Relatos y Cuentos --Libro 4

 

Por la ventana entra la luz

Por la ventana sale la sombra

Seamos como la ventana

hagamos que la sombra

se llene de luz

Mariette

 

Siguen los Relatos y Cuentos de los colaboradores en un único archivo:

 

Jesús Dumont

El abuelo de sí mismo

– Cuento para adultos –

 

– ¡Es como se lo cuento! – exclamó mi interlocutor con voz grave –. Sus ojos se clavaron en los míos durante un silencio prolongado. Tal como si esperara una respuesta de incredulidad.

 

No dije nada, y añadió:

– ¡Lo único que había de vital en aquél hombre, era su teléfono móvil !

 

Después de otro silencio, más corto que el anterior, hizo una mueca triste, y le escuché decir:

– ¡Ni los huesos hubieran servido para algo una vez muerto! Ni la osteoporosis los habría roído, la noche en que sus lombrices estaban muertas de hambre. Dicen que murió a consecuencia de un cáncer de colón. ¡No me sorprende! Cuando andaba tenía la mala costumbre de “comerse los calcetines”. En la colonoscopía, sólo encontraron una multa de tráfico aún sin pagar. Para mí, que siendo su propio abuelo, como llegó a ser, le hubiera faltado un pelín para ser padre de su padre ¡que ya es decir! ...

 

Miré al individuo que hablaba para preguntarle sobre este hecho insólito. No tuve tiempo, se adelantó adivinando mi intención, y afirmó:

– ¡Sí señor, como lo oye usted; aquél hombre era su propio abuelo!

 

– Añadí: no es que lo dude porque hoy hasta parece posible cualquier insensatez como esa, pero ... No pude terminar... ...

 

– ¿Insinúa usted que soy un insensato? ¡Pues sepa, caballero, que aún hay más: ¡Su esposa era suegra de su padre; y, al mismo tiempo él era su yerno! –...

 

¿Cómo era posible decir tantísimas barbaridades en tan poco tiempo? ... No tenía aspecto de estar loco....

 

Aquella mañana, el sol había saltado sobre una nube plomiza. No era una mañana para lanzar campanas al vuelo: soplaba un vientecillo suave, casi flebíl, pero capaz de poner las narices como un boniato...

 

Vinieron a mi memoria frases del poeta Rafael de Penagos, quien, refiriéndose al embajador Gómez Jordana Prats, en la tarde que presentó su libro titulado “Versos de ayer, recuerdos de hoy” (supongo que el único) en el Casino de Madrid, un  día de octubre  de 1999.

 

Dijo de él:

– Era y es un generoso presta primaveras.

 

El caso es que mi interlocutor no iba precisamente prestando primaveras. Por el contrario, sus palabras eran un crucigrama genealógico difícil de entender. Cuando yo estudiaba Historia del Arte, muchas leguas atrás, me pareció inaudito que de Borgoña vinieran canteros a España para establecerse en Toledo y en Burgos, habiendo tantos maestros autóctonos. Fue un capricho de la época, cuando el arte trataba de engrandecer aún más las catedrales. Para mí, fue tan absurdo como derruir en Italia las glorias góticas para implantar en su lugar el arte florentino de los Brunelleschi; o retirar la contemplación de pinturas de Donatello y sustituirlas por grafitis.

 

Supongo que nadie hubiera creído que un mortal llegara a ser abuelo de sí mismo; y menos, que su esposa fuera suegra de su padre; y el hermano, abuelo del otro hermano. Cada vez que le observaba con detenimiento, me parecía, o más loco que antes,  o más burlón.  Era una persona difícil de olvidar.

 

Recordé en esos momentos, que Joaquín Vizcaíno, marqués y viudo  de  la señora Mariana Pontejos y Sandoval, condesa de Pontejos y condesa de la Ventosa – sin señalar con mala intención este dato – dijo:

– Dichosos los seres que por sus talentos, sus méritos y virtudes, hacen imposible el olvido.

 

Joaquín, casado con Mariana, aún está hecho una estatua en la plaza de las Descalzas Reales de Madrid, desde el año 1882, sin importarle eso de “La Memoria Histórica”.

 

Afirmaba el escritor Mariano de Cavia, fallecido en el hospital del Doctor León de Madrid: “No hay en este país profesión más intranquila e insegura que la de cadáver ilustre”. Llevaba razón, porque recuerdo que hubo un alcalde que sustituyó la estatua de Mariano, situada en el centro de la plaza de su nombre, por una fuente con surtidor y brocal, donde varios pajarracos agitaban sus alas.

 

Volviendo a mi interlocutor, no me atreví a contradecir algunas de sus opiniones. Me parecía este caballero muy radical en sus afirmaciones; y, sobre todo, un absolutista a quien no se le puede llevar la contraria sin sufrir algún descalabro verbal. Actitudes como ésta no son muy recomendables, ni siquiera para hacer valer la razón. A Carlos I, le costó la cabeza; y a Jacobo de Drumond o Dumont (indistinto), el trono de Escocia, Inglaterra e Irlanda. Llegué a la conclusión, siguiendo el hilo de mis pensamientos, que, a lo mejor, él llevaba razón; porque las cosas que parecen imposibles, muchas veces son realidad. Además, estos seres raros otra cosa no tendrán, pero sí cultura para sembrar un campo de nabos.

 

Somos muy proclives a precipitarnos en nuestras apreciaciones iniciales y a aparentar saberlo todo, dándonos de “listillos”; lo que no deja de ser una prueba tonta de arrogancia y vanidad.

 

También tuve la sospecha de que ese señor fuera un “guasón” de  tomo y lomo   – la sospecha es la inquietud que nos produce

lo desconocido.

 

Aún andaba yo perdido en mis pensamientos, cuando él me hizo descender de la nebulosa de Magallanes para poner los pies sobre la tierra. Bajé de golpe, porque decía:

 

– Resulta que mi padre y mi mujer son mis hijos.

 

¿Qué pueden ustedes pensar ante esta afirmación? ¡Anden, atenme esa mosca por el rabo! ...

 

En aquella hora, el sol se había caído por detrás de la comba del horizonte. Dos árboles próximos se retorcían entre la melena de arbustos. Un buitre leonado, con la cabeza junto al borde  de  ataque de sus alas,  rastreaba  la hierba  desde la altura...

 

Ante aquella afirmación, quedé como arrancado de las páginas del “Exorcista”. Aún estoy con los ojos casi fuera de las orbitas, pasmado por la sorpresa y a punto de dar saltitos, como Antonio de los Ríos Rosas durante una Sesión del Parlamento Republicano; quien, alzando los brazos , recorrió el hemiciclo de arriba abajo, diciendo: “Yo puedo volar porque no tengo peso en los bolsillos”; cuando pensé que las ideas, por tontas que sean, pueden prender y hacer que las sigan mucha gente. Me puse como ejemplo, para afirmar mis reflexiones, las palabras filosóficas que se lanzaron en el siglo XVIII. Podrían tener poco de filosóficas, pero produjeron una revolución. Cierto que éste no era el mismo caso, porque ciertas rarezas parentales sólo son un juego de palabras y nada más. Alguien, hace mucho tiempo, me planteó una adivinanza parecida. Es decir: un juego de palabras que, por la forma de expresar la verdad, dificulta su entendimiento. La palabra es, a veces, mímica del pensamiento. Me dijo: “Pienso, y no dejo de pensar, qué parentesco tendrá el hijo de la madre de la mujer de mi hermano”. De pronto me vino a la mente otro galimatías genealógico, que se producirá en el futuro, cuando, según la nueva norma, se pueda anteponer el  apellido  de la madre al del padre.  Imaginemos que si esto le hubiera sucedido a Felipe II,  ahora  no sabríamos que descendía

 

de Hércules, casado con Ataxa, madre de Tusco y Alteo; este último, progenitor de Jano, quien matrimonió con Electra, hermana de Morgates; según el Cronista Mayor de Felipe V de Borbón.

 

Dejé de reflexionar. Mi contertulio tuvo un arranque de sinceridad y me dijo:

– Esto que le digo me ha sucedido a mí, sin ir más lejos. – Hizo una pausa y después continuó – Hace muchos años, tantos como parte de los que tengo yo, que decidí contraer matrimonio con una joven lozana, hermosa, y algo entradita en años y carnes, pero de muy buen ver. Contaba ella con cuarenta años bien transcurridos. Era viuda con una hija. Por entonces, mi padre también enviudó y se enamoró de la hija de mi mujer. De manera que mi esposa era suegra de mi padre; y, a la vez, mi padre era mi yerno. Pasado el tiempo necesario – continuó –, mi “madre” trajo al mundo a un varón, que era hermano mío y nieto de mi mujer; por donde yo pasé a ser abuelo de mi hermano. Por otra parte, mi mujer también dio a luz a un varón; y, como era hermano de mi “madre”, fue también cuñado de mi padre y tío de su hijo. Mi mujer era suegra de su propia hija. En tanto que yo ¡soy padre de mi “madre”! ... ¡Mi padre y mi mujer son mis hijos; y yo ¡soy mi propio abuelo! ... ¡¿Qué le parece?! ...

 

Quedé petrificado por el estupor. No pude decir nada  – y eso que lo intenté –. Aún me castañetean los dientes y me tiemblan las piernas.

 

¿Era un cuento? ... ¿Es que las edades no cuentan? ... Pero un cuento que puede ser verdad, ya no es un cuento.

 

Me pareció que mi sombra trataba de empujarme para que empezara a caminar, y caminé ¡vaya si caminé! ... Aún estoy caminando... ...

 

Les pido perdón, ya que de la forma narrativa soy culpable; y, como dijo Sancho Panza a Don Quijote, en el capítulo X :  “De la

misma manera que yo lo cuento, se cuentan en mi tierra todas las consejas, y yo no sé contarlo de otra”...

 

         Y, colorín colorado ...  ... ...

 

 

El Marqués de Pontejos en la Plaza de las Descalzas Reales.

La estatua está vestida a la moda de la época de Isabel II. En la actualidad, está colocada sobre un sencillo pedestal de granito. Así, los viandantes pueden observar “cara a cara”. al que fue uno de los hombres que más hizo por el desarrollo. Fue elegido alcalde de Madrid y consagró el resto de su vida a embellecer y reorganizar la ciudad, para que su gente pudiera vivir en ella más segura y con más comodidad. Fundó la primera Caja de Ahorros, etc.

 

 

Josefa Gabriela Moreno Gómez, Málaga

  

Bautizo con Famosos

 

Villa Rosita se levantaba blanca y majestuosa dentro de su humildad: era una casa de dos plantas con una puerta doble de madera rojiza, dos ventanas a los lados con rejas y macetas, y una ventana mas pequeña sobre la puerta. Delante tenía una parra que daba sombra a todo lo largo de la fachada, y un olivo. Había otro olivo, muy tupido, en la esquina; y una higuera en la otra. Estaba rodeada por una explanada con olivos y árboles frutales, a la que llamábamos “el blancal”, por ser su tierra de este color; y otra más pequeña, en la que algún año se sembraba manzanilla; la llamábamos así y tenía un arbolito de maría luisa en el centro.

 

Esta historia, hace mucho tiempo que la sabía; ya me comentó algo el tío Antonio en el año sesenta, cuando estábamos en la Capitana recogiendo aceitunas; en el sesenta y cinco me la volvió a contar y yo le puse más atención. Conforme pasaron los años, me fue dando más detalles. Hoy me dispongo a escribirla tal como él me la contaba :

 

El blancal y la manzanilla estaban llenos de mesas rústicas, bancos de madera, taburetes, sillas, troncos de madera y hasta alguna piedra o cajón; cualquier cosa era buena para sentarse a comer y beber.

 

De mano en mano, escanciando vino en las bocas insaciables de los hombres, pasaban los porrones, las botas y las jarras, mientras las mujeres y los niños degustaban vino dulce, gaseosa y refrescos.

 

En las mesas, se acumulaban fuentes rebosantes de carne de cabrito, pavo, pollo, conejo; todo bien frito, guisado y aliñado; otras de lomo en manteca, chorizo, morcilla, jamón... Grandes bandejas con gran variación de dulces caseros: tortitas, galletas, suspiros, pestiños, piñonate, cortaditos rellenos de cabello de ángel y de dulce de batata; se servía chocolate en tazas de loza y jarrillos de porcelana.

 

Había dos autobuses y tres coches aparcados al borde de la carretera que pasaba por delante de la casa, la que une Baena con Doña Mencía a través de la sierra de san Marcos. Habían venido cargados de invitados de Cabra, de Lucena y de Baena.

 

Tal despliegue de personas sólo podía comprenderse entonces; y ahora, por alguna persona mayor que conociera a los padrinos: Juan Padilla Sánchez y a su esposa María, muy populares y queridos entre el pueblo, por su fe su bondad y sus buenas acciones.

 

Entre los invitados de cabra, hay que reseñar a dos jovencitos que con el tiempo se hicieron muy famosos como corredores y campeones de bicicleta; los hermanos José y Antonio Gómez del Moral, de los cuales Antonio era el más pequeño y decía “dame carne, dame carne”, contestándole su madre : “cogerás un empacho” y no se la daba. El niño, entonces, buscaba a la madre de la bautizada para pedirle “Rosa, dame carne”.

 

 

Cuando el banquete estaba en todo su apogeo y los platos de paella comenzaron a llenar las mesas, el terror se apoderó de los comensales al ver asomar por el camino que cruzaba la carretera por delante de la casa, una gran nube de polvo acompañada del ruido inconfundible de una manada de bestias. Algunos se exclamaron: “¡toros, toros!”.  Los que estaban al lado del padrino oyeron que se decía: “no son toros, son muletos. Decidles que los dejen descansar y denles de beber y comer”.

 

Así se hizo, el hombre y el niño que llevaban en la manada, se sentaron y se atiborraron de comida y de bebida; no paraban de admirarse de la cantidad de cosas buenas que había; algunas, según dijo el niño, jamás las había visto y menos probado.

 

Un tío de la bautizada, llamado Antonio Mármol, estaba sentado al lado del niño de los caballos. Lo veía darse palmadas en el abdomen, desatar una cuerda que le sujetaba los pantalones, y volverla a atar mientras decía: “no puedo más, que hartón de comer”. Siempre que hacía esto, recogía un trapo rojo que llevaba doblado a la cintura, lo ponía sobre la silla con mucho cuidado, y una vez que terminaba de aflojarse la cuerda que le servía de cinturón,  lo colocaba otra vez en su sitio. Cuando Antonio le preguntó intrigado que significaba aquél trapo, allí colgando,  el  chico  le  contestó  que  era  para  hacerse  millonario. El hombre que lo acompañaba se puso a reír y todos los de la mesa lo imitaron. El niño dijo “sí, reíros, reíros que cuando yo vaya en un cochazo con un saco de billetes, veremos quien ríe mas fuerte”. Y con el trapo en las manos, se levantó y dio unos cuantos pases a un toro imaginario mientras decía: “¡eje, eje toro!” Los demás lo aplaudieron y jalearon gritando “¡ole, ole!” ... ...

 

La fiesta continuó cada vez más animada, el niño de los caballos, animado por el hombre que lo acompañaba, se puso a relatar sus ilusiones por el toreo, el ansia que tenía de verse ante un toro sobre la arena de una plaza; al mismo tiempo entremezclaba cosas de su vida, su corta vida de apenas once o doce años, una vida de pobreza, de necesidad, de hambre... una vida más de tantas que había en España por aquel año mil novecientos cuarenta y siete, ocho años después del final de una guerra.

 

Conforme la tarde fue avanzando, los invitados fueron desfilando felicitando a los padres y adulando a la pequeña que descansaba en un moisés de mimbre al lado de sus padres, su hermana de tres años y sus padrinos. El hombre y el niño de los caballos se acercaron, dieron las gracias y preguntaron cómo se llamaba la niña, la madre respondió: “Josefa por su padre; Gabriela por su tía, la hermana de su padre; y la  llamaremos  Pepita  por  una  hija  de los padrinos que ya está en el cielo.” El tío de la bautizada dijo: “¿Y tú, niño?, dinos como te llamas para que cuando torees en la plaza vayamos a verte?” El chico, con los ojos entrecerrados a causa de los rayos de Sol -- que por ser un atardecer del mes de junio, intentaba camuflarse entre los cerros de San Marcos y Buena Vista – contestó, con la formalidad de un hombre hecho y derecho: “Soy Manuel Benítez, El Cordobés” ... ...

 

Josefa Gabriela Moreno Gómez

 

 

 

El pequeño mulero que creció

y se volvió celebre y rico, como él quería.

¡Vaya que sí! ¡Cuánta razón y cuánta tenacidad tenía!

 

 

 

 

 

 

El Cordobés toreando

 

 

 

 

 

 

José Gil Martín : Málaga

 

Cuento de la Rosa y la Brisa

en otoño y en invierno

 

Había una preciosa Rosa, mezcla de color encarnado y blanco, flor de notable belleza y fragancia, que vivía  en un frondoso jardín, al lado de un hermoso Clavel de color verde ceniciento y de fragante olor, enamorado de ella. Rosa, en la estación de Primavera, se había hecho amiga de una bella doncella, de airecillo puro y muy suave, llamada Brisa. Ésta moraba sobre su amado Mediterráneo. Por la mañana,  solía  venir por  encima del Mar, desde la parte Nordeste hacia la costa del Sur; y, por la noche,  volvía de nuevo a su casa  construida en una nube del cielo azul andaluz. Allí dormía hasta que, de nuevo, padre Sol salía, repartiendo la luz de la Aurora sobre toda la Tierra, revistiendo de un brillante resplandor  montes y valles. Lo hacía con una fulgurante Aura, que irradiaba preciosos rayos luminosos. Brisa, pasando por encima del mar hacia la Tierra de sus amores, cantó así a su querido Mar Mediterráneo:

 

En el mar Mediterráneo

el Sol se baña sus aguas,

luego se mece en sus olas

y en la arena descansa

a la sombra de chiringuitos.

 

Brisa idolatraba a Rosa y a Clavel, y siempre, mientras pasaba, de día, en la  ida, o de noche, a la  vuelta, los saludaba con un beso enviado desde el espacio que iba recorriendo, y sacudía su airecillo, sobre todo en el agradable Verano y en la simpática  Primavera; pero tampoco les iba mal en Otoño. Las dos, Rosa y Brisa, se habían enamorado con ternura angelical.

 

Eran vecinas, ya que  Rosa  vivía  cerca del Mar, en una frondosa finca situada no lejos de un hermoso sembrado próximo a la playa, llamada La Mayora; finca de rica producción  por su gran  expansión y fertilidad, la mayor de aquel entorno terrestre.  Rosa llamaba a su amado esposo Clavel ”mi Cáliz”, por su parecido con un cáliz sagrado. Los dos se habían casado como Dios manda, y vivían muy juntos enredándose sentimentalmente entre ellos.

 

Habían adoptado hijos preciosos, que se parecían a ellos. Les pusieron como nombre Lirio, Begonia y Jazmín.  Clavel - exhibiéndose fresco y exuberante - se mantenía  siempre fielmente al lado de su  Rosa. Cerca de ambos, se abría paso por la tierra, la hermosa ría fluvial denominada Vega, nombre con el que la había bautizado su madre, manantial llamado Fontana que brota de la empinada y rocosa Sierra.

 

Tanto  Rosa y  Clavel,  como también  Vega, se habían hecho muy amigos de Brisa, ya que ésta, volando por el aire,  pasaba muy cerca con su seno lleno de agradable vientecillo que soplaba por los labios de su boca. Siempre que el clima se lo permitía, salía volando desde el mar a las tierras que debía de recorrer. Y, a veces, hasta les cantaba al pasar. Una tarde, Brisa  cantó así:

 

Respiro, Rosa y Clavel,

los aromas que esparcís.

Ellos nos llegan al alma

como aromas de un jardín.

Jardín colmado de flores

que las riega un Serafín

con suaves aguas del Cielo.

que dan un fresco matiz.

 

Brisa, desde su casita encima de su amado Mediterráneo, salía volando sobre campos y villas, después que el Sol aparecía en el alto monte que rodeaba el valle. El Sol calentaba con especial atención  a  sus  amigos ,   Rosa y Clavel ,   y a las demás plantas y

 

árboles que le esperaban para recrearse con su brillante luz y su agradable calor. Brisa, todos los días, salía del mar a recorrer los grandes espacios del firmamento y de la tierra, hasta que, en la tarde, se volvía de nuevo al mar. En las tardes, el Sol terminaba escondiéndose, pero antes exhibía un precioso momento de resplandor, que se iba apagando y desapareciendo poco a poco, hasta que  llegaba el momento lamentable de su Ocaso, que dejaba en total oscuridad a la ensoñadora Noche. Seguidamente, salía, la amable Luna, vestida con un manto de oro y plata,  unas veces parcialmente visible y, otras, encantadoramente resplandeciente.

 

En la Tierra, el río Vega, andaba igual de día que de noche, siempre corriendo y cargado, con su ancho vientre lleno  de agua, por medio de la finca, a la que dividía en dos zonas. Mientras tanto, en el día sobre todo, Rosa, Clavel y Vega,  jugaban y se divertían con Brisa, que pasaba cada vez que sus amadas  estaciones del año, especialmente Primavera y Verano se lo  permitían.

                  

Todos estos personajes respetaban mucho la voluntad del altísimo Dios, a quien querían mucho y adoraban con gran reverencia, ya que comprendían que solamente ese Ser podía haber  creado la rica variedad de semillas.

 

El verano te dejó

muy triste y enflaquecida.

¡Oh mi Vega tan querida,

cómo el Sol te resecó!

 

A mí también me afectó;

pero una mano amorosa,

enamorada de su Rosa

que se secase no dejó.

 

Más otoño ya está cerca

con sus truenos y sus lluvias,

cuidando a las flores rubias

tras ver crecida la alberca.

 

Otoño es tiempo lluvioso

intercambiado con sol,

que viene esparciendo arrebol

y haciendo al campo frondoso.

 

¡Y llegó el Otoño! Un día, con voz delicada,  Vega  se sintió más esperanzada en  llenar su vientre  de abundante agua. Se sintió  más engordada, y se puso a cantar así a una blanca nube iluminada por el gran amigo Sol. Entonces Vega dedicó a sus  amigos Rosa y  Clavel esta canción:

 

Bienvenido Otoño sea

con su alfombra de verdor,

por sendas de resplandor

como el campo lo desea.

 

Brotan los rayos y truenos

que asustan al corazón

y caen con gran tesón

lluvias que crean cienos.

 

Otoño de nubes lluviosas,

intercambiadas con sol

viene esparciendo arrebol

sobre las tierras gozosas.

 

Y la Tierra estaba muy contenta y emocionada, sonriendo a las plantas con flores y a las hojas verdes que brillaban en los árboles del bosque. Estaba muy agradecida al Padre Dios por  haber recibió abundantes lluvias, que  Rosa y su Clavel  habían estado esperando con gran deseo. Con la amable lluvia,  Vega había  logrado  salir del cauce estrecho, en el que el Verano  la había mantenido casi escondida. Ahora caminaba de nuevo  robusta y jubilosa en su camino. Vega, en Otoño, podía amamantar  diariamente a sus hijos, las Acequias, Cañerías y Arroyos; a los que podía henchir de abundante líquido desde su abultado vientre ¡y su humedecido corazón! Los alimentaba también con las muchas hojas de árboles y frutos que Vega  encontraba y arrastraba a su paso. Se los regalaban los Árboles amigos  y los transportaba sobre los pedruscos que encontraba a la orilla.

 

¡Y llegó el frío  Invierno!... ¡Y Brisa ya no aparecía! Vinieron en su lugar fuertes vientos, lluvias y una pesada nieve, que  convertían el canto que anteriormente Vega  dedicaba  a Rosa   en un estruendo de frías voces, de modo que Vega parecía una loca vociferando. El nuevo clima se convertía, para Rosa y Clavel,  en un llanto opaco y desalentador. Sentían que se estaban debilitándose con el fastidioso frío y la desoladora nieve. Recordaban con nostalgia la armoniosa cacofonía y dulces canciones que Brisa les dedicaba en la Primavera y en el Verano,  con un acento y un movimiento alegre,  mientras llegaba a  su casita del  Mar.

 

El río Vega seguía pasando diariamente cerca de la bella Rosa, a la que saludaba y miraba con mucha pena. La inquieta Vega, pasaba de prisa, mientras que caminaba hasta su revuelto Mar, oscurecido por las nubes y las alborotadas olas.  Un día,  Brisa, dándose cuenta de la tragedia que estaban viviendo su amiga Rosa y su amado Clavel, como pudo, salió de su nubosa casita  del Mar, aprovechando un paréntesis de buen tiempo que su querido Sol le había concedido por la mañana, cantó:

 

Buenos días, bella Rosa;

y buenos días, mi Clavel.

No teman la nieve cruel

ni la tormenta fragosa.

 

Dios también te estima mucho

y te buscará un remedio,

la Virgen será su medio

y por ti yo siempre lucho.

 

Brisa se dirigió después a su amada  Vega, y le preguntó:

 

- ¿Vas buscando, querida Vega, a tu ansiado final azul, el ancho e inquieto Mar?

 

- Voy caminando más de prisa y un poco atolondrada - le contesta Vega -. Voy tropezando con los pedruscos acuosos del cauce,  hasta que llegue a tocar el agua de mi ansiado Mar, con la que ella alimenta a sus queridos y abundantes peces; mientras que yo, con mi paso, también alimento a plantas y flores, entre las que se encuentra la bella Rosa del conocido jardín, de cuya belleza  me he enamorado. No la dejaré perecer con el frío, la lluvia  y la nieve del inestable Invierno.

 

Brisa, tras su escapada en una noche excepcionalmente serena, visitó también a Rosa, a la que encontró con el rostro inquieto, sus trenzas disgregadas y los ojos sollozantes. Como la encontró medio dormida, trató de no hacer ruido con su movimiento, cerró sus alas, y se acostó cerca de Rosa y Clavel, en una camita de flores que se había traído de los montes,  en los que de día y por la tarde había revoloteado dificultosamente. Entonces, allí, Brisa soñó con Rosa, su amiga, y en el sueño le cantó así :

 

Ya se fue la primavera

cambiada por el verano,

llegó el invierno lluvioso

con su fría nieve austera.

 

Bien venido invierno sea,

pues va esparciendo verdor,

aunque venga con fragor,

porque la lluvia escasea.

                                       

Aquella mañana, al despertar Brisa,  saludó a Rosa, recostada en el jardín, con estas palabras:

 

Buenos días con sus tardes,

mi querida y bella Rosa;

dormiste una noche hermosa.

Por frío no te acobardes!

 

Y Rosa le contestó :

- Sí,   he  dormido  bien,   querida  Brisa,   y  he  soñado  viéndote pasear por los montes y valles. Después, también dormida, te escuché  cantando por los aires entre rosas, claveles y jazmines. Te vi paseando y volar suavemente sobre los montes, los campos y los pueblos.

