Escritores poetas de Argentina

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El imaginero

 

Teodoro Lozano tenía el don en sus manos, sus trabajos eran admirados por gente muy importante que llegaba a su taller buscando las maravillosas imágenes sagradas.

 

La perfección era su virtud. Solía levantarse al alba, tomaba su desayuno, salía a observar el amanecer, a aspirar el aire de las frescas mañanas, luego se encaminaba a su lugar de trabajo dándose un descanso con el almuerzo.

 

Había quedado solo un año atrás, por el fallecimiento de su esposa. No tenía hijos, a veces algún vecino pasaba a saludarlo…

 

Cierta tarde llegó un cliente. Descendiendo de una importante camioneta se dirigió al taller, el imaginero lo recibió.

 

El estanciero comentó que tenía una capilla construida en su campo y que debía hacer algunos arreglos. Más adelante, era su deseo, disponer de unas imágenes como las pequeñas figuras del “vía crucis”, dos ángeles, tres santos y la sagrada familia para el altar mayor.

 

Teodoro, -- una persona mayor --  se veía cansado, descuidado en su vestimenta, no así en lo que hacía, porque ponía pasión en su labor.

 

Hablaron por más de media hora. Agustín Ledesma, el comprador, fijó la fecha. Para la Semana Santa del próximo año quería tener las imágenes en su capilla.

 

 

 

 

Teodoro pensó: Es demasiada tarea para entregar en once meses ... y respondió: No le aseguro poder cumplir.

 

Ledesma aseguró: Sé que lo hará, y le entregó dinero a cuenta.

Se saludaron y se retiró del taller confiando en la responsa- bilidad del imaginero.

 

Eran mediados de otoño de 1890. Teodoro lentamente comenzó a trabajar con las pequeñas imágenes. El otoño daba paso al frío cruel del invierno que podía dañar las manos del artista. Ellas eran su herramienta de trabajo.

 

En noches heladas solía recibir a algún vecino con comida caliente. Veían que no se alimentaba bien. La soledad lo había desmejorado anímicamente, el trabajo era su refugio.

 

Solía quedarse hasta la madrugada sin mirar el gran reloj de péndulo colgado en la pared del taller.

 

Varias noches seguidas, compadeciéndose, venía a visitarlo Juan, una persona mayor que le traía café bien caliente.

 

Teodoro podía aspirar el aroma mientras oía los pasos de su viejo amigo al entrar.

 

El invierno fue menguando dando lugar a los primeros brotes en los árboles, que iban cambiando su triste desnudez por verdor en las ramas.

 

Los robles embellecían todo, con sus colores amarillos y ocres, las flores vestían armoniosamente las plazas y jardines de las casas del pueblo. Estaba llegando la primavera, ello daba fuerzas renovadas a Teodoro.

 

Los días tenían más luz, podía descansar algunas horas y volver a retomar su trabajo.

 

A mediados de la primavera pudo terminar la primera parte de las imágenes.

 

Debía comenzar con la otra, más ardua. Descansó todo un día, salió a comprar alimentos, se encontró con sorprendidos vecinos que después de mucho tiempo lo veían pasar. Se sentía feliz.

 

Llegó a su casa, preparó el almuerzo, se sentó tranquilo a comer disfrutando de la jornada.

 

Al día siguiente, muy temprano, comenzó con la segunda parte de lo que creía, su mayor creación. Recordó innumerables trabajos realizados, sentía que éste último, sería la culminación de tantos años de dedicación. Se consagró a su tarea como persona que ama lo que hace. Se propuso terminar para la fecha pactada.

 

Como la vez anterior dejó de alimentarse. La mañana del 20 de noviembre del mismo año llegó Joaquín Ledesma, deseaba saber sobre las obras encargadas.

 

Dialogaron. Teodoro explicó que faltaban las imágenes del altar mayor y que no se sentía bien de salud.

 

El estanciero se ofreció a acompañarlo al doctor, para tranquilidad de los dos.

 

El artista comentó: Sabe usted, no soy amigo de los doctores, ya pasará, seguro es cansancio.

 

Hubo un saludo luego, Ledesma se retiró…

 

Los primeros calores del verano se sentían con rigor, las manos de Teodoro se humedecían, de su rostro caían gotas de sudor que corrían por su cuello, por su cansado cuerpo. Tomaba poca agua, no quería perder tiempo en nada que pudiera distraerlo.

 

 Su cuerpo recibía pocos nutrientes. Las hojas del almanaque caían, la fecha de entrega estaba cerca. Se lo veía agotado, pero había dado su palabra.

 

En vísperas de semana santa vio con orgullo finalizada su obra, perfecta en su ejecución. Quiso admirarla, se recostó sobre un gastado sillón, entrecerró sus ojos.

 

Su cuerpo débil no respondía, allí quedó inerte, a los pies de la sagrada familia…

 

Afuera la naturaleza mostraba su ciclo de otoño, los árboles, que tanta sombra dieran en verano iban quedando despojados de sus hojas, que se desprendían como marionetas desplazadas por el viento.

