertamente de una obra más basta que profunda, pero aún así, es casi increíble cómo pudo realizarla un sólo hombre, y un hombre cuya vida se desarrolló en gran parte entre las agitaciones del gobierno, de la política y de la administración. A duras penas la Edad Media podía introducir en una cabeza, tantas y tan diversas ciencias.

 

La labor de Isidoro fue una labor abnegada, a veces impersonal, y con frecuencia anónima. Se dio cuenta de la necesidad más urgente de aquella sociedad que empezaba a reorganizarse: Su obra salvó una civilización. Vio con claridad meridiana su misión de pedagogo, no sólo de un pueblo, sino también de un mundo. La España visigótica vivía del impulso de Isidoro, lo mismo en el aspecto religioso que en el literario y social. Es seguro que sin ese gran erudito, la cultura medieval entera hubiera tomado un sesgo muy distinto.

 

Aquella España que había permanecido replegada en sí misma desde los últimos días del imperio romano, sin el espíritu peregrinante de las cristiandades célticas, sin el anhelo misional de los monjes merovingios; penetra de súbito en todos los círculos de la sociedad nueva, por medio de los libros de su gran doctor. Esos libros pasan las fronteras antes de morir Isidoro; y aún no ha terminado aquel glorioso siglo VII, cuando ya se leen en los centros científicos de Italia, Francia, Irlanda, Inglaterra, y de las orillas del Rhin.

 

Todos los grandes maestros carolingios, y los sajones que les preceden, son admiradores incondicionales, lectores, imita- dores y extractadores de la obra del obispo de Sevilla. Muchos siglos antes de que Alfonso X, el Sabio, mandase traducir las Etimologías en romance castellano; ya se leían en lengua alemana, las sentencias y otros libros isidorianos.

 

El día cuatro de Abril del año 636, la muerte de Isidoro vino a interrumpir los júbilos pascuales. Todas las campanas de Sevilla y del entorno, lloraron la desaparición del hombre en torno al cual había girado la historia de España durante medio siglo.

 

En un amplio sarcófago familiar – situado, al parecer, en un rincón de la iglesia de San Vicente descansaba el sueño eterno de los tres hermanos: Leandro, Florentina e Isidoro.

 

Mas, el 23 de Diciembre del año 1063, el rey Fernando Magno ordenó el traslado de los restos de San Isidoro a León, donde fueron depositados en una basílica que se acababa de construir: la que desde entonces se llama, Iglesia de San Isidoro.

 

Manuel Garrido

 

 

Manuscrito MS4856 de las Etimologías de Isidoro de Sevilla, en escritura onciale (fin del VIII siglo).

Se encuentra en la Bibliothèque Royale Albert I, Bruxelles, Bélgica.

 

Page of Etymologiae, Carolingian manuscript (VIII century's end), Brussels, Royal Library of Belgium.

 

 

 

The medieval T-O plan represents the inhabited world

as described by Isidore in his ETYMOLOGIAE

 

El plan medieval T-O representa el mundo habitado

tal como lo describió Isidoro en su ETYMOLOGIAE

 

 

 

Saint Isidore of Seville

by Manuel Garrido, Málaga, Spain

 

Never before, the city of the Betis had distinguished herself through the learning of humanities. Neither an orator, nor a poet or a single well known writer had set up a lecture room during the five centuries under Roman domination. And suddenly there is one, one that converts itself into the Peninsula master, thanks to the dedication of a family who came from the Carthaginian province. She sprang there the light of learning while a complete obscurity was soaring over the life of the pious strangers, during the first years of their dwelling in the Sevillian region.

 

Father and mother died when their youngest child was still an infant. Leandro, their first-born, was already a serious man with a character well defined. The education of the sons of the Spanish-Roman patricians began early in their childhood. They were taught all the disciplines known in that time. He seemed more destined to shine in magistracy or in the Church government, than in the army.

 

Owner now of a rich patrimony and administrator of the heritage of his younger brothers, Leandro takes an extreme resolution. He devotes all his wealth to extend the monastic life. Two monasteries arise in the region of Seville: one for men and another for women. In this last one, he places his sister, Florentina. In the other, he takes for himself to direct the souls and establish the discipline.

 

Isidoro remained there, near to him, nourishing himself with the double breath of devotion and science. The formation of that child was the object of all his care. He saw in him signs of a brilliant future. One day when Isidoro was not able to retain

 

a lesson, he run out the monastic school, wandering about without aim through the campaign along the Guadalquivir. Tired and thirsty, he sat on the border of a well and began to observe with great attention the holes dug into the rim of the curb. He was thinking, asking to himself, from what could those grooves be made. Then a woman, with a jug under her arm, arrived and told him that the water drops falling days after days on the same spot finished piercing the stone. This made the child think: “if the water by falling slowly can break the hard stone; the same my spirit, tough and rebel, must be able to fulfil itself with learning. He returned by his brother and stand bravely to improve his education, without flinching in front of Latin, Greek and Hebrew difficulties.

