La poesía de

San Juan de la Cruz

 

 

Son todas coplas del alma que pena por ver a Dios:

 

Vivo sin vivir en mí

y de tal manera espero

que muero porque no muero.

 

Hoy se sigue rezando así, con humildad y buscando a Dios junto al amigo que también nos representa en esa parcela en la que se unen la buena fe y la nunca olvidada camaradería que continuamente se precisa para hacer comunidad. El mismo Platón aconsejó la búsqueda del hombre justo y me atreví a versificarlo:

 

Buscando al amigo

 

Dijo Platón con acierto

que la divina amistad

es recoger y sembrar

el fértil campo abierto

al hombre de calidad,

a ese amigo cierto

que también buscando está

al que labra otro huerto

con idéntico afán

y sinceridad sin cuento.

 

 

También se angustia el santo Juan en su Cántico espiritual.

 

¿Adonde te escondiste

Amado, y me dejaste con gemido?

Como el ciervo huiste,

habiéndome herido;

salí tras ti clamando y eras ido.

 

Buscando mis amores

iré por esos montes y riberas;

ni cogeré las flores,

ni temeré las fieras

y pasaré los fuertes y fronteras.

 

Pero mientras el limpio espíritu de Juan de la Cruz vagaba con la inquietud del cristiano y la paz en la conciencia, confesando a las monjas del antiguo convento de SANTA TERESA; una

impresionante discordia amenazaba el seno de la orden carmelita, con esa actitud de no concebir el comportamiento religioso de la humilde comunidad. Es sorprendente que se permita nuevas fundaciones en Castilla mientras que se nieguen repetidamente y anulen las antiguas al estilo de Santa Teresa, en la alegre y apasionada Andalucía. Es ahora el vicario general, fray Jerónimo Tostado, quien lleva a cabo las nuevas fundaciones que insiste nuevamente y apela a la autoridad competente del nuncio Ormaneto; pero, éste se muere de repente. Su sucesor, Sega, llega a España y conoce a fray Juan de la Cruz, admirando la sencillez y entrega del santo varón dispuesto a darse en cuerpo y alma en beneficio de su congregación. Un día escuché en la plaza de mi pueblo esta copla:

 

A diario me sucede

lo que sucede a diario

sin que en mi memoria quede

algo de este calvario

que ayudarme tanto puede

o suceder lo contrario.

 

La recordé porque el nuevo nuncio cuando terminó de estudiar el caso y conocer a tan sufrida y digna persona, al meditar sobre tan juiciosa criatura que lo estaba pasando muy mal, sufriendo con él, admirándolo cada día más, comenta públicamente “que Juan era la torre de una poderosa fortaleza”.

 

Teresa estaba en Ávila y hasta sus oídos llega la noticia del encarcelamiento de dos frailes que con humildad y decisión siguen buscando a Dios juntos. Está claro que los monjes no están dispuestos a ceder y nuestra santa se angustia porque hay una auténtica obsesión por parte de los descalzos que los llevó a Medina del Campo, en donde siguen encarcelados, mientras algo extraño sucede en el territorio andaluz.

 

Algo así como en mi poema: Buscando al Amigo, ocurrió en su Cántico espiritual, que comienza por aquel tiempo en el que busca al mejor de los amigos; como aconteció con Santa Teresa de Jesús que supo orientar su vida para la lucha a favor de la entrega total: mente y corazón, en esa parcela de los que nos rodean, recordándonos continuamente el compromiso que a todos nos une. Él lo tuvo con Teresa de Jesús, a quien respondió debidamente con su constancia y entrega de apóstol y reconocida sensibilidad de poeta místico.

 

Su verdadero nombre era Juan de Yepes y nació el 24 de junio de 1542 en Fontiveros, pequeño pueblo abulense pertenecien- te a Castilla y León, una comunidad autónoma de España. Murió su padre cuando Juan tenía seis años y a los nueve se trasladó con su madre a la pequeña población de Medina del Campo, en donde a los diecisiete ingresa en un colegio de jesuitas para estudiar humanidades. En el año 1563 toma los hábitos de la orden religiosa, adoptando el nombre de Juan de la Cruz. Es el momento en que su ilustre paisana de Ávila, Teresa de la Cruz, traba gran amistad con él y lo integra en el movimiento de la reforma carmelita que ella misma había iniciado. Había encontrado a su gran amigo, un santo decidido y un fino poeta místico.