 

Teodoro sería siempre recordado como el imaginero que tenía el don en sus manos y vivía en el pueblo de Junín…

Eran mediados de marzo del año 1891.

María Quiroz

 

 

 

 

 

 

 

 

Hechizo

 

Sabía que si la buscaba, ella tiraría sobre aquel enorme plato de alpaca, algunas hierbas malolientes como la ruda y el mastuerzo, y las gotas de aceite se mezclarían con los ojos de víbora, las pezuñas de alguna cabra, y la magia llegaría....

 

Él flotaría como una nube y el dolor que hoy quema su vientre desaparecería. 

                         

¿Pero cómo encontrarla? si esa mujer sólo vive en sus recuerdos atrapada en un pasado de hechizos.

 

Cuando la soledad lo perturbaba arremolinado sobre su cama, Luz Alba volvía.

 

A veces como una niña; Luz Alba fue niña, de rizos rebeldes y mirada fría, sí, con cuerpo y movimientos de niña, pero de juegos perversos y mente volátil.

 

No podría olvidar aquel día que corrieron por los trigales antes del paso de la cosechadora.            

 

Su pelo, de ondear amarillento como las espigas, era una brisa alocada que se detuvo al llegar a la orilla del acantilado.

 

Abajo, un mar hambriento se suicidaba en cada golpe de olas contra las negras rocas.

 

Y ella, Luz Alba, niña bella, dulzura helada, equilibraba su cuerpito por la orilla insinuando una caída mortal.

 

El llanto asustado de Leonel la divertía, él, se retorcía de amargura temeroso de perderla.

 

Luz Alba quedó allá, prisionera del tiempo que pasó.

 

 35

Sólo le dejó el recuerdo salado del primer beso, luego de un juego loco sobre la playa húmeda por el salpicar del mar en la costa brava, donde sólo las gaviotas podían verlos.

 

Allí, ella quiso ser mujer y sus cuerpos blancos se fundieron. El sudor tibio inundó el aire y la roca oscura se tiñó de carmesí.

 

Huele Leonel sus manos, aprieta con fuerza sus ojos buscando el aroma de aquella piel ausente, y en ese intento inútil, su estómago gime con un dolor agudo que lo obliga volver.

 

-- ¿ Dónde te encuentro, qué luna llena te transformó en blancura transparente?

¿Dónde estás mi sacerdotisa, en qué crepúsculo vives iniciando tus oficios?

 

Su pena estalla en un grito de animal herido y las fuerzas lo abandonan.

 

Ya no podría intentarlo de nuevo, como en aquel otoño cuando montado en su caballo decidió buscarla.

 

_ ¿Buscar qué? -- preguntaron algunos --, si Luz Alba es sólo una leyenda, un sueño irreal, un alma en pena que vaga por los montes, en el aullido de algún lobo, o en el silbar doliente del viento entre las hojas.

 

Pero él, bravío, enamorado, no cesa de llamarla en un bosque indiferente y desconocido.

 

Jamás encontró la cueva donde la vieron alguna vez, con los ojos hundidos, los cabellos enmarañados de hierbas y arena. Algunos dicen, como una loca, otros, transportada a otros planos, viendo el más allá, en esa lucha inquieta que siempre la llevó a correr en busca de la tan ansiada felicidad.

 

Acaricia Leonel sus heridas, huellas que las zarzamoras dejaron sobre sus manos en aquella travesía.

 

36

¿Cuándo soñó que la amaba, en qué primavera estuvieron juntos dando de comer a los pájaros?

 

 -- Luz Alba, mujer de mirada trasnochada, que pudiste leer en la palma de mis manos un antes y un después...

 

La oscuridad se desvanece y en la ventana del cuarto, el sol ya pinta el día, sus ojos doloridos intentan ver, y Leonel es un despojo, una sombra que sólo busca su final.

                    Ada Olmos

 

Psyché. Autor: William-Adolphe Bouguereau (1825-1905)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La lluvia desviste corolas a la hora del crepúsculo

 

En un viejo y emblemático café de Madrid, de la pared, colgaba una leyenda que decía:

“El tiempo es el espacio entre nuestros recuerdos. Nunca destruyamos ni el tiempo ni los recuerdos”.

 

…Ocupaba una mesa a orillas de la ventana, un jerez esperaba a su lado, mientras miraba sin ver como caía la lluvia sobre el Paseo de los Recoletos. Estaba solo, recordando aquellos tiempos de guerra en su España tan amada.

 

¡Había concurrido tantas veces a ese lugar, para asistir a las tertulias con la notable intelectualidad de la Generación del Noventa y Ocho!

 

Esa tarde los vio pasar a todos, los escuchó hablar con la fogosidad de sus años jóvenes y la claridad de su entendimiento virgen.

 

También como en un sueño, recordó a sus hermanos cavando trincheras, camiones cargados de hombres con fusiles, corridas en la oscuridad, gritos, el ruido ensordecedor de la metralla y las chispas iluminando la muerte por las calles.