 

In 598, the imperial archive burst into flames; and this, perhaps, was the reason why Leandro had to travel again to Constantinople. In the meanwhile, Isidoro took his place into the Sevillian monastery. He was already thirty years old, the age required to be nominated as a priest.

 

To perform studying, we need the help of memory, used to say Leandro. Seen in that way, learning and meditation would be the beginning of all improvement; because with the first we acquire knowledge and, with the second, we conserve what we have learnt.

 

Following the teaching of his eldest brother, Isidoro read methodically, tirelessly, making extracts from what more interests and impresses him, sorting them out first in his memory. Everywhere he looks for classic; patriotic; Latin; Greek; poetic; juristic; scientific; philosophic works. For him, a new book was a favour from God and the greatest of the ventures. He did not only study moved by a vague desire of knowing, but to take the old world out of barbarism: to be useful to his compatriots. His scientific erudition was undeniable. From Pliny onward, no man attained the level of his knowledge; and many centuries had still to pass without such a sage would arise. His work was the unique symptom of intellectual life to be found in Occidental Europe for two hundred years.

 

His library was the richest of his time, and the Middle Ages would run in a lot of difficulties to gather a similar one. Many books read by him disappeared for ever; and if today, we know about them is thanks to the extracts he made. In his bookshelves all kind of works could be find, from theology, philosophy and history, to astronomy and medicine codex. The saints fathers hobnob with profane authors; the charters of the councils stand together with the Roman juristic laws; the imperial decrees have their continuity with popes Decretals (Epistolae Decretales). There, is to find the riches of Isidoro: his pride, his love, his exquisite care.

 

Analyzing and comparing his works, the modern critics reached to rebuild the more important codex that Isidoro consulted. We know now on which books he relied when writing over physics, mineralogy, geography or natural history. Truly said, Isidoro was a passionate admirer of the ancient times' culture.

 

He began his scientific career as a giant enterprise that converts him into the fairest heir of Saint Jerome's thought. Spain collects his works with devotion and veneration. A Spanish poet, Teodulfo, first informed about him in the court of Charles the Great; and from there, his influence extended to the banks of the Rhin; and then, crossing the Alps, goes into the Lombard monasteries, to reach afterward the official circles of the Church. Saved, in the mind of Isidoro, remains the following words of Saint Jerome: “Love the writing science and you will not love the vices of the flesh”.

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On the thirteen of May, 599; his brother Leandro died. Isidoro was already bishop and knew that from that day on, his literary preoccupations had to pass to a second place in his life. “But bishopric – he said – is a work's name, not a honour one; then bishop is not who takes hold of the staff to figure, but to be useful to the people”.

 

Now from the chair, Isidoro continue with the same struggle against ignorance he was fighting with pen and school teaching during more than ten years. The duty to predicate was for him the more important of his new dignity. To learn the sacred scriptures is essential for a bishop; without this knowledge he may be a saint, but would not be of any use for the people. Together with pulpit preaching and his new duties, Isidoro maintained the direction of the clergy, like his brother Leandro did.

 

Gifted with an extraordinary eloquence, and because he excelled into science, presence, easiness, grace and, over all, kindness; he made him understood by the most humble people. Up to us came the following saying by Isidoro:

 

There are many youths who, deceived by the enemy, tell to themselves: I am still young, in the age to enjoy the world. When I'll be old, then, I would do penance. Poor you if you think like this; because you have not an only day, neither one hour of your life, within your power”.

 

The adolescence of Isidoro runs amid polemics and persecu- tions. He had to intervene and fought violence, but the struggle finished with the complete triumph of the aim he defended. After the conversion of Recaredo, the orthodoxy reigns in Spain almost with no contradiction. The big historical peninsular heresies, Priscillianism and Aryanism, were annihilated in Braga (562) and Toledo (589), losing all influence in the national life. Its late supporters hide in the shadow; or they prefer to go into exile, like that Arian bishop of Narbonne, Ataloco, whom the sadness for the ruin of his aim drove him to the sepulchre. There is scarce discussion now, only an explicit confession of faith, extended in the form chosen by sharp theologians, who didn't leave the adversary the tiniest loophole to escape.

 

The bishop of Seville's working way is always the same: he consults the files where all is carefully organized; collects the fruit of his immense reading; copies; resumes; cobbles together: mixing his own reflexions with the doctrines of former times; stamping frequently his personal seal on the old ideas.