 

Cuenta Gerald Brenan, ese famoso escritor inglés afincado en el precioso pueblo malagueño de Churriana, que el primer poeta que leyó en España, fue nuestro Juan de la Cruz, entonces únicamente valorado como magnífico místico, pero que le causó una gran impresión al reconocerle “unas cimas tan altas en la expresión lírica”.

 

De regreso a Londres, decidió redactar una biografía del curioso personaje, apoyándose también en la no menos famosa Santa Teresa de Jesús con la que tantas relaciones tuvo en el transcurso de su azarosa vida.

 

No fue un hombre amante de la lucha y las intrigas y su seria tragedia consistía en no disponer de tiempo suficiente para la oración y la mortificación, pasando la mayor parte de su vida entre conflictos que nunca buscó.

 

El padre de San Juan de la Cruz fue educado por sus tíos: unos prósperos comerciantes de seda en Toledo, donde también vivían familiares con cargos eclesiásticos distinguidos; aunque, como en Santa Teresa, pudo existir ascendencia judía.

 

Gerald Brenan comenta, como curiosidad, que se enamoró de una pobre muchacha huérfana, Catalina Álvarez, con la que se casó a disgusto de sus tíos, que lo desheredaron, rompiendo toda relación con él. Abandonado a sus propios recursos, se instaló en Fontiveros, desempeñando, como su mujer, el oficio de tejedor. Su posición económica era tan precaria que llegó a pedir auxilio a sus parientes, muriendo por la inclemencia del tiempo y las carencias.

 

Juan destacaba especialmente en latín, historia y literatura, lo que le facilitó ser admitido en la Universidad de Salamanca. Permaneció en ella hasta el 1567, siguiendo los cursos trienales de Filosofía y Letras.

 

Un hecho decisivo de su vida ocurrió en el año señalado, el 1567, cuando acababa de ser ordenado sacerdote y, siguiendo la costumbre general, había regresado a su casa para cantar misa en presencia de su madre. Teresa de Jesús, que entonces contaba más de cincuenta años, había llegado a Medina para fundar allí un convento de carmelitas reformadas, monjas que deseaban volver a la regla primitiva. Era su segunda fundación ya que la primera había sido en Ávila, pensando ahora en extender la reforma a los frailes de la orden para que sus monjas dispusieran de confesores apropiados. Un hombre importante, Pedro de Orozco, le habló de fray Juan de la Cruz, que precisamente buscaba soledad y vida contemplativa, por lo que acariciaba la idea de ingresar en la Cartuja.

 

La Orden del Carmelo disponía de una primera etapa envuelta en leyendas, que la afirmaba tan antigua que fue fundada por Enoc, padre de Matusalén, en el monte Carmelo de Palestina y renovada por Elías. La misma palabra “Carmelo” significaba “jardín”. En tiempos remotos, fue el santuario donde Vespasiano consultó a un oráculo. Allí asentó un grupo de anacoretas cristianos. Según el anciano monje Focas, se establecieron “como abejas afanosas fabricando miel”. A ellos, San Alberto les entregó una regla que comprendía dieciséis artículos; los cuales posteriormente fueron revisados y suavizados por el papa Inocencio IV.

 

Realmente el exagerado misticismo, la abundancia en la oración y esa entrega en cuerpo y alma al Señor, eran condiciones que agudizaban una sensibilidad exaltada y estimulada por serios padecimientos y angustias desbordantes. Pero antes, Juan de la Cruz había sido designado prior temporal de la ermita-convento El Calvario, en el límite oriental de Andalucía, precisamente cercana al nacimiento del Guadalquivir, entre olivos, riachuelos, casitas blancas y campos verdes tan distintos de los austeros paisajes castellanos. Al llegar al convento de la finca, los sufridos versos de nuestro paciente santo necesariamente tendrían que alegrar sus cadencias, comenzando al escuchar a la priora, Ana de Jesús, la más sobresaliente monja de Teresa, a la que invita a recibirlo con unos versos que parecen escritos para una coplilla:

 

Quien no sabe de penas

en este valle de dolores

no sabe cosas buenas

ni ha gustado de amores.