 

De pronto rompió a llorar. ¿Por qué? ¿Por qué no me jugué? Tuve miedo…huí…y no sólo eso, cuando me tomaron prisionero y torturaron, delaté a mis amigos que nunca volví a ver.

 

Jamás tuve paz desde entonces… Encarcelé mi propia vida… Tengo miedo, veo la venganza en cada rostro, desconfío de todo y de todos, y a cada instante espero el ataque por la espalda.

 

¡Dios mío; mírame, no vuelvas la cara, háblame, acúsame, júzgame, condéname! ¡Pero dime algo! ...

 

Los sollozos de aquel ser desesperado fueron apagados de pronto por un estridente disparo, sobreviniendo después un aturdido silencio…

 

Sus lágrimas heladas se confundieron con el agua fría de la lluvia, poco a poco se fueron borrando las siluetas de la calle y las imágenes de sus recuerdos, en aquella tarde tan triste…

Beatriz Vázquez

 

 

El bebedor de la Cepeda

Autor : Demetrio Monteserín (1876-1958)

 

 

 

 

 

 

 

Los siete jueces

 

Sucedió en la Tierra. Una mujer sencilla, bella por dentro, con un interior colmado de sentimientos nobles.

 

Llegó su hora, debía partir…

Siete jueces de un mundo oscuro, – señores de baja vibración – clavaron sus ojos en ella.

Resistió esas miradas, no temió, estaba segura.

Una mujer que había transitado el camino de su vida por senderos claros; cuidadosa, naturalmente sana, con una familia constituida con amor y dedicación.

 

Se enferma su cuerpo. Sabía, le quedaba poco tiempo…

Organiza su mente, se pone en gracia de Dios.

Confiaba ciegamente, su fe la sostenía…

 

Así, consolando a sus seres queridos, eleva esa triste enfermedad terminal con dignidad, aceptando cuanta limitación ese proceso le regalaba.

Habló mucho con su esposo: Si Dios me permite, te ayudaré, te acompañaré desde el cielo…

 

Llegó el día. Todo era triste. Pero había una calma que irradiaba su rostro, descansando en paz, trasmitiendo a los suyos los caminos sin ella.

Serena, partió en silencio y en horario.

 

Al llegar a ese mundo tan oscuro, la reciben ansiosos y malvados…pensando: Hemos ganado otra alma.

Ella, desnuda, tranquila, baja escaleras y espera…

Desde allí pudo divisar, con una mirada espiritual, un pedacito de cielo. Era la llegada de su alma al paraíso…

 

Los jueces, de pie, con trajes lúgubres, grandes cuernos y vehículos macabros, tomaban con su mano derecha un arma desnuda, espantosa…

 

– Serás juzgada por tus pecados. Vivirás eternamente entre llamas y llantos.

Su cuerpo delicado, sutil, dio un paso aceptando la sentencia y se esfumó en ese instante…

Perplejos, los dueños del lugar, huyeron despavoridos, con sus maldades a cuesta.

 

Serena, una mujer de corazón especial, de un carisma propio de la bondad, pudo sentir el calor enfermizo del Infierno por unos segundos. Demostrando su fe, decidió el aire fresco, puro, del cielo junto al Señor…

Norma Sabatini

De su libro : “Con otra mirada”

 

Demonios en el monasterio de Rila

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Visiones de Ulises

 

Agua encantada,

mares de lava

ardiente…

Y la nave emergiendo

como estandarte del fuego…

 

Se levanta su mirada

aún más allá

de los despojamientos,

de los abrevaderos de luz.

 

Los ojos vislumbran

orillas incandescentes,

un refugio cálido

donde depositar

su carga infinita,

su posesión lasciva

de quiméricas imágenes.

 

El héroe desconfía

de sus armas

y se entrega al abrazo

de  brillantes espumas.

 

No hay certidumbre,

sólo un hambre insaciable,

una apetencia

de maravillas.

El héroe encarna

a todos los hombres,

los lleva consigo…

 

Nada es perfecto,

sólo el horizonte

que estalla como un meteoro

cuando el sol levanta

su purpúrea luz.

 

En lucha perpetua,

protegido por dioses

ignorados,

navega la madera frágil,

los agudos vértices

de todas las imágenes…

 

Y aquella vieja tierra

que espera su arribo,

-como quien atisba

una vaga silueta de sombra-

siempre a punto de alejarse

o de aproximarse,

como una especie

de resplandor sagrado.

 

Y las presencias

que atemorizan

desde secretos lugares,

y esas voces

como garras

que devoran

el litúrgico silencio,

tomando posesión del alma…

 

El héroe se expone

a la rapiña,

al despiadado ultraje.

Víctima del fragor

y los eternos sacrificios

a que su valor es sometido…

 

Piedras enormes,

como olas de sólidas arenas,

sacuden la fortaleza

flotante…

 

Y la mujer espera…

Debajo del dintel,

con su carga de

espumas tibias,

para brindarle

otro mar

de gracia complaciente.