 

Así pasaron los días entre calores, frescos y lluvias. Y llegó el duro invierno, y la Rosa llamó a la Brisa, con estas palabras convertidas en sentimental lamento :

 

Ha llegado el duro invierno

con sus rayos y tormentas,

sumados al frío viento

que removía las tierras.

 

El río Vega me inunda

y Rosa muere de pena.

Yo le agradezco sus aguas

pero el viento me atormenta.

                                     

Entonces, su amiga Brisa lloró de lástima, viendo sufrir a su amiga Rosa. No sabía cómo consolarla. De pronto a Brisa se le vino una idea: Voy a tocar, con mi movimiento, hecho más fuerte, la ventana de una dama a la que conozco,  y que vive cerca de la playa, que me daba las gracias en verano por el frescor mío y, en otoño, por mi suave y gracioso toque en su ventana.

 

Al choque que se produjo con la sacudida de mi aire sobre el cristal, la dama, llamada Mercedes, alarmada, se asomó a la ventana y la abrió. Es lo que yo  quería que hiciera. Pasé por delante de sus ojos y se los dirigí hacia mi amiga Rosa. Mercedes, vio, en medio del campo, la bella flor que Rosa era y la encontró entristecida.  Entonces, la arrancó, con todo amor y cuidado, con el tallo que la sostenía, y se la llevó a su casa. Sembró la planta en una maceta que ostentaba un color verde en su exterior.

 

El  campo  gozaba  por  ver  a su bella flor salvada.  Y Brisa se fue muy contenta hacia el mar. Le contó a la experiencia vivida, y el mar se puso a cantar y a bailar con sus olas, saludando a Rosa,  que se posaba contenta y más bella que antes,  sobre su tallo, en la ventana de Mercedes. Ésta la cuidaba, le daba agua y la alimentaba con un rico abono y todo su cariño, como a una niña muy querida. Cuando Brisa pasaba por delante de su ventana,  la saludaba con noble afecto y se enorgullecía viendo a su amiga Rosa, ostentando su belleza en el entorno, donde los vecinos también la miraban con especial admiración. Por las tardes, Brisa pasaba y la sacudía suavemente para expresar su cariño a su amiga Rosa, la flor de sus amores.  

 

                                                 José Gil Martín

 

 

 

 

 

 

 

Juan Durán Jiménez, Granada

Los hijos de la noche

– Cuento –

 

Transcurría la noche del veinticuatro de diciembre del año 1947. Aquella noche se presentaba bastante fría e intempestiva. Hacía mucho viento y caía una espesa aguanieve que invitaba al transeúnte a buscar refugio ante una chimenea que repartiese el calor hogareño y sano de las lumbres de leña.

 

A pesar del frío, dos niñas harapientas y descalzas, iban calle arriba cantando villancicos. Se dirigían a la iglesia, quizá no tanto para escuchar la misa del gallo como para extender sus manos pidiendo caridad a las personas que entraban en ella. Decían que era par su madre enferma y se acercaban, sobre todo a las señoras, también a alguno que otro caballero, que intuían iban a compadecerse de su desgraciado sino que las hacía soportar el inclemente aguacero que caía sobre la capital de Granada. Pedían para su madre, no para ellas. Por esta razón la gente solía dejarles algunas monedas que luego guardaban en una especie de faltriquera que llevaban atada en la cintura.; aunque no se olvidaban de dejar algunas de estas monedas en un platillo de metal, para que los que viniesen después supieran que sus antecesores habían sido generosos con ellas.

 

Y, así, llegaban a recolectar unas pesetillas que les eran de una enorme ayuda para poder subsistir durante algunos días. Una señora bastante curiosa, les preguntó :

 

– ¿Cómo os llamáis, muchachas?

 

– Mi hermana se llama Hortensia; y yo, Micaela  – respondió la que parecía ser la mayor.

 

– Y ¿dónde habitáis?

 

– En una covacha del Sacro Monte.

 

– ¿Sois gitanas?

 

– Pues no lo sabemos.

 

– ¿Cómo es que no lo sabéis?

 

– Porque nadie nos lo ha dicho.

 

– Y vuestra madre, ¿no os dice nada?

 

– Nosotras no tenemos madre, señora.

 

– Entonces ¿para qué imploráis ayuda para vuestra madre enferma?

 

– Esta señora para la cual pedimos está enferma de verdad. No es nuestra madre aunque la llamemos así, pero es como si lo fuera.

 

– Bueno. Vamos a ver. ¿Quién es esta señora para vosotras?

 

– Pues es la mujer que nos recoge. Ella, sí, es gitana. Es muy buena con nosotras.

 

– Y vosotras ¿sois hermanas?

 

– Pues, tampoco lo sabemos. Siempre hemos estado juntas y nos queremos como tales... ... Pero es usted muy curiosa, señora.

 

– Aún me queda otra pregunta y termino: ¿Sabéis por casualidad los años que tenéis?

 

– Sabemos sólo lo que nos han dicho, que mi hermana tiene diez años; y yo, doce... Qué le parece a usted, señora? ...

 

– A decir verdad, me parece que no sois tan mayores; porque, si tú tuvieras doce años, que es más o menos la edad de la pubertad, tu cuerpo lo notaría. Y tú todavía no has sentido nada ¿verdad?...

 

– No, nada.

 

– Mañana, si queréis, os espero en mi casa. Habito en el número diez de la calle Real. Allí, os contaré muchas cosas que os hacen falta para cuando seáis mayores.

 

Aquella noche, Micaela no pudo dormir. ¿Qué había querido decir aquella mujer tan preguntona, con aquella palabra tan ininteligible como era “pubertad”? ¿Qué significaría? ¿Acaso significa ralea; o gente baja; o algo peor, quizá?

 

Al día siguiente, se levantó de la cama – si así se podía llamar aquella cosa que se echaba sobre el suelo de la cueva para que durmieran su hermana y ella –. Le dolía la cabeza y se sentía mal. Estaba indignada contra la tal señora, a la que no pensaba ver nunca más en su vida... Mas, pensándolo mejor, se dijo para sus adentros.: “Y ¿si le preguntara a la gitana?”.

 

La gitana era una mujer de unos cincuenta años que padecía reuma y asma. Más de la mitad de su tiempo lo pasaba acostada en su catre, un armazón de madera con cuatro patas cruzadas unidas a dos laterales de gruesa madera. A guisa de colchoneta, tenía un enrejado de cuerda de esparto. Aunque, eso sí, siempre tenía al alcance de la mano, unas cuantas botellas de vino y aguardiente que, según la hora del día, bebía de unas o de otras. Lo cierto era que siempre estaba borracha. Esta gitana había resuelto su vida cuando heredó de su comadre, otra gitana muy mayor que, antes de morir, le dijo.: “El día que yo muera, las dos niñas serán para ti. Cuídalas bien. No son gitanas, son payas. No me preguntes de donde vienen, porque no me acuerdo de sus madres. Lo único que sé, es que son hijas de la noche, pero muy buenas criaturas.  Así que esta cueva, el catre y las niñas, serán tuyas el día que yo muera, que creo no estará muy lejano”.

 

Micaela no lo pensó más y, dirigiéndose a la gitana, le habló muy cariñosamente:

 

– Señora Rosario ¿me permite usted que le haga una pregunta?

 

– Si. Claro que si.

 

– ¿Qué significa la palabra “pubertad”?

 

La gitana que, en aquellas horas, ya se había tomado un par de tragos de anís de Rute, encontró que la pregunta era inoportuna y frunció el entrecejo.

 

– ¿Porqué  me preguntas esto? Acaso crees que soy adivina. Además, esa palabra es de los payos y no sé su significado.

 

Micaela guardo silencio y, girando sobre sus talones se dirigió a su hermana haciéndole un gesto con la cabeza. Salieron de la cueva para comenzar su cotidiano trabajo de pordioseras. Micaela tenía el propósito de ir hasta el número diez de la calle Real para que la señora “preguntona” le explicase el significado de aquella palabra que la tenía intrigada. Quería saber a qué se refería cuando se la dijo. Así que hasta allí se encaminaron las dos hermanas. No tardaron en llegar a pesar de que la casa se encontraba en la parte opuesta de la cueva.

 

Llamaron a la puerta y la señora les abrió.

 

– ¡Hola! ¡Buenos días! ¿Cómo os encontráis? ... ¿Habéis desayunado? ...

 

Antes de que pudiera contestar Micaela, su hermana Hortensia se apresuró a decir que no.

 

– No señora. No hemos desayunado. No tenemos nada para comer.

 

Micaela le dirigió una mirada severa y de castigo.; pero Hortensia agachó la cabeza y se encogió de hombros.

 

La señora “preguntona” demostraba tener entre los veinticinco y veintiocho años. A juzgar por el mobiliario y los adornos que se veían en su casa, debería pertenecer al la clase media alta.

 

– Bueno    dijo  –, pues lo primero será desayunar y después, ya os contaré alguna cosilla. Comieron con infinita avidez; y luego, la señora Aurelia – que así se llamaba la preguntona – comenzó de nuevo a hacerles preguntas.

 

– Supongo que habéis venido para que os explique el significado de la dichosa palabra “pubertad” ¿no es así?

 

– Si, señora Aurelia.

 

– Bien. Esta palabra es el nombre que se da a la etapa que va de los doce a los trece años, que es cuando las niñas y los niños pasan a ser adolescentes. O sea, que a partir de esta edad, el cuerpo de las niñas se prepara para la maternidad. Y esto se manifiesta porque cada mes, más o menos en las mismas fechas, las niñas pasan por un periodo llamado “regla” donde se pierde sangre por un agujero que se tiene en la entrepierna, cerca del conducto de la orina, durante unos cuantos días... Cuando os llegue le momento, no tenéis que asustaros porque es una cosa natural a todas las mujeres. Ahora bien, a partir de entonces deberéis de tener mucho cuidado en no jugar con los niños, ni con los hombres. O sea, que no tenéis que aceptar las propuestas que os puedan hacer en cuanto al sexo, porque os podéis quedar embarazadas y tener un bebé. Y esto sólo se hace cuando seáis mayores, tengáis un novio, os caséis con un hombre que os quiera. En resumen, cada mes, a partir de la pubertad, en el vientre de las mujeres crece un huevo para alojar la simiente de un posible bebé, que, cuando se es todavía demasiado joven para ser mamá, se deshace sangrando. ¿Me habéis comprendido? ...

 

– Sí, señora Aurelia. ... Usted ¿no tiene hijos, señora Aurelia? – pregunta Micaela.

 

– No, no tengo hijos. Vivo sola. – Al decirlo se sintió mal e irrumpió a llorar. Su llanto era tan lastimoso, que Hortensia increpó a su hermana por haber preguntado tal cosa. Micaela pidió perdón a la señora Aurelia y trató de consolarla, pues, para esto Micaela poseía una buena dosis de convencimiento.

 

– No te afanes en consolarme, hija, mi pena es muy profunda y aunque tus palabras me llegan al corazón, nunca podrán llenar el vacío que tengo en mi conciencia. Pero no nos pongamos tristes. Nadie tiene la culpa de mi pena, y vosotras aún mucho menos. Así que os pido que todos los días vengáis a verme. Vuestra presencia aquí, en mi casa, es lo mejor que podéis darme.

 

Las dos hermanas salieron con la promesa de volver todos los días. Se marcharon calle arriba, para seguir con sus andanzas de mendigas.

 

La señora Aurelia se quedó absorta en la personalidad de Micaela, tan tierna, tan cariñosa y despabilada. Para sus adentros se dijo: “¿Y si fuera a ver a la gitana? Quizá me pudiera dar una pista, decirme de dónde le vino esta niña.

 

Sin pensarlo dos veces, se arregló un poco y se dirigió al Sacro Monte. No le fue difícil encontrar la cueva donde vivía la gitana, ya que las niñas se la describieron muy bien. La puerta estaba entornada. Aurelia llamó con los nudillos y una voz ronca le autorizó a entrar. Al penetrar percibió un agudo olor a orina, tabaco y alcohol.

 

– Buenos días, señora.

 

– Buenos días. ¿Qué quiere de mí, señora?

 

– Pues, verá usted. Sólo quiero hacerle una pregunta: ¿Usted tiene dos hijas, verdad?

 

– No, yo no tengo hijas.

 

  Pero bueno; entonces ¿Micaela y hortensia no son hijas suyas?

 

– No señora. Esas niñas me las dejó mi comadre, y no me pregunte más porque no sé nada.

 

  Y su comadre ¿cómo se llama?

 

  Mi comadre se murió.

 

  Pero ¿cómo se llamaba?

 

– Y qué sé yo. Tú eres de la policía ¿verdad? Las niñas habrán robado algo y vienes a darme la lata ¿no es eso? Pues yo estoy muy “malica” y necesito a las niñas. Y además, no sé porqué me pregunta tantas cosas, si no sé “na” de “na”.

 

– Por favor, señora, no soy de la policía y sólo le pido, por lo que más quiera, que me diga el nombre de su comadre.

 

– ¿Y cuánto me vas a dar si te lo digo?

 

– Usted dirá, señora.

 

– Cuanto más mejor. Pero, por decir algo, dame tres botellas de aguardiente y seis de vino. Pero eso sí, que sean del “gueno” porque como ves, estoy muy “malica”.

 

– Bien; pues dime el nombre de tu comadre y te daré mil pesetas. Con eso te compras las botellas que quieras.

 

  Eso no, paya, tú me das el dinero y luego te digo el nombre.

 

  Vale. Toma el dinero. Ahora dime el nombre.

 

  A mi comadre la llamaban “la Paca de los Torrijos”. Y ya no me preguntes más, paya, por los “clavicos” de Cristo que no sé más.

 

Al escuchar este nombre, la señora Aurelia sintió que el mundo se le venía encima. Estuvo a punto de desmayarse. Ya no tenía duda, Micaela era la hija que su familia le arrebató por ser hija de  la  noche.   Sólo  sabía  el  nombre  de  la  gitana  a  la  cual  la

 

 

 63

 entregó su hermano mayor, para evitar la deshonra de la familia. Nunca la encontró... Pero una duda empezó a recorrer su cerebro: ¿Cómo podría ella probar, ante la justicia, que aquella niña, de diez años, era su hija? Si, según su hermano,  no figuraba en ningún registro de nacimiento, ni bautismo.

 

Corrió a casa de su hermano que la recibió con un fuerte abrazo, lo que la tranquilizó un poco.  Le preguntó:

 

  Pareces nerviosa. ¿Cuéntame, qué te ha sucedido?

 

Pero ella le contestó con otra pregunta:

  ¿Dime, cómo se llamaba la gitana a quien entregaste mi hija?

 

  Pues, creo recordar que la llamaban  la Paca de los Torrijos”.

 

– Cierto, pero resulta que esta persona ha muerto. Sin embargo yo he encontrado a mi hija. La tiene otra gitana que dice haberla heredado de la tal Paca. Dime ahora ¿cómo puedo justificar que es mi hija?

 

– Pues no lo sé, hermana, aunque debe de haber algún recurso para hacerlo. De todas formas, me alegro un montón de que la hayas encontrado. Como bien sabes, soy abogado. Me esforzaré al máximo para encontrar una solución. Quédate aquí esta noche. Esto hay que celebrarlo. Tienes que contarme cómo has hecho, después de tantos años, para encontrar a tu hija. También te pido que me perdones, como tantas veces lo he hecho. Sabes bien que fueron nuestros padres los que se oponían a que guardaras la niña. Ellos no podían soportar que su única hija les hiciera la jugarreta de traer al mundo una hija de padre desconocido, o, como decían ellos, una hija de la noche.

 

  Está bien. No hablemos más de esto. La culpa fue mía, y nada más que mía.

 

Unos días después, la señora Aurelia recibía una llamada de teléfono de su hermano, en la cual le decía que todo estaba solucionado:

 

– Como verás, mi investigación para dar con los rastros de tu hija ha sido larga y penosa para mí. Pero al fin, me siento recompensado. En la parroquia de San Nicolás, situada en el Albaicin, hay una partida de bautismo que reza así: El día dos de diciembre de mil novecientos treinta y siete, recibió el Sacramento del Bautismo, en esta Parroquia de San Nicolás, la niña llamada Micaela Acosta Iriarte, hija putativa de la señora Aurelia Acosta Iriarte. Fueron padrinos y firmantes, el matrimonio gitano, Don Marcelino Heredia Torvisco y su señora, doña Paca Torrijos Cortés.”.

He hablado con el párroco, que sigue siendo el mismo que bautizó a tu hija. Me dijo que esta gitana era muy católica, que le pidió encarecidamente y con tanto fervor que la bautizara que no pude negarme. Me contó la tragedia de vuestra familia y quería que la madre pudiera encontrar a su hija en caso de que la buscara algún día.

Desgraciadamente, esa gitana se fue de Granada y nunca más se supo de ella. Gracias a ella, que todo lo hizo bien, hoy podéis reclamar a la niña y abrazarla ante el mundo entero. Tiene derecho a vivir junto a su madre una vida en paz, sin miedo a las murmuraciones de la gente.

 

El hermano de Aurelia fue reuniendo toda la documentación  que se precisa para estos casos, para reclamar ante la justicia, los derechos de una madre para con su hija perdida y vuelto a encontrar.

 

Mientras tanto, la señora Aurelia se veía todos los días con las niñas. Poco a poco, les iba revelando cosillas, hasta que un día les contó toda la verdad. Las niñas tuvieron un gesto de rechazo. No querían que las separasen. Con mucho tacto, Aurelia les prometió que siempre estarían juntas, que las dos vivirían en su casa.

 

Y al fin, se celebró el juicio en la audiencia de Granada, en el cual la sentencia condenaba a doña Angustias Heredia Flores, a entregar  a   la  niña ,   Micaela  Acosta  Iriarte ,   a   doña  Aurelia

Acosta Iriarte, su verdadera madre. Además, se dictaminó que doña Angustias Heredia Flores también tenía que entregar a doña Aurelia Acosta Iriarte, la niña llamada Hortensia – mientras nadie la reclamara – ya que no se debía separar a las niñas, que siempre se habían creído hermanas.

 

Juan Durán Jiménez

 

 

La Iglesia de San Nicolás en el Albaicín de Granada

 

 

 

 

 

Manuel Olmo Aguirre, Granada

 

 

El dibujo es del autor del relato.

 

 

El último combate

– Relato futurista –

 

Haciendo un gesto de honda preocupación, el sapo de ojos luminosos dijo a la urraca, que, indiferente en apariencia, se mecía en la rama de un chaparro, que se inclinaba hasta casi rozar la superficie del agua :

 

– Durante la noche pasada han sucumbido casi la mitad de las ranas que quedaban en la charca y, según todas las posibilidades, los huevos que han sido depositados últimamente no podrán dar origen a nuevos descendientes.

 

– El aire no está menos viciado que el agua que te sirve de morada – contestó la urraca moviendo la cabeza –. La mayor parte de sus habitantes ha perecido víctima de sus efectos nocivos y cada vez resulta más sofocante. Del género volátil son ya muy pocos los ejemplares que quedan.

 

– Y, a pesar de todo – observó el sapo – , hemos tenido suerte de vivir en esta zona, que ha sido una de las más respetadas, pues, si hubiéramos estado en cualquiera otra menos favorecida, habríamos desaparecido hace tiempo.

 

– Así es, en efecto – asintió la urraca –. Todo hace suponer que el fin llegará mucho antes de lo que habíamos previsto.

 

Dicho esto, ambos contertulios quedaron en silencio, sumidos en profundas reflexiones, y así permanecieron durante largo rato.

 

Esta conversación tenía lugar a orillas de un estanque, cuya superficie aparecía negra como la tinta y salpicada de manchas grasientas, a la caída de la tarde rojiza de un día incierto, que aparece escrito con caracteres trémulos en el almanaque de los tiempos.

 

El tema de la charla giraba en torno a la grave situación a que tenían que hacer frente los seres vivos de la Tierra, a causa de los excesos cometidos por una de sus especies : la humana.

 

El hombre, ciertamente, llevado de su ansia de bienestar, había causado males irreparables en el medio natural, puesto que, con los daños provocados por los medios de comunicación, la construcción de enormes poblados, la expansión fabril y la destrucción intencionada, lo había empobrecido de tal modo, que había terminado por quedar roto su equilibrio, resultando ahora totalmente hostil para el mantenimiento de la vida que a su amparo se desarrollaba. Los aires impregnados de elementos extraños, se habían tornado nocivos para la respiración e impracticables para el vuelo de aves e insectos; las aguas de mares, ríos y lagos, infeccionadas y corrompidas, eran ya una ciénaga hedionda, incapaz de albergar cualquier tipo de seres acuáticos y; los campos, devastados y envenenados, no podían ofrecer refugio alguno a sus tradicionales pobladores.

 

De este modo, las plantas habían desaparecido casi en su totalidad, incrementándose esta desaparición desde el momento en que, descubierto por el hombre el sistema de elaborar alimentos artificiales y de de dotar de climas también artificiales a sus complejos urbanos, había llegado a despre-ocuparse de la naturaleza exterior. El carácter ornamental de las

plantas no valía los cuidados que exigía su conservación y, flores, hierbas y árboles, eran ahora de artificio.

 

En el lugar de los extinguidos vegetales, verdes y exhuberantes, había surgido una multitud de matas pardas y espinosas, que se entrelazaban entre sí y adoptaban formas grotescas, alternando con ellas algunos arbustos diseminados, que se retorcían haciendo inauditos esfuerzos por mantener sobre la tierra ese reino vegetal del que eran los últimos representantes.

 

En cuanto a los animales, privados de esas plantas que les servían de sustento, envueltos en un ambiente sumamente dañino y siendo objeto de acoso del hombre, para él que habían perdido todo carácter utilitario, habían llegado a una gran disminución y eran numerosas las especies desaparecidas por completo. Los ejemplares más resistentes habían sufrido evoluciones y hasta mutaciones, adaptándose con dificultad a las nuevas condiciones y presentando un aspecto muy distinto al de sus progenitores.

 

Caso singular, era que las contrariedades, en lugar de degradar a aquellos esforzados representantes del mundo animal, les había provocado un desarrollo tan notable de su inteligencia que llegaba a semejarse a la humana, salvo en el hecho de que sus juicios seguían siendo conformes a la Naturaleza. Casi todos ellos se habían visto obligados a hacer largos desplazamientos, en busca de los últimos reductos que ofrecían algunas posibilidades de subsistencia. A la sazón, sólo quedaba uno, y aún se hallaba en trance de extinción. Era allí donde departían el sapo y la urraca, cuyo diálogo hemos sorprendido.

 

No lejos de ambos, en el centro de un claro formado por un intrincado laberinto de malezas y abrojos, otro grupo de animales mucho más numeroso, debatía el mismo problema.

 

El aspecto del conjunto era de lo más original, dado que, entre sus componentes, había representantes de distintos órdenes y muchos de ellos denotaban notables deformaciones, tales como

bicefalia, desaparición o incremento de miembros, ceguera o multiplicación del número de ojos, tonalidades anormales, atrofias, marasmo y otras anomalías.

 

Tras un largo coloquio, caracterizado por la serenidad de ánimo con que fue llevado a cabo por sus participantes, no obstante lo crítico de la situación, un león de piel grisácea rompió el silencio que se había hecho, para decir:

 

– En mi opinión, lo que más conviene hacer es concertar un ataque masivo contra el hombre y sus construcciones, a fin de debilitarlo y frenar, al menos por un tiempo, el proceso exterminador a que nos ha condenado.

 

Esta idea levantó intenso clamor entre los presentes, hasta que, al fin, un elefante de trompa atrofiada tomó la palabra, expresándose en estos términos:

 

– De nada serviría atacar al hombre. Posee armas con las que podría destruirnos fácilmente y nuestra situación, lejos de mejorar, empeoraría mucho. Además, se rebajaría nuestra condición al adoptar la actitud guerrera de aquel.

 

Un tigre descolorido y de largo pelaje fue del mismo parecer, igual que un caballo, una tortuga, un águila, un gato, un gorila y otros muchos animales allí presentes. Pero un toro de cuernos retorcidos fue de criterio diferente:

 

– Toda la vida – dijo, luciendo su enflaquecido cuerpo –, he sido cautivo del hombre y, ahora que me deja en libertad, es para abandonarme a una situación mucho peor. Creo  que más convendría atacar y hacerle, así, patente nuestra repulsa por su conducta, que permanecer sumidos en una responsable indiferencia. Si la suerte nos fuera adversa, poco perderíamos, porque, de todos modos, nuestro fin no tardará en llegar.

 

El alegato fue bien visto por un gallo, una oveja, un asno y otros asistentes,  que  no dejaron de reconocer un fondo de verdad en

las palabras del toro, no faltando uno sólo de ellos que no se sintiera ultrajado por alguna mala pasada del hombre. El entusiasmo se propagó poco a poco, terminando por prender en toda la asamblea, que, finalmente, decidió la guerra, por considerarla como el mejor medio de resarcir antiguos rencores y mostrar la desaprobación al mal proceder del hombre. El león fue elegido caudillo de la contienda, como ideador que lo fuera de ella.

 

Seguidamente se despacharon mensajeros en todas direcciones, para comunicar el resultado del debate a cuantos animales quedaran por los alrededores, mostrando todos ellos su adhesión al proyecto, ante lo cual se procedió sin demora a estudiar el plan de ataque, en lo que el león dio pruebas de gran discreción y talento estratégico. El hombre sería atacado en su fortaleza urbana, que se invadiría por distintos puntos simultáneamente, y cada animal llevaría los pertrechos que más le convinieran y atacaría de acuerdo con sus posibilidades, procurando siempre dirigir las embestidas contra las construc- ciones e instrumentos del hombre, más que contra éste mismo. Así, las aves inutilizarían cuantos objetos estuvieran situados en alturas; los insectos corromperían los alimentos de las personas y picarían a estas de ser necesario; los anfibios obturarían los suministros de agua; los felinos y demás animales ágiles incendiarían y paralizarían cuantas máquinas encontraran, y; los animales más corpulentos y mejor armados, tales como los leones, hienas, tigres, elefantes, rinocerontes y cocodrilos, opondrían la fuerza de choque. Todos, hasta los más insigni- ficantes, desempeñarían su papel especial en la operación.

 

La marcha se llevaría a cabo tan pronto como se reunieran todos sus participantes, debiendo de ser efectuada con la mayor discreción posible, para no despertar sospechas.

 

*  *  *

Absortos en sus quehaceres cotidianos, que se desenvolvían en perfecta sincronización con los relojes de la ciudad, los hombres, entretanto, estaban muy lejos de sospechar las intrigas que se tramaban en contra de ellos, e, incluso, aunque hubieran llegado a tener noticia de ellas, llevados de su orgullo innato, no les hubieran prestado atención, por considerar que procedían de un enemigo tan inferior y subyugado que no valía la pena preocuparse por él.