 

No cabe duda que eran versos para quien reza con la alegría de la humildad, del que busca al Señor entre sus compañeros, los que viven y conviven en su parcela, en la convivencia, como lo concibió Platón.

 

Ante la alarmante discordia en el seno de la Orden, Teresa se angustia porque fray Juan de la Cruz de alguna forma está implicado. Los frailes tradicionales aumentaban su enemistad, apoyados asimismo por el carmelita italiano, padre Rubeo, seguido del ya citado Ormaneto que además contaba con el rey. Se instituyó otro supervisor también de los “descalzos”, Jerónimo Gracian, que fue destinado a inspeccionar a los relajados conventos andaluces de más apacible vida. Mientras tanto, aumentaba la ansiedad de Teresa porque nuestro Juan y el fraile que le acompañaba habían sido secuestrados por los “descalzos” y llevados a Medina del Campo para ser encarcelados. Parecía como si desapareciera el poder de la santa que fue sometido a votación e incluso amenazándose con graves castigos a los rebeldes, de manera que parecía como si toda la obra de Teresa estuviese a punto de ceder. Se llegó incluso a azotar a Juan con tal dureza que las señales de los múltiples varazos que recibió en la espalda jamás desapare- cieron. Pegándole de esta manera se lo llevaron a la prisión del mismo Toledo, a donde llegó con los ojos tapados.

 

Después de unos seis meses, le fue asignado un nuevo carcelero, que era un hombre joven de otro convento y que se apiadó de él. Le regaló una túnica de buen aspecto y como llegó a entenderlo y a darle lástima, también le proporcionó pluma y tinta para desahogarse en sus lamentaciones escritas; como las de un villancico que escuchó de alguien que pasó por algún puentecillo cercano. Pero es seguro que muchas de sus coplas se hubieran reseñadas en la Subida del Monte Calvario y la Noche Oscura.

 

En una noche oscura

con ansias en amores inflamada

¡oh dichosa ventura!

Salí sin ser notada

estando ya mi casa sosegada.

 

A oscuras y segura,

por la secreta escala disfrazada

¡oh dichosa ventura!

a oscuras y en celada

estando ya mi casa sosegada.

 

El mismo “Cántico espiritual” pudo iniciarse durante aquel horroroso encarcelamiento.

 

Es curioso y hasta alentador la contestación que le dio a una monja, Ana de San Alberto, que le preguntaba si había recibido algún consuelo en prisión. Le respondió: “Hija Ana, una sola gracia de las que allí me concedió el Señor, no podría pagarse con muchos años de cárcel”.

 

Cuando llegó Juan, con ya cerca de cuarenta años, a disfrutar de libertad en el viejo Calvario jiennense, viviendo en él cerca de un año, ya fue de felicidad completa. Había pasado de la oscuridad de su prisión, de aquella “ballena”, como él la llamaba recordando el libro de Jonás, a la belleza de la primavera andaluza, como refiere Gerald Brenan. Aquí parece que escribió el poema En una noche oscura y algunas estrofas del Canto espiritual. Pero su dicha también se la completó los treinta frailes y algunos ermitaños de Sierra Morena.

 

Era un buen dibujante y le gustaba repetir paisajes del Monte Carmelo y otros tantos de Beas y Baeza, a donde se trasladaba a decir misa con el acompañamiento de un piadoso fraile, cantando salmos y canciones que él mismo había compuesto. Se habló tanto de su sensibilidad en la pintura que se afirmaba que sólo Góngora y Pedro Espinosa la poseían en tan alto grado, utilizando la agreste Sierra del Segura para sus diseños. Unos años después, aceptó el rectorado de Baeza y el de Granada, así como se dedicó a terminar el gran poema del Cántico espiritual.

 

Realmente siempre ha existido una actitud más desenvuelta y alegre en Andalucía, tierra de copla y de fácil convivencia, como corresponde a un cielo de un azul claro y abierto que invita a descorrer cerrojos para que la luz penetre a raudales, impidiendo sombras y rincones, largos aislamientos y soledades insoportables. Era natural que por el Sur el rezo tuviera más de súplica y agradecimiento que de tristeza conmovedora, impidiendo la alegría de un amanecer tras las montañas lejanas que de repente surgen alegrando el nacimiento de un nuevo día, que se recibe como esperado e inmenso regalo del Señor. Verdaderamente, era desconcertante exigir un extraño comportamiento a un ser humano con una sensibilidad diferente, que canta y reza con otro compás.