 

Y el espectáculo

encantador de la nave

emergiendo.

Y las grandes ráfagas

de minutos

que horadan su cuerpo.

Y el extravagante abismo

con sus peces dormidos,

con sus náufragos insomnes…

 

Y el mar,

el mar inmenso,

en el fondo infinito

de los ojos de Ulises…

                                                                                               

Héctor  Rico

 

 

 

 

 

 

Manuel Ruano


Los siglos te dan la razón cuando te encaramas sobre
                                                    [ la piedra a mirar el mundo.
Y tu fealdad no es triste.

Mercaderes y feriantes, entre tasajos y morcillas de
                                                             [ cerdo, van dando voces.

La joroba es el espinazo de la historia sobre la
                                       [ Catedral de Cristo, Nuestro Señor.

Tu rostro deforme es como vino grato al paladar.
Sin embargo, ahora estás perdido, jamás alcanzarás
                                                [ en esa altura del campanario
a esa bella mujer que turba tus pensamientos.

Así te aferres a esa soga.  Y entre dos velas, Hugo
                                                                                   [ brinde por ti.

Los siglos te dan la razón: la dimensión espiritual
                                                                                   [ está torcida.

Así te crucifiquen en la basura, entre salmos y aleluyas
                                                                                   [ y ...

 

Quasimodo

 

 

 

 

 

 

A una señora tomando sopa

 

No se trata del título de un cuadro impresionista. Tampoco se trata de una fotografía iluminada a la sepia de una revista de modas. Pero dentro de estas impresiones volanderas, me atrevo a asegurar que se trata e una radiografía del alma en épocas de tinieblas para el mundo. Como el poema “Señora tomando sopa” que dice:

 

Detrás del vaho está la orden, la invitación o el ruego, cada uno encendiendo sus señales,

centelleando a lo lejos con las joyas de la tentación o el rayo del peligro.

Era una gran ventaja trocar un sorbo hirviente por un reino, por una pluma azul, por la belleza, por una historia llena de luciérnagas.

Pero la niña terca no quiere traficar con su horrible alimento; rechaza los sobornos del potaje apretando los dientes.

Desde el fondo del plato asciende en remolinos oscuros la condena:

se quedará sin fiesta, sin amor, sin abrigo,

y sola en lo más negro de algún bosque invernal donde aúllan los lobos

y donde no es posible encontrar salida.

Ahora no hay nadie,

pienso que las cucharas quizás se hicieron remos para llegar muy lejos.

 

 

Se llevaron a todos, tal vez uno por uno,,

hasta el último invierno, hasta la otra orilla.

 

 

Acaso estén reunidos viendo a la solitaria comensal del olvido,

la que traga este fuego,

esta sopa de arena, esta sopa de abrojos, esta sopa de hormigas,

nada más que por puro acatamiento,

para que cada sorbo la proteja con los rigores de la penitencia,

como si fuera tiempo todavía,

como si atrás del humo estuviera la orden, la invitación, el ruego.

 

(Orozco, 1998, 133)

 

Esta escritura pertenece al poemario Con esta boca, en este mundo, libro de la culminación, de los tatuajes, libro de la llegada, donde se introducen los grandes hallazgos y el alto voltaje de la metáfora de los reencuentros. También , podría llamarse la purificación de las memorias y de las almas. O, con mayor certeza, del maridaje de la luz y de la sombra. Para quien vistió en traje ritual y estuvo habituada a la energética de los sueños, podía reconocerse como en Yeats, la gran memoria de sus muertos.

 

Olga Orozco entraba en la poesía como en una gruta persa. Las paredes de sus poemas estaban cubiertas de piedras preciosas, incrustaciones de oro, rubíes que estaban adosados a las ramas de los árboles... Y estalactitas dormidas que dejaban escapar sus ráfagas plateadas. Vivimos en tiempos de nieblas. Pero ella solía separar la luz de la sombra.

 

Vuelvo a decir: para quien vivió las cavernosidades del espíritu, las profundidades del corazón, estos poemas suyos ponen al descubierto la desprotección del alma porque cristalizan una visión demasiado humana de la existencia.

 

Este libro, simplemente por una rara confluencia planetaria, no se engarzó a su Obra poética. Ella, Olga, “la del sol en piscis  y ascendiente en acuario y un horóscopo de estratega en derrota y enamorada trágica...” (2000, 237) que medía los equinoccios fatales y amaba los meridianos de la prodigalidad, no previó guardar las llaves para su último viaje, que era, no podía dejar de ser, su coup de foudre (del chispazo divino) y la suma de sus bellas páginas líricas. Ella, que parecía verlo todo desde una ventana, vuelve a encerrarse ahora ante un mundo sumergido por las tinieblas de la guerra y de la desolación. Y dice en Mujer en su ventana:

 

Ella está sumergida en su ventana

contemplando las brasas del anochecer, posible todavía.

Todo fue consumado en su destino, definitivamente inalterable desde ahora

como el mar en su cuadro,

y sin embargo el cielo continúa pasando con sus angelicales procesiones.