 

Fue así como, inesperadamente, en la inexpresiva alborada de una mañana, matizada por esa luminosidad rosácea que caracterizaba uniformemente a las demás horas del día, bajo aquel cielo cupuliforme que impedía percibir la luz del Sol, la Luna y las Estrellas, vieron surgir de los cuatro puntos cardinales todo un enjambre de animales, que, incontenible, se precipitaba sobre la ciudad.

 

La primera víctima fue un ferrocarril articulado, que, cuando salía de un profundo túnel y se disponía a entrar en el recinto urbano, fue materialmente aplastado por aquel imponente ejército, que se arrojó sobre él con una furia desesperada, haciéndolo saltar de la vía.

 

Seguidamente, el tal ejército procedió a la invasión de la ciudad, introduciéndose por cuantas compuertas, entradas y fisuras hallaba, antes de que sus moradores llegaran a tener clara conciencia de lo que sucedía.

 

El aire acondicionado del interior de la edificación dio nuevas fuerzas a los debilitados animales, que, sin tregua ni descanso, procedieron a su tarea demoledora, destruyendo cuanto hallaban al paso, en medio del desconcierto de sus habitantes, que veían, así, perturbada su cronométrica existencia. La confusión fue enorme y el número de personas muertas y heridas por aquellas bestias, que las atacaban en calles y plazas y hasta se introducían en sus casas y lugares de trabajo por puertas y ventanas, fue considerable.

 

Pero, poco a poco, pasado el estupor inicial, los hombres dieron principio al desquite y, con frialdad, maquinalmente, empe-zaron a rebatir a los intrusos, que no tardaron en verse en situación apurada, bajo la acción de aquellos rayos mortales y gases asfixiantes que les lanzaban y que eran mil veces más eficaces que todas las defensas que ellos poseían. A pesar de todo, siguieron peleando con bizarría hasta que, diezmados y agotados, comenzaron la retirada fuera de aquella inmensa cúpula urbana. Los pocos que lo consiguieron, emprendieron una rápida carrera, en busca, ya que no de la supervivencia, sí, al menos, de poder llegar a un lugar lo más lejos posible de aquel antro humano, para pasar allí tranquilamente los postreros días de su existir.

 

El último combate estaba perdido y el hombre, gracias a su superioridad, quedaba como único superviviente de la Tierra, bajo un cielo de nubes cada vez más enrojecidas.

 

Manuel Olmo Aguirre

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Medardo Ramos, Málaga

 

Cuentos cortos con moraleja

La Moneda

 

 

Una tarde se encontraba una chica paseando por la ciudad contemplando de las tiendas y los escaparates que habían cerca de ella. En cierto momento miró al suelo; y, entonces, vio una moneda de poco valor; la dejó, porque no le dio importancia. Pero no todo acabó en esto. Al poco rato, dos veces más le pasó lo mismo: encontraba monedas de poco valor y las dejaba en el suelo.

 

Un momento más tarde, entró en una tienda de ropa y vio un vestido que le gustó mucho; pero le faltaba dinero para poder comprarlo. Para ser más exacto…, le faltaba justo la cantidad que sumaban las tres monedas que no había querido recoger del suelo. Esto le produjo enojo. Podría pedir algo prestado a alguien para comprar el vestido, pero era tan tímida que no se atrevió. No tenía costumbre pedir nada a nadie. Le avergonzaría hacerlo. Mas, el vestido la atraía y siguió pensando: “puedo ir corriendo a casa y coger el dinero que me falta. Queda tiempo de sobras para volver y comprarlo”. Así lo hizo.

 

Al volver sobre sus pasos se encontró con una amiga que conocía desde que iban al colegio y se puso a hablar con ella. Se enrolló tanto en la conversación, que se descuidó de la hora. Fue a su casa, sin embargo, al coger el dinero recapacitó: “¡oh, la tienda debe de haber cerrado ya! ... Así que será mejor ir mañana a primera hora. Lo anotó para no olvidarse. Al día siguiente, antes de desayunar, salió rápido para comprarse el vestido que tanto le gustaba.

 

La tienda seguía en el mismo lugar, pero no el vestido. La dependienta le dijo que apenas salió, el día anterior, otra chica entró y se lo llevó. “Lo siento – añadió – era de buena calidad, el

precio muy rebajado; en fin, una ganga que había que coger al vuelo. Por lo menos, tendrías que haberlo reservado. Ya no volveremos a tener este artículo en nuestra tienda. ¡Lo siento de verdad, pero ... ¡TE HAS DECIDIDO DEMASIADO  TARDE! ”.

 

MORALEJA:

 

1.- Tanto Dios, como la vida, dan la oportunidad  para conseguir grandes cosas que nos vendrían muy bien… Pero hay que aprovechar el momento y no dejar la ocasión que se nos presenta, o se puede perder mucho, incluso todo.

 

 2.- Lo que nos parece insignificante, como en el caso de este cuento de las monedas, puede tener más valor y significado del que le damos.

 

 

 

 

La tortuguita, la rana y la liebre

 

Había una vez un niño que se llamaba Lorenzo, el cual se encontraba en una mañana espléndida paseando por el campo. Iba sólo camino de su casa, miraba las hierbas tan verdes que le rodeaban, cuando de repente percibió frente a él, una tortuguita. “¡Que bella la tortuguita que veo frente a mi! Parece que tiene deseos de llorar, sus ojos están tristes!” La cogió, pero apenas dio unos pasos, vio, a lo lejos, otro animalito que le impresionó: se trataba de una rana. “¡La tortuguita es tan lenta, que la puedo dejar entre las hierbas mientras voy a coger la rana. No creo que se vaya!”

 

Mas Lorenzo se equivocó, porque donde al principio no había nadie, al cabo de unos minutos pasó otro niño que se llevó a la tortuguita. Mientras tanto, Lorenzo fue tras la rana. Tuvo que cansarse hasta atraparla, por la cantidad de saltitos que el animalito daba. Al cogerla, pensó: ¡Oh! ¿Qué le pasará? ¡No deja de protestar y de estar enfadada! ( esto dijo, refiriéndose al croar que emitía el lindo animalito ). Lo tenía entre sus manos y su ropa, y cada vez que la acariciaba, la rana volvía a croar.

 

 

 

Andaba el jovencito tan satisfecho cuando, junto a un árbol, se encontró con una liebre que estaba descansando. Era blanca. Para cogerla, iba a necesitar las dos manos. Pensó en lo que podía hacer para evitar que saliera corriendo. Se le ocurrió una idea: “si dejo la rana dentro de la bolsa de plástico que guardé en el bolsillo después de comerme el bocadillo del recreo. Le hago agujeritos para que respire, la sujeto con dos piedrecitas y voy tras la liebre. Así lo hizo. Pero lo que no se imaginó, es que tras salto y salto, la rana movería las piedras, saldría de la bolsa y se escaparía. Fue tras la liebre, pero corría tanto, que no podía alcanzarla. Hubo un momento en el cual la cogió; pero se descuidó y la liebre que era ágil, saltó de sus brazos y se fue corriendo. Se le escapó.

 

Cuando regresó por donde vino, y vio que ninguno de los otros dos animalitos ya estaban, entristeció en gran manera, lloró y se fue a su casa sin nada.

 

MORALEJA: El no pensar bien las cosas, el descuido, o el querer tener siempre más de lo que se tiene, que además es de gran valor, conduce en muchas ocasiones a quedarse sin nada por querer tenerlo todo.

 

Ilustraciones : la tortuga y la rana son de la Wikipedia

                            las liebres las envió Miharu Abe, desde Japón

                            y se adaptaron para AIR

 

 

 

Un disfraz cada vez mayor

 

En cierta ocasión conocí a un niño llamado Alejandro, que se encontraba muy a gusto consigo mismo. Esto fue así, hasta que observó que otro niño llevaba peinado más bonito que el suyo y tuvo celos.  Se puso delante de un espejo y arreglo su pelo de la misma manera.

 

Más adelante vio a otro niño con unas gafas de sol muy grandes. Tanto le gustaron que se compró unas casi iguales y se las puso a diario.

 

Iba caminando por la calle cuando de repente vio a un caballero con el mismo bastón que su abuelito. Se paro para preguntarle dónde lo había comprado, y él le contestó que lo vendían en la plaza del centro de la ciudad. Alejandro fue allí y se compró uno igual. No le importó que era un atuendo para personas mayores. Le agradaba porque traía a su mente la imagen de su abuelo y esto le complacía y le bastaba.

 

Iba acumulando tantos detalles de uno y de otro, que al encontrarse con su amiga, ella se lo quedo mirando tímidamente y se iba a alejar. Entonces él la llamó extrañado:

- ¡Mari Paz! ¿pero dónde vas? Es que no me reconoces, soy Alejandro.

 

Ella le contestó:

- La verdad es que te veo tan distinto que ya no sé si eres tú o eres otro.

 

Alejandro no captó lo que le quería insinuar. Ella se dio cuenta y le dijo:

- Perdona que te diga lo que siento. Eres mi amigo y siempre admiré tu manera de ser y tu imagen. Pero hoy, te presentas tan disfrazado que me pareces ridículo. Y no sólo me lo pareces a mí: he visto a niños y mayores tapándose la boca para no reír a tu  paso.  No  todo  lo  que  está  de  moda  sienta  bien  a todo el mundo. Te recomiendo vivamente vuelvas a vestir y comportarte como antes. Eras guapo y solías ser muy elegante. Pero no sé qué pasó por tu mente, que ahora parece que trabajas en un circo.

 

Cuando Mari Paz se fue, Alejandro se entristeció y se puso a llorar. Reconoció lo acertado de los comentarios de su amiga, y volvió a su imagen de antes.

 

MORALEJA: En muchas ocasiones, la persona no aprecia lo que tiene ni cuánto vale. Se cree inferior siendo solamente diferente y se rebaja sin necesidad, pudiendo ser feliz con lo que tiene tan sólo con saber aprovecharlo.

 

* * *

 

Un miedo y un valor

 

Cierto día, Luis y Alberto apostaron a quién de los dos llegaba primero a un lugar. Pusieron como meta la casa de los tíos de Alberto que vivían al final de una gran cuesta. La carrera iba a ser muy dura.

 

Se pusieron a correr. Alberto vio unas bolas en el suelo y quiso cogerlas. Más adelante encontró con dos trompos que se le había caído a otro niño que se encontraba cerca, pero en vez de dárselos, los cogió y siguió corriendo.  No solo fue esto, sino que durante la carrera fue acumulando en su bolsillo tantas cosas, que no podía ni seguir adelante. Se asfixiaba cada vez más. Llegó sudando a la casa de sus tíos, cargado a no poder más, y con la conciencia sucia por lo mal que se había portado al no devolver los trompos al niño. No le pesaba recoger cuanto se cruzaba en su camino sin mirar a quién pertenecía.

 

 Luis había elegido ir por otra calle, y sucedió todo lo contrario; vio a otro niño pobre, triste porque no podía jugar con los amigos al no tener nada para poder hacerlo. Le preguntó por qué lloraba, se lo explicó, y Luis le dio lo que le faltaba. Pero lo bueno, no era eso, sino que además le dijo al niño que fuese con él a correr, y durante el trayecto, se fue desprendiendo de cosas que llevaba con él. El hecho de dar le hacía sentirse más ligero y feliz. Tuvo el valor de desprenderse de cuanto fuese preciso y        llegó a la meta mucho antes que Alberto. Estaba muy alegre no sólo porque ganó la carrera, sino porque se había hecho un nuevo amigo al que le había dado muchas cosas que llevaba con él y que el otro que era pobre necesitaba. Había hecho una buena acción y al mismo tiempo se había quitado peso de encima.

 

Su imagen era mucho más positiva que la de Alberto en todos los sentidos; pero aún así, a Luis le dolió ver a su contrincante  triste por haber perdido la carrera. Se propuso no volver a hacer nada  que pudiera entristecer a otra persona.    Pensó que no era

bueno ganar si conlleva hacer llorar a otra persona.  Para reconfortar a Alberto,  Luis le presentó al niño pobre, y los tres se hicieron amigos. Con el comportamiento de Luis, Alberto recibió una gran lección.

 

MORALEJA: “La avaricia, rompe el saco”. Esta, el egoísmo, y no acordarse de los que más necesitan de nuestra ayuda y colaboración, nos hace daño en muchos sentidos porque nos crea una carga en nuestra conciencia que nos hace la vida más pesada.

 

* * *

 

El burlón burlado

 

Una tarde se encontraba Benjamín paseando por la calle, cuando de repente vio un sobre; éste le sorprendió, porque vio que había en su interior la imagen de un billete de una buena cantidad, y en el exterior ponía: “cantidad entregada…”. Era mucho dinero lo que decía que debía entregarse. Benjamín se sorprendió, y lo primero que se le vino a la mente era…¡Se le habrá caído a alguien y andará buscándolo!. ¿Qué hago ahora?.  Al cabo de varios segundos, lo tuvo claro y pensó: Espero aquí a ver si viene; tal vez sea el dueño de esta moto que hay aquí al lado. ¡Sí, le voy a esperar! ...

 

Así lo hizo durante muy pocos segundos, hasta que le vino al pensamiento otra idea: “voy a ver primero qué hay dentro, porque la imagen del billete es muy grande, y luego, cuando lo abra, según lo que haya, haré lo más correcto”. La sorpresa fue, que el billete era sólo una imagen, y dentro había únicamente papeles, no billetes. Benjamín no se sorprendió, ni al ver el sobre, ni al abrirlo, porque sabía que todo era posible, y muy tranquilamente, lo volvió a cerrar  y lo dejó en el mismo lugar.

 

Detrás de una ventana, estaba espiando el muchacho que había puesto a propósito aquel sobre allí, para reírse de quien lo cogiera.  Cuando nuestro joven protagonista se agachó para recogerlo; se puso a reír, pensando en el chasco que se iba a dar al ver que eran sólo papeles. Pero el burlón se equivocaba porque Benjamín enseguida se dio cuenta de que los billetes no podían ser de verdad, la imagen representaba una suma demasiado alta; y ni siquiera  pensaba guardárselo para él, sino devolvérselo a quien lo había perdido, en caso de que apareciera.

 

Nada salió como quiso el burlón y él fue, quien se quedó burlado.

 

 

MORALEJA: ¡En cuántas ocasiones se tiene ganas de reír a costa de otros!. Lo que a veces sucede, como en el caso del burlón de este cuento, es que aquello que se ve, no es lo que se piensa; y aquello que se piensa, no es lo que va a ocurrir. ¡Nunca debemos tomar actitudes de este tipo. No son positivas!.

 

 

* * *

 

 

Pilar González Rubio, Málaga

 

Dos relatos

 

La Burbuja de la Vida

 

 

¿Qué sería de mí si me faltara alguno de mis cinco sentidos? ...

 

Estoy en una burbuja de agua dentro del vientre de mi madre, nado de maravilla, estos baños son deliciosos, calentitos al principio; la burbuja es cómoda con bastante espacio para moverme...

 

¿Qué se oye? Se oyen ruidos lejanos. ¿Qué son? Cantos con voz dulce. Todo se mueve con tranquilidad ... el tictac del corazón de mi madre suena despacio, sirve para mecerme. ¡Qué a gusto estoy! ... Ahora no nado pero me mece el agua y ...

 

También me succiono el dedo, pues tengo tanto sueño. Tengo que dormir. Si no duermo no podré crecer. Todavía me falta el vello con la piel, el pelo. Mis ojos se van formando. Están cerrados ... ¿Para qué servirán tantas cosas que se están desarrollando dentro de mí?

 

Primero el motorcillo del corazón, luego me crecen extremidades. Es maravilloso el circuito de todas estas arterias que sirven para tener más energía y calor. Así, mi mamá no me tiene que dejar su sangre para que yo me sienta más fuerte. Mi corazón bombeará mi propia sangre algún día...

 

Es una maravilla crecer y crecer. Ya no soy sólo genes y microcélulas de papá y mamá. Me voy haciendo una personita de un centímetro ... luego de dos centímetros y medio... ... Ya me queda poco para completar mi figurita. Es como el cuento de garbancito, pero de verdad.

 

Estoy en la hermosa cueva oscura de un lago, aunque de vez en cuando, por las paredes, voy percibiendo cambios de luz opaca; pues todavía no puedo abrir los ojos, los hermosos ojos azules que voy a tener fuera del útero.

 

Mi cerebro empieza a pensar y me chupo el dedo, me sonrío y, de pronto... ¿Qué es esto? Se me mueven los pulmones y la barriguita... Me he tragado una burbuja de aire pues tengo hipo. ¡Qué apuro! Hasta hace que se mueva el vientre de mi mamá... Ella lo toca para sentirme, y nota como el hipo me está sacudiendo.

 

Ya nado más rápido, pero cuando el lago dentro de la burbuja se vuelve hacia arriba o hacia abajo, me siento inquieta....

 

Y ahora ¿qué ha sido ese ruido? No viene de mi mamá... Han  crecido cartílagos alrededor de los dos agujeritos que tengo a cada lado de mi cara. Todo se oye más fuerte y me asusto ... Menos mal que mi mamá sigue calmándome con sus manos. Ya estoy más tranquila. No ha sido nada, sólo que todavía tengo que crecer.

 

Me ha salido un granito en medio de la cara. Engorda rápido y en tres días ya empieza a hacerme cosquillas: ... ¡atchis! ... Estornudo. Esto no es hipo. Mamá lo percibe todo y me acaricia a través de la piel de su vientre, tranquilizándome.

 

Ya se me está quedando pequeña la burbuja; es que me han crecido tanto las piernas... ... Me estiro como los gatos. Tengo que hacer ejercicios, prepararme para estar en forma cuando salga del útero.

 

Estiro los brazos que también se están alargando y tropiezo con las paredes. Me estorba hasta el filtro del oxígeno, la placenta de mi madre que me envuelve.

 

Y esto otro, ¿qué es? ...  Debajo de la nariz que tengo ahora,  hay

otro agujero con, dentro, unos bultitos muy duros que se llaman encías. Hay rebordes por el filo. Es mi boca... ¡Claro! ... Por eso yo chupo y rechupo. Tengo que practicar para poder alimentarme cuando llegue la nueva vida.

 

Mi mamá me quiere tanto que ya tiene preparado mi alimento para cuando salga de su hermoso cuerpo, llorando. No se imagina lo contentas que nos pondremos las dos. Ella tendrá siempre este sexto sentido que ya posee, para prevenir cualquier peligro que me pueda acechar. Con sólo abrir la boca, estará atenta a mi lado.

 

Qué importante será el día de mi nacimiento. Lo será tanto para ella como para mí. Pero no será nada fácil. Ella tendrá que esforzarse mucho empujándome fuera de su matriz. ¡Y yo tendré que pasar por canales ¡tan estrechos! que no sé si podré.

 

Se habrá terminado la buena vida calentita, tan cerca del corazón de mi mamá, cuyo tintineo me relaja quitándome tantos miedos...

 

Ya estoy preparada para dar el paso más importante. Veré la cara de mi madre con el sentido de mis ojos azules. Pero primero tengo que colocarme bien, quince días antes, en la boca del canal de la matriz, cabeza abajo.

 

Habrá muchos besos, muchos abrazos. Tocaré la cara de mi mamá y de mi papá. Los amaré mucho a los dos por quererse tanto y traerme a la vida.

 

Se retraen las paredes de la matriz, se contraen tanto que me están estrujando. De golpe me quita todo el sitio. ¡Madre mía, qué empujón me ha dado! Me estoy deslizando por la pendiente. Consigo salir. Tengo la nariz aplastada como un boxeador ...  ¡ Menuda batalla hace falta para llegar a esta vida !

 

... Estoy desconcertada, tengo hambre, tengo miedo... Me pongo a gritar con todas mis fuerzas.

 

Mi mamá me coge y me acerca a su seno lleno de una leche sabrosa que se derrite sobre mi boca sedienta. Enseguida aprendo como agarrarme al pezón y chupar.

 

Empiezo una nueva vida. Respiro por mi misma. Estreno mis sentidos, pero para el de la vista, habrá que esperar un poco más. Lo intenté, quise abrir los ojos; la luz era tan cegadora que tuve que cerrarlos nuevamente.

 

El contacto de las manos de mi madre ahora es directo y ¡tan bueno! Su voz me tranquiliza, me da sosiego. Disfruto tanto, tanto, al percibir cosas siempre nuevas. Más adelante, podré mirar sin deslumbrarme el color hermoso del cielo, sus pájaros volando y cantando, olores de flores...

 

Me siento a gusto. Gracias Dios mío por haberme creado. Gracias padres míos por quererme tanto.

 

 

Málaga, 30 de enero de 2005

 

 

 

 

 

 

 

El Seminarista de los ojos verdes

 

Mi amor nacía de los sueños : subida en un hermoso caballo alado para salir al encuentro de un príncipe en el misterio de su alma, del alma de mi dulce enamorado.

 

Estaba leyendo y orando con la lamparilla del sagrario y yo quedé inerte al contemplar su recogimiento para hablar con Dios... En aquel momento me arrodillé y recé para a Dios engrandecer. Le dije también : “Un hombre así da gusto querer ... un hombre que se acerque a rezar para encontrar la paz espiritual”. Mi voz y la oración parece que Dios escuchó... Con el tiempo comprendí que muchas veces estuve junto a él: fue el destino el que unió nuestro sino.

 

Sin saberlo estuve cerca, por el Tajo de Ronda, él con sus 15 años y yo con 13 años; con un amigo que vivía en la casa de los marqueses de Salvatierra, a la caza de palomas torcaces con escopeta de aire comprimido o de plomillo con sus ruidos. Yo en mi interior protestaba por la siesta que nos daban con el sonido de las escopetas: a los grajos y a las palomas molestaban.

 

- Ya están esos niños que no tienen nada que hacer para entretenerse...

Yo cosía vestidos mientras los escuchaba y me acostumbré a verlos de vez en cuando. Eran dos seminaristas muy amigos.

 

De esta aventura me enteré a lo largo de muchos años hablando con mi marido : era él el chico que me encontré rezando junto al sagrario, leyendo a la luz de la lamparilla; él era el nuevo seminarista que ayudaba en misa de la Iglesia “Nuestra Señora del Socorro”, cerca de la “Calle de la Bola” y del Casino de Ronda... Él vivía cerca de la imprenta Rondeña y la casa del Vicario Don José Parra. Por eso los ayudaba a decir misa...

 

Por cierto, fue un día al oír misa con mis amigas, la primera vez que vimos al nuevo seminarista. Mis amigas comentaron:

 

- ¡Qué guapo es el nuevo seminarista!, ¡tiene cara de espabilado! ...

Y, en verdad, acertaron. Pero yo, que siempre fui muy formal, les dije:

- Pues ¿no podéis fijaros en otro joven que no sea seminarista?

 

Lo que menos me esperaba yo es que fuera el hombre de mi destino, el padre de mi hermosa hija, María Liliana...

 

Os sigo contando, pues, los diferentes encuentros que tuve con él:

 

Tropecé con él varias veces durante nuestra juventud en la ciudad de Ronda. Pasó el tiempo y mis padres compraron un piso en Miraflores de los Ángeles. Pero tuve la desgracia de perder a mi madre siendo joven, y partimos para vivir en Málaga, en la acogedora capital de la Costa del Sol.

 

La familia tuvo que aprender a vivir sin mi madre... Yo tuve que hacerme cargo de la casa para cuidar a mi hermano, Pepe; y a mi padre, José... ¿Mis proyectos? ... los tuve que adaptar para ser ama de casa ... y cuidar también a mi abuela que, a veces, hacía muchas diabluras con sus 82 años.

 

Sigo con el relato de aquel chico seminarista...

Después de pasar algunos años viviendo en Málaga, fui a la feria de Ronda por unos días; y la novia que tenía mi hermano, Angelita, me presentó al seminarista. Ella se encontraba con varios amigos oyendo los discos que vendía en su tienda de música, enfrente de la Iglesia del Socorro. Esperé a que me lo presentara. Él me miró con mala idea, de arriba abajo, creyendo que yo era como la novia de mi hermano ... una ligona.

Luego nos despedimos sin apenas haber cruzado palabra... Volvió a pasar el tiempo...

 

De vuelta a mi ciudad, un día, al cabo de medio año, me encontré   al   seminarista    en  mi  barriada ,   en  una  tienda  de comestibles: llevaba una cartera bajo el brazo. Yo pensé: “éste será un representante de fideos – porque le dijo a la dependienta que le quedaban pocos fideos.”

 

Aquel joven no se acordaba de que me lo presentó  la novia de mi hermano, meses antes, en Ronda... Me fui para casa , y después de un cierto tiempo, me lo encuentro en un baile de la Iglesia parroquial de Cristo rey. Pues con mis amigos de parroquia; juntábamos dinero organizando bailes, para nuestras obras de caridad.

 

La sexta vez que me tropecé con él fue al ir a saludar a una chica de otra parroquia. Me lo encontré justo al cruzar la puerta del baile... Era el día de mi cumpleaños, el 13 de septiembre... Otras amigas se acercaron para decirme que una niña que había invitado al baile se aburría. Él prestó atención y me dijo:

- Voy a conocer a tu amiga; ahora iré para allá...

Y yo le dije:

- Te conozco de vista de cuando vivía en Ronda.

Él respondió:

- ¿Adónde?

- De seminarista de “la Iglesia del Socorro” – repuse yo.

Me lo confirmó y volvimos a presentarnos; pues no nos acordábamos de cuando lo hizo mi cuñada.

él me dijo:

- Ya sabrás mi nombre...

Yo contesté:

- ¡No ... ni me acuerdo!

- Pues me llamo Diego, ¿y tú?

- ¿Yo? ... Pilar.

- Bueno, dentro de un rato iré a conocer a tu amiga aburrida.

Por cierto, esa amiga estaba en la edad del pavo y no sabía lo que quería. Bastante hice con llevarla al baile y aguantarla.

 

Al poco de llegar yo al encuentro de la niña, llegó un muchacho y me sacó a bailar. Luego apareció Diego, el seminarista. Le presenté la niña tontarrona y bailó con ella. A pesar de ser mucho más alta que él, a ella le gustó.

 

Al terminar aquella pieza de baile, él se me acercó y yo me dije:

- Ya no tengo que aguantar más a la niña si baila con él...

Pero él tuvo una idea y me dijo con mucha decisión:

- Vamos ahora a cambiar de pareja.

Pensé: “eres un espabilado” y nos cambiamos de pareja.

 

El apretaba con todas las ganas ... no me lo esperaba de un seminarista. Puse mis codos en medio de los dos y le dije:

- No se puede bailar de esta manera...

Le propuse bailar al “estilo del pueblo”, sin tanto apretar. Se contuvo y apretó menos. Luego empezamos a dialogar... Me dijo:

- ¿Sabes en qué día estamos hoy?

Yo le contesté:

-¡Claro, cómo no lo voy a saber, si es mi cumpleaños!

