Sobre Erasmo de Rótterdam

 

- Siglo XV - Rótterdam, entre 1446 y 1469, y Basilea, 1536 -

 

Luego de leer la nota precedente, una reseña de Erasmo de Rótterdam : historiador, teólogo, humanista, clérigo; amigo de Tomás Moro, Canciller del Reino Unido y luego ajusticiado en la Torre de Londres… me atrevo a tratar de su obra, su trayectoria humana y su altísima conciencia humana en un siglo, el XV, donde pensar y, lo peor, disentir de los sistemas establecidos a partir de la iniciación de la Era Cristiana, era como pagar un tributo previo a la amenaza de la muerte.

 

Siempre me ha interesado, conmovido, la valentía de un hombre cuyo cristianismo chocaba inexorablemente con un sistema de valores herederos de una jerarquía  adulterada, teniendo como excusa la fe religiosa, en este caso la de Cristo, o cualquier otra con base espiritual.

 

Erasmo de Rótterdam, así conocido, no era sino Gerhardus Gerhardi, nombre que cambió por Desiderius Erasmus, palabras latinas que significan “deseado y amable”, respectivamente. Fue condiscípulo del Papa Adriano VI.

 

En Gran Bretaña y en casa de Tomás Moro, escribió su célebre obra “El elogio de la Locura”.

 

No era ningún bastardo de la fe que profesaba: la Católica, al contrario, el estudio de las Sagradas Escrituras  le  hacía  hijo  legítimo  de  esa  religión,   en la medida que  el intelecto,  y la buena conciencia,  asume la pureza  de  unas  enseñanzas,  no por vía verbal  sino por la escrita, basándose en el conocimientos del griego y del latín.

 

Siempre me ha interesado su vida y sus enseñanzas; sobre todo porque amaba la libertad del pensamiento y la pureza primaria de una religión, cuya mayor máxima era el amor a Dios y a sus semejantes humanos.

 

Los tiempos, la volubilidad de los hombres, incluso de los clérigos, a los que amonestaba por su vida licenciosa, le granjeó grandes enemigos. España lo quiso atraer a la Universidad de Alcalá de Henares. No prosperó.

 

Toda Europa estaba convulsa. Era la Época del Renacimiento. Apropiada frase para una sociedad que salía de la Edad Media con nuevos saberes y una determinada apostasía de tiempos oscuros, donde la piedad religiosa alternaba con la depravación de las costumbres.

 

Tuvieron gran profusión en el mundo de entonces, sus diatribas y su intento de retorno a la pureza del Evangelio. Una triste paradoja de la fe, cuando la Jerarquía eclesiástica lleva un boato y un esplendor reñidos con la simplicidad divina de los Evangelios. Precursor a su manera de la Reforma Protestante, no coincidía con el libre albedrío de Lutero, pero tenía con él afinidades teológicas con Roma y frente a Roma. Fue un ser honesto en conciencia.

 

Uno, el que de esto escribe, piensa como Erasmo de Rótterdam  en  muchos  aspectos  de la vida  actual,   más

dada al materialismo exultante que a los cánones del espíritu.

 

En la Tierra, no hay duda, el hombre tiene el uso de la razón. A veces razón de locos y otras, razón de egoísmos sin piedad, cuando muchos hacen profesión de fe que será auténtica por voluntad propia, tal vez por convicción, pero que tropieza con aquella máxima de Jesús: “Por sus obras los conoceréis”.

 

Nuestro mundo actual tiene cristianismo en la conciencia, pero también paganismo. Tenemos libertad, pero la tenemos dudosa. En lo que aparenta inofensivo, somos libres, pero sí, acusamos; la libertad está restringida.

 

Jesús dijo: “La verdad os hará libres”. ¿Quiénes usan la verdad, y no para la libertad misma, sino para el honor y la dignidad? Libres, lo somos: en el pensamiento. Pero libres para comunicar ese pensamiento a los demás, lo dudo. Y el pensamiento íntimo no basta al hombre. Tener uno sabiduría y no comunicarla, no ya por pedantería sino por necesidad de comunicación con nuestros semejantes, es tener una sabiduría pseudo-nula. La confidencia forma parte indispensable de la vida. Guardar para uno mismo secretos e ideas, es una anomalía del alma. Un hombre no puede hacer de su propia vida un triste soliloquio. Precisa sacar al exterior la felicidad y las torturas de su alma, y si no de su alma, de sus manifestaciones sensitivas. Es como el agua que se desborda de la capacidad de un recipiente. Lo íntimo de un  hombre  necesita  un  confesor,   no  ya para perdonar (que puede ser justo), sino para echar fuera de uno lo que en  su  pecho y  su corazón  ya no cabe.  Ocurre como con las ideas.  ¿De qué me sirven a mí y a ti,  si las guardamos en el armario de la misma conciencia? Por momentos,  por días,  por años tal vez;  pero,  a la postre, esas ideas se constituyen en obras y confesamos con ellas las ideas y las convicciones propias. “Lo malo es lo que sale de la boca, lo del corazón tal vez”, me pregunto, aludiendo a Jesús. Pues ambas cosas, creo.  Porque somos humanos y no divinos. Porque somos bestias y no ángeles. La libertad es un don. Contra ese don se ha violentado, y causado muerte la saña incluso de los religiosos. Y lo peor de todo, en el nombre de un Dios que proclamaba “Yo soy el Amor”.