 

Mucho me impresionaron las vicisitudes de estos dos personajes: Juan de la Cruz y Teresa de Jesús, que prefirieron enfrentarse al poder agobiante y decidirse por lo que creyeron quizás más humano y con más encanto, más cercano a la ilusión y a la convicción, pero siempre cercano al Señor, siempre nuestro PADRE que es el que reparte fuerza y sonrisas para quienes desean tener el corazón limpio y capaz de auxiliar al prójimo que aguarda en cualquier esquina.

 

Pensando en estas cosas, se me ocurrió esta coplilla:

 

Este cántaro vacío

con cualquier cosa resuena

no como el cántaro mío

cuando de pena se llena.

Es un cántaro bravío

que se calla y no condena

cuando de pena se llena.

¡Que lo conserve, Dios mío

aún rebosando penas!

 

J

 

 

Es evidente como los cantos de Juan de la Cruz se apoyan en cadencias de cinco, siete y once sílabas, asemejándose a la lira y demás estructuras del viejo cancionero andaluz, tan rico en quejas, lamentos y exaltaciones.

 

Al nombrarse en estas últimas líneas la LIRA, tan utilizada por Garcilaso de la Vega, es menester extenderse en algunos aspectos de este fino aristócrata, militar y estudioso humanista, especializado en gramática latina, retórica, historia, filosofía y moral que lo enlaza con el pasado romano, saltando por encima de las tinieblas de la Edad Media para entrar en la dignificación de las coplas que pudieron llevar hasta las Indias Occidentales nuestros decididos navegantes. Eran tiempos del sevillano Nebrija, con su conocida gramática, como de sentir la influencia de la literatura italiana que en él influye en sus sonoras “liras” con sus cadencias apoyadas en heptasílabos y endecasílabos que asimismo  emplearon Santa Teresa y San Juan de la Cruz. Incluso las coplas con cinco sílabas, tal como las emplea nuestro Gustavo Adolfo Bécquer en sus exquisitas composiciones, tan utilizadas por poetas andaluces para expresar sentimientos y lamentaciones. Es curiosa esta composición:

 

No me podrán quitar el dolido sentir

si ya primero

no me quitan el sentido.

 

Asimismo lo es la carencia de temas religiosos y frecuentes los idílicos y populares:

 

Contigo mano a mano

busquemos otros prados y otros ríos,

otros valles floridos y sombríos,

donde descanse y siempre pueda verte

sin miedo y sobresalto de perderte.

 

 

Realmente se enriquecen las cadencias de las coplas de Garcilaso de la Vega, acentuándose con los versos de siete y once sílabas tan utilizados en los pequeños poemas de la copla popular andaluza:

 

Si de mi baja lira

tanto pudiese el son que en un momento

aplacase la ira

del animoso viento

y la furia del mar y el movimiento.

 

 

En ásperas montañas

con el suave canto enterneciese

las fieras alimañas,

los árboles moviese

y al son confusamente los trajese.

 

 

Otro rasgo del santo fue su afición al estilo pastoril, pero siempre dentro de la forma superior de la comunicación mística:

 

Entréme donde no supe

y quedéme no sabiendo

toda ciencia trascendiendo.

 

Pastores, los que fuerdes

allá por las majadas al otero:

si por ventura vierdes

aquel que yo más quiero,

decidle que adolezco, peno y muero.

 

 

Antonio-S Urbaneja Fernández

Médico y escritor-poeta en Málaga, España

 

Una casa de Fontiveros, pueblo donde nació San Juan de la Cruz

 

A house of Fontiveros, village where Saint Juan de la Cruz was born

 

 

 

Saint John of the Cross and

his poetry

 

They all are poems of the soul, longing to see God:

 

I live without living in me

and so eager is my hope

that I die because I can't die

 

Now-a-day, we continue praying that way, with humbleness and searching God in the friend who also represents us in this part where the good faith is united to the never forgotten camaraderie that is always needed to build a community. The same Plato advised to look for the fair man; and I allowed me to put it into verses:

 

LOOKING FOR A FRIEND

 

Plato wisely said:

a divine friendship

means sow and reap

the fertile open land

to the man of quality,

to that fair friend

who also cares for others

farming other lands

with identical eagerness,

sincerity without trick.