- Y ¿Cuántos cumples? – me pidió con una sonrisa maravillosa.

- Cumplo 24 años.

 

Me vio más tranquila y radiante de felicidad. No me esperaba que al cabo de tantos años volviera a tropezar con él y empezar, sólo entonces, a conocerle.

 

Al final del baile busqué a mi grupo de amigos y amigas para irme con ellos. Él no tenía ganas de irse solo y me propuso  llevarme a mi casa en su pequeño coche Seat. Le dije que no, que me iba con mi parroquia y él insistió para llevarnos a todos, como sardinas en lata.

 

Cuando llegamos al barrio de Miraflores, a la puerta de mi bloque, propuso volver a vernos en las reuniones parroquiales. Le informé de los días y nos despedimos. Pero antes me dijo:

- ¿Sabes que los dos tenemos el mismo apellido: González?

Me quedé mirándolo extrañada. Y cual fue mi sorpresa cuando el muchacho añadió, sin cortarse ni un poco:

-¿Sabes una cosa? Nuestros hijos se llamarán González González. (No se equivocó en nada.)

Le dije:

 

- Estás corriendo demasiado ¿no te parece? ... ¡Te vas a caer con tanto correr! ... Antes tendremos que empezar a conocernos mejor.

 

Desde ese día empezó nuestra amistad, después de tropezar y coincidir a lo largo de los años en las dos ciudades de Málaga.

 

Habrá que pensar que existen tantas coincidencias ligadas con el destino. Yo creo que Dios puso algo de su interés para encontrarnos tantas veces y al final casarnos los dos, después de tres años de noviazgo.

 

La familia de él siempre estuvo en contra de nuestro amor durante nuestros años de convivencia. Después  de ocho años, tuvimos una hermosa niña tan limpia de corazón como fue su amor hacia nosotros dos. Ella fue un hermoso regalo de Dios que nos llegó en vísperas de Reyes, el 4 de enero.

 

¡Nos gustaban tanto los niños, a mi esposo y a mí! ... El nacimiento de Liliana González González fue el triunfo de nuestro encuentro, de nuestro amor. No todo fue fácil con las trabas que nos ponían unos y otros. No entienden que podamos vivir en paz a la sombra de Dios, y que Él nos siga queriendo...

 

Pilar González Rubio

11 de noviembre de 2011

 

 

Silvia R-Hesles, Málaga

 

Acuerdos de familia

 

 

Apenas había amanecido cuando sonaron las campanadas del reloj de la entrada, anunciando las 8 de la mañana. Doña Manuela entró con decisión en el dormitorio de las chicas, descorrió las cortinas y abrió los postigos de las ventanas mientras llamaba en voz alta a las jóvenes: Socorrito, Ángela, Clementina, vamos, arriba, que ya pasaron las burras de leche; lo que indicaba que la vida comenzaba en toda la ciudad.  Pero ellas apenas podían moverse,  la noche había sido larga :  Socorrito, de 22 años, se sentía muy enfadada por la decisión de su padre (para ella inexplicable) de casar a su hermana Ángela, de casi tres años menor, inmediatamente;  y posponer la boda de ella con Salvador Mancilla-Nava de Castanar, según su padre, al ser casi de su edad (23 años), estaba formándose para el futuro, mientras don Telmo Gormaz, Señor de Velada, de 35, tenía su futuro asegurado : Propietario de una fábrica,  administrador de varias empresas familiares ... y cuidaba con especial atención, su finca “ Señorío de Velada” . Quedó viudo hacía cuatro años sin descendencia y ahora,  sin motivo aparente, deseaba casarse cuanto antes. Ángela no lo había visto en su vida y estaba llena de dudas, aunque según su madre,  sí se  conocían, y él deseaba este matrimonio a toda costa y sin demora. Clementina y Flora  veían  una historia de amor maravillosa. Don Hipólito y doña Justina, los padres, habían tenido algunas conversaciones antes de aceptar el futuro enlace y estuvieron de acuerdo con don Telmo, el novio, en que sería conveniente  mandar a las dos hijas mayores un mes antes del enlace, para que la joven fuera familiarizándose con su nuevo hogar y sus deberes. Doña Justina propuso a su esposo que puesto que las jóvenes deberían ir acompañadas de la persona adecuada,  a  ella  le  parecía  que  doña Manuela,  sería la mejor opción,  don Hipólito  no estaba de acuerdo,  doña Manuela era mucha Manuela; él se inclinaba más por la doncella Sacra, pues la joven era muy dispuesta y de la edad de las chicas, lo que supondría que la estancia allí sería más agradable. Doña Justina no tenía muy claro si no sería mejor mandar a Clementina, que era la prudencia misma y tenía buenos modales, aún a pesar de su corta edad; mientras que Socorrito era tan celosa y protagonista en todo que sacaba de quicio al más templado; solía saltar con alguna idiotez en el momento menos oportuno, interviniendo en conversaciones que nada tenían que ver con ella. Por fin se preparó el viaje y salieron de Ciudad Real con dirección a Andalucía: la novia; su hermana mayor, Socorrito; y Sacra. Las tres jóvenes acompañadas de dos hombres de confianza, el cochero y un ayudante de la finca de la familia Ponte Ponciano. Durante el viaje, Ángela apenas pronunció palabra, mientras las otras dos no paraban de hablar  y  reír. Al pasar por Despeñaperros, era tan grande el nudo que tenía en la garganta que no pudo contener las lágrimas que resbalaron con fuerza por sus mejillas.

 

Habían pasado casi todo el día viajando cuando llegaron a la finca del Señor de Velada. Doña Matilde, muy sonriente, esperaba a los viajeros en la puerta, acompañada de un buen número de servidores complacientes, quienes, tras las presentaciones se hicieron cargo de los baúles cargados de ropa y parte del ajuar de la joven. Doña Matilda disculpó a su hijo por no encontrarse allí, pero el trabajo le tenía totalmente ocupado.  Los recién llegados se retiraron a sus habitaciones a descansar y prepararse para la cena.

 

Ángela lloró desconsolada  en cuanto se  encontró a solas, necesitaba desahogarse, sentía miedo y ni su madre ni Manuela estaban allí para calmarla. Cuando oyó unos toques en su puerta invitándola a cenar, un escalofrío le recorrió todo el cuerpo, se aclaró la cara con agua fresca, para borrar las huellas del llanto, respiró profundamente y salió erguida, aparentando orgullo. Estaba nerviosa,  iba a conocer a su prometido y no sabía si le iba a agradar o que sucedería, pero con sorpresa vio que la cena era  para  tres mujeres  :   su hermana , la madre de su prometido

y ella. La cena fue muy amena, más de lo que esperaba; se sintió más tranquila, aunque fue parca en palabras; en cambio, su hermana estuvo a sus anchas y en continua conversación, en la que acordaron dar un paseo a caballo después del desayuno. Ángela se mantuvo al margen y cuando le preguntaron directamente, sin más remedio que decir algo, rechazó el ofrecimiento; prefería conocer el lugar y al servicio.

 

Socorro se sentía excitada como si fuera ella la novia, estaba encantada de pasar unas horas con la madre de él.

 

A la mañana siguiente, salieron como habían acordado y Ángela respiró más sosegada al perderlas de vista; eran dos cotorras que no paraban de hablar de cosas absurdas. Se dirigió a la cuadra, le encantaban los animales. Allí encontró un joven limpiando y preparando el establo.

 

 –¿Trabaja aquí?

 

 – Si, señorita.

            

– ¿Sabe donde está el señor?

 

– No, señorita. Hoy no salió a montar.  Mire, su caballo está aquí – dijo señalando un ejemplar extraordinario. Es su amigo del alma –.

 

– ¿Puedo tocarlo?

 

– Es un animal con carácter y no acepta a cualquiera, hay que andarse con cuidado, el muy pillo elige a quien quiere querer.

 

 – ¿A ti te quiere? ...  ¿Crees que yo podría ser su amiga?

 

 – Vaya con cuidado, señorita.

 

– Es increíblemente atractivo – dijo acercándose  –.

 

Extendió la mano y comenzó a acariciarlo, le susurró algo al oído y el caballo se quedó inmóvil; ella continuó con sus caricias hasta  abrazarlo  por  el  cuello.   En  aquel  momento  entró  don Telmo y llevándose el dedo índice a los labios le indicó al joven silencio. Ángela, de espaldas a la puerta del establo acariciaba el caballo con delicadeza. El señor se despidió del joven por señas y salió del establo. La futura señora besó al caballo, se despidió del chico y salió del establo con dirección a ningún sitio; a poca distancia encontró un señor de pelo blanco que transportaba plantas en una carretilla, lo saludó y le pidió permiso para acompañarlo al invernadero. Pedro estaba al tanto de la llegada de la futura esposa del señor que le  pareció muy joven y probablemente inexperta, pero sensible con las plantas; por las que demostraba interés, preguntando por los árboles frutales, los injertos, etcétera.

 

Pasados los primeros días el dueño de la casa seguía sin aparecer, Ángela preguntó de vez en cuando a alguna doncella y la respuesta era siempre la misma: Tenía mucho trabajo y en cuanto pudiera se uniría a su madre y los invitados. Era un caballero que anteponía su deber y su honor ante todo, pero no por ello abandonaba a su familia. Con aquellas explicaciones, la joven seguía paseando por la gran casa de campo, el jardín, el huerto, la cuadra, la cocina; y en el corral, pasaba horas mirando los animales. En alguna ocasión, sintió como si alguien la observara, pero cuando se giraba nunca vio a nadie.  Un día preguntó al chico que cuidaba los caballos, cual era el lugar preferido del señor cuando estaba en casa y éste sin dudar le contestó que la biblioteca. Tenía un aparato de música que había traído de un país extranjero y le gustaba estar rodeado de libros y leer. Ángela no lo dudó y se dirigió allí inmediatamente, quería explorar y quizá averiguar algo sobre su futuro esposo;  posiblemente hubiera un retrato. Sentía una curiosidad que la excitaba. Al entrar en la habitación, el corazón le latía con fuerza. Era un lugar especial, las estanterías de madera estaban llenas de libros muy interesantes, biografías,  historia,  famosas novelas de diferentes géneros, a ella siempre le había  gustado mucho la lectura, de pronto se abrió una puerta lateral de madera que parecía perfectamente camuflada.

 

– Oh!   Perdón ,  señor.    Estoy  en  un  lugar  inadecuado , –  dijo

sonrojándose.

 

– Buenas tardes, Ela – dijo alargando la mano derecha en espera de la suya.

 

 Ángela notó débiles sus rodillas, el corazón a punto de explotar y la boca seca. Él parecía devorarla con los ojos mientras le sonreía picarón.

 

Entregó su mano derecha tímidamente y él se la llevó a los labios, cerró los ojos y la besó con pasión. Ella iba a desmayarse, lo vio más apuesto que lo que se imaginaba y sintió un calor interior desvergonzado. Telmo alzó la vista hasta el rostro de la joven y dijo:   ¡Como ansiaba verte de nuevo, Ela! Siempre me pareciste preciosa.

 

– Yo… yo no…  – balbuceó, poniendo toda la fuerza por dominar su cuerpo.

 

– Si prefieres que te llame Ángela, por mí no hay ningún inconveniente.

 

¡Por Dios bendito! Estaba ante el hombre que la enseñó a montar a caballo cuando tenía seis años. Él había sido su príncipe azul, el de los cuentos maravillosos que le leía doña Manuela.  Había trepado sobre los árboles, luchado con palos a modo de lanzas. Cuando cumplió los quince años, le hizo un regalo maravilloso y bailó con ella, a pesar de estar de luto por la muerte de su esposa. Nunca faltó a ninguno de sus cumpleaños.

   

– Teo, ¿qué haces aquí? –preguntó casi sin aliento.

 

Él dio un paso hacia delante, le acarició el pelo, enredando los dedos entre los rizos cobrizos; pasó con suavidad el brazo izquierdo alrededor de su cintura, acercándola hacia él.  Aproximando su cara junto a la suya, le dijo, casi en un susurro: Hace años que paso los días pensando en la intrépida pelirroja y mis noches parecían eternas.

 

Ángela no podía decir palabra, sólo intentaba seguir en pie. Él la besó en la mejilla y rozó sus labios. Luego se apartó. Ella respiró aliviada por la distancia, de apenas un paso, entre ambos y con rubor en sus mejillas logró decirle: “Es que yo … yo estoy  comprometida” ...

 

– Yo también – contestó Telmo con su habitual sonrisa picarona. Con decisión se dirigió a la puerta por la que había aparecido y la cerró tras de sí. Ella se quedó inmóvil unos minutos intentando ordenar su mente, cuando su hermana Socorro entró

impulsivamente en la biblioteca, sin pedir permiso, topándose con la anonadada cara de Ángela.

 

– ¡Ela, despierta!  Parece que hayas visto un fantasma. Esta noche tendremos una cena con tu prometido y algunos invitados, tenemos que prepararnos. Sacra nos ayudará. Ah!,  Mamá llegará mañana con Clementina. Lo que no sé,  es si vendrá  Manuela, sería muy divertido ver a toda la familia aquí, ¿no te parece?

 

 Ángela no se sentía con ganas de hablar. Su hermana no podía ni sospechar lo que acababa de vivir, y mejor que no lo supiera nunca, es su vida. Además Soco era una entrometida, Clementina y hasta la pequeña Flora hubieran sido mejor compañía. Se sentía confusa, su prometido jugaba a esconderse y de pronto aparecía Teo, al parecer  un invitado muy amigo de la familia, incluso podrían tener negocios en común, puesto que estaba en el despacho de su prometido.

 

Finalmente, decidió hablar con Sacra, al fin y al cabo eran de la misma edad.

 

– ¿Has estado enamorada alguna vez, Sacra?

 

– Ya lo creo, señorita.

 

–¿Te besaron?, con pasión quiero decir.

 

– Un millar de veces    contestó con desparpajo.

 

  Pero … imagino que te habrán pedido en matrimonio.

 

– De eso nada. Él me deseaba y yo también.

 

– Pero cuando te besó ese caballero no estarías comprometida con ningún otro, ¿oh  sí?

 

– Y que más da, señorita. Si ellos quieren disfrutar con una, ¿por qué va una a renunciar? Cuando tenga marido me portaré como una buena esposa, pero hasta que llegue ese momento, haré lo que me pida el cuerpo.

 

Sacra si que era lista – pensó Ángela –, pero ella tenía un problema mayor, amaba a Teo y no conocía a su prometido, es más, no tenía ningún interés por conocerlo. Temía que la velada fuera embarazosa con Teo sentado a la mesa, pero lo peor era que al día siguiente llegaría su madre, Clementina y ¿quien sabe cuantos más?, aunque lo más irritante era Soco, se había hecho tan amiga de su futura suegra que daba asco.

 

Faltaban varias horas para la cena, su hermana dormitaba sobre la cama y ella  decidió dar un paseo por los alrededores de la casa. Necesitaba tomar  aire fresco antes de enfrentarse a la cena.  Entró en la cuadra y se dirigió al caballo oscuro de porte orgulloso, lo abrazó y le susurró al oído. ¿Qué será de nosotros en  el futuro?

 

 Ángela no se dio cuenta de que Telmo se aproximaba a ella con sigilo, pasó su brazo alrededor de su cuerpo y le dio la vuelta con habilidad.

 

– Ela. Te amo y te deseo tanto como tú a mí.

 

– Yo … no puedo … Voy a casarme.

 

– ¿Te han besado alguna vez? – pregunto con descaro.

 

– Teo …. – susurró conteniendo el aliento –. El corazón le trotaba sin control. Él la abrazó con fuerza mientras con la otra mano,  tomó  con  dulzura  su  nuca  y acercó su cara contra la de ella, besándola con delicadeza en el cuello; luego subió los labios hasta la mejilla de la joven, encontrándose con su boca, con la que se fundió la suya, apasionadamente. Ángela no lo rechazó. Su calor la inundaba de pies a cabeza, dificultándole la respiración. Él la tenía apretada contra su cuerpo con fuerza.  Ambos podían oír el latido del corazón del otro. Los dos cuerpos pegados y agitados se confundían en uno solo. En cuanto él aflojó el abrazo; ella sorprendida y ruborizada le dijo: 

 

– Teo, ¡como es posible que lleves pistola o arma alguna en esta casa!

 

– ¡Ja, ja, ja – rió divertido. Querida, un hombre no tiene más remedio que armarse ante belleza semejante.

 

– No comprendo nada, pero te repito que es la última vez que nos vemos. Estoy comprometida. Bueno, estamos. Tú mismo me dijiste esta mañana que te encontrabas en la misma situación. Compréndelo esto no conduce a nada bueno, nos  hacemos daño absurdamente. Lo nuestro es im… ...

 

– De acuerdo. No olvides, de aquí a la cena, que te amo, y ponte preciosa para mí esta noche.

   

– ¡Descarado! – contestó con desdén.  Aunque en realidad sin haber salido de allí,  ya lo echaba de menos.

 

La cena se presentaba complicada con Teo sentado a la mesa, su prometido y su madre, doña Matilde, la insufrible Socorrito y ni idea de cuantas personas más.

 

Sonó una llamada en la puerta; es una doncella que nos avisa que la cena está servida. La cena que con tanta ilusión espera Soco, excitada por la emoción de sentirse protagonista; pero que Ángela teme por el giro que había dado su vida. El encuentro con Teo la estaba desconcertando. Al pensar que iba a tenerlo sentado frente a ella, le temblaba todo el cuerpo. Siguiendo los consejos de la atrevida Sacra se había puesto el vestido rojo de generoso escote que tanta admiración  suscitó en  la  boda  de  su  prima.  Hubiera  preferido algo más discreto, en  la  boda  de  su  prima.  Hubiera  preferido algo más discreto,

pero Sacra la convenció de que para la situación en que se encontraba, era lo mejor, que no admitía duda. Socorrito se puso un vestido de flores en tonos claros, muy primaveral, con lazos de color rosa y azul. De esta manera, salieron cada una de su habitación y se encontraron al pie de la escalera que conducía al salón principal. La mayor de las hermanas, al darse cuenta de la diferencia de atuendo entre ella y la menor, resopló indignada. Mirándola con rabia, le dijo entre dientes: “¡Ésta me la vas a pagar, descarada!  Se lo pienso decir a mamá en cuanto llegue”.

 

– Le vas a decir que para la cena con mi prometido me he puesto el vestido que me ha aconsejado Sacra. Hermana, me parece que olvidas que la que se casa soy yo y que doña Matilde, te guste o no,  será mi suegra, aunque la hayas tenido como tu futura… Bien como diría papá, déjate de gaitas que nos están esperando  – terminó suspirando profundamente.

 

Socorro resopló contrariada, la bobalicona de Ela estaba empezando a tener  muchos humos, pero ella se haría notar en la reunión, como siempre.

 

Doña Matilde se encontraba de pie, hablando con un sacerdote, muy animada, cuando entraron las dos hermanas: en primer lugar la mayor, más desenvuelta; y detrás, en actitud tímida, la joven Ángela.

 

– ¡Ven, querida! – dijo, extendiendo la mano hacia Ángela, sonriéndole, su futura suegra –. Don Faustino es el hermano pequeño de mi difunto marido, que en gloria esté. Es Prior de la Abadía Santiago Apóstol. Ha venido desde tierras lejanas para daros su bendición. Fue padrino de bautismo de mi querido hijo, cuando no era más que un estudiante de teología e idiomas.

 

A su vez, el sacerdote le dijo, a Ángela:

 

- Hace tiempo que recibo noticias de todo cuanto le interesa a Telmo,  y  sé que usted acapara su pensamiento con obstinación.

 

¡Lleva razón, el muy tunante! ... – ¡Ah!  ...  Y  usted debe de ser su renombrada hermana – exclamó de repente dirigiéndose a Socorro y haciéndose el sorprendido: ...  ¡Bonita joven! ...

 

En aquel momento entró Telmo sonriendo.  Se acercó a doña Matilde, la besó en la mejilla y le dijo:  ¿A que es preciosa, madre? ... Tío Tino llevaba razón, ¿verdad?  – preguntó sin esperar respuesta , volviéndose hacia su padrino.

   

Ángela aguantó erguida como pudo, puso su mano sobre el respaldo de la silla más próxima y respiró profundamente. Don Faustino, atento a cuanto sucedía alrededor, se acercó a la joven, tomó su brazo, lo pasó sobre el suyo y le preguntó afirmando:  ¿Nos sentamos querida? ... Estaba pálida y aturdida, agradeció con una sonrisa su ayuda. Su hermana comenzó a tomar protagonismo sin darse cuenta absolutamente de nada. Recibieron algunos invitados más y la cena poco a poco se hizo más distendida. Las miradas entre Telmo y Ángela eran fuego puro que no escapaban a la atenta vigilancia del prior y su cuñada quienes, de vez en cuando, intercambiaban sonrisas complacientes. 

 

Una vez terminados los postres, Telmo susurró  algo al oído de su tío, se dirigió hacia Ángela la cogió de la mano y salieron de allí con disimulo, ella se sentía temerosa, paseando su mirada por la sala. Parecía que todos se habían dado cuenta de su salida, menos su hermana que hablaba y reía sin que nadie le hiciera el menor caso.

       

Él la llevó hacia la biblioteca, pasaron al despacho por la puerta casi oculta. Al entrar, sin mediar palabra, la condujo hacia una pared de madera, que se abrió dando paso a una escalera. –Vamos, apremió, tenemos muy poco tiempo para hablar... Ahora sí que estaba sorprendida, incluso llegó a pensar que quería besarla, desnudarla, cualquier cosa menos hablar. Respiró profundamente, quitándose la angustia que sentía ante un momento  tan  desconocido  y difícil para ella.   La habitación no

 

 

118

era muy amplia pero estaba bien decorada. Él le indicó que se sentara en el sofá mientras se dirigía al mueble bar.

 

– ¿Champán? o … ¿prefieres otra bebida? ...

 

– Sólo he bebido champán un par de veces en mi vida y creo que …

 

– No importa, en realidad da igual, tenemos que hablar, mañana viene tu familia. Yo soy el culpable, se supone que la boda sería el mes próximo, como pronto,  pero a mí me parece una idiotez. Ela, cada día que pasa, es un día perdido de felicidad. Soy viudo y sé lo que digo, aunque también quiero decirte que ella, aún siendo una buena esposa, no era la mujer de mi vida y es más, lamentablemente, supo que mi mente viajaba a otro lugar. Mi tío sabe que me confesé culpable y canalla. Aquella boda no debía haberse celebrado, fue un acuerdo entre familias. Por si todo esto fuera poco, el tiempo corre en contra, soy 16 años mayor que tú – se llevó las manos a la cabeza alisándose el pelo hacia atrás y le dijo mirándola a los ojos: ¡Te quiero! ... ¡Por Dios y la Virgen Santísima, te he querido toda mi vida!  – Exclamó  cerrando los puños con fuerza  en señal de impotencia con su sentimiento.  Fui buen esposo para ella, no tuvimos hijos, he respetado su luto, pero tengo derecho a ser feliz. Dio un paso hacia la joven aturdida y la abrazó con fuerza.

 

– Yo … creo que siempre estuve enamorada de … – no le dio tiempo a terminar, él la besó impetuosamente hasta que se oyeron unas voces que se acercaban –. Es mi hermana ... –interrumpió ella.

 

– ¡Vamos!  Mañana nos casamos, dijo cogiéndola de la mano y tirando de ella hacia el comedor... ... ...  ¡El tiempo es oro! ...

                                                                                 

 

 

 

 

 

 

ESMAR, SEVILLA

 

Pensamientos

 

... La vida !!! Esa cumbre de ilusión, donde el riesgo es el impulso por el que el ser avanza en la emoción, de proyectos, de esperanza, de amaneceres nuevos ... a veces ... ¡¡¡ con las alas del amor !!!

 

... Ciertamente, nada eterno, si no lo transforma el amor ... Más ... La vida es ese riesgo donde esperamos un sendero mejor; donde en el invierno, confiamos nos llegue el rayito de un cálido sol.

 

La vida no se detiene, sólo es un nuevo atajo, que vibrar consiga al corazón.

 

Nada se pierde ... Un mundo nuevo se gana. Porque lo que está ... se adhiere, nos acompaña.

 

En el paso de los días, nos encontramos. Ofrecerte poco puedo ... Tan sólo mi alma libre como sincera, donde un cielo azul te proteja, lleno de estrellas.

 

En mi ayer no hay sombras que puedan cubrirte mañana ... Sólo un jardín de rosas que pueda entregarte al alba !!!

 

Mi más hermoso Sueño a ti te pertenece ... Hoy, en sublime realidad lo tienes ...

 

Cuídalo ... Mímalo ... Vívelo ... A ti lo entrego ...

Sólo TU ... quien lo protege !!!

 

* * *

 

 

 

Caen las hojas de los árboles y mágicamente, el suelo, asolado en soledad, se convierte en bello manto protector de tus huellas... Huellas que cobijan sueños , anhelos, lágrimas y proyectos.

 

Es tu vida, es la vida que un día más te espera en armonía cada despertar del alba.

 

Razón y sinrazón de la existencia !!!

 

El calendario, sin pausa, deshoja paso a paso su tiempo... Tal vez por ello, lo transformamos en eterno.

 

Mas ... sólo el amor hace renacer la vida...

 

Sólo el amor la hace intensa, grande, apacible, valiente en las absurdas guerras libradas en el caudal del sentimiento...

 

Sí amar es liberar... En mi alma corren ríos libres como el viento, mientras las hojas continúan alfombrando los comienzos del invierno. Mil colores en el tiempo.

 

Mil razones para danzar de gozo en cada instante que el reloj dejó caer marcando horas, minutos, ilusiones y proyectos...

 

Somos niños creadores de existencia...

 

Amaneceres que esperan pasos que llenen de locura algún momento.

 

Loco universo pululando entre cien vientos...

 

Loca sinrazón que llena nuestra vida entre nubes y destellos...

 

Hojas ... siguen cayendo... Desnudas, adornan cada despertar de mis ojos haciendo tuya mi mirada bajo los azules del cielo...

 

* * *

 

“Dejemos que la lluvia ...”

 

Dejemos que la lluvia moje nuestro cuerpo ... y entre rayos de sol aleje nuestros miedos...

 

Mi alma, llena de ti, como mi cuerpo, transformó la vida en un bello encuentro. Y fuimos dos... Sumamos uno, en el quehacer de la vida, en el adormecer de la tarde...

 

Juego a ganar a la vida tiempo para ofrecerte de ella la alegría, en lo cierto lo sereno... Dentro, muy dentro ... la verdad del sentimiento.

 

Corro a la vida apresar, sin descanso, sin premura... Quiero VIVIR cada momento que tuyo es ... CON LOCURA.

 

Lazos azules como el cielo inmenso, como el mar bravío ... son los que nos unen y ellos son libres como el vuelo del gorrión que cada puesta de sol descansa en su nido.