Ningún pato salvaje interrumpió su vuelo hacia el oeste;

allá seguirán floreciendo los ciruelos, blancos, como si nada,

y alguien en cualquier parte levantará su casa

sobre el polvo y el humo de otra casa.

Inhóspito este mundo.

Áspero este lugar de nunca más.

Por una fisura del corazón sale un pájaro negro y es la noche

- ¿o acaso será un dios que cae agonizando sobre el mundo? -,

pero nadie lo ha visto, nadie sabe,

ni el que se va creyendo que de los lazos rotos nacen preciosas alas,

los instantáneos nudos del azar, la inmortal aventura,

aunque cada pisada clausure con un sello todos los paraísos prometidos.

Ella oyó en cada paso la condena.

Y ahora ya no es más que una remota, inmóvil mujer en su ventana,

la simple arquitectura de la sombra asilada de su piel,

como si alguna vez una frontera, un muro, un silencio, un adiós,

hubieran sido el verdadero límite,

el abismo final entre una mujer y un hombre..

 

(Orozco, 1998, 137).

 

Esta obra poética, cifraba grandes esperanzas para ella. Los grandes poetas no tienen edad, ni estado civil, ni sexo, ni profesión conocida. Olga Orozco, como ya dije en una oportunidad, perteneció a esa gran estirpe de la mejor poesía argentina de los últimos tiempos.

 

Alguien dijo que los poetas chinos y Baudelaire veían la hora en los ojos del gato. Olga no, ella veía a través de los ojos de una gata llamada Berenice. Predecía el futuro y almacenaba imágenes de Babilonia, Egipto y otras historias más domésticas que recorrían su imaginación. La gata Berenice era su mensajera de lo invisible. Una escritura oracular con su Bubastis, y su Bast, la diosa-gato. Cantos a Berenice confirmaron esa relación.

 

Una vez la oí decir: “Construyo mis poemas como para habitarlos, para vivir en ellos...” (O. Orozco, entrevista personal con  la  autora,  1974).   Y  así lo hizo, no lo podía dejar de hacer, con Desde lejos, Las muertes, Los juegos peligrosos, y todos los que vinieron después...

 

Fue amiga, entre muchos otros, del poeta Oliverio Girondo. Y hay una anécdota muy simpática que ella misma contaba acerca de él:

 

Conocí a Oliverio Girondo en el Premio Martín Fierro. Estaba sentado frente a mí y comía polenta con pajaritos. Tenía unos modales, mezcla de hidalgo y personaje primitivo. Yo veía esas fauces que devoraban los pajaritos, masticando los huesecitos con un afán que me impresionó mucho, me puse melancólica y se me empezaron a caer las lágrimas. Entonces él tiró el plato y dijo “No se puede comer cuando una ninfa llora”.

(Lergo Martín, 2009, 423-425).

 

 

El nombre de Olga Orozco debió entrar junto a Raschilde y el luciferino Lautréamont en Los raros de Darío. O en los Retratos de Papini. Lo cronológico, para los poetas no cuenta. Desde hace años sigo frecuentando sus poemas como una mansión sagrada. La pitonisa está ahí, parada, con su voz sentenciosa y grave y sus ojos verdes. Y heme aquí. Yo he estudiado lo sepulcral de sus versos, las sombras, la ropa usada de sus difuntos, los instantes de soledad, los nitratos irreconocibles de su memoria, los zapatos vacíos que vuelven a desandar, los mosquiteros abandonados de la poetisa de Toay, un lejano lugar de La Pampa Argentina. Y aquel sobre-cogimiento interior, lo sé, me da hoy (no podía dejar de darme) un escalofrío interior impronunciable... En una palabra, ahonda mi ternura y a la vez mi miedo.

 

Y ahora me reservo esta certeza, (en tiempos de guerras y tinieblas),  porque me la imagino,  sí,   en esa pléyade de los más grandes poetas que embellecieron en este mundo lo que nos queda de humanidad.

 

 

(Conferencia  efectuada en 2001 por Manuel Ruano, en la Casa de Bello, Caracas, Venezuela.

Se encuentra incluida en el libro “Lautréamont y otros ensayos” publicado en 2010 por la Fundación de Centro de Estudios Latinoamericanos

Rómulo Gallegas, en Caracas, Venezuela.)

 

 

Olga Orozco

nació el 17 de marzo de 1920 en Toay, La Pampa

y murió el 15 de agosto de 1999 en Buenos Aires

(foto y datos encontrados en la Wikipedia)

 

 

Olga Orozco  y su escritura

 

 

 

 

 

 

 

 

Estela Barrenechea

 

Brisa Ansiada

Cuando tiembla mi piel,

son tus caricias surgiendo de la bruma del río,

abrazando mi cuerpo en silencio.

Vives junto a mí

como el roce placentero del aire,

como la voz de los sueños,

como el hechizo de una luz perenne.