 

 

The Saint also gets anxious in his Spiritual Canticle:

 

Where are you hidden,

Love, leaving me moaning?

Like the deer you fled

after hurting me:

I followed you crying, but you were gone

 

looking for my love

I shall go through mounts and rivers;

without gathering flowers

without fearing beasts;

I shall go through fortresses and frontiers.

 

 

But meanwhile the neat spirit of John of the Cross wandered worrying for Christians and for the peace of the conscience; confessing the nuns of the antique Convent of Santa Teresa; an impressing fight was going on, menacing the heart of the Convent of Carmelites, because of some discrepancies concerning the humble behaviour of the community. It is amazing to see how new foundations are accepted in Andalusia, when the ones that are already established, in the joyful and passionate style of Saint Teresa, are repeatedly banned. The vicar general in charge of the settlements is Fray Jerónimo Tostado. He insists on finding a way to clear the problem by appealing to nuncio Ormaneto authority. Unfortunately, the nuncio died suddenly. When his successor, Sega, arrives in Spain, he makes acquaintance with fray John, admiring his simplicity and submission, soul and body, to the congregation.

 

One day, I heard the following copla on the square of my village:

 

Daily I came across

what occurs every day

without leaving in my memory

anything of that agony

which so much could help me

or just the contrary.

 

I am remembering it because the new nuncio, after finishing dealing with the case and meditating on the bad situation Fray John was passing by, commented publicly “that John was the tower of a powerful fortress”.

 

Teresa was in Ávila and through to her came the notice that two frays who were searching God together, with dignity and determination, were imprisoned in Medina del Campo. No doubt that the monks did not want to give up, and Saint Teresa was worrying a lot, because there was a veritable obsession with the “barefooted” and strange facts were occurring in Andalusia.

 

Something similar to what I say in my poem: Looking for a friend, is expressed in his Spiritual Canticle, concerning the time he was looking for the best of the friends; like happened to Saint Teresa. They both knew how to orientate their lives towards an entire devotion to those people who were around them, remembering continually the compromise linking the whole of them together. They both respond to this task and feeling with constance and sensibility, as the apostolic mystic poets they are.

 

 

His true name was Juan de Yepes and he was born on the 24th of June, 1542, in Fontiveros, little village from Ávila, belonging to Castilla y León, an autonomous community of Spain. His father died when he was six years old; and, when he was nine, he moved to Medina del Campo with his mother; where, when he was seventeen, he entered a Jesuit college to study humanities. In 1563, he took holy orders, adopting the name of John of the Cross. At the same moment, his learned countrywoman from Ávila, Teresa de la Cruz, begins a big friendship with him and incorporates him into the movement of reform for the Carmelites, that she had already initiated. She had encountered her great friend, a Saint determined and a fine mystical poet.

 

A famous English writer, who lived in Churriana, a precious little village of Málaga, Gerald Brenan, tells that the first poetry he read when arriving in Spain, was the poems of John of the Cross, who, then, was only known as a valuable mystical poet. He was greatly impressed by “such high values in lyric expression”.

 

At his return to London, he decided to write a biography of the curious personage, taking also ground from the no less famous Saint Teresa de Jesus, with whom John had so many links during his hazardous existence.

 

He was not a man who loved struggles and intrigues; his serious tragedy consisted in having not enough time for prayers and mortification. The major part of his life was spent dealing with conflicts he never looked for.

 

The father of Saint John of the Cross was educated by his uncles, prosperous silk traders of Toledo, where also lived other relatives with distinguished ecclesiastic offices; nevertheless, like with Saint Teresa, it may have existed some Jewish ancestry.

 

Gerald Brenan comments, as a curiosity, that he fell in love with a poor orphan girl, Catalina Álvarez, whom he married despite the opposition of his uncles. He was disinherited and all relation with his family was broken. Having to deal with his own capacities, he installed himself with his wife in Fontiveros, working both of them as weavers. His economical position was so precarious that he had to ask his relatives for help, dying for the inclemency of the weather and shortage.