 

Eres tú, mi amanecer que a la vida me despierta... Mi plácido crepúsculo donde descanso...

 

Quédate, en esta existencia mía ... que no es mía ... sólo NUESTRA.

 

Quédate, amor, para ver nacer en el campo los trigales... En el cielo las estrellas... En el mar, la blanca espuma que se acerque a nuestra orilla...

 

Déjame acariciarte con las manos de la Vida... Yo no quiero ser tu guía... Sólo, sólo quiero caminar contigo, abrazada a tu cintura, sin cadenas... Con esos lazos de ternura... Serenamente, sin prisa... Con los azules lazos del amor eterno...

 

* * *

 

 

La vida es acaso esa sonora realidad en la que día a día nos encontramos inmersos...

 

Suenan tristes acordes o quizá acordes que el alma nos elevan y construimos felices fascinantes castillos de colores.

 

Realidad sonora ante la que somos expectantes actores...

 

Hoy, en mi alma suenan notas envueltas en un baile de sombras que simulan miedos en el corazón del que con ternura de un niño ama.

 

Invaden los fantasmas, acecha la inquietud ... mientras la hermosa gota de rocío que embellece la rosa, se torna lágrima callada en el frágil aleteo eternamente amante como la mar de su playa enamorada...

 

... Mañana, será otro tiempo... Te esperaré en mi baile para que tú lo transformes en acordes nuevos.

 

Crearás en el aire sonidos azules como el cielo... Bailaremos la canción más bella...

 

Se ausentarán las sombras que la vida esconde en cualquier momento...

 

Porque yo te siento, porque yo te vivo, porque nos tenemos, porque yo te espero, porque nos amamos más allá del lugar y el tiempo...

 

 

 

Monologo hacia una estrella

 

Hablo contigo para que tú me escuches tal vez en la distancia, o desde esta lenta cercanía del encuentro.

 

¡Estás tan alta estrella mía que quizá alcanzarte a ti es un nuevo sueño! ¡Qué cielo inmensamente poblado de destellos cuando comencé mi camino!

 

Conocí el amor cuando la viada... ¡y qué difícil a veces!... Compaginar ambos fue duro. Algún atardecer encontró en lo alto, un velo de color hecho de lágrimas ... algún renacer del alba vivió el alegre color de la sonrisa. Y tú allí ... lejana, ausente entre lo inmenso.

 

Vibré en la noche andaluza junto al mar, en la arena, recibiendo el tenue calor de una candela, vibré entre los brazos amantes, esperando...

 

Cobijé en mi alma el sueño irrealizable ensueño.

 

Desperté a la verdad y a la mentira.

 

Viví mi gran vacío de la muerte.

 

Aún así ... seguí creyendo en el amor y la vida.

 

Se hundieron mis alas en la tierra, también alguna vez, volvieron a sentirse ligeras entre nubes, entre vientos, reconquistando mi ser.

 

Tú, estrella, recogías mi tristeza en la noche del silencio. Mi corazón viajero, infatigable, buscaba esos recodos del camino que al menos pueden calmar la sed.

 

He caminado entre el día más oscuro y del reloj las más claras horas de la luna.

 

Por eso aún me admiro de querer llamar con nombres al amor, al calor del amigo, al bullicio y al silencio, a esas 24 horas a las que deseo borrar monotonía.

 

Por eso aún me asombro y me admiro, cuando siento que en mis labios la palabra Dios ... no se ha perdido...

 

*

 

 

 

 

 

 

 

 

 

María Angustias Moreno Barrios

Cuentos

 

El Miedo

 

 

La frase más odiosa para Micaela (Miki para la familia y amigos) era la que escuchaba de labios de su madre:

-¡Prepárate para irte a la cama¡

 

No la soportaba. Entrar en aquella habitación, en aquella buhardilla, con aquel ventanuco en el techo, le ponía los pelos de punta.

 

Sí, era cierto lo que su padre le decía:

-Por ahí entran los rayos de la luna, Miki, y tienes luz natural.

 

Sí. Cierto. Pero también entraban monstruos, unos monstruos que andaban por las paredes, por los cristales del ventanuco del techo, con unas patas largas, enormes, y unas antenas para localizarla debajo de las sábanas, que la observaban, que andaban lentamente para ver cómo se acostaba, cómo se abrazaba a sus zapatillas (porque se acostaba con ellas), para evitar que el monstruo se escondiese en ellas y por la mañana se comiera sus deditos cuando se calzase.

 

Las noches que la luna no se asomaba a su ventana eran sus favoritas porque tampoco se asomaba ningún monstruo.

 

Ni los de cuerpo alargado, ni los de cuerpo redondo: todos con muchas patas, con muchas antenas para verla. Su postre eran sus uñas, se las comía literalmente cada vez que los monstruos se asomaban a los cristales, intentando entrar y llevársela a algún lugar y cenársela.

 

- Mami - dijo una noche llorando:

- No quiero dormir allí arriba. Hay monstruos horribles que vienen a por mi.

 

-¿Qué? ...  ¡No, cariño! los monstruos no existen. No hay ningún monstruo en tu dormitorio. Es el más bonito de la casa, la luna te acompaña en sus noches de fiesta; cuando viene con sus vestidos de plata te da luz, y desde tu camita ves las estrellas cuando se encienden, cuando se apagan; y por las madrugadas, el sol te saluda, para que te vayas despertando e ir al colegio. Así que monstruos no hay.

 

- Mami, yo los veo.

 

-No cariño, no puedes verlos si no existen. ¡Vamos prepárate para irte a dormir!

 

Aquella noche era noche de luna de fiesta, derrochaba luz, y vendrían otra vez los monstruos a por ella. Entró en su dormitorio, y después de mirar debajo de la cama, abrió el armario, levanto la cortinita de su cocinita, miro la casita de muñecas; y, allí, vio una hormiguita que andaba asustada de un sitio para otro, deslumbrada por la luz.

 

-Hola hormiguita ¿tu también estas asustada? ¡Ven nos haremos compañía y el monstruo no podrá con las dos!

 

La metió en su cajita de los cromos, y aquella noche, Micaela (Miki para la familia y amigos), durmió feliz y contenta.

 

27 de marzo de 2012

 

 

 

 

                                                                                                                                                                                                                                  

 Imágenes de Google

 

 

La alegría de Carmela

 

Se miraba al espejo toda contenta. Esta noche se iba con las amigas a la feria.

Se había puesto su traje de gitana, el color verde la favorecía mucho, y más con el color  moreno de los días que había pasado de  vacaciones en la playa.

 

El pelo se lo había recogido en un moño bajo; las peinetas de colores en tres tonos de verdes, eran las perfectas; el collar; las pulseras, y los zapatos; el conjunto era de lo más moderno.

Sólo tenía un pequeño problema, y éste era, que el tacón era muy alto para una noche que se preveía intensa, los pies lo iban a sufrir mucho.

 

Se metió en el vestidor y sacó unos zapatos viejos de un color parecido al del vestido, “el verde era más pálido”, pero como que el vestido le tapaba los pies, no vio ningún problema en ello.

 

Después de mirarse y remirarse en el espejo, Carmela bajo al salón. Habían tocado a la puerta y sus amigas ya estaban allí.

 

El ferial, todo esplendor y jolgorio, la engulló fácilmente. La noche prometía: fue cante palmas y bebida; las casetas abiertas al público gratuitamente; había la posibilidad de vagar por ellas sin temor ni reparos, y disfrutar del momento.

 

La feria era una vez al año, y era para disfrutarla  a tope.

 

La vuelta a altas horas de la madrugada, fue distinta a la noche anterior.

Sus cantes eran más sosegados, más tranquilos, la noche los había tranquilizado en parte; sus energías habían descansado un poco.

 

 

Pero aún así, venían alegres, contentas:

 

Verde que te quiero, ¡hip!,

Verde, verde ¡hip!.

La tarara si la tara ¡hip!.

La feria se ha portado bien- comentó Carmela -con su lenguaje algo trabado.

Y el Quitapenas, ¡hip!, no se ha portado nada mal - comento Inés.

Las amigas siguieron caminando, entre cante y cante con un paso algo más acompasado.

 

María Angustias Moreno Barrios

5 de marzo de 2012

 

 

Los dos amigos

 

 

Pablito era un niño muy trabajador.  Su padre le había enseñado a hacer  zapatos. No eran unos zapatos normales ni corrientes ¡no!.

 

Los zapatos que hacía Pablito eran especiales,  pues sus dedos eran tan finos y delicados que podía meterlos por cualquier rincón de la piel que cosía, dándole  una forma especial y muy bonita. Los hacía tan perfectos que nadie jamás había visto otros iguales.

 

Un día Pablito tuvo que probar a un cliente, los zapatos que le había encargado.  El cliente era tan alto, que no cabía por la puerta de la casa; así  que  Pablito,  muy gentil y amable, aceptó salir con él a la calle, a probárselos.

 

Entonces observó que en una esquina de su casa, allí, en un rincón de la acera, un pajarito descansaba tristemente con una patita encogida. Se acercó al pobre animalito y le pregunto:

 

– ¡Oye pajarito! ¿Qué te pasa? ¿Por qué has dejado de cantar? ¿Por qué tienes tu patita encogida?

– Bueno, me duele mucho y no sé que hacer- contestó el pajarito todo triste y casi llorando.

– ¿Por qué no me dejas que te mire a ver qué tienes y así sabremos qué es lo que te molesta?

– Si tú quieres, vale.

 

Al levantar del suelo al pobre pajarito, vio cual era su mal: en su patita  tenía hincada una astilla de un árbol. ¡Pobre animalito! ¡Por eso estaba tan triste! No podía caminar y cuando lo intentaba la astilla se le hincaba cada vez más y más.

 

– Bueno – dijo Pablito – ¡No te preocupes! Tengo la solución. ¡No te muevas que ahora vengo!

 

Se fue corriendo a su casa y sacó unas pinzas muy pequeñas.  Después salió en busca de su amigo, porque para Pablito, aquel pajarito ya era su amigo desde el momento en que lo cogió en sus manos y habló con él.

 

Con sumo cuidado, le arrancó la astilla de su patita y el dolor le desapareció de inmediato. 

Ya no le molestaba para nada.

 

- Gracias – le dijo el pajarito que también consideraba a Pablito como amigo suyo.

- Bueno no me des las gracias. Yo  he podido aliviar tu  dolor. Mas tú, no me lo hubieses podido aliviar, de haberlo sufrido yo. No tienes manos como yo tengo, así que no me des las gracias.... ¡Ah! ¡Espera!, tengo algo para ti.

 

Pablito volvió de nuevo a su casa, cogió unos trozos de piel que le habían sobrado de los zapatos del hombre alto y grande, y en un momento, con gran habilidad, le hizo unos zapatitos preciosos al pajarito. ¡Pero eran tan pequeños que no encontró botones para podérselos abrochar!  Entonces el pajarito, al ver a su amigo preocupado y pensativo, se preguntó qué le pasaba; pues los zapatos eran perfectos. ¿Qué hacer?  ¡Ah, ya sabía el motivo! Si no tenían botones, se le podían perder. Rápidamente el pajarito salió volando:

 

– ¡Espera, espera! – gritó Pablito –¿es que no te han gustado? ...

 

El pájaro no contestó.  Se fue volando y no tardó en regresar con unos botones muy especiales y chiquitos.  Eran lentejas, con un tamaño propio para  hacer de botones en sus  zapatos pequeñitos.

  

– Amigo mío dime ¿te sirve esto?

 

– Sí – contestó todo contento al darse cuenta de que su amigo había comprendido su preocupación.

 

Y así, los dos amigos fueron muy felices, porque Pablito le había hecho un favor al pajarito con los zapatitos – ya no se le hincaría nunca más una espina en sus patitas – y  a cambio, el pajarito, muy agradecido, le deleitaba cantando todas las mañanas en el alfeizar de su ventana.  Así Pablito trabajaba más contento que nunca.

 

Y dicen que aunque pase mucho tiempo, los zapatos de Pablito seguirán siendo los mejores del mundo.

 

 

María Angustias Moreno Barrios

18 de septiembre de 2011

 

 

 

 

Manuel Garrido Jiménez

 

Marina y el estanque del Amor

A mi nieta, Marina

Un libro siempre es mejor

que mil rumores.

 

No pienses hoy en tu vida menos desnuda.

No pienses en el pasado

y mira sólo la dulce tarde

de una primavera fresca y colorida.

Las hojas de los árboles

con su frondosa espesura

que el aire mueve

como mueve tu cabello

y descubre tu rostro impoluto.

Han de ser testigo de tu verdad constante.

 

No mires la noche como un sueño sin sombras.

Una sola estrella es luz

como luz eres tú.

Luz constante,

luz de amor,

luz de ilusiones.

Y bajo esa luz

has de emplear tu energía

para tejer la trama de tu vida.

Sólo tu vida.

 

 

 

I

 

Hace muchos, muchísimos años, existía un pequeño país rodeado de montes y montañas, y cubierto de grandes bosques.  Entre las montañas, se extendían hermosos valles y  planicies.

 

Cuando llegaba la primavera, las flores salvajes lo vestían de una gran belleza multicolor.  Allí las aves y animales de todas las especies vivían en plena libertad y tranquilidad, conviviendo sin temor con los habitantes; pues, en aquel pequeño país, estaba prohibida la caza por orden del rey. Y no por ello, la gente se privaba de consumir carne, sino que para ese menester, las familias criaban sus propios animales que sacrificaban de forma controlada.

 

En una pequeña colina situada en el centro del país, se alzaba, majestuoso, el palacio real;  donde moraban los monarcas con su corte y vasallos, así como la princesa, hija única, a la que le habían puesto por nombre Marina.

 

Al sur del pequeño país, una franja de territorio de pocos kilómetros de ancho se prolongaba hasta las orillas del “Mare Nostrum”, en cuyas doradas playas, se levantaba un precioso palacete en el que todos los años veraneaba la familia real. Y fue allí donde nació Marina.

 

Y como si hubiese copiado los dones de su lugar de nacimiento, los ojos de la princesa eran verde mar, y su tez ostentaba el color de la arena tostada.

 

Marina era una niña muy querida y admirada por toda la corte, no sólo por su belleza, sino porque desde su tierna infancia, le inculcaron las cualidades que debe tener toda princesa destinada a reinar. La instruían los mejores maestros y maestras de la corte, tanto en el campo de las ciencias, como de las letras y de la música. Eran exigentes con ella, lo que no le pesaba, porque estaba dotada de una inteligencia extraordinaria, superando en habilidad a los jóvenes de su edad.

 

Ya, desde los pocos meses, Marina fue confiada a una nodriza y más tarde a una institutriz, porque las obligaciones de la realeza no dejaban tiempo a sus padres para ocuparse de ella como debieran y hubieran querido.

 

Durante los primeros años de su vida, apenas si notó la falta de acercamiento de sus progenitores; o, por lo menos, no lo manifestaba. Pero, al crecer y llegar a la adolescencia, empezó a darse cuenta que las demás niñas de la corte paseaban por los jardines de palacio acompañadas de sus padres; incluso algunos días, veía que se desplazaban hasta las afueras de las murallas en sus carruajes, y que cuando volvían, sus rostros irradiaban alegría y satisfacción.

                         

Al caer la tarde, las niñas de la corte tenían la costumbre de reunirse con sus institutrices en los jardines. Sus amigas  relataban lo bien que habían pasado el día, recorriendo las calles de la ciudad, paseando por campos y bosques, y descansando a la orilla de los ríos; desgranando en sus comentarios todo ese mundo maravilloso que había al otro lado de los muros de palacio y que ella no podía ver.

 

 A veces Marina preguntaba:

¿Por qué no puedo salir a pasear como las demás niñas?  

¿Por qué no puedo disfrutar con mis padres de todas las cosas bellas que  hay en la ciudad y fuera de ella?

 

– Porque tú eres diferente – Le respondía su institutriz – Tú eres la princesa, la futura reina de nuestro país. Si algo te sucediera, ocasionaría un grave problema social y político que aún no puedes comprender. Cuando cumplas la mayoría de edad, te informarán de todas las cosas del reino, ya que entonces, según nuestras leyes, estarás preparada para ello.

  

Marina se esforzaba pero en no alcanzaba a comprender cómo el simple hecho de ser princesa la privaba de la libertad y del placer de investigar y disfrutar de lo desconocido. Esa disyuntiva rondaba constantemente en su cerebro, no podía desecharla, a pesar de los esfuerzos de sus educadores para convencerla.

 

Imaginaba lo maravilloso que sería poder descubrir el mundo tal como lo cuentan los libros; sobre todo aquellos que hablan de la hermosura de la naturaleza.

 

Con su gran sentido musical, Marina alcanzó a interpretar con maestría las diferentes partituras. Su instrumento preferido es el arpa. Cuando con sus sedosos dedos acaricia las cuerdas, fluyen  las melodías dulzura, causando admiración en los que la escuchaban. En ningún momento abandona su mente, el deseo de conocer el mundo que existe al otro lado de los muros de palacio, pero tuvo que seguir creciendo en el limitado espacio que las normas sociales de su país le imponían para que en el futuro fuese una reina ejemplar.

 

* * *

 

 

II

 

 

El sol se ocultaba tras las montañas que rodeaban el palacio,  quedando atrás el bochornoso calor de aquel día de verano. El horizonte se teñía de hermosos tonos rojos y violeta, soplaba una suave brisa y la gente salía a tomar el fresco.

 

Los jardines se llenaban de juegos, de la risa de los más jóvenes y de las notas musicales que se escapaban de ciertas  gargantas.

 

En el jardín principal de palacio lucían plantas y flores exóticas, así como un hermoso lago con el fondo adornado de oro puro. El oro se extraía de las entrañas de las altas montañas del reino.

 

A la superficie del lago, se asomaban cientos de nenúfares. Cerca, tras unos pequeños arbustos, se oían bellas melodías. Eran las voces de un grupo de muchachas cantando al compás del arpa que tañía la bella Marina, ya a punto de cumplir los dieciocho años de edad.

 

Marina era una princesa misteriosa, divertida y muy extrovertida que  todo el mundo  quería y admiraba.  Seguía siendo inquieta pero tenía un carácter fuerte. Siempre intentaba apartar la tristeza y el aburrimiento.

 

Su tez, de un color moreno intenso, en contraposición con la del resto de los habitantes de palacio, que era de un blanco azahar, acrecentaba aún su misterio. Era verdaderamente hermosa : Tenía los ojos de un verde cristalino, las pestañas largas, las cejas pobladas y arqueadas, una boca bien dibujada, un cuerpo esbelto y armoniosamente proporcionado. Su porte era el de una reina.

 

Unos manojos de rizos de color azabache caían sobre sus hombros, siendo la envidia de las demás muchachas de palacio.  La diosa fortuna la había dotado tanto de hermosura como de talento, y cuantos la conocían se deleitaban con su voz, su música, y la fantasía de sus relatos. Era una joven misteriosa e inquieta , divertida y muy extrovertida. Siempre intentaba apartar de su entorno, la tristeza y el aburrimiento. Pero tenía un carácter fuerte y luchador.

 

Reinaba la primavera y Marina iba a cumplir muy pronto la mayoría de edad. Esto le preocupaba.  Siendo la heredera del trono, le suponía tener que someterse a una disciplina más férrea y cumplir con nuevas obligaciones. Suponía dejar atrás sus sueños y su alegre adolescencia. Deberá dedicar todo su tiempo a prepararse para gobernar.

 

La perspectiva le quitaba el sueño. Quería conocer el mundo fuera de las murallas del castillo : Quería verlo, palparlo, hablar con los campesinos ; en fin, quería satisfacer el anhelo de toda su infancia, antes de pasar de niña a mujer. Aquella mañana, al levantarse, salió al jardín como todos los días, reunió a sus amigas más íntimas, y les dijo:

 

  Queridas mías, bien sabéis que, como doncellas que somos, nunca nos fue permitido salir solas de palacio. No sabemos nada del mundo que nos circunda, aunque sé que algunas de vosotras tuvisteis la oportunidad de entreverlo en compañía de vuestros padres. Pero yo ¡no!, jamás pude verlo. No sabemos nada de los que viven ahí fuera, como ellos tampoco saben nada de nosotras. ¿Cómo podré gobernar sin conocer las penas, las alegrías y necesidades de nuestra gente.

 

  He decidido emprender un viaje por mi cuenta a través de todo el reino; así cuando tenga que reinar, tendré plenos conocimientos de la verdadera situación de nuestro país.

 

Las muchachas se quedaron perplejas ante las palabras de su futura reina.  No daban crédito a  lo que oían; y, pensando que se trataba de una broma, no le dieron mayor importancia y se olvidaron del tema.

 

Pero Esther, su mejor amiga y confidente, sí compartía la idea de la princesa.  Ambas tenían el mismo espíritu inquieto. Le dijo que  estaba  de  acuerdo   con  lo  que  pretendía  hacer  y ,   más todavía ,   se  brindaba  para  acompañarla   y   afrontar juntas los

avatares de la insegura aventura.

 

Marina se sintió muy agradecida. La confianza depositada en Esther daba el fruto esperado.  Por consiguiente, las dos amigas se prometieron mutualmente, no decir nada a nadie.

 

En aquel mismo instante comenzaron a planificarlo, procuraron no dejar ningún cabo suelto. Marina no podía esperar más. Su impaciencia era tal, que su mente trabajaba con suma rapidez. No tenían que olvidar el más mínimo detalle :

 

La puerta de palacio sólo la guardaba un centinela, pues en este país reinaba una paz absoluta.  Nunca había estado en guerra en lo que recordaba la historia. El problema  no era sólo poder salir del castillo sin ser vistas, sino eludir la vigilancia de la dama de compañía de Marina, que nunca se había apartado de ella, ni de noche ni de día, desde su nacimiento.

 

Otro problema era ¿cómo ordenar a los mozos de las caballerizas prepararles dos caballos, sin levantar sospecha? 

 

La mente de Marina cavilaba deprisa, encontrando soluciones:

 

Se acordó de que su dama de compañía padecía insomnio y tomaba cada noche, al acostarse, un brebaje que le permitía dormir durante unas horas sin interrupción.  Pensó, que si le incrementaba   la   dosis ,    sirviéndose   de   alguna   astucia ,   se

dormiría tan profundamente que no se daría cuenta de su huída. También vertería una dosis al vigilante, dentro de una copa de vino. Seguro que no la rechazaría siendo ofrecido por su princesa. De esta manera tenía solucionado dos de los problemas; pero, ¿y el tercero?  La misma estratagema no servía para los encargados de las cuadras. Dormidos no podían ensillarles los caballos, así que había que encontrar otro medio.

 

El jefe de cuadras tenía un ayudante joven, casi de la misma edad que Marina. Lo llamó y le dijo:

 

   Nunca me han permitido salir de los muros de palacio y yo tengo gran curiosidad por conocer los alrededores. Quisiera pasear durante un buen rato por allí fuera.  Esto que te voy a ordenar, lo hago contigo y no con el jefe de cuadras, porque eres joven como yo, y lo entenderás mejor que él

 

Esta noche cuando tu jefe se marche a dormir, te vas a las caballerizas y preparas tres corceles, de los más veloces de palacio.  Cuando los hayas ensillado me avisas, puesto que Esther, tú y yo, vamos a dar un paseo para contemplar el esplendor de la noche. Me hace mucha ilusión ver la luna llena y el centellear de las estrellas lejos de los muros. ilusión.     serás nuestro guardián.  Lo tengo todo planeado para que nadie se percate de nuestra salida ; y no tengas ningún temor porque si algo sale mal,  yo me responsabilizo de todo.

 

El joven asintió resignado. No se atrevía a desobedecer las órdenes de su futura reina.

 

Al llegar la noche, Marina preparó el somnífero a su dama de compañía que se durmió al instante, profundamente.  También preparó una copa de vino con el mismo contenido que ofreció al centinela, con la excusa de que le ayudaría a soportar el frío de la noche. Tampoco él se atrevió a rechazar el ofrecimiento de su princesa.  Lo mismo hizo con el joven de la cuadra una vez los caballos preparados ; quien se sorprendió pero se la bebió y se durmió, ignorando el engaño que le habían preparado. Cuando en el palacio todos dormían, la dos muchachas se montaron cada una en un caballo, y se marcharon.

 

Al levantarse la alborada, empezaron a discernir el verde esmeralda de los prados y el azul del agua de un riachuelo que serpenteaba tranquilamente entre la yerba. Más allá de las murallas del castillo se alzaban montañas llenas de ricos viñedos.  Los olivares se extendían sobre los montes. Pronto las ovejas y los caballos salvajes llenarían los pastos.

 

Un aire de paz se cernía sobre la tierra mezclado con los rayos de sol todavía tibios en la madrugada. Se exhalaba una fresca dulzura.    Atrás  quedaban  las toscas  fuentes  de  palacio,   y las

burdas estatuas, la vulgaridad de las columnas que rodeaban los macizos de flores. Así pensaba Marina, ebria de libertad... ...

 

Estuvieron cabalgando durante toda la noche y toda la mañana siguiente, cruzando valles y praderas. El cansancio era agotador, mas la ilusión de descubrir cosas nuevas era más fuerte que la necesidad de un merecido descanso. 

 

Al llegar el sol a su zenit, vieron un pequeño lago de aguas totalmente transparentes, dando vida a una multitud de peces de distintos colores que jugueteaban entre las algas y las pequeñas rocas del fondo. El lugar era encantador invitándolas a descansar. Ahora, se sentían verdaderamente fatigadas y se acostaron sobre la mullida yerba, a la orilla del estanque, mientras que los caballos bebían y se alimentaban.

 

 

* * *

 

 

III

 

Héctor se había levantado esa mañana muy temprano y se preparaba para un día de cacería en solitario por el bosque.  Dispuso su arco  y sus flechas, e inició la marcha sobre su brioso caballo, acompañado de su fiel perro.

 

Lucía una hermosa cabellera negra azabache. Era joven, apuesto y aguerrido. Sus ojos negros y su tez morena  estaban llenos de misterio. 

 

Aunque se había preparado para un día de caza, el motivo de su escapada no era sólo este, sino que pretendía introducirse en la espesura de la naturaleza para poner en orden sus ideas; relajarse en el plácido silencio del bosque y buscar solución a un problema que desde hacía algún tiempo rondaba su mente. Porque él también estaba a punto de cumplir los dieciocho años; y, como era costumbre en aquellos lugares, estaba obligado a elegir esposa y contraer matrimonio.

 

Aunque era un joven apasionado, hasta ahora no había encontrado a la mujer que llenase su corazón lo suficiente como para comprometerse para toda la vida. Pero esto no le servía de excusa, debía cumplir con el compromiso social y familiar; tomar una decisión y contraer matrimonio. Pero encontraba a las doncellas casaderas de la comarca, entre las que él tenía que elegir, pretenciosas, superficiales, frías y poco emprendedoras.