 

Erasmo de Rótterdam fue un valedor de la libertad y los que amaban la libertad eran sus discípulos. Temían a muchos anónimos, pero no les daba miedo lo que era  visible. La mayor parte de las veces, arriesgaban sus vidas. La libertad relativa que hoy tenemos no ha sido una donación filantrópica, ni de la Iglesia ni de los seglares. Es el producto de siglos y, por desgracia, con el consentimiento del Dios del Amor. Recuerdo aquello de … “No se mueve una hoja de un árbol sin la voluntad de Dios”. Luego, para mí, discípulo atolondrado de Erasmo de Rótterdam, opinar de las Sagradas Escrituras me lleva a la fe, o me transporta al libre albedrío que motivaba querellas entre Lutero y Erasmo.

 

Pienso y creo que, en el mundo en que vivimos, hace falta muchos  Erasmos  de  Rótterdam.   Porque  el mundo está lleno de embustes y soflamas que se adornan de fanatismo  y  de  supercherías  eclesiásticas contra las que solía arremeter Erasmo de Rótterdam. Y, lo más perverso  de  todo,   es  que  confunden  y  engañan  a  los inocentes.  Ése es el tremendo e imperdonable delito de la hipocresía de la fe. Y lo que urge es, más modestia y austeridad que esplendor y riqueza.

 

Erasmo era hijo de un clérigo. ¿Único sacerdote con descendencia? Una imposición extra-humana de la vida, la de la castidad; pues San Pedro estaba casado y muchos de sus discípulos, testigos de los acontecimientos. El matrimonio es un sacramento; la orden de “Creced y multiplicaos”, un mandato divino. Prohibir en el nombre de Jesús tal sacramento … … No sé qué diría Erasmo; pero, para mí, es algo abominable, pues va contra natura. No se les pide igual a los simples animales. Porque “creced y multiplicaos”, si no fuera orden, sería el desierto humano sobre el vergel de la Tierra.

 

No se ama más siendo célibe que unido a una mujer; y, si se amase más, sería un don fuera del cálculo de los hombres. Más tarde, en la misma Iglesia, la corrupción y los límites traspasados de la moral sexual fueron constantes, sin omitir su aportación a las guerras en nombre de quien ordenó: “No matarás”.

 

En el mundo de las religiones, en cualquiera de ellas, se cometieron fechorías inconfesables. Hablo de católicos, protestantes, ortodoxos y paganos. El Mal vive entre nosotros y de tarde en tarde, el BIEN se le opone. El hombre nació para la libertad y el hombre es responsable de sus actos, mas los actos del hombre son consecuencias imperiosas de los instintos; y no siempre la voluntad férrea   tiene   el   poder   de  ponerles  freno,   porque  los instintos son parte de la creación. La virtud es un poder que  viene   de   lo   ALTO.   Grandes   santos,    antes  que

ejemplares moralistas, fueron transgresores de la moral y del deseo carnal.

 

Si  Erasmo  era hijo de clérigo,  ¿Qué tipo de clérigo?  ¿De los que no merecían el sacerdocio? ¿Fue Pedro transgresor? Quien lee historia, no parcial, sino también lo que hoy sucede en el mundo, comprenderá que a los órganos de reproducción les conviene obedecer.

 

La transcripción de los textos sagrados ha sido modificada en muchas ocasiones. Lutero y otros reformistas arremetieron contra el abuso y la barbarie, el poder y la riqueza. “Tu alma perezca contigo que crees que el don de Dios se compra con oro o plata”. Ni la plata ni el oro pueden comprar a Dios, porque la Creación misma vale más que los metales; y la salvación cristiana fue regalada, y su precio no fue metal, sino sangre.  Vivir con esplendor, legítimo o ilegítimo, mientras el hambre asola multitud de cuerpos a los que se les atribuye alma, no creo que sea voluntad divina. Pero los religiosos matan, y es verdad también que asisten a heridos y menesterosos. Por tanto, era útil la estima de Erasmo por el estudio de las ESCRITURAS. Las que en un tiempo fueron prohibidas en contra del deseo de Jesús que dijo aquello de …

“Escudriñad las Escrituras, porque vosotros creéis que es la verdad y dan testimonio de mí”.

 

Desobediencia pues de los que las encadenaron y, encima, mandaban a la hoguera o se expropiaban bienes ajenos. Una   lacra   histórica   que   solamente   la  libertad  de  la sociedad  llamó  al  orden ,   y  a  la  supresión  del  poder temporal de una fe que proclamaba “Mi reino no es de este mundo”.

 

La época de Erasmo tuvo que ser altamente complicada y  peligrosa ;   como  lo  fuera  la  de  San  Juan  de  la  Cruz,

Fray Luis de León o Teresa de Ahumada, acusados de apóstatas de la fe de unos siglos de cristianismo.

 

Cristo no puede estar en contra de la Ciencia; porque él mismo dijo lo de: “¿No sabéis que sois dioses? ¿Y qué hacen los dioses sino crear y mandar? Investigar para salvar vidas, es no matar; y “NO MATARÁS”, ES UNA ORDEN; una orden para los que profesan una fe como la nuestra. ¿Qué diría Erasmo, juzgando con su encomiable saber, de los atropellos del presente?

 

Tengo para mí, que no proliferan mucho los “erasmos” hoy día, cuando tanta falta nos hacen. “Erasmos”, los hay, pero no tan ejemplares, en un mundo de tanto progreso como desorden. PARA MÍ, ERASMO VIVE. Lo siento en el alma, aunque ignoro qué es el alma y dónde se ubica.

 

Ricardo Rubio

                          

                                    Erasmo, por Holbein el Joven, Museo del Louvre, París