 

John was specially good in Latin, History and Literature, which helped him to enter the University of Salamanca, where he stood until 1567, following triennial courses of Philosophy and Letters.

 

A decisive fact in his life occurred in 1567, when he was ordained priest. As it was usual, he returned home to sing the mass in the presence of his mother. Teresa of Jesus, who was already fifty years old, had arrived in Medina to settle there a Convent for reformed Carmelites. This was her second foundation, the first one was in Ávila. She is now intending to reform also the friars, in order the nuns could count on appropriate confessors. An important man, Pedro de Orozco, told her about John of the Cross, who precisely was looking for solitude and contemplative life, because of what he would very much like to enter the Carthusian Monastery.

 

The Carmel had a first stage involved into legends. It is said it was so old that it had been created by Enoc, father of Methuselah, in the mount Carmelo of Palestine, and renewed by Elijah. The word “Carmelo” means “garden”. There, in remote times, stood the sanctuary where Vespasiano consulted an oracle. And also there, a group of Christian anchorites settled down. According to an old monk, Focas, they established themselves like “feverish bees making honey”.

 

To them, Saint Albert gave a rule with sixteen articles; which have been revised afterwards and softened by pope Innocent IV.

 

Really, the excessive mysticism, abundance in prayers, and that submission in soul and body to the Lord, were conditions turning still more acute a sensibility intensified by serious pains and overflowing anguish. But before, John of the Cross had been designed temporary prior of the hermitage-Convent El Calvario, at the oriental limit of Andalusia, near the source of the Guadalquivir, among olive trees, brooks, little white houses and green lands, so distinct of the austere Castilian landscapes. At the arrival to the convent of the land, the verses of our Saint had to cheer up their cadences by necessity. Ana de Jesús, the more outstanding of Saint Teresa's nuns was the prioress who received John with some verses looking as written expressly for a coplilla:

 

Who doesn't know about pains

in this vale of tears

doesn't know what is good

doesn't know love is great.

 

No doubt these are verses for whom prays enjoying humility, for whom is looking for the Lord among his companions, those who live and share the same plot, in cohabitation, like Plato told.

 

In view of the alarming discord in the heart of the Congregation, Teresa worries, because friar Juan de la Cruz is, in some way, implicated in it. The traditional monks were growing more and more angry; they were supported by an Italian Carmelite: father Rubeo; and followed by the already quoted Ormaneto, who, moreover, was backed by the king. Then , the “ barefooted ” nominate another supervisor, Jerónimo Gracian, to inspect the looser Andalusian convents, the ones who enjoyed a more peaceful life. Meanwhile, the notice of friar John and his companion being kidnapped (by the “barefooted”) and jailed in Medina del Campo, adds anguish to the preoccupations of Teresa. It looked as if the power of Saint Teresa were disappearing : submit to vote, and what is more, menacing the rebels with serious punishments. John of the Cross was cruelly flogged, so hard that marks remained impressed on his back for ever. Being flogged without stop, he was conducted to Toledo with his eyes covered.

 

After some six months, they assign him a new jailer, a young man from another convent, who moved to pity, gave him a good tunic. He also furnished him with paper, pen and ink, in order he would be able to write his thoughts, easing his soul. Among other things, he wrote a carol he heard from a person passing on a nearby little bridge. But it is almost sure that Subida al Monte Calvario (Climb to Mount Calvario) and Noche Oscura (Obscure night) were elaborated there:

 

In an obscure night

burning despairingly for love

Oh fortunate venture!

Unseen I went off

leaving my house in peace.

 

In obscurity and secure

as the secret ladder disguised

Oh fortunate venture!

In obscurity and trapped

leaving my house in peace.

 

 

Even the “Spiritual Canticle” may have been started in that horrible prison.

 

I feel amazing and even encouraging, the answer given to a nun, Ana de San Alberto, who asked him if he had received some consolation in jail. He told her: “Sister Ana, a sole grace among those the Lord awarded me there, could not be paid with many years of imprisonment.