 

Caminaba absorto en sus pensamientos cuando de pronto oyó unas risas femeninas, procedente de detrás de los arbustos que cubrían la ribera del río.  Esto le produjo gran extrañeza, pues no era frecuente que este lugar fuese visitado por mujeres.  La curiosidad le indujo a comprobar quienes eran y por qué se reían.

 

Se acercó con gran sigilo y vio dos cuerpos desnudos flotando sobre  las  aguas  del pequeño  estanque natural.   Se sorprendió

 pero no pudo evitar contemplar la belleza de estos cuerpos salpicados de gotas de agua brillando como perlas bajo el sol.

 

Pero Esther se percató de la presencia del muchacho y, sobresaltada, corrió a la orilla para vestirse, al mismo tiempo que le gritaba a Marina para advertirla. Sin embargo, al notar la varonil figura  de Héctor, se quedó petrificada, no pudiendo apartar sus ojos de tan hermosa escultura humana.  Sus pies no obedecían ninguna orden de movimiento. Ambos quedaron hipnotizados. Quedaron los dos mirándose deslumbrados. Una fuerza electrizante invadía sus cuerpos. Ninguno de los dos había experimentado jamás la sensación que estaba embargando sus cuerpos en aquel momento.

 

El primero en reaccionar fue Héctor que se sintió incómodo por haber sido descubierto, sobre todo por el pudor que pudiese sentir Marina.  Pero fue tanta su admiración, que sin reparar en ello venció la timidez e impulsivamente se fue acercando hasta acariciarle el rostro; luego, en un gesto de ternura, le cubrió el cuerpo de con su capa.

 

En ese preciso momento la muchacha volvió a la cruda realidad:

 ¿Quién sois vos que tan perplejo me observáis? 

 

Sin darle una respuesta acorde con la pregunta, Héctor le dijo en tono poético, impulsado por la belleza que ante sus ojos se mostraba.

 

– Osaría preguntaros lo mismo, hermosa dama, pero al observaros no cabe duda de que sois una ninfa del río, pues tan extraordinaria belleza y dulce rostro os delatan como ser divino. Tenéis el gran poder de la hermosura, pues os mostráis como la más gallarda de las emperatrices, señora de las atracciones, de los dulces besos y tímidos corazones.  Vuestros brillantes ojos, irradian sonrisa tan dulce que el agua del estanque debe de sentir envidia de ellos.  De vuestro cuerpo, perfecta ánfora, se desprende floral perfume que embriaga los sentidos y se me antoja como un bello sueño del que no quisiera despertar jamás.

 

Marina sonrió dulcemente, iba a contestar pero no pudo, porque Esther la interrumpió, diciéndole, empleando un cierto tono sarcástico.

 

  Te ruego me perdones querida Marina.  Hemos venido aquí para explorar estas tierras, mas por lo que puedo observar, tus ojos ya se han llenado de suficiente conocimiento como para no continuar con nuestro propósito.

 

  Marina, comprendiendo la indirecta, enrojeció. Pero Héctor, al oír las palabras de Esther, se ofreció inmediatamente a dar hospitalidad a las dos doncellas.

 

– Perdone caballero que os rechace tan gentil ofrecimiento, interviene Marina. Sólo disponemos de un día para conocer estos lugares. Luego debemos regresar a nuestros hogares.

 

Héctor se sintió invadido por una gran tristeza al oír estos comentarios. ¡No era posible, sólo un día!  Poco convencido, el  muchacho insistió nuevamente :

 

– Con todo respeto, estimadas doncellas, si solamente disponéis de este día, permitidme que sea vuestro guía y os muestre el territorio; y, puesto que os encontráis en mis dominios, os ruego accedáis a ser mis invitadas y me concedáis el placer de comer en vuestra  honorable compañía.

 

Marina aceptó encantada la invitación sin dudarlo un instante; y Esther, aunque dubitativa, no tuvo otra alternativa que aceptar también, puesto que no podía permitirse contravenir un deseo de su futura reina. Acto seguido montaron en sus respectivos caballos y, los tres juntos, emprendieron la marcha.

 

Cabalgaron despacio y en silencio durante largo rato, pues ninguna de las dos jóvenes se privaba de admirar y disfrutar de cada rincón de aquel bello lugar.

 

Rompiendo el silencio, Héctor les dijo :

  Gentiles damas, puesto que aceptáis ser mis invitadas, debo presentarme, ya que desconocéis mi identidad y yo la vuestra :  Me llamo Héctor de Cantinea; Soy hijo de un adinerado terrateniente de esta comarca y desde este momento, me considero el humilde servidor de tan hermosas damas.

 

Con una reverencia apenas pronunciada – a él no le agradaba demasiado estas formalidades –, dio por concluido su corto discurso.

 

Entonces, Marina tomó la palabra y dijo:

– Yo me llamo Marina, hija también de un señor de otras tierras ; y ella es Esther, mi compañera de viaje, mi mejor y mi más leal amiga.

 

Héctor se sintió algo contrariado al notar que sus enigmáticas invitadas no le desvelaban su  procedencia , aunque ese hecho avivaba su curiosidad y el placer de haberlas encontrado. No quiso insistir.  Lo importante para él era estar el más tiempo posible en compañía de la dama que un rato antes había conquistado su corazón.

 

Los tres jóvenes continuaron conversando. Las dos amigas escuchaban con atención las descripciones que su anfitrión les hacía de su territorio y sus cacerías por los bosques que cubrían gran parte de sus pertenencias.

 

Sin apenas darse cuenta, llegaron a  la casa de campo de la familia de Héctor, en la que sólo habitaban unos cuantos sirvientes, y donde el joven se refugiaba a menudo para librarse de las inoportunas preguntas de sus padres y de la curiosidad del resto de la familia, respecto a su obligación de contraer matrimonio.

 

Los sirvientes se sorprendieron al verlas llegar, pero su estatus social no les permitía elevar ninguna pregunta, e inmediata- mente se pusieron a las órdenes de su señor y al servicio de sus invitadas.

 

Héctor ordenó dispusieran, para las damas, dos de los mejores aposentos y preparasen dos cálidos baños, para que se refrescaran antes de sentarse a comer.  (Así lo habían solicitado las dos muchachas).

 

Después del baño, una sirvienta acompañó a las dos muchachas hasta el comedor, donde Héctor las esperaba junto a una mesa repleta de los más exquisitos manjares. Disfrutaron de la comida con gran apetito.

 

Durante la comida, una de las sirvientas más jóvenes deleitó a los comensales con los acordes de su arpa. A los postres,  Marina

reveló a Héctor sus dotes musicales, añadiendo que justamente era el arpa, el instrumento que le aportaba mayor satisfacción.  Esta declaración dio alas al galán para incitarla a tocarles algo de su autoría, a lo que Marina se ejecutó complacida. La muchacha hizo gala de su maestría, lo que aumentó todavía más, la admiración que Héctor sentía por ella.

 

La abundante cantidad de manjares ingeridos  y el cansancio acumulado por tan largo viaje, comenzaron ha hacer efecto en Esther. Los acordes de la música ya bastante conocida por ella, le estaban produciendo un ligero sueño que se esforzaba en disimular.

 

Por este motivo, solicitó permiso para retirarse a descansar, permiso que le fue concedido.  Acto seguido se dirigió a sus aposentos donde nada más echarse sobre la cama se quedó profundamente dormida.

 

Como que la servidumbre, al terminar el banquete, se había retirado también, Héctor y Marina quedaron solos. El anfitrión propuso a su invitada dar un paseo por el bosque cercano y visitar un recóndito lugar muy poco conocido por la gente de aquella comarca, asegurándole que le iba a encantar por tratarse de un sitio muy especial.  Marina aceptó y salieron de la casa.

 

A medida que iban caminando, Héctor le narraba con gran entusiasmo las maravillas de aquel paradisíaco paraje.  En cambio las palabras de ella no hacían más que confundirlo, avivando su curiosidad y deseo de conocer su verdadera identidad y el motivo de su viaje.  Sin embargo se mostraba prudente, no queriendo molestarla. Intuía que se trataba de un secreto difícil de confesar, y únicamente procuraba infundirle la confianza necesaria para que se lo desvelara.  

 

A través de la verde vegetación del bosque, se oía el murmullo de unas aguas cantarinas.  Al acercarse, inquisidora, al lugar donde provenía el sonido, se abrió ante los admirados ojos de Marina. Veía como las pequeñas cataratas que se deslizaban entre las rocas formaban al caer  un  maravilloso y refrescante estanque de aguas transparentes. En sus orillas abundaban las flores silvestres. Una docena de sauces dejaban caer sus lánguidos ramajes sobre las aguas, como queriendo beber el resplandeciente brebaje. Del pequeño lago se escapaban unos diminutos arroyos que serpenteaban entre las verdosas rocas cubiertas de líquenes, introduciéndose en la espesura del bosque con el sólo propósito de alimentar la vegetación. Cientos de pajarillos juntaban sus trinos al canto del agua, añadiendo todavía  más encanto y hechizo a tanta belleza.

 

Desechando todo pudor, Marina se dejo tentar por el embrujo del lugar,  se despojó de sus vestidos, se sumergió en  las aguas, invitando a Héctor a hacer lo mismo.

 

Aunque extrañado, el muchacho se desnudó y se adentró también en el agua, seducido por la natural espontaneidad de Marina.  

 

Durante largo rato jugaron inocentemente, nadaron y disfrutaron. Pero ocurrió que, en cierto momento, tiernamente y sin malicia, Héctor enlazó con sus manos el fino talle de Marina. Sus ojos se encontraron deslumbrándose. Durante unos segundos, se quedaron totalmente inmóviles. Sus cuerpos se estremecieron.   Ambos  estaban bajo el poder de una sensación

altamente turbadora ,   que  nunca  habían experimentado en  el

pasado y ni siquiera se imaginaban pudiera existir. Presa del encantamiento, se dejaron mecer por el hechizo del estanque.

 

Un mismo deseo les unió, sus labios se acercaron; se besaron largo y apasionadamente, dando nacimiento al primer amor de sus todavía cortas vidas.

 

Los nuevos amantes no podían pensar  en otra cosa que no fuese la felicidad del momento.  No hablaron del futuro ni del pasado. Para ellos sólo existía el maravilloso presente.

  

Ya era muy entrada la tarde cuando reaccionaron y decidieron regresar a casa. Se habían olvidado de todo lo que no fuera ellos

dos  y  Esther  estaría  muy  preocupada,   lo  que  se  confirmó  al observar en su rostro, la angustia  y  la preocupación. El verlos llegar la calmó un poco, pero quedaba el miedo a las consecuencias de un regreso tan tardío a sus hogares.

 

Marina trató de justificarse, pero Esther casi sin escucharla se limitaba a recordarle desesperados que debían de estar sus padres y familiares estando sin noticias de las dos.

  

El tiempo se les había escapado sin apenas darse cuenta y la noche ya estaba al caer, por lo que Héctor intentó convencerlas para que la pasaran en su casa, y esperaran a la mañana siguiente para ponerse en camino. Sabían lo peligroso que es viajar de noche, sobre todo siendo dos jóvenes muchachas sin defensa. A pesar de todo, Esther se oponía a la idea de pernoctar in situ, pero como en el fondo Marina estaba deseosa de permanecer más tiempo al lado de su amado, se dejó convencer  y se quedaron.

 

Los dos enamorados permanecieron hasta altas horas de la madrugada dialogando, apoyados el uno sobre el otro, en la paz silenciosa del cálido salón, a la luz de la luna que les miraba por la ventana y del dorado rescoldo de los troncos de encina que alimentaban la chimenea. Estas circunstancias, dieron lugar a que  su amor se intensificara  aún más.    Máxime cuando Marina

dándole muestra de confianza, desveló a su amado su verdadera identidad, único secreto que quedaba entre los dos.

 

A la mañana siguiente se despidieron con gran pesar, prometiendo Marina, volver para permanecer más tiempo; lo que, en cierto modo tranquilizó a Héctor.  Digo en cierto modo, porque a la sombra de la esperanza, yacía la duda. Marina era hija única de reyes. ¿La dejarían cumplir su promesa? ...

 

El sol estaba a punto de levantarse cuando las dos jóvenes montaron sobre sus caballos para consumar la larga distancia  que las separaba del palacio.  Los dos enamorados se saludaban incansablemente con la mano hasta que sus siluetas se diluyeron en el espacio.

 

La nostalgia  se apoderó de Marina al desaparecer su amado en la lontananza como si de un sueño se tratara. La embargó la tristeza, sintiéndose sola y perdida. Su único deseo era volver y permanecer para siempre junto a Héctor. 

 

Pero recapacitó, comprendió que tenía que luchar contra sus emociones; que su deber de ahora, era consolar a sus afligidos padres, disculparse por su escapada ... Ya tendría ocasión de regresar junto a su amado - pensó la joven, convencida de que así sucedería.

 

 

 

 

IV

 

 

En los balcones, ventanas y almenas del castillo, toda la corte permanecía asomada, con la esperanza de ver aparecer por cualquiera de los cuatro puntos cardinales, a las dos intrépidas jóvenes.  Preocupados, los padres de Marina habían enviado emisarios para que las buscaran por todo el reino.

 

A la caída de la tarde, desde uno de los lugares más altos del castillo alguien gritó con energía, anunciando la presencia a lo lejos de las dos jóvenes.  Toda la corte se lanzó a las afueras del castillo para recibirlas.

Todos salieron, menos los reyes que se quedaron en sus aposentos, guardando su compostura de monarcas. Esperaban con el corazón ardiendo, pero le tocaba a la Princesa acercarse primero y darles una explicación plausible.

 

Cuando al poco tiempo Marina se personó ante el rey, su padre, el rostro del monarca expresaba la furia de un huracán. Sin embargo, en sus adentros, no podía menos que sentir alegría por haber recuperado a su hija, sana y salva.  Ella sabía que sería benévolo, que el castigo no iba a ser terrible. Confiaba en encontrar, como en otras ocasiones, las palabras adecuadas para suavizar el enfado de su progenitor.

 

El rey, empleando un tono severo, pero cuidando bien las palabras, le dijo:

 

– Hija mía, deposité en ti toda mi confianza, y no sólo me has defraudado, sino que me has desobedecido, abusando de mi buena voluntad.  Sé que tu motivo fue conocer otro mundo; pero tú también sabías que muy pronto, al cumplir  la mayoría de edad, mi propósito era mostrártelo yo mismo ; sabías que te iba a enseñar todo aquello que en el futuro pasará a ser tus dominios, y que iba a compartir contigo mi experiencia, desplegando para ti todo lo que todavía desconoces y que vas a necesitar, puesto que estás destinada a gobernar un día.   Sabías

que te desvelaría tanto lo bueno como lo malo de nuestro reino.

 

A lo que Marina replicó:

– Querido padre, sé que te hacía ilusión mostrarme el mundo de ahí fuera tú mismo; pero también sé que cuando te haya pasado el enfado, analizarás los hechos más profundamente, dándote cuenta de que mi atrevimiento demuestra que tengo el valor y el coraje necesarios para desempeñarme satisfactoriamente en la vida que me espera. Sé tomar decisiones por mí misma. Lo prueba el hecho de que me enfrenté a lo desconocido con la sola compañía de una joven dama de mi edad. Soy capaz de afrontar los riesgos de mis iniciativas, de solucionar yo misma los problemas que se interpongan en mi camino...  Padre,  ¿no son esos los valores que deben acompañar a una buena reina?

 

El rey no pudo evitar una suave sonrisa después de oír las palabras de su hija. Pero no podía flaquear, su deber era inculcar a su hija, el sentido de la disciplina. A pesar de todo, no le aplicó ningún castigo en aquel instante, aunque la advirtió :

 

– Querida Marina, no olvides que todavía te quedan muchas cosas para descubrir. No voy a castigarte como debiera, pero a cambio, tienes que prometer que nunca más desobedecerás mis órdenes. Si vuelves a cometer el mismo error, te castigaré severamente, incluso te quitaré el derecho de sucesión al trono.

 

Y, temiendo que hubiese ocurrido lo que ya sucedió, prosiguió:

 

– En el mundo que crees haber conocido puedes encontrarte con   muchos   peligros   que  afecten  a  tus  sentimientos ;   caer ingenuamente en ellos, sin darte cuenta de las graves consecuencias, irreparables a veces, que podrían acarrear – lógicamente su padre se estaba refiriendo a los problemas del amor a primera vista –.

 

Marina asintió sin articular palabra, su pensamiento sólo lo ocupaba las vibraciones de su corazón, absolutamente invadido por el amor, un amor que le impedía valorar con precisión el significado  de  las  palabras de su padre.    Los sentimientos que Héctor había despertado en ella eran infinitos y estaban por encima de cualquier otro asunto, aunque se tratase de la pérdida de su trono como le acababa de indicar el rey.

 

En días posteriores se vio a la princesa deambular  melancólicamente por el palacio.  A la gente del castillo, le extrañaba el repentino cambio de humor en su futura reina, era triste ver cómo aquella joven risueña había perdido su alegría. 

 

Pero Marina sólo pensaba en volver a escapar y reunirse con su amado Héctor, con el hombre que la había conquistado por completo y que se convirtió en la única razón de su vida, desde el momento en que lo conoció.  Mas esto resultaba muy complicado, de momento imposible; porque el rey, adivinando las intenciones de su hija, había multiplicado la vigilancia.

 

Llegó la víspera de su cumpleaños. En palacio, todo el mundo se dedicaba a preparar lo que deseaban se convirtiera en uno de los acontecimientos más importantes del reino. Pero, a pesar de intentarlo, Marina no conseguía apartar la tristeza de su rostro. Se sentía más afligida y apesadumbrada que nunca.  No reía ni jugaba, y apenas si hablaba con nadie; ni siquiera con Esther, su mejor amiga.

 

Se levantó temprano y se dirigió a la habitación de su amiga, a sabiendas de que no dudaría en ayudarla una vez más. Primero, le exigió guardar el máximo secreto sobre  lo que le iba a pedir, que  era  muy  sencillo :  quería  que  le  proporcionara  ropas  de

campesina. Esther no podía negarse a ello, aunque sí, se permitió aconsejarla, rogándole recapacitara sobre lo que pretendía hacer.

 

Está claro que Marina no estaba en condición de atender a consejo alguno : estaba como embrujada. Volvió a su aposento, llevando disimuladamente consigo la vestimenta que su amiga acababa le proporcionarle.

 

Apenas unos minutos más tarde, aprovechando la salida de los hortelanos  hacia  sus  labores  en  los  campos  situados fuera de palacio, se mezcló con ellos vestida como una de sus mujeres,  disimulando su rostro con un pañuelo  para no ser reconocida.  De esta manera, salió de palacio sin la menor dificultad.

 

Caminó sin descanso a través de la campiña para alejarse de las murallas. Cuando se cruzaba con los carros de los campesinos, les convencía para que la invitaran a subir para adelantar camino, diciéndoles que se desplazaba para visitar a sus parientes más lejanos.

 

Una vez sobre el territorio de Héctor, se dirigió hacia la casa de campo que tan bellos recuerdos traían a su mente. Pero antes de llamar a la puerta quiso inspeccionar el interior desde fuera.

 

Se acercó a una de las ventanas del salón principal, de la que se desprendía un haz de luz. Con gran sorpresa, observó que junto a la chimenea se hallaba Héctor, su amado Héctor. Pero no estaba solo, junto a él había una hermosa joven a la que arropaba entre sus brazos con grandes muestras de cariño.

 

En ese mismo instante, una de las sirvientas de la casa que andaba por el jardín y la  sorprendió observando por la ventana.  Se acercó y le pidió explicaciones : ¿por qué motivo estaba invadiendo la intimidad de la casa? ... 

 

– ¿Es que no me reconoces? Soy Marina, la invitada de tu señor. Hace unos meses estuve en esta casa con mi amiga Esther.

 

– Es cierto, le responde la muchacha un tanto sorprendida.

 

¿Pero por qué estáis aquí fuera y no habéis llamado para entrar?

 

– Es que quería dar una sorpresa a tu señor y asegurarme de que estaba  en  casa.    Pero la sorpresa ha sido para mí.    Creo que lo

mejor es que me vaya.  Pero, dime, amiga, ¿quién es la doncella que tan cariñosamente envuelve entre sus brazos?

 

La sirvienta, al instante, y para que la princesa despejara toda duda, le contó que era la esposa de su señor, cuyo matrimonio se había celebrado unos días antes, al cumplir la mayoría de edad, como era costumbre.

 

  Pero pase Usted al interior de la casa.

 

  No, no lo creo necesario, contestó Marina.  Prefiero no entrar. No quiero romper el ambiente de felicidad que reina en el hogar. Proseguiré mi camino.

 

El corazón de Marina se cubrió de una enorme tristeza.  Los muros de aquella casa que, unos meses antes, habían representado los momentos más felices de su vida, ahora parecían caerle encima, sofocándola.  ¡Era otra, la mujer que en estos momentos disfrutaba de la felicidad anhelada! ...

 

¿Por qué se había olvidado Héctor de ella en tan corto espacio de tiempo? -  se preguntaba.

 

¡Qué incauta he sido al confiar en su amor, al arriesgarlo todo por él!  - se lamentaba.

 

¿Cómo podía perdonarse todo el mal causado a su familia; y sobre todo,  la traición a su rey y a su pueblo?

 

La desesperación se apoderó de ella, y como ciervo salvaje, corrió a través del bosque, hasta llegar al pequeño estanque, testigo de su malogrado amor.

 

Allí, sentada en la fértil y fresca orilla, revivió en su mente el idilio que tanto la embargaba. Aquellos primeros abrazos y besos pasionales que tanto la habían colmado; y que, ahora, tan sólo con pensar en ello, la desesperaban.

 

Lloró amargamente. Sus lágrimas, como las cataratas, se precipitaban al estanque, mezclándose con las aguas cristalinas,

echando chispas brillantes como diamantes. ¡Tanta hermosura convertida en infierno! La vida ya no tenía sentido para ella. Lo había perdido todo : su gran amor, su familia y su reino.

 

Perseguida por este terrible pensamiento, reanudó su loco deambular sin rumbo. Al llegar al recodo donde las aguas formaban un torrente al fundirse con las cataratas, se precipitó sobre ellas, en medio de unos remolinos que la arrastraron hasta las ignotas profundidades.

 

Arriaba, los pájaros seguían cantando y revoloteando, pero ella ya no los oía.  El sol seguía danzando sobre las flores y las hojas de los árboles; pero ella no los veía. Ante sus ojos , sólo se extendía la negra oscuridad. No le importaba, había renunciado a la vida.

 

Cerró los ojos, se dejó llevar; y, al volver a abrirlos, ¡cual no fue su sorpresa al encontrarse en una gruta. Una hermosa túnica de color púrpura  le proporcionaba un dulce calor.

 

Junto a ella, dos pequeños hombrecillos de unos cincuenta centímetros de estatura, la miraban con respetuosa admiración.                        

 

Al día siguiente, uno de los sirvientes de Héctor, al volver de cacería, se acercó al pequeño lago para saciar su sed y vio, flotando en la superficie, enganchado a una pequeña roca sobresaliente, un rebujo de tela que le pareció pertenecer al pañuelo de seda que llevaba Marina al llegar a la casa de su amo.  Unos metros más abajo, donde serpenteaba uno de los arroyos, las sandalias de la muchacha descansaban sobre la fina arena.

 

Lo más rápidamente que pudo, el muchacho informó a su señor de su trágico descubrimiento.

 

Héctor ya sabía por la sirvienta de la clandestina visita de Marina; y, desde la noche anterior, la estaba buscando con ahínco.   Ahora,  sospechando lo peor,   volvió al estanque con el

muchacho. Los dos se echaron al agua, buceando y barriendo minuciosamente el fondo ;  pero nada. Todo esfuerzo resultó inútil. Perdida toda esperanza de encontrarla con vida, deshechos por el cansancio y el fracaso, regresaron a casa.

 

Y los padres, al enterarse de la desaparición de la princesa y de su amiga, se sumieron en un gran dolor. Toda la corte se puso de luto. La desolación y la tristeza se abatió sobre el reino.

 

Tampoco Héctor pudo librarse del dolor que ardía en su corazón. Él también la había amado mucho. Su error fue pensar que no volvería después de haberse marchado una primera vez. Por ello, al cumplir la mayoría de edad contrajo matrimonio como se esperaba de él.  Pero la excusa de haber acatado la voluntad de sus genitores no le servía de alivio y cada nuevo día incrementaba su sufrir.

 

Cierto que Marina no volvió, pero el amor que les unía no dejó de existir. Debía de haber ido a buscarla ; debía de haber  puesto su amor por encima de las costumbres de su país, por encima de todo. De haberlo hecho, cabía la posibilidad de que las dos familias se hubieran puesto de acuerdo y consentido al matrimonio de sus hijos. Cabía que se hubiera dado prioridad a su felicidad. Pero lo había dado por perdido de antemano; Marina era princesa, iba a gobernar un reino. La diferencia de clase contaba mucho en aquel tiempo. No luchó y no se lo perdonaba.  Se sentía culpable de la muerte de su amada.

 

No pudiendo soportarlo más,  salió como un autómata. Los pies – que no son tan tontos como se dice - le llevaron al lugar donde había sido tan feliz, al estanque donde se suponía que Marina había encontrado la paz eterna.

 

El búho real que estaba vigilando con sus redondos ojos naranja,  al verlo llegar, se lanzó sobre el estanque, rasando las aguas. Luego, regresó volando sobre la misma rama, que curiosamente pertenece al árbol que se levanta justo en el lugar donde Marina desapareció. Se queda unos segundos mirando fijamente a Héctor y repite la operación; volviendo a ejecutarla una tercera vez, aullando con insistencia :  ¡¡“uu, uu, uuuuuuuu”!! ...

 

Comprendiendo que aquel plumífero ser le está indicando algo, Héctor dirige sus pasos hacia el árbol. Al acercarse, nota que del agua  se  desprende  un  vaho  extraño.   Intrigado,   sumerge sus

manos en el líquido elemento, notando un calor extraño que le resulta familiar; era el mismo calor que había experimentado al abrazar el cuerpo de Marina.

 

Impulsivamente, se adentra en el agua en busca del cuerpo de su amada. Y siente que una fuerza le tira por los pies al fondo del estanque.

 

Al principio, lucha para no ser tragado por las aguas. Consigue salir a flote para respirar, hasta que nuevamente, la misma fuerza lo arrastra definitivamente al fondo. Se consuela pensando que es el espíritu de su amada que lo está reclamando y, convencido de que la muerte le va a reunir con ella, se relaja y se adormece.

 

Cual no fue su asombro cuando, al volver a abrir los ojos, se encuentra junto a la mujer amada, en una gruta milagrosa : los dos vivos.

 

Le resulta difícil entenderlo. Creía conocer estos lugares de toda la vida, y nunca había visto ni oído hablar de esta gruta.  Dos pequeños hombrecillos les están mirando con unos ojos llenos de alegría. ¿De dónde salen? ... Todo le resulta tan extraño...

