Juan Luengo, a la izquierda. A la derecha, Pepe Aguado. En la presentación del libro

 

 

El zángano y la flor

 

La musa de este cuento es un ser radiante y vital,

mitad ángel y mitad niña.

 

 

Verdaderamente, puede ser maravillosa y satisfactoria la vida más insignificante, si se pasa por ella con deseo y auténtica vocación de conocer, no importa para qué, pues la respuesta ya llegará.

 

A veces, la circunstancia que nos parece menos favorable nos pone en el camino y es como el viento violento que nos desarraiga y transporta, que nos causa un dolor que hiela el alma; pero, resulta suficientemente compensado con la seguridad que se siente al haber sabido superar la dura prueba que, en parte, nos mata y nos resucita.

 

Algo así les sucedió a los protagonistas de este cuento.

 

 

Capítulo 1

 

El Supremo Hacedor se recrea en ti

 

 

Con monótono vuelo, va cruzando el zángano un prado. Nadie podría sospechar que su pensamiento está centrado en el período transcurrido desde su fuga, en el que había visto todo o casi todo, observándolo en soledad, es decir, de la forma como la realidad empapa más. Pensaba también que, para lograr el verdadero conocimiento, tendría que detenerse, pues el auténtico, ése que enriquece,  no llega hasta que cristaliza en el horno de la reflexión.

 

Se iba, no sabía por cuanto tiempo, de ese silencioso movimiento de la vida y la muerte, que también es vida, alborotado solamente por la conducta ruidosa y llamativa del hombre, ese rey (pues así se autodenomina) no coronado, que no para de mover cacharros de forma estrepitosa.

 

Con tal propósito, fue ascendiendo sobre esta rugosa esfera, donde siempre arraiga la vida, pues, aunque en ella hay quien no tiene raíces, todos dependen, para subsistir, de los seres que cuentan con ellas.

 

Elevaba su vuelo zumbón y monótono de avioneta de serie, funcional y sin pretensiones, repartiendo ecos de siesta; y, al alejarse, su mirada pasaba una última revista a cuanto quedaba debajo. Realmente, no sabía a dónde iba; pero tenía claro que se dirigiría a un lugar retirado que le ofreciera un ambiente más a propósito para meditar.

 

Enseguida encontró un bosque y subió por encima de sus árboles; pero, éstos no eran lo suficientemente altos como para sentirse aislado en alguna de sus copas.

 

- Qué aburridos son los bosques – se decía - . Y es que la naturaleza es hermosa, pero machacona. Es raro ver una hormiga sola, un hongo que no tenga cerca otro, o un pez que no vaya en grupo… Creo que buscaré un árbol solitario en lo alto de un cerro; y, allá, en su rama más alta, detendré un poco mi vida.

 

Prosiguió su viaje. Se sentía cansado, como si llevara equipaje.

 

- Noto que algo me pesa; pero, como no sea el baúl de los recuerdos… - bromeó consigo mismo.

 

- Sí - se dijo de pronto, muy serio - . Es eso: me pesan los recuerdos.

 

Y, sin querer detenerse, con prisa por soltar su carga, con los ojos pendientes de encontrar el árbol de su destino provisional, prosiguió el vuelo.

 

Cruzó un río no demasiado ancho. Una de sus orillas era la base de un monte cortado a pico, manco de ladera, perdida en un cataclismo geológico junto con el bosque que la poblaba. En su cúspide, solitario, que no huérfano, se erguía su árbol. Era grande (el mayor de cuantos había visto), vital, recio, añoso y verde; pero de tronco oscuro con manchas blancas formadas por colonias de esos diminutos seres que anidan en la vida de los grandes, con los que no compiten, y son como las pequeñas piedras que dan belleza al mosaico, que sin ellas no existiría.

 

- La vida siempre fomenta la vida y la provoca -, se dijo al observar que el árbol era el apoyo vital y el refugio de otros muchos seres pequeños.

 

El capítulo 2 se perdió, en su forma electrónica, por causa de unos problemas informáticos.

Se puede leer en el número 17 de AIR

 

cAPÍtulo 3