 

 

Desde el Terror

Entre la cama deshecha

y el temblor imparable de mi boca

se anestesia la palabra.

Entre tu voz amordazada

y tu piel herida,

huelo lo que queda de ti.

 

Te arrancaron del mundo

en medio de la noche.

 

Queda un ciego sufrimiento,

nudos de pérdida

y un corazón extenuado.

 

II

Desde que se fueron llevándose a rastras

su cuerpo, a él,

desabrazándolo de mí,

sujetado

como con garras a mis manos,

se hizo el silencio.

 

Los libros deshechos,

rasgados,

el remolino del viento desnudándome,

y yo, amortecida.

 

Me plegué a las sombras

palpé la cama

y ahí supe,

en medio de la tiniebla del instante,

que habíamos caído,

que el sueño se había ido de mí.

 

El oleaje de catástrofe me cubrió.

Tenía que irme,

dejar todo como estaba.

Nunca más esta casa,

nunca más la permanencia,

nunca más el amor para nosotros.

 

Envuelta en la desventura,

sumergida en la cueva del miedo,

busco refugio

en algún ombligo de la ciudad.

 

Ante la amenaza,

lo incierto nos prueba.

 

Como una hoja somnámbula

el cuerpo camina.

 

Y en medio del horror

la sensación incierta

de correr más allá de la muerte.

 

 

*  *

 

 

 

 

 

 

 

 

Ángel Kandel

 

Sólo veintiocho

Veintiocho laboriosas obreras
urden intrincados gobelinos
donde quedan bordados
paisajes
incestos y batallas.
Amanecen muy bien encolumnadas
se entrelazan
se repiten
y se abrazan
conformando una trama compacta
tejida
como por veintiocho
arañas hacendosas.

 

 

Vista trasera de la fábrica de los Gobelinos,

junto al Río Bièvre, Francia, (en 1830) según la Wikipedia

autor desconocido

 

 

 

 

 

Cristina Berbari

 

Zona de riesgo

Cuando la mano del viento

toma tu sombra

y la dispersa con un gesto,

la traslada

al otro lado,

siempre al otro lado,

paraje desconocido,

zona de riesgo.

—No procures su busca—

aconsejaría Heráclito.

 

Si todo fluye,

la que vuelve no es

la misma que partió:

ajena sombra regresa

del otro lado.

 

¿Cuál, su ley? ¿A quién responde?

 

Quizá por hábito del inquieto devenir

cierta vez

la que vuelve

llegue a ser tu primitiva sombra.

 

 

 

 

Erupción de vapor del “GeyserCastle (Castillo)

 en el Parque Nacional de Yellowstone.

Su propio vapor está capturando la sombra de una cara.

También se notan en la foto

los maravillosos efectos de la luz crepuscular.

 

(Encontrado en la versión inglesa de la Wikipedia)

 

 

 

 

 

 

Elena Perla Piscun

Margaritas

"El paraguas de las estrellas
se cubre de labios."

Murmura la cascada.
En las piedras,
peces translúcidos
se visten con algas.
Viento de césped,
mariposas amarillas,
explosión de perfumes,
historias que duermen,
olas de aire.
Vocales en la guirnalda
de la memoria
se diluyen.

Margaritas viejas
bañan a la extraña.

 

 

Paraguas para Elena

 

 

 

 

 

 

IN  MEMORIAM

 

JORGE ANDRÉS PAITA

 

(Buenos Aires, Argentina, 30 septiembre 1931 – 27 octubre 2012)

 

Las cartas sobre la mesa

 

El poeta es el déspota más puro.

hasta hace un tiempo penas imponía

cuando variando poses de agonía

jugaba al triste, al mártir, al oscuro.

 

Más fuerte había tallado cuando, duro

soldado o monje, invocación hacía

más al Sol que a la Luna y la poesía

múltiple voz alzaba a su conjuro.

 

Y hoy lírico no más, y postrimero,

cuando pinta convicto lo que sueña

aún la imagen del magín se adueña.

 

No busco votos, hablo verdadero:

te hago sentir, sintiendo, lo que siento

y, pensando, pensar mi pensamiento.

 

 

(poema de su libro “Selección lírica”,  mandado por Lina Caffarello)

 

 

 

 

poemas mandados por Cristina Berbari :

 

Ad Profundis

 

Ante el día por verse,

papel en blanco, silencios,

el vaivén de palabras vanas

ante los ojos,

y uno piensa, uno piensa.

Toda alianza quebrada ya con la altura,

tampoco señales, voces

para el hombre guarde tal vez

el otro reino, el sombrío,

que pisaron plantas mortales

-osados descensos, lujos

desdeñados hoy día por la costumbre.

 

No soy digno,

perdón, callados señores:

yo quise saber siquiera

si un gran delta sembrado allá de miembros y rostros yertos,

bajo el frío andar de la luna,

para Sus Tenebrosas Majestades es como nieve

que desde el suelo filtra a estos negros ríos,

si el estrépito del caer

de una Edad con sus viejas torres

aquí sólo es oído como otra hoja

que da al viento un otoño.