 

Sin decir palabra, Marina le toma de la mano, conduciéndole a la salida de la cueva.  Una vez fuera, Marina abarca los alrededores con sus brazos y le dice, sonriendo amorosamente : –  He aquí nuestro nuevo reino.

 

Héctor no da crédito a lo que ven sus ojos . Se encuentran en un inmenso valle cubierto de flores y de árboles; donde las aves  elevaban sus trinos, donde el cielo resplandece límpido y  donde parece reinar el amor y la paz.

 

Más allá de los bosques, se extienden unas fértiles huertas ofreciendo todos los productos necesarios para la alimentación. cientos de pequeños hombres y mujeres están trabajando en ellas.    Sobre una pequeña colina,  se alzaba un hermoso palacio de proporciones reducidas, rodeado de un bonito pueblo formado por pequeñas casas, todas pintadas de blanco.

 

– ¿Estoy soñando, o es realidad lo que veo?  - le pregunta Héctor a Marina -. Si estoy soñando, no me despiertes; pero si es real, por favor, explícame en qué lugar nos hallamos.

 

Sonriendo, Marina le contesta :

– Ven conmigo hasta palacio y durante el trayecto te lo explicaré.

 

Y le cuenta lo que le pasó :

  

– Cuando me asomé a la ventana del salón de tu casa y te vi abrazado a otra mujer, me sentí muy desgraciada, (le dijo empleando un cierto tono de enfado). Más aún al enterarme por tu sirvienta que aquella mujer era tu esposa. Entonces sentí odio hacia mi persona por haberme dejado engañar tan fácilmente y me puse a correr locamente, sin saber dónde ir.  El estanque me había proporcionado la mayor felicidad de mi vida,  y allí fui. Cuando llegué, quise que sus aguas borrasen para siempre mi desolación, quise morir.

 

Y me sucedió lo mismo que a ti.  Al abrir los ojos, me encontré en la gruta, asistida por dos pequeños hombres que me condujeron hasta su palacio.  Una vez allí, me cubrieron de hermosos vestidos, tratándome como una reina ; y. sin decir palabra, me sentaron en el trono.

 

No acertaba a salir de mi asombro, cuando unos minutos más tarde, se presentó ante mí, un grupo de ancianos, saludándome con una reverencia.  Era el consejo del reino que venía a informarme sobre mi estado y el suyo. Me dijeron:

 

  Majestad, somos el pueblo de Akilandia.  Nuestro país está sin reina desde que la última despareció misteriosamente.

 

De generación en generación, hemos venido recordando las palabras  de  nuestros  antepasados.    Estas `palabras  dicen  que nuestra nueva reina será un ser superior en estatura y belleza y que vendrá a través del estanque, único lugar que comunica el mundo exterior con el nuestro.  Por ello, durante todos estos siglos, dos de nuestros hombres se turnan para hacer guardia en la gruta. Constantemente tenía que haber alguien allí, para recibir a la reina cuando la profecía se cumpliera.

Hoy se ha cumplido, hoy es un gran día para nuestro pueblo. Debemos festejarlo con alegría y prometer a nuestra reina, serle fiel hasta el fin de nuestros días.

 

– Pero, ¿y si yo deseo regresar al mundo de dónde procedo? - repuse.

 

– Esto es imposible, alteza – me respondieron –.  La profundidad del estanque es tanta y tan laberíntica que al intentarlo pereceríais ahogada. Además, nuestros hombres sólo tienen facultad para hacerla descender, no para ayudarla a subir.

Por lo tanto, deberá su majestad desechar de su mente esta idea y ser nuestra reina mientras el destino lo quiera.

 

– Yo sabía con certeza, porque mi corazón así lo presagiaba, que tú algún día regresarías al estanque para sumergirte en sus aguas, como lo hice yo – le dijo Marina mirándole a los ojos.

Por esto les di recado, a los hombres que guardan la gruta, de avisarme inmediatamente cuando esto ocurriera, que te rescataran como lo hicieran conmigo, y me llamaran luego. Quería ser yo la primera que vieras al despertar del dulce sueño que proporcionan las aguas.

 

 

Después de un largo rato caminado, sumidos ambos en la felicidad del reencuentro, llegaron al palacio. Una artística puerta dorada y labrada caprichosamente, unía los extremos de una pequeña muralla que rodeaba el real edificio.  Al otro lado de la puerta, se extendía un bello jardín, donde se alzaban elegantes palmeras datileras, árboles exóticos, fuentes maravillosas, setos de rosas de todos los colores y toda clase de flores.   Los  sauces  agitaban  sus  ramas  como  verdes cataratas,

impulsados  por una  dulce  y suave brisa.   Las fuentes  cantaban alegremente y los árboles contestaban arrullados por la brisa. Aquí y acullá, unos bancos de granito azulado invitaban a sentarse y admirar la esplendorosa naturaleza.

 

  Ven –  dijo Marina con cierta diligencia –, entraremos en el palacio.

 

Héctor se dejó llevar sin articular palabra, pues con tanta  belleza, después de tanta negrura como había soportado hasta el punto de querer quitarse la vida, sólo le cabía asombrarse.

 

Al llegar a palacio, una gran puerta de bronce esculpido se abrió silenciosamente, como movida por manos invisibles.   Entraron. Un enorme salón se abrió ante sus ojos.  En el suelo, recubierto de mármol amarillo oscuro, se reflejaba un hermoso techo embovedado, adornado con majestuosos frescos que aludían al jardín del Edén.  Y en el centro de la estancia, lucía una grandilocuente figura del Creador.

 

En los laterales, se alzaba una doble hilera de bruñidas columnas  con capiteles representando toda clase de frutas y flores.  Al fondo, una escalera de mármol blanco y rosa, a media altura bifurcaba en dos brazos, los dos conduciendo a las dependencias de la planta superior.

 

Desde el salón, pasaron a una gran habitación; luego, a una serie de patios; después, a una cantidad de salas, algunas recubiertas de mármol blanco entrelazado con brillantes piedras rojas y azules; y otras de bellísimos mosaicos. Todo parecía poseer un fulgor interno y brillaba intensamente.

 

Divanes y sillas de la más noble madera se alineaban junto a las paredes; Figuras de marfil y ébano decoradas con oro; hermosos jarrones llenos de flores hermoseaban y perfumaban el ambiente. El techo, lleno de delicados dibujos, parecía flotar sobre las columnas de cristal, mármol y alabastro.

 

Toda esta maravilla que con tanta alegría mostró Marina a Héctor,    era   un   fiel   reflejo  de  la  enorme  riqueza  de  aquel pequeño país; conseguida como consecuencia de la solidaridad, el respeto, el amor al trabajo y la lealtad de aquellos pequeños hombres y mujeres, que lo formaban y lo protegían.

 

“ ¿Cómo es posible que exista toda esta belleza tan cerca de mi territorio sin que nunca haya sido vista por nadie, ni siquiera por mí, que tantas veces he recorrido cada uno de sus rincones, y accedido hasta los más escarpados lugares? “ - se preguntaba el joven poder salir de su asombro.

 

Para encontrar una respuesta lógica, se personó ante el hombre más anciano del consejo, rogándole que le despejara el enigma.  

 

– Hace más de dos milenios – le relata amablemente el anciano – dos enormes bolas de fuego se estrellaron sobre la superficie del planeta. Una de ellas, la más voluminosa se estrelló aquí, sobre nuestro suelo, originando un cráter de gigantescas dimensiones. Con el tiempo, este cráter se fue convirtiendo en lo que hoy son nuestros dominios.

 

El segundo meteorito – cuenta la historia – continuó surcando los cielos hasta perderse más allá de los océanos, formando probablemente otro cráter en algún otro lugar que nos es desconocido.

 

La historia también cuenta que muchos años más tarde,  cuando ya la naturaleza había recubierto de vegetación la tierra que ahora pertenece a nuestro país, vivían en el mundo exterior, en una comarca no muy lejos de aquí, dos jóvenes enamorados;  que, por su pequeña estatura – aún más pequeños que nosotros – eran el hazme reír de la gente del lugar. La mofa cobró tanta insistencia, llegaron a sentirse tan humillados, que decidieron quitarse  la vida.

  

Un día, cuando más desesperados se hallaban, se dirigieron al mismo estanque que vosotros, se unieron en un fuerte abrazo y juntos, se arrojaron en las aguas. Eran tan ligeros que la misma fuerza invisible que os arrastró a vosotros, les tiró al fondo con gran velocidad;  tanta que en pocos segundos emergieron  junto a la entrada de la gruta.  Al tocar tierra firme, comprendieron que el Destino quería que vivieran.  Salieron de la gruta, encontrándose con este maravilloso paraíso. Entonces, sin el menor ánimo de regresar a su pueblo, donde estaban seguros que continuarían sufriendo los mismos insultos, decidieron quedarse para siempre. Tuvieron muchos hijos, y vivieron muy felices durante su larga vida.

 

Tampoco hubiesen tenido la oportunidad de salir de aquí, aunque quisieran dirigirse a otro lugar, pues el agujero formado en su día por el meteorito había originado un cráter con unas paredes tan altas y escarpadas, que nadie en tantos siglos, ha podido entrar, a no ser por el estanque, y mucho menos salir.  Y esta es, según cuenta la historia, como surgió y vivió nuestro pueblo.

 

Al tomar consciencia Héctor de que tendría que pasar el resto de su vida en aquel país de ensueño; consultó con Marina y ambos solicitaron permiso al consejo de ancianos, para contraer matrimonio.

 

El consejo, tras deliberar sobre la solicitud de los dos jóvenes enamorados, acordó autorizar el enlace, considerándolo bueno para el futuro del país, ya que suponía continuidad en la descendencia de una auténtica sangre real.

 

Vivieron muy felices, se amaron con locura y su amor les dio tantos frutos, que durante muchos, muchísimos años, tantos que no se puede recordar, sus descendientes poblaron y reinaron en aquel pequeño y maravilloso país.

 

* * *

Hoy en día, aquellos que conocen la historia, buscan ansiosos el pequeño estanque del amor. Los que logran encontrarlo, mojan sus cuerpos en las cálidas aguas, pidiendo les sea concedido el amor puro y verdadero.  Pero solamente lo encuentran aquellos que lo buscan, convencidos de que aman con todas las consecuencias.

F i n

 

 

 

 

 

El LAGO DE LORRI

es un hermoso regalo de la naturaleza

para quien haya subido hasta él desde el “Cap del Rec”,

por los senderos de la montaña,

con cayado y mochila ;

protegiéndose del sol que pega fuerte allí arriba.

 

El camino es precioso, lleno de flores y de mariposas; con zarzales que rebozan de frambuesas, que puedes llevarte tan frescas y olorosas a tu boca... Para llegar allí, atraviesas verdes dehesas donde pastorean caballos y vacas en libertad. Una vez arriba, puedes contemplar libélulas a montones, de todos los colores, planeando por encima del agua y posándose sobre la alta hierba de la ribera. Hasta una, hermosa y roja – que es mi color – se posó sobre mi hombro.

 

Y buscando un poco, no mucho, puedes darte un festín de sabrosos arándanos.

 

Esta foto del lago, que tomé en agosto (seguro) creo que del 2005, en un viaje que hice con mi hermana, Malén; la reproduzco aquí, porque mirándola, puedo soñar con el ESTANQUE  DEL  AMOR  de  Manuel Garrido.

 

 

 

 

Esta instantánea es del mismo Lago Lorri y fue tomada por mi hermana, Malén;

mientras yo, me preparaba para fotografiarlo.

 

Mariette

 

 

 

Mariette Cirerol Golliard

 

La mente inquieta deDostoyevski

 

Retrato de Fedor Dostoyevski

por Trutovsky, en 1847

 

 

Estoy leyendo La vida de un escritor de Geir Kjetsaa. Es sobre Dostoyevski, cuyas obras llenaron muchas horas de mi juventud. No me acuerdo en qué idioma las leía, sería en español o en francés. Prefiero lo escrito en su forma original pero, no conozco la lengua rusa. Hace tantos años que del contenido me acuerdo poco, sólo sé que su lectura me encandilaba . La primera obra que tuve en mis manos tuvo que ser, casi seguro, “Los Hermanos Karamasov” (Geir dice que fue el último y que el que mejor retrata la vida del autor). También leí : “El idiota”, “Crímenes y Castigo”, “El Jugador”, y no sé cuantas más; devoraba todas las que encontraba. Es extraño que la única imagen que me quedó grabada de esta lectura, es la de una joven nutriéndose únicamente de un panecillo, lo mordisqueaba  y  le  duraba  semanas  enteras.   Me  preguntaba cómo se podía vivir así, imaginárselo siquiera, me parecía imposible. La pobreza más acentuada, la indigencia más cruda, es protagonista de casi todos sus libros. Ahora sé que es porque él la ha vivido en su propia carne.

 

Lo duro de su vida no sólo se intuye en su biografía, sino que se demuestra por medio de cartas escritas por su mano, dirigidas  principalmente a su hermano Mijaíl y a algunos íntimos más;  y también por los testimonios de personas que compartieron su vida en algún que otro momento. Me doy cuenta de que todo lo que escribía venía a ser un puro retrato suyo, alegorizado. Hasta tengo la impresión de que utilizaba su obra para indagar en su propio ser y analizar el porqué de los sentimientos que le surgían y cambiaban según las circunstancias. Para hacerlo, se me- tía en la piel de uno de sus personajes de una forma más o me nos camuflada, le inculcaba la problemática del momento que le estaba preocupando, dramatizando al máximo las consecuencias que pudiera ocasionar y que, a veces, resultaban espeluznantes. Este ejercicio le servía tanto para regular su vida como para la trama de sus libros. Le ayudaba a controlar sus impulsos.

 

La vida de Fedor Dostoyevski tuvo poco de agradable, pocos días buenos; fue como si todos los males encontraban un refugio confortable en su persona. Digo “confortable” porque una de las cualidades del carácter de Fedor, era que aceptaba las consecuencias de sus actos, que eran casi siempre negativas, sin rebelarse. Las tomaba como una lección, como un aviso divino, y siempre procuraba redimirse; aunque lograrlo era otro canto... ¡ Su vida tan complicada lo dificultaba todo!... ...

 

Era testarudo a más no poder. Cuando emprendía algo, tenía que ir hasta el final, fuera bueno o malo, una fuerza a veces buena, a veces maldita, lo impulsaba sin remedio. Y cuando el final llegaba y era malo, se arrepentía; pero, claro, resultaba demasiado tarde: lo hecho, hecho estaba. Lo peor era que su pobreza extrema le “obligaba” a meterse en otro lío, con la esperanza de ganar algo para su subsistencia y la de los seres que  estaban  a su cargo.   Estos seres llegaron a ser tantos que le

llevaron a la desesperación y creo que fueron una de las principales causas de su muerte prematura, a los 59 años. No podía con su propia vida, y tenía que cargar con la de los demás. Se sentía obligado con ellos, por ser parientes; o familia de su hermano Mijaíl que tanto le había  ayudado al  principio ,   y  que  murió todavía más joven que él, también a causa de la penuria de su existencia; o familia de su primera mujer. Total que no veía otra salida que jugar a la ruleta y llegar a ser millonario para poder resolver este enredo que se enredaba cada vez más... ¡Vaya, vaya con la utopía! ...  Cuando ganaba algo, no le bastaba, claro, y lo volvía a someter a la diosa suerte, que se reía de él a carcajadas, adueñándose además de su dinero y de todos los bienes que le quedaban. Tenía que pedir prestado para coger un transporte y volver a casa (las salas de juego se ubicaban en ciudades alejadas de donde vivía). Una vez allí, en su casa, lloraba y caía de rodillas, pidiendo perdón a su esposa que solía ser la que le había avanzado el dinero para jugar. Ella ya sabía que perdería, pero ¿qué podía hacer sabiendo que era la única esperanza de su marido, su único momento de evasión de la despiadada realidad?

 

Fedor nació el 30 de octubre de 1821, en una familia ilustrada y noble de terratenientes venidos a menos – aquí ya empieza la tragedia de su vida – . Junto con sus hermanos, tuvo una educación religiosa demasiado estricta y dura. Su padre, que tenía el título de médico, encontró un trabajo mal pagado y alojamiento en el “Hospital Mariinski para Pobres”, en las afueras de Moscú. Ganaba poco y tenía que hacer malabarismos con su paga para alimentar y vestir a toda su familia.

 

Allí, en ese lugar apartado y poco alentador, pasó su infancia nuestro escritor. La madre se encargaba de enseñar a leer y escribir a los hijos, en cuanto cumplían los cuatro años. Para ello, utilizaba la biblia ortodoxa, único libro de la familia.

 

La vocación de escritor comenzó muy pronto para Fedor. A los tres años, antes de que su madre empezara a darle lecciones, ya se inventaba historias.

 

Se llevaba particularmente bien con su hermano mayor que quería ser escritor como él. Al principio este deseo complacía grandemente a los padres. Se sacrificaron para llevarlos a las mejores escuelas y luego a la universidad.  Pero como que su situación económica no mejoraba, muy al contrario, tuvieron que desistir y dar a cada hijo una profesión más adecuada que les permitiera salir de la pobreza. A Mijaíl y a Fedor, los llevaron a la academia militar. No iba con su carácter romántico, pero tuvieron que someterse, rebelarse contra la voluntad de los padres, no era entendido ni admitido en la Rusia de aquel entonces.

 

Debido a la educación que le dieron sus padres, a mi modo de ver, Dostoyevski era demasiado religioso, desrazonablemente religioso. Los mandamientos de la Iglesia eran para él, la ley suprema que no se podía transgredir de ninguna manera ; de hacerlo, había que estar dispuesto a soportar las consecuencias que se imaginaba terribles. Cuando le acaecía alguna desgracia – que fueron constantes a lo largo de su vida – la consideraba como castigo de Dios. Era intransigente tanto con su propia persona como con los demás. Pero, tenía un corazón de oro, era capaz de dar lo poco que tenía cuando se topaba con más pobre que él.

 

Sus muchos defectos debieron hacer la vida con él casi imposible: era colérico, inquieto, celoso, etcétera; pero también tenía importantes cualidades. En definitiva, era una persona muy contradictoria.

 

El amor para él era lo sublime, lo que ennoblecía al hombre; también la sinceridad. Amaba a su familia, a sus amigos, profundamente, con pasión. Decía siempre la verdad, aún a costa suya. Se podía confiar en él. Era un gran trabajador, rayando lo adictivo cuando se trataba de escribir. Lo hacía por gusto, pero también por necesidad. Se desvivía para los suyos. Esto era el anverso y lo brillante de la medalla.

 

Mas  una  medalla  también tiene su revés,   y el revés de la suya

era una tozudez y un orgullo desmedidos que acarreaban la desgracia sobre él y sus alegados. No se resignaba a ser pobre,  cuando tenía un rublo se lo jugaba con la intención de multiplicarlo. A veces ganaba pero quería siempre más y terminaba perdiéndolo todo. Luego, tenía que pedir ayuda, con lo humillante que debió de ser para una persona tan orgullosa  como él. Los préstamos se devuelven con plus valía; por lo tanto, tenía que jugar más para quitárselos de encima; y como que la suerte no quería acompañarlo, volvía a perderlo todo; y seguía así, una y otra vez... Cuando sus libros empezaron a tener éxito y a venderse bastante bien, tuvo la buena idea de pedir adelantos a sus editores antes de  empezar  una  nueva  obra ;  lo  que  no  siempre conseguía ; y, cuando lo lograba, era a base de comprometerse a entregar el manuscrito en un tiempo record. Esto le obligaba a trabajar de día y de noche, minando su salud que ya era mala de por sí. Tenía ataques de epilepsia que se hacían más numerosos por tener que cavilar tanto, tan sólo para sobrevivir... Pedía más y más y lo jugaba, no veía otra opción. La precariedad de su sino se asemejaba al de una serpiente que se muerde la cola y se la va tragando de poquito a poco, hasta terminar engulléndose a sí misma.

 

Consideraba a la mujer como el complemento del hombre, pero inferior a él. Sin embargo, era enamoradizo y se prendió de mujeres de cultura e inteligencia superiores, que le dieron su amistad pero que no estuvieron dispuestas a abandonar la libertad para casarse con él. Tan sólo dos mujeres quisieron compartir su vida: la primera, María Dimitrievna, a la fuerza porque le convenía: era viuda sin recursos y con un hijo; y además padecía de una enfermedad crónica. A ella le convenía pero, desde luego, a Dostoyevski NO, un NO rotundo y en mayúsculas, porque a diferencia de lo que él creía, ella no le amaba, lo usaba; le tuvo compasión cuando su marido aún vivía y le ayudó, es verdad, pero no hubo más. Tuvo que prometerle encargarse del sustento del amante, de su madre; y, además de la educación de su hijo que para más enjundia era díscolo, para lograr que consintiera a casarse con él. Como que él estaba enamorado perdido, lo aceptó, todo.

 

La familia de Fedor se oponía radicalmente a aquel matrimonio que no podía sino causarle más problemas. Y a ellos también, porque, según decían, estaba obligado a ayudarles. Lo había prometido a su hermano Mijaíl, que murió el 6 de julio de 1864 a causa de una infección hepática, causada, creo yo, por no poder soportar el trauma del cierre de la revista que publicaban juntos los dos hermanos y que era su principal fuente de ingresos.  Lucharon muchos años para sacarla adelante y aunar suscritores. Pedían préstamos que luego no podían devolver y se vieron metidos en un agujero sin salida. Mijail estaba casado. Cuando falleció, su viuda y sus hijos se añadieron a la  “ jauría  humana “  que  ya  estaba  chupando  la sangre de Fedor Dostoyevski. Los dos hermanos trabajaron hasta extenuarse para su subsistencia y la de las personas a su cargo. Pero ... y los demás, me pregunto ... ¿todos holgazanes? ...

 

En aquel entonces, las leyes rusas eran muy duras, a los morosos se los metían en prisión hasta que pagaran su deuda. Fedor nunca permitió que Mijail fuese arrestado a causa de la revista, iba él a la cárcel. Había sido prisionero tantas veces que, decía, estaba acostumbrado.

 

De joven, frecuentaba grupos de jóvenes literatos que se rebelaban contra el estado. Uno de los arrestos tuvo consecuencias graves. Les condenaron por fomentar una rebelión contra la autoridad. Fueron encerrados en celdas húmedas, frías y sin luz. Tenían que dormir en le suelo y comían muy mal. El agua, decían, tenía un gusto raro (debía de ser contaminada).  A guisa de compañía, estaban las pulgas, las cucarachas y las ratas. ¡Y no hablemos de la suciedad! Este sórdido régimen estropeaba gravemente el estómago de los prisioneros. Continuamente se oían desesperados gemidos. Cada día, discretamente, a la madrugada, sacaban fuera los cadáveres de los fallecidos Del grupo de los estudiantes, Petrashevski fue el que lo pasó peor, enfermó de verdad. Escupía sangre. Sus camaradas pidieron que se le diera la misma comida   que   a   los  soldados   – no sé si se la dieron –.   Los tres

primeros meses fueron los peores: completamente aislados, con un carcelero que tenía licencia para torturarlos y hacer de ellos lo que le venía en gana. Más adelante su situación se alivió algo, se les permitió salir al patio...  ...

 

Dostoyevski cuenta que pusieron luz en su celda y le dieron un camastro con sábanas limpias. También se le aprovisionó de papel y tinta y le permitieron recibir correspondencia.

 

Sin embargo su salud se tambaleaba, no se encontraba en condición de trabajar. Ya antes de su detención había estado enfermo  y  lo  que tuvo que endurar después hizo que su estado

fuera a peor. Se había vuelto la sombra de sí mismo. Mas lo soportó todo, no podía creérselo, no pensaba ser tan fuerte; porque hay que decir que en la primera etapa de su encarcelamiento, él y sus compañeros eran a menudo vilmente torturados. Uno de ellos – como ya lo mencioné – se puso muy enfermo, y dos murieron.

 

Con el cambio de tratamiento, el joven Fedor se recuperó un poco. Le renació la esperanza y las ganas de trabajar. Aprovechó el tiempo de su encierro para leer a Shakespeare,  una traducción de Jane Eyre de Charlotte Bronté ; y se deleitó leyendo un estudio que había escrito años atrás sobre la psicología infantil. Lo reeditaba “Notas de la Patria” ... ¡mas sin mencionar el nombre del autor! ...

 

Pasaron algunos meses más hasta que el Zar ordenara una investigación para descubrir a los principales participantes en el golpe fallido. Duró cinco meses. La comisión no logró probar nada pero avisó al Zar que el peligro de una conspiración era real. Finalmente, fueron juzgados por el ejército militar que sentenció a muerte a quince de los veintitrés acusados; seis de ellos quedaron en libertad vigilada; y a dos, se les otorgó la libertad total. Dostoyevski formaba parte de los dos “afortunados”; el otro, un compañero que enloqueció. Esto sucedió el 17 de septiembre de 1849.

Por lo visto, la investigación no paró, porque el 16 de noviembre de ese mismo año, Fedor Dostoyevski recibió una carta oficial condenándolo a perder sus derechos y a ser ejecutado por un pelotón de fusilamiento.

 

El caso pasó al tribunal superior cuyos jueces aconsejaron al Zar Nicolás una pena menos drástica, al considerar la juventud y el arrepentimiento de los condenados que ya habían sufrido muchos meses de castigo.

 

No obstante, el veinte y dos de diciembre, de madrugada, los prisioneros fueron sacados de sus celdas, metidos en camiones y llevados en giro, con los ojos vendados y sin que se les dijera nada acerca de lo que les aguardaba ni a donde iban. Los pasearon adrede por varias calles antes de llegar a la Plaza Semenovski, donde iban a ser ejecutados. Allí les hicieron bajar y tuvieron que aguantar bastante tiempo al raso helado y en la nieve, sin saber lo que iban a hacer con ellos. Finalmente se les hizo subir al patíbulo donde les quitaron la venda y les leyeron la sentencia, a cada uno en particular.

 

Tres postes estaban levantados, a los cuales ataban a los reos por turno antes de dispararles. Les pusieron una túnica blanca con capucha, les volvieron a vendar los ojos ; ataron los tres primeros y  ...  ¡Horror! ... ¡les iban a disparar! ... ... ...

 

Fedor Dostoyevski estaba en el primer turno. No quiso que le vendaran los ojos, quería verlo todo, como si quisiera recordarlo punto por punto para mencionarlo en una próxima novela. Delante de los tres reos, una línea de soldados les apuntaban con un fusil, esperando  la orden de disparar... Sonaron los tambores. Detrás del patíbulo, una línea de carros cargados con ataúdes estaba preparada para llevarse los cadáveres. El terror de los condenados era tremendo : ¡ Apenas les quedaban unos minutos en el mundo de los vivos! ...

