Así veo la vida

 

No me gusta la Semana Santa.

Ahí está el Evangelio como un sincretismo de fe y paganismo,

aunque sea un acontecimiento bello.

 

Ricardo Rubio, escritor y poeta de Málaga, España

 

Cada vez estoy más convencido de que nuestra civilización llamada occidental está camino de su declive y su reemplazo por otras nuevas, no acierto a predecir de qué lugar del planeta procederán, quizás de otra galaxia. El lujo y lo despiadado imperante me ayuda a tal análisis. No importan los actos generosos de ciertos sectores donde se aglutinan determinado número de seres humanos que, formando parte de dicha civilización, no merecen ser desposeídos de los bienes que detentan, si éstos no se ven implicados en una universal amonestación social.

 

La vida cotidiana a la que observo con cuidada atención y mejor voluntad especulativa, viene asociada a una predicción de acontecimientos por venir. Es una presunción interior de la misma conciencia.

 

Considero el derroche, el fasto, el engaño, la astucia de los poderes fácticos que todo lo impregnan y dominan hasta la persuasión maquiavélica en uso, como instrumento, como conclusión, para el aserto de tan nefasto fin de tal civilización.

 

Hay un desafío permanente contra la verdad, la dignidad, el honor y la decencia, sin pretender por mi parte incluir en el estudio cualquier definición moral-religiosa.

 

No soporto la infame indiferencia que constato no más viendo el trato impío que se dispensa a una parte de esta sociedad.

 

Los viejos no son amados; los pobres no son atendidos; los abusos, no controlados; la mentira, tejiendo redes perversas. Se salvan ciertas instituciones, determinados núcleos de población que rozan lo justo en la medida que lo justo es reconocible y aceptable.

 

Pero la gran masa de la sociedad vive en el disparadero del desmadre público.

 

Por un lado, la riqueza es un escarnio y la pobreza, una abominación del deber de ser atendida. La ordinariez sigue un curso imparable que conduce a la perdida de ciertos valores que hoy no se proclaman, sino que pasan a la clasificación de arcaico. Tendemos, por dejadez, al derrumbe de una moral centenaria, ya porque nos han envenenado con los bienes de consumo y que, paradójicamente, son bienes fáciles de adquirir por unos, mas endeudan a la mayoría. La modestia no tiene hoy ningún valor, como no lo tiene la honradez y la generosidad colectiva, pero ya apunto anteriormente que hay excepciones cuya culpa no es la suya, pero se difuminan en el marasmo de los demás.

 

Todo esto, viene a cuento de la Semana Santa. Es inaudito el despilfarro de energías y la abundancia grandilocuente, visible para cualquier crítico concienzudo que usa la mejor voluntad para el juicio del entorno. ¿Quién se acuerda de los ancianos sin recursos llorando su miseria y abandono? Ni siquiera hay para ellos residencias, no asilos, que sepan a dignidad y respeto, en esa privada espera de la muerte por la edad misma. Si no tienen con qué pagar la estancia, muchos fallecen en silencio y la noticia viene producida por la denuncia vecinal, a la vista del hedor de la muerte. ¿Quién ayuda a los hombres y mujeres con obligaciones familiares, que a los cuarenta años, o menos o más, no encuentran un puesto laboral estable, mientras el mundo de los miserables resuelven sus problemas mediando la ignorancia, con compras de armas convencionales que venden a los ricos? Se recurre capciosamente a la entrada de extranjeros con filigranas jurídicas, para darles un sueldo menor que a los hijos del país de inmigración. Solucionan ciertos problemas sociales con menoscabo de los derechos que han adquirido los naturales al exigir, con el paso de los años, unas mejoras de sus condiciones de vida. Y por la propia carencia de oportunidades laborales, la culpa recae en los miserables que vienen a nuestro suelo.

 

España se desarrolla económicamente, pero con contratos indecentes la mayoría de las veces. Y el pueblo, ese pueblo de economía inestable, se endeuda, no reflexionando que toda adquisición material los supedita a una esclavitud de años, para resarcir el préstamo recibido.

 

La indiferencia de una parte de la sociedad me alarma. Sus risas espontáneas y sus comportamientos, son de niños: sin lecciones previas de los mayores, que no educan férreamente para el día del mañana.

 

Todo lo contrario: en una inconsciencia imperdonable, los proveen de artilugios mecánicos o tecnológicos para su divertimiento, creando en esos hijos el criterio de que la vida del futuro lo va a asegurar papá y mamá, como si nuestros progenitores fueran inmortales. Tal falta de entendimiento está creando una sociedad nueva, pero sin seguridad en el mañana.

 

Cuando veo cómo se llenan los restaurantes, las ventas y ciertos establecimientos de cualquier índole, me pregunto si ese porcentaje de ciudadanos refleja la auténtica realidad de un país. Y en modo alguno entra en mis cálculos tal convicción, porque luego, en privado, vienen las disputas domésticas y unos resultados familiares que aniquilan los lazos del hogar.

 

Una libertad en cierto modo asumible y necesaria para solucionar los conflictos de familia, ha sido substituida por medidas carentes de seriedad y responsabilidad, y las consecuencias negativas las padecen los hijos.

 

No estoy en contra de la libertad de tomar decisiones por el maltrato que algunas mujeres, y raramente los hombres, reciben por parte de los conyugues respectivos; pero sí, estoy en contra de decisiones pueriles que son parte de la condición humana, donde la disparidad de carácter motiva las divergencias.

 

Esta sociedad me gusta en parte; y, en otra, nada, absolutamente nada; porque la miopía del análisis es notoria, cuando son protagonistas los muchos desaguisados morales que huelen a destrucción. La vida en convivencia no es vivir una eterna luna de miel, y cuando la verdad, o la realidad, se hacen presentes, los gritos, los desvelos y lo que yo llamaría repudio del prójimo, conduce inexorablemente al desastre emocional que termina en drama.

 

Hay que procurar que la juventud sea adoctrinada con perseverancia y con responsabilidad. El juego y el disfrute de la edad es legítimo, como lo es también la enseñanza de los padres.

 

Y es legítimo, por otro lado, que a los hombres y mujeres que avanzan en años, no se les atosigue con la amenaza de la precariedad laboral, hasta convertirlos en pordioseros de un lugar de trabajo. Es una terrible infamia, porque a los cuarenta años, hoy día, nadie va a negar que se tenga cierta meditación sobre los caprichosos avatares de la vida, lo que hace a las personas más serias en su contribución a los medios de producción. Pero no ocurre así, sino que la sociedad los sumerge en una angustia permanente y los convierte, por miedo a perder el empleo, en súbditos de la barbarie humana del capital.

 

Por ello y por lo otro, estoy en contra del juego al lujo desmesurado, cuyos cimientos no dudo que pronto se van a desmoronar.

 

Tiempo al tiempo ...

 

       Ricardo Rubio  (10 de abril de 2006)

Ricardo Rubio, a la derecha, con Juan José Archilla,

en el Castillo Bil-Bil, durante la IX CIELE-ICWEL: septiembre. 2005.