 

Finally, when he was almost forty years old, John could enjoy freedom, living in the old Calvario, in Jaén, during scarcely one year. There he was completely happy: passing from the obscurity of a prison; from that “whale” how he likes to call it, remembering the book of Jonah, to the beautiful Andalusian spring - referred Gerald Brenan. There, it seems, he wrote the poem “In an obscure night”, as well as some strophes of the “Spiritual Canticle”. Nonetheless, he owes part of his cheerfulness to thirty friars and some hermits of the Sierra Morena.

 

He was a good draughtsman; he liked painting the landscapes of Monte Carmelo, Beas and Baeza, where he used to celebrate mass, accompanied by a pious friar, singing the psalms and songs he himself composed. About his sensitivity as an artist, it was spoken that only Góngora and Pedro Espinosa possessed it in so high grade. Some years after, he accepted the rectorship of Baeza and also the one of Granada, and dedicated himself to conclude the big poem “Spiritual Canticle”.

 

Actually it had always existed a more agreeable and peaceful attitude in Andalusia, land of coplas and easy friendship, as it corresponds to a wonderful blue sky inviting people to open the door, let the sunshine invade their houses; putting a barrier to the unbearable loneliness. In the South, it is natural for prayers to have more of supplication and gratitude; than of that strong moving sadness, which impedes to appreciate the enjoyable gift of life, given to us by God, at every raise of a new day.

 

Really disconcerting is the fact to demand from a sweet, sensitive human being as John was, a so odd – “I would say cruel” (added by the translator) – behaviour.

 

I am very much moved by the vicissitudes of John of the Cross and Teresa de Jesus, who faced the oppressive power and decided to help those they believed were more human, closer to illusion and conviction, always near the Lord, our eternal FATHER, who share strength and smiles with people with a clean heart, capable to help the poor who is waiting in whatever spot.

 

Thinking about that, I wrote this coplilla:

 

That empty vase of yours

with nothing resounds.

Not as the vase of mine

when filled with pain.

Mine is a brave one

silent and not condemning

when filled with pain.

Please God, let it stand

even bursting with pain!

 

It is obvious that the songs of John of the Cross have a cadence of five or eleven syllables, like the lyre and other structures of the old Andalusian song book, so rich with laments and exaltations.

 

 

Because in those last lines I quoted the LYRE of Garcilaso de la Vega, an extension to some aspects of this fine aristocrat and poet is needed: He was a military and a student of humanities, specialized in Latin grammar, rhetoric, history, philosophy and moral, that linked him to the Roman epoch, jumping over the darkness of the Middle Ages to enter the dignifying phase of the copla , which would be carried so far as to the Western Indies by our determined seafarers. It was the time of the Sevillian Nebrija, with his well known grammar. It was also time to sense the influence of Italian literature, in the sonorous “lyres”, full of heptasyllabic and hendecasyllabic cadence; like the ones used by Saint Teresa and John of the Cross. We find even the copla with five syllables in the exquisite compositions of our Gustavo Adolfo Bécquer, and in almost all Andalusian poems, to express feelings and laments. The following verses are curious:

 

My sad feelings they can't take away

without first

taking my breath away.

 

Likewise is the lack of religious themes; and frequent, the idyllic and popular ones:

 

Hand by hand, searching with you

other lands, other rivers, other

shadowed and blooming valleys

where to repose always seeing you

peacefully, without fear of losing you

 

Really, the cadence of Garcilaso's poems are enriched and accentuated by verses of seven and eleven syllables, so much in use in short popular Andalusian songs:

 

If only from my low lyre

so powerful were the sound

appeasing in a moment

the wrath of the lively wind

and the fury of the see and movement.

 

Playing in the rough mountains

may my sweet notes move the wild beasts,

and move also the trees through the sound

moving them confusedly together.

 

 

 

Another character of Saint John was his liking for pastoral style, but always in the superior form of mystical communication:

 

I entered where I did not know

and I remained without knowing

all science being transcending.

 

Shepherds, whatever you are

amid flocks, on the hillock:

If you come to see the one

whom most I love,

tell him I am suffering fatigue and dying.

 

 

Author of the paper: Antonio-S Urbaneja Fernández

English version by Mariette Cirerol

 

 

 

ÁVILA, Spain