 

With regards to his thought, he exposes preferably the traditional one of Christianity. Being the echo of the whole patriarchal era and the last of the Western Fathers, he condenses all what bygones centuries left to him.

 

In the middle of darkness and errors, his name is a lighthouse of orthodoxy, whose flames illuminate all religious fields. The Carolingian theologists who so much discussed about predestination, invoked the authority of Saint Isidoro; sometimes, seeking a support for their own errors.

 

He was prolific writing philosophical, linguistic and historical treaties. Amid his numerous works, we may highlight: DE NATURA RERUM, about the strength of the things, a book dedicated to the Visigothic king Sisebut; EL LIBER NUMERORUM; LAS DIFERENCIAS; LAS SENTENCIAS; and VIRIS ILUSTRIBUS.

 

But Isidoro wanted to make public his project about correcting, widen, complement and improve that work in which he tried to embrace all the wisdom of ancient times. His wish was to edit a culminating book including the totality of his extensive and varied work: a gigantic monument containing the whole of the learning he had already written in NEXUS FICHEROS, or is still laying in his memory. All knowledge must be there: condensed, systematized and ordered. LAS ETIMOLOGÍAS, first encyclopaedia in the western culture, is named after the teaching procedure he employed. He always began with the original signification of whatever he was exposing; Out of this came the word: ORÍGENES (origins) or ETIMOLOGÍAS (etymologies).

 

The study of liberal arts is used as an introduction. Following come the fundamental medicinal notions; and, after, the laws of times, with a concise résumé of the universal history. Next, news about the sacred things, religion and sects; and then, all sort of profane knowing: linguistic and ethnology; sociology and jurisprudence; geography and agriculture; natural history and cosmology; language; race; monsters; animals; minerals; plants; buildings; lands; ways; garden; constructions; libraries; clothes; customs; peace and war instruments; military science; machines and tools of all kinds. Starting with God, he goes through the angels until he reach the men; then, going down to animals he extends himself to the inanimate reign, describing its components: atoms and elements. All was included: from theology to clothing; from the Lebanon cedar to stream's isotopes.

 

In Isidoro's mind, the mission of this work must climb still higher. He wanted to build up a bridge between the ancient and the new world; to harmonize the secular learning and the conquered countries through out the centuries - that didn't know about the existence of Jesus, the son of God - with the highest philosophical Christian thought.

 

The ETYMOLOGY was a first return to the pagan world after the Barbarian offensive. Through it Isidoro's disciples began to admire the ancient world and, making acquaintance with it, they also learned to love classics: those polemicist poets in the court of Charles the Great.

 

It is more a plain work than a profound one; but still it is difficult to imagine how a man alone could have performed it; and a man whose life was mostly spent amid govern, politics and administration agitation. The middle Ages were barely able to put on somebody's brains so many different sciences.

 

The work of Isidoro was a self-sacrificing one, frequently impersonal or anonymous. He was aware of what most needed that society who was beginning to organize herself. His work saved a civilization. He clearly saw his pedagogical mission was not only to teach a sole nation, but the whole world. The Visigoth Spain was living thanks to Isidoro in all aspects: religious, literary and social. What is sure is that without Isidoro's personality, the culture of the Middle Ages would have been very different.

 

That Spain, who remained hidden into herself from the last days of the Roman Empire, lacking the pilgrim spirit of the Celtic Christians, without the longing for missions the Merovingian monks have had; suddenly penetrates in all the circles of the new society, and this is due to the books of his great Doctor. The works of Isidoro reached to cross the frontiers before his death; and that glorious VII century was not terminated without seeing them read in the scientific centres of Italy, France, Ireland, England, and all along the Rhine.

 

All the Carolingian masters, and before them the Saxons, have been his unconditional admirers, readers, imitators and summarizers.  Many centuries before Alphonse the Wise made

the ETIMOLOGÍAS translated into Castilian Romance, the SENTENCIAS and other books of Isidoro were already translated into the German language.

 

Isidoro died in April, 636, interrupting the feast of Eastern. All Sevillian and environment bells rang, weeping the disappearance of the man around whom the story of Spain revolved during half a century.

 

In a large sarcophagus, seemingly in a corner of Saint Vincent Church, were put to rest the three brothers: Leandro, Florentina and Isidoro.

 

But on 23rd December, 1063, king Ferdinand the Great ordained the transfer of Saint Isidoro remains to the city of León, where they were deposited in a then brand new basilica, which took the name of Saint Isidoro.

 

Author of the paper: Manuel Garrido

English version by Mariette Cirerol

 

 

On the right: Isidoro; on the left: Braulio: out of an Ottonian

illuminated manuscript from the second half of the X century.

 

A la derecha: Isidoro; a la izquierda, Braulio.

Sacado de un manuscrito de la segunda mitad del siglo X