 

 

 

En la muerte de Blasetti

 

Te seguiré encontrando, viejo taoísta,

por las islas del Tigre mientras Dios quiera,

y al promediar el mismo vagabundeo

nos diremos, tal vez al pasar la casa

cuyo nombre es “Mallorca”, que ya es bastante

de senderos exiguos, de puentecitos

enclenques sobre un arroyo,

de taciturnos perros de inmóvil cola.

Y sentados en el “Riviera

beberemos un lento vino junto al Sarmiento,

dejando flotar el humo del cigarrillo

en un rayo de sol filtrado de entre los sauces,

la mirada perdida en la huyente estela

de la estridente lancha, el rítmico remo,

silenciosos en el instante los corazones,

pasajeros eternos. Y antes

del deprimente ocaso,

como siempre, caro poeta inventor de enigmas,

fabulador de cósmicas miniaturas,

sublime y grave embustero,

tomaremos el tren de vuelta rumbo a Barrancas.

Y a la ciudad inhóspita más templados

volveremos (irremediables

isleños entre el tumulto),

rememorando versos,

mentando tal vez amores,

haciéndonos cierto guiño

de fantasma a fantasma, libres,

tú sin novia de un día, yo sin mi viuda.

 

2005

 

 

(Hoy, con su bagaje de poesía, los dos amigos transitan por los senderos de lo insondable.

Hoy, a Jorge Andrés nuestro homenaje; nuestro recuerdo permanente a su entrañable amistad.)

 

 

Jorge Andrés Paita. Nació en Buenos Aires en 1931. Publicó los libros de poesía Cuatro puertos (1976), Señales del segundo milenio (1983), Eros en Amazonia (1998). En prensa, un poemario de próxima aparición. Recibió la Pluma de Plata del Pen Club, el Premio de Poesía "La Nación", el del Fondo Nacional de las Artes y el Municipal.

Cristina Berbari

 

 

Jorge Andrés Paita

 

 

 

 

 

 

 

Juanita Pochet Cala


Yo lo sé

 

No hay Mesías escogido
el hombre va
con una cruz clavada en el alma
y a saltos de goces
el misericordioso verbo
la fe es un constante agasajo
cuando nos miramos,
nos descubrimos
y ansiamos los ojos para abrir el paraíso.
A veces la copa parece derramada
y no fueron los santos
sino ese sabor a polvo
que quiebra la garganta,
esta lujuria.
Ir y venir con la desnudez del pensamiento
en esta suerte de oler enmohecidos.
Hay cadenas que no penden del cuello,
ni grilletes que adornen los pies
pero sí sacrificios que el hombre arrastra
y hacen perecer como los clavos de Cristo.

 

 

Costumbre romana de hacer transportar a un reo un yugo o patíbulo,

hasta el lugar de la ejecución.

 

Autor : Rubén Betanzo S.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Lina Caffarello

 

Como Andy Warhol

Yo, como Andy Warhol,
me río de estólidos fetiches
y sufro la urgencia de aprisionar fantasmas
en la repetición seriada hasta el hastío.


Los truenos estallan en mis ojos,
me persiguen los aullidos de la mente
y debo enmascararlos de setecientas formas
bajo colores que estrujo con dolor.

Ése es mi secreto.

Por eso me pinto el pelo de amarillo
y me revuelco entre parodias e ironías.

Muchos elogian mis triunfos.

Los locos me aclaman dios de la vanguardia.
Sólo alguien sabe
de esta revancha triste que le tomo a mi niñez.

 

 

 

 

Estatua de Andy Warhol en Bratislava Venturska, Eslovakia

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mirta Cevasco

 

Heredera de la Brisa


Soy la nueva heredera de la brisa
intento sobornar al cielo
cuando ensamblan otras voces con mi voz.
Mis manos pulsan trinos digitales
apresuran el paisaje
y el nombre de las calles se me hace innecesario.
Apenas un plumaje está dando su concierto
y los fresnos las cinco de la tarde.
Puedo escuchar la letanía del ciprés
la sentencia puntual de los nogales,
Sin embargo no hay teclados
ni una antena, todavía.

 

* 

 

 

 

 

Foto tomada por Mariette en Suiza, en agosto de 2006

 

Se nota el paso de la brisa jugando con la luz

 

 

 

 

 

 

 

 

 

IN MEMORIAM

Jorge Riveiro

XIV

 

Ahí

donde el crepúsculo roba

su piel viscosa,

galopa, ola traidora!

 

Las hordas del dolor

reclaman las hogueras

de tus lentas entrañas.

 

Tráigannos su capa envainada

para la copa del último grito.

 

No, Buenos Aires!

No te robes la sombra.

 

 

(del libro OSTINATO BUENOS AIRES)

 

 

 

 

 

Buenos Aires : El Club de Pescadores

Foto de la Wikipedia

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Beatriz Olga Allocati

El hilo de plata

Ella lo supo. Peregrina el ángel

por las vecindades.