 

El joven Fedor fijó su mirada en el campanario de una iglesia vecina que relucía bajo los rayos del sol.  Esa luz bendita parecía

darle esperanza : “¡No es posible que se propongan ejecutarnos!” exclamó de repente en voz alta. Su compañero más próximo le contestó con un gesto de la cabeza hacia los ataúdes...  Uno de los tres perdió la razón, emitió un grito y se desvaneció... ... ...

 

De repente, una nube de polvo envolvió a reos y soldados en un manto gris, como queriendo borrar aquella espantosa imagen de la crueldad humana.

 

Era el Correo del Zar que llegaba con su caballo al galope, agitando un lienzo blanco con la orden de detener inmediatamente la ejecución y devolver los reos a sus respectivas celdas.

 

Finalmente, después de otra larga estancia en la inmunda mazmorra de la temible fortaleza de Pedro y Pablo, la condena de Fedor fue conmutada a cuatro años de trabajos forzados, y después, servir como soldado raso por un tiempo indefinido.

 

Ese mismo día supo que formaría parte del primer grupo con destino a Siberia. Le llevaron a un herrero para ponerle cadenas a los pies. Tuvo que guardar estos pesados grillos, que pesaban unos cinco kilos cada uno, que dificultaban el movimiento y lo hacían doloroso, sin poder quitárselos para trabajar, ni siquiera para dormir,  durante los cuatro años que duró su condena.

 

Cuando se cumplieron esos terribles cuatro años, le prohibieron vivir en Moscú, ni en ninguna otra gran ciudad. Tuvo que refugiarse en un pueblo pequeño donde no había vida cultural, ni siquiera una biblioteca.

 

Quería volver a San Petersburgo de donde había salido. Para conseguir el permiso, pidió ayuda a todas las personas influyentes que había conocido, hasta que un príncipe le propuso escribir una carta al Zar Alejandro II, prometiéndole entregársela personalmente. Después de algún tiempo, recibió en contestación, la autorización para el traslado.

 

Mas la vigilancia secreta a la cual estaba sometido desde antes de su detención continuó en San Petersburgo y por todas  partes ; creo que perduró hasta el final de su vida.

 

Se instaló en la gran ciudad en diciembre de 1859, diez años, casi día por día, después de haber salido de ella cargado de cadenas. Muchas cosas habían sucedido en su vida desde entonces; y la ciudad también había cambiado.

 

La década de los 60 fue buena para Rusia. El 19 de febrero de 1861, gracias a un manifiesto, el Zar liberó de un plumazo a unos 25 millones de campesinos de la servidumbre. Por fin Rusia estaba gobernada por un hombre inteligente y bueno. Toda Rusia estaba en júbilo. Dostoyevski escribió : “Nunca hubo algo tan excelso o más sagrado en los mil años de historia rusa”.

 

Pero hay que ver la maldad que reside en el hombre. La alegría de la buena gente no duró mucho. Los campesinos se sublevaron. Las condiciones de vida en libertad, con la tierra para todos, sin propiedad privada, no resultó ser una buena solución para ellos. Tenían que usar su inteligencia e ingenio además de trabajar duro para ganarse el pan de cada día. Antes el amo se ocupaba del sustento: alojamiento, vestimenta, comida, de todo. Ellos no tenían que preocuparse de nada. Con tan sólo obedecer y trabajar solucionaban sus vidas. No estaban acostumbrados a desenvolverse por sí solos.

 

En 1866 conoce a la que iba a ser su segunda esposa, Anna Grigorievna.  Se casaron el 15 de febrero de 1867. Anna estaba verdaderamente enamorada de Dostoyevski a pesar de los veinte y cuatro años que les separaba, y fue para él una esposa “sumisa” (sabía como tratarle) y sumamente diligente. Sin embargo la familia de Fedor les hacía la vida imposible; y, para escapar de las frecuentes refriegas, se fueron a Europa. Estuvieron cuatro años fuera, visitando una gran cantidad de países. Tuvieron cuatro hijos, dos niñas y dos niños. La primera niña, Sonia, cogió un resfriado a los tres meses y murió.   El dolor

de los padres fue tremendo. ¡La amaban tanto! ¡Eran tan felices con ella! a pesar de la pobreza que siempre les acompañó. Fedor se volvió taciturno y se entregó al vicio del juego. Su mujer detectaba su desesperanza por la pérdida de la niña que amaba más que a su propia vida, y también por la impotencia que sentía por no poder cambiar el estado de pobreza en la que vivían; lo compadecía y le daba cuanto dinero que pedía, si lo tenía, deseando que ganara y les sacara de la miseria, aunque conociendo el carácter de su marido, tenía muy pocas esperanzas. Mientras tanto, para sobrevivir, empeñaban todo lo que poseían, hasta la ropa de vestir. En aquel tiempo, vivían en Dresde, Alemania; y, para jugar, había que desplazarse a Homburg, otra ciudad, donde se ubicaba un casino con ruleta. Prometía saber dominarse, no jugarlo todo y volver dentro de los dos o tres días. Pero una vez sentado a la mesa del juego, le resultaba imposible parar y al final, tenía que despachar a Ana el telegrama convenido : “Schreiben Sie mier” (Escríbeme); que significaba : “Mándame dinero para volver”.

 

Pasaron  cuatro  años  en  el  exilo,  escapándose de la familia de

Dostoyevski y de los acreedores; durante los cuales el patriotismo y la xenofobia de nuestro escritor se agrandaron. Quería volver a Rusia pero no llegaba a juntar dinero suficiente para el viaje ; rublo que tenía, rublo que se jugaba con ansia de aumentarlo. Pero los casinos son un negocio. La ruleta fue diseñada para ganar dinero ; por una vez que consigas sacar algo, tienes que perder muchísimas veces para que el negocio se pueda sustentar. Esto no le entraba en la cabeza a Fedor; insistía e insistía... ... ...

 

Para descubrir y definir de la manera más aproximada posible la personalidad de Dostoyevski haría falta un libro entero, muchos libros enteros, y no puedo sobrepasarme en mi ensayo. Al final de la biografía que ya he terminado de leer, consta una lista de veinticinco páginas con libros y trabajos publicados sobre él. Encabezándola, el autor nos advierte de la imposibilidad de reseñarla al completo, ya que se va ampliando cada año. Dostoyevski no cesa de interesar .

 

convertido  en  una  avalancha  abrumadora.   Dostoyevski sigue interesando a escritores y lectores. Se sigue investigando sobre su vida y su obra; y me temo se seguirá hasta el final de los tiempos.

 

Para terminar, diré que fue un hombre muy humano, con defectos y cualidades humanas; pero sus cualidades eran de tal magnitud que mantenía sus defectos en la sombra; es más, lograba hacerlos contribuir a mejorar su profunda humanidad.

 

Su funeral fue de mucha solemnidad y esplendor. Sin embargo, murió pobre. Sus últimas palabras fueron: “Toda mi vida he luchado para que a mi familia no le faltara el pan cotidiano, para que mis hijos tuvieran una mejor vida, y ahora ... ahora tengo que irme dejándoles en la pobreza”.

 

Pero no fue así. Desgraciadamente, él no pudo verlo.  Tuvo que morirse para que se reconociera su verdadera valía. El éxito y el bienestar financiero para su familia llegó cuando la vida le dejó. El Zar otorgó a su viuda una pensión anual de dos mil rublos, y los niños recibieron becas para sus estudios.

 

Le persiguieron. Le odiaron. Le encarcelaron. Hasta estuvieron a punto de fusilarlo. Cuando, de repente, creo que a raíz de un discurso que dio en un homenaje que hicieron a Pushkin, todo cambió. Empezaron a adorarlo y a agasajarle;  a invitarle a cuantos eventos culturales se organizaban. Los jóvenes venían a pedirle ayuda y consejo para sus estudios, etcétera, etcétera; no lo dejaban en paz.

 

Su salud se resentía, iba cada vez a peor y, finalmente, dejó este mundo donde había vivido y sufrido; donde tanto había amado. Murió de una hemorragia pulmonar, el 28 de enero de 1881. Es fácil imaginarse que el vicio que tenía de fumador empedernido adelantó la llegada de la Parca. En el fondo de su caja de tabaco, su hija escribió : “Papa murió a las nueve menos cuarto.”

Mariette

 

 

 

La tumba de Dostoyevski

en el Monasterio Nevsky, San Petersburgo

 

 

 

María Felicidad Maturana Gómez

 

El castigo de un Don Juan

– cuento –

 

El trabajo tocaba a su fin y Juan dio carpetazo a los temas del día. Realmente, había sido una jornada complicada y tuvo que aguantar las reprimendas del director: Mr Hikins, hombre de costumbres y disciplina muy rígidas, tal vez demasiado, pero en esa ocasión le había puesto los puntos sobre las ies, sobre algunos trabajos que todavía estaban pendientes de resolver y se demoraban demasiado.

 

Apagó la luz de su despacho y salió con la idea de encontrarse con Teresa en el Pub de costumbre y, juntos, tomarse unas copas.

 

Hay que decir que Juan era un hombre de buena figura; y, aunque no era guapo, sí, era resultón. Tenía una sonrisa guasona y picarona que le abrían las puertas de muchos corazones femeninos.

 

Tal vez demasiados corazones femeninos...

 

Teresa estaba esperándolo, fumando un cigarrillo. Era una de las mecanógrafas de la empresa en donde trabajaba Juan.

 

Era alta, de cabello castaño, muy bonita y alegre, con una voz un poco ronca por lo mucho que fumaba. También tenía un carácter fuerte y era mejor no enfadarse con ella. Vestía de manera elegante, siempre a la última moda.

 

A Juan, le gustaba flirtear, ir como las mariposas, de flor en flor; pero, sin llegar a comprometerse formalmente.

 

Teresa,  en cambio,  se estaba tomando las cosas muy en serio  y, sin que se diera cuenta, Cupido había hecho de las suyas. Cupido apunta con su flecha y, sin mirar dispara. Y, claro, como  que no mira, se equivoca.  Porque lo ideal naturalmente, sería que la misma flecha atravesara los dos corazones a un mismo tiempo. Es un fallo que Cupido nunca tuvo en cuenta. ¡Sí! ... Teresa estaba muy enamorada de Juan. Y él ... se dejaba querer.

 

En los fines de semana nunca se veían y Teresa apenas si salía, pensando en su adorado Don Juan. Pero ... ¿Qué hacía él durante todos los fines de semana? Pues, buscaba otra flor. Y no se queda ahí la cosa, ya que Juan, a media semana y en un día diferente a su encuentro con Teresa, salía con Marisa, una rubia de bonitos ojos azules, muy dulce, que también estaba enamorada de nuestro Don Juan. Daba la casualidad de que era mecanógrafa y, además, compartía mesa con Teresa. Se mostraba muy eficiente en su trabajo, tanto que era capaz de escribir las cartas que el director le dictaba en inglés, sin saber nada de ese idioma. Las pasaba a máquina perfectamente. Claro que le eran dictadas como si de español se tratara; y no como se pronuncian en inglés.

 

La audacia de Juan no tenía límite, ya que había enamorado a dos personas de su misma empresa : Dos flores más en el jardín de sus conquistas. Lo curioso es que ninguna de ellas mencionaba la relación que tenía. Cierto es que la Empresa tenía prohibidas las relaciones sentimentales entre sus empleados, pero... ...

 

A ambas enamoradas decía siempre lo mismo : que tuvieran paciencia, pero que llegaría un día en que unirían sus vidas, y así ... habían pasado ya dos años.

 

En las lides del amor y en el arte del disimulo, Juan era un artista consumado.

 

Con este doble juego, nuestro buen Don Juan no descansaba. No daba tregua para recuperarse de las salidas nocturnas y, claro, al día siguiente, aparecía ojeroso y con dolor de cabeza;

 

 

algo que ni siquiera le podía quitar una tortilla de aspirinas. Hay que decir que los devaneos no pasaban de cena, copa y baile; mas, a veces, se excedía en las copas, y también le sobraba algo de baile; el cuerpo aguanta, pero hasta un cierto punto....

 

Llegó el momento en que ambas compañeras empezaron a hacerse confidencias, pero evitando decir el nombre de su pretendiente.  No sabían que estaban hablando de la misma persona.

 

Pero ¿estaba enamorado Juan? ¿o sólo se dejaba querer? ¿o, tal vez, estaba indeciso a la hora de elegir entre la rubia o la castaña; como le ocurría a Don Hilarión, el de la Verbena de la Paloma? Bueno, la cuestión es que no hay punto de comparación con el caballero de la zarzuela, ni en el contenido, ni en el continente – como diría un agente de Seguros.

 

Para Juan, no existía tal problema porque ¡¿Qué hacía los fines de semana?! ... ...

 

Pues, los fines de semana, Juan se iba a visitar a su auténtica novia que vivía a unos cien kilómetros de Madrid, a la cual contaba mil y una milongas tales como : que estaba agotado por el exceso de trabajo; que se quedaba en su despacho hasta las tantas de la noche; y que por eso llegaba tan cansado  y sin ganas de salir a bailar, que era lo que más gustaba a su novia. Como es de suponer, la opinión que todos tenían del novio era inmejorable; dada su dedicación suponían que en el futuro ocuparía un altísimo puesto en su Empresa.

 

Sin embargo, como decía mi abuela : “ cuando algo se oculta, tarde o temprano se descubre. No escondas nada y no tendrás nada que temer...”. No obstante, estas reflexiones no iban con este Don Juan. Así, pues, un buen día  – para él –  notifica a Teresa que no pueden seguir saliendo juntos porque  – y aquí viene el bombazo –  se va a casar con una novia que tiene en el pueblo, dentro de un mes. Esta revelación dejó a Teresa sin habla. Era como si hubiese recibido un mazazo.

 

 

A la mañana siguiente, Teresa llegó a la oficina con evidentes signos de haber estado llorando largo tiempo. Marisa, su compañera, le pregunta qué es lo que le ha ocurrido y Teresa le cuenta con todo detalle el mal rato que había pasado.

 

Marisa la escucha atentamente hasta el final; y, de pronto, da un golpe sobre la mesa haciendo saltar el cubilete de los lápices y bolígrafos, y dice a su amiga :

 

– Ahora, lo que tienes que hacer, es olvidarte de este malnacido. No se merece ni una sola de tus lágrimas : ¡Dejarte después de dos años para casarse con otra, es imperdonable! ... ¡Si a mí me hiciera esto mi novio, te aseguro que le chafo la boda! ... Menos mal que el que tengo es muy serio y formal. ¡Creo que tengo mucha suerte! ...

 

Teresa no contestó nada, se concentró en su trabajo y, de repente, se deshizo en lágrimas. Entre sollozos, le dice a Marisa :

 

– ¿Sabes? ... No es fácil olvidar estos dos años. Sigo estando muy enamorada ¡Dios mío! ... ¡Cuanto le quiero! ... ¡Es tan cariñoso y simpático! ... Me va a costar mucho dejar de pensar en él. ... ...

 

– Pues tendrás que hacerlo – No te queda otro remedio. Él no te merece. Sécate estas lágrimas y como ya es la hora, vamos a ir a comer juntas. Yo no te dejo en este estado; no quiero que nadie te vea llorando como una Magdalena. ¡Vamos! Primero iremos a tomarnos un aperitivo. ... ...

 

A la noche de este mismo día, le tocaba a Marisa, salir con Juan. Y, cuando se estaban tomando cada uno un Daikiry, Juan, que parecía nervioso, le dijo lo más rápidamente que pudo – lo que es propio de los cobardes  – la  terrible frase :

 

– Marisa, no podemos seguir saliendo juntos porque tengo novia y me caso dentro de un mes.

 

Lógicamente, para Marisa, fue como si se le cayera un rayo encima. La copa se deslizó de su mano. Su cara se volvió lívida.

 

Automáticamente le vino en mente la conversación que mantuvo con Teresa aquella misma mañana. Una idea, de lo más negra – si es que se le puede poner color a las ideas – le vino en mente; y, le contestó, a Juan :

 

– Sí, ya lo sé, te casas con una chica de tu pueblo a la que sólo ves los fines de semana ¿verdad? ...

 

Nuestro Don Juan no salía de su asombro :

 

– ¿Cómo te has enterado? – le preguntó.

 

– ¡¿Entonces, has estado noviando con Teresa, conmigo; y con otra de tu pueblo, con la que ahora dices te vas a casar dentro de un mes?! ... Y no me mientas porque soy capaz de estampar el taburete en el cual estoy sentada, sobre tu cabeza.

 

Juan no dijo nada. Sólo bajó la cabeza.

 

- Él que calla otorga – dijo Marisa – pero, entérate, Don Juan de Pacotilla; no te saldrás con la tuya.  Y, cogiendo la copa que Juan tenía en la mano, la vertió sobre su cabeza, dejándolo hecho una auténtica pena. Luego, salió del bar echando chispas y con un enfado de mil demonios.

 

Reponiéndose, Juan se dijo a sí mismo con gran cinismo – ¡Qué carácter tiene esta Marisa! ... ¡Anda, Manolo, ponme otra copa.  Pidió también una servilleta grande para secarse y siguió bebiendo como si no hubiese pasado nada.

 

En la oficina, a la mañana siguiente, Marisa no dijo nada a Teresa. Dominaba perfectamente sus emociones y no había derramado ni una sola lágrima. Se daba perfecta cuenta de que el caballero en cuestión no merecía la pena.

 

A la hora del café, Marisa contó a Teresa lo sucedido la noche anterior. No hay que repetir los improperios que ambas dedicaron al tristemente famoso Don Juan; y, por supuesto, el asombro primero y la rabia de Teresa después, no tuvieron límites.

 

Ambas idearon un plan diabólico que hizo que volviera la sonrisa  a sus lindas caras.

 

Juan había pedido vacaciones debido a su próxima boda, lo que supuso un alivio para las dos, ya que la presencia de tan indeseable persona les resultaba insoportable.

 

Y como todo llega, pues también llegó el día de la boda. Todos los que trabajaban en la oficina estaban invitados. En la lista también figuraban Teresa y Marisa. ¿Por qué no? A él le daba todo igual.

 

A la hora en punto, estaban todos esperando a la puerta de la Iglesia, elegantemente ataviados para la circunstancia. Es decir ¡NO!, no estaban todos, faltaban Marisa y Teresa ; y la novia, que todavía no había llegado. ...

 

Los compañeros se preguntaban el porqué de su ausencia.

 

Y llegó la novia, muy mona por cierto. No hay novia fea y ésta, gracias a un minucioso maquillaje, estaba bastante linda. Se presentó del brazo de su padre al pié del Altar, donde la esperaban sonrientes: Juan, su madre y su madrina. Comenzó la ceremonia. Juan, por supuesto, no estaba enamorado. Sin embargo, una sonrisa radiante iluminaba su cara. Se unía a una gran fortuna. Los millones de su futura esposa lo compensaban todo; y él continuaría con su mariposeo habitual.

 

Al pronunciar el sacerdote las palabras culminantes :

 

– Si alguien sabe de algún impedimento para que se celebre esta boda, que lo diga ahora o calle para siempre.

 

Silencio absoluto. El sacerdote repite la pregunta por segunda vez. Juan echa una mirada a su alrededor y al no ver ni a Teresa ni a Marina, respira feliz. Pero, justo cuando el sacerdote iba a continuar la ceremonia; en el fondo de la Iglesia se oyen dos voces, alegando alto y claro :

 

 ¡HAY UN IMPEDIMENTO! : este hombre ha dado palabra de matrimonio a cada una de nosotras.

 

El asombro se plasmó sobre todos los presentes en la Iglesia, con excepción de la novia que, muy seria, le pregunta al novio :

 

– ¡Juan! ¿Es verdad lo que dicen?

 

Y Juan no pudo contestar. Todas sus mentiras se habían descubierto y ¡de qué forma!, en la Iglesia ¡delante de todos! ...

 

Entonces la novia, muy digna, le devolvió el ramo de flores; se quitó el anillo y lo metió en el bolsillo del horrorizado novio. Como colofón, le abofeteo y, dirigiéndose a sus padres y amigos, sólo dijo : “¡Vámonos!”. ... ...

 

Muy altiva, la comitiva se metió en sus respetivos coches y se fueron, dejando solo a Juan, petrificado, al pie del Altar, con un ramo de flores en las manos, un anillo en el bolsillo

y ...  ¡SIN NOVIA!

NO HAY ENGAÑO QUE AL FINAL NO SE DESCUBRA.

 

Pero seguro, seguro que Juan volvería a empezar si ... ... ...

 

Febrero del 2005

 

* * *

 

Antonio-S Urbaneja Fernández

 

Esperando en la estación

 

 

Nunca olvidaré a aquel extraño personaje recorriendo a diario el no muy largo camino que conducía desde el pueblo a la estación del antiguo ferrocarril, sin permitir la compañía de algún conocido o extraño que encontrara en aquel trayecto  conduciendo al andén y a la cuidada casa del parsimonioso jefe de estación, siempre dispuesto conversador y atenta persona que aliviaba la soledad de estos tranquilos parajes , siempre animados por la mañana, casi al amanecer, y por las tardes; incluso con la apertura de una conveniente cantina que  ofrecía un aceptable café y unos pocos licores para la pequeña concurrencia del reducido vecindario lugareño y algún viajero regresando de la capital con la garganta seca.

 

No faltaban los habituales contertulios que aguardaban la llegada del tren por la tarde. Y cuando se marchaba anunciando su salida con una fuerte pitada, aparecía de repente nuestro hombre también para aliviar su sed con un licor diluido con un trozo de hielo que rápidamente se derretía. Si algún parroquiano intentaba invitarlo, le negaba la atención con tal firmeza que en más de una ocasión pensé que temía que se tomaran la confianza y le sonsacaran alguna confidencia. Ya de por sí era sorprendente esa especie de escapada desde su domicilio emprendiendo una alocada marcha al atardecer, procurando llegar a tiempo para saludar a alguien especial que podría apearse del tren en un inesperado momento. Solamente accedió una vez a acercarse a mi reunión y tuvo a bien aceptar el café que me agradeció con una desconcertante sonrisa, abandonando el grupo inmediatamente.

 

No me desconcertó su marcha que coincidía con la próxima llegada del tren, apretando el paso para recoger algo de su domicilio ,   algo  que me pareció  ser unos enormes prismáticos.

 

 

Recogidos en su envoltura , los sostuvo, preparó y emprendió el camino de vuelta a toda velocidad. Entonces se me ocurrió pensar que con tal aparato podría distinguir a los viajeros, particularmente cuando el tren disminuía su marcha al pasar entre las palmeras que casi ocultaban la fachada de una antigua casa solariega, hoy enorme cortijo y frondoso olivar de equidistantes árboles repartidos geométricamente, que una numerosa familia cuidaba con esmero. Era época de recolección y en el suelo se hallaban los montones relucientes de las aceitunas recogidas por las endurecidas manos labriegas en su estimada labor. Las palmeras embellecían la cansina aparición del viejo ferrocarril que advertía insistentemente su llegada mediante largas y repetidas pitadas.

 

Allí tal vez comenzara la angustiosa espera y ese momento de ansiedad extrema. Era como si se escapara de su domicilio porque alguien lo citó a una hora determinada, siendo imposible renunciar a ese raro encuentro esperado con verdadera ansiedad. Y al nombrar esta palabra, también pensé en su poderosa energía capaz de trastornar y desvirtuar; que precisa de un apoyo sustentado en la solidaridad y, mejor aún, en una compañía, en algo tan importante como la convivencia del hogar, como yo me figuraba.

 

A simple vista, él era un hombre mayor, educado, quizás con genio; pero, desde luego, tenía ciertas rarezas que precisaban comprensión y paciencia. Creo que le vendría bien una antigua copla que una tarde se me ocurrió quizás meditando en su extraño comportamiento. Es ésta:

 

Huir de la soledad

es ejercicio constante,

es continuo caminar

deteniéndose un instante

con el que viene o que va

también solo caminante

buscándote está.

 

 

Nunca   lo   olvidaré ,   siempre  recorriendo  casi  alocadamente aquel viejo camino,  huyendo de todo  trato  y  conversación  tan convenientes para pisar todos los territorios de este mundo repleto de experiencias, de consejos, de sabias advertencias que nos sirvan para andar con alguien al lado que nos escuche, nos estime y nos aguante, sobre todo en el nunca bien conocido campo del amor y la consideración, que también tiene su copla que asimismo él me inspiró:

 

En el campo del amor

se enfrenta el egoísmo

y la escondida pasión.

Entre ambas anda el “Yo”

con su poder, su cinismo

y su propia condición.

 

Realmente en medio de nuestros comunes miedos hay uno  escondido, agazapado e inquietante, es el temor a la incertidumbre, a la duda sobre nuestra fidelidad en compartir responsabilidades que pueden lastimar seriamente. Nadie debe cansarse de pedir disculpas por importante que se crea, porque todos estamos muy obligados y puede ser que nuestra campana moleste desde su alto campanario. Una antigua copla de mi viejo amigo Julián me advertía así:

 

A diario me sucede

lo que sucede a diario

sin que en mi memoria quede

algo de este calvario

que ayudarme tanto puede

o suceder lo contrario

según de donde proceda,

del presente o del pasado

en donde las cosas quedan

guardadas por malos hados,

archivadas en tu mente,

envueltas en un sudario.

 

 

Algo había ocurrido en aquel matrimonio que estaba a punto de establecerse en el pasado con su sudario para mantenerse en él sin sonar con alegría, como la campana rota que nunca tocará como antes y será distinta aunque se mantenga en su alta y artística torre. Era menester conmover aquel presente para borrarlo de la memoria y que nunca anidara en un pasado escabroso y triste. Y sucedió porque la palabra daña y cura expresando siempre, con la amargura, el alegre perdón.

 

Desde entonces nuestro amigo bajó a la estación paseando y saludando al encontradizo.

 

 

Estación de Álora, foto tomada por Ilia Dominguez

y arreglada para Relatos y Cuentos

 

 

 

 

 

 

 

Para participar en las colecciones “RELATOS Y CUENTOS” y “POESÍA”, es imprescindible pertenecer al SINDICATO NACIONAL  DE  ESCRITORES  ESPAÑOLES.

Y comprometerse, además, a comprar 10 ejemplares del libro donde se vaya a incluir su obra, al precio de coste – que, hasta la fecha, ha sido fijado en cinco euros – .

 

Independientemente de lo mencionado  arriba, se entregará graciosamente un ejemplar a todo miembro al tanto de su cuota, cada vez que se edite un tomo de dichas colecciones.

 

O sea que los escritores colaboradores recibirán cada uno 11 libros: 10 al precio de coste, más uno de regalo.

 

 

 

Este tomo número 4 de RELATOS Y CUENTOS se terminó de editar en Málaga

durante la segunda quincena del mes de agosto de 2012

Todos los libros del SNEE están disponibles en papel, en forma de libro

cuya esmerada edición se mima particularmente