Lo recibió,

sonrisa y beso los ojos.

Le indicó el camino,

un cordón de plata

y la intención de un extremo,

para que no se perdiera.

 

El hijo derramó fresas en el regazo,

el miedo a otra despedida.

No debía quedarse.

 

Una bendición,

si ella te despide cuando partes.

 

 

(del libro Y SE CONVIERTE EN ÁNGEL)

 

 

 

 

William-Adolphe Bouguereau (1825-1905)

Song of the Angels (1881)

 

 

 

 

 

 

 

 

Cristina Villanueva

 

El espejo del mar perdió su marco

El marco cae, hierro de barco hundido, ruido de caracolas;
al mar se le desborda el infinito.
En el espejo fondo pasean los peces sus miradas extrañas,
hay ahogados hermosos, con colores trabajados al agua.
Una muñeca de proa, con las manos atadas en algas
y el pecho dulce, sin abrigo, encallada.

Busca en hablarse, dejar dolor azul, vueltas en el sin fin,
mover sangre acorralada por el espejo océano, subir.
O sea no morir.

 

L’espill del mar perdé el seu marc

Traducción al Catalán de Pere Bessó,

Valencia, España

 

El marc cau, ferro de vaixell afonat, soroll de caragoles,
al mar se li desborda l´infinit.
En l´espill fondo passetgen els peixos les seues mirades estranyes,
hi ha ofegats fermosos, amb colors treballats a l´aigua.
Una nina de proa, amb les mans lligades en algues
i el pit dolç, sense abric, encallada.

Cerca en parlar-se, deixar dolor blau, voltes en el sens fi,
moure sang acorallada per l´espill oceà, pujar.
O siga no morir.

 

 

 

 

Encontrado en la Wikipedia

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Roma Rotela

 

Pensaba el universo

 

Y dijo el hombre al aire
                               Al sojuzgar la tierra
"Yo vengo de otros mundos y soy un planetario
Heredero del Cosmos, hermano de las aves
donde la lluvia nace, sin nieves ni tormentas.
El verano y los píos, son milagrosas voces,
acunan y acarician
                               las paredes del reino.

     Habitante de un tiempo
     del jardín de lo ignoto
     ligeramente oculto
     entre rama y cerezo
     enredado en la bruma celeste
                        de las nubes
     me crecían a raudales
                        los pámpanos y sueños.

Tenía entre las manos
la luna y las estrellas
y en la frente sellado, codicilo de fuego.
Un ángel cabalgaba el día como a un potro
y Dios, dueño absoluto
                             pensaba el Universo."

 

 

 

El gran Arquitecto del Universo

Autor : William Blake (1757 – 1827)

 

 

 

 

 

 

 

 

Alicia Dellepiane

 

Queridos amigos:

    Éste ha sido un año pleno de experiencias nuevas y fascinantes para nosotros. Hemos recorrido Andalucía, Madrid y Barcelona, lugares de un encanto muy especial que nos conmovieron con todas las reminiscencias que encierran para ambos.

    Un hilo conductor nos guiaba: Rilke, quien hizo el mismo recorrido  hace ya 100 años. Fue maravilloso. En este viaje hicimos amigos entrañables, que sumamos a los de antaño.

    Por eso quiero compartir con ustedes uno de los momentos más impresionantes  del recorrido: La Alhambra, donde nos sorprendió encontrar,

 a la entrada, el poema de Borges:

 

Grata la voz del agua
a quien abrumaron negras arenas,
grato a la mano cóncava
el mármol circular de la columna,
gratos los finos laberintos del agua
entre los limoneros,
grata la música del zéjel,
grato el amor y grata la plegaria
dirigida a un Dios que está solo,
grato el jazmín.

Vano el alfanje
ante las largas lanzas de los muchos,
vano ser el mejor.
Grato sentir o presentir, rey doliente,
que tus dulzuras son adioses,
que te será negada la llave,
que la cruz del infiel borrará la luna,
que la tarde que miras es la última.

 

--- oo0oo---

Les deseo muchas felicidades en estas fiestas

Alicia

 

 

Alicia con Manuel Ruano,

dos apasionados de la escritura y amigos de AIR

 

Gracias por los augurios,

en nombre de todos los lectores,

Lástima que lleguen tan tarde pero espero que se hayan hecho realidad. Añado esta nota al repasar y formatear el libro. Todavía nos queda mucho 2013 por delante y os lo deseo próspero. Estamos en tiempos de lucha; la lucha ahuyenta la pereza y estimula la imaginación. Lo que necesitan los escritores poetas es precisamente esto : imaginación : energía y voluntad para darle un lugar donde todos puedan gozarla.  Sin olvidar que nuestra misión no es sólo imaginar, sino recordar lo que realmente se ha vivido, para que la nueva generación no nos olvide; y, sobre todo, recuerden a través de nuestros relatos a los que nos precedieron y se quedaron en el silencio por falta de medios, o fueron silenciados por la envidia.

Mariette

6 de febrero de 2013