Poetas de Argentina

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Manuel Ruano

 

De las estatuas de Plaza

 

Los amantes se pierden en los turbios mataderos de la fantasía;

y tú, pequeña diosa andariega, te consumes en viejas heridas...

Te entregas a todos en el café de la resignación.

Para mí, tu corazón huele a flores marchitas donde el amor se pierde.

No sé si han sido rotas las piedras del tiempo

como lápidas nocturnas de una eterna Afrodita .

 

No sé todavía qué vieja canción te llevó por esa calle indebida.

Qué tratado de los sueños te confunde,

para que no te vaya a tentar ese trozo del Cielo y del Infierno.

 

Los amantes se esconden y se besan hasta en la muerte,

como en un parque maravilloso,

y descubren un día que nacen mudos como estatuas,

con caprichosas poses encantadas, entre peces rojos y dorados.

 

Por tu pelo baja el sol hacia las plantas de los jardines solos,

que enciende el mar en sus ensoñaciones temibles.

 

Yo soy el extranjero que siempre toca la playa indebida,

el que guarda tus pensamientos en una cripta de fuego

y cierra la puerta de la desolación.

Acaso un cantor envenenado, por un raro licor que resplandece en

la sombra.

 

Mientras los amantes se acarician en la claridad de la luna.

Son falsas las estatuas después de las ausencias.

¡Debieras saber que desde hace mucho tiempo, están muertas de amor!

 

---oo0oo---

 

Manuel Ruano

Premio de Poesía

Del XXII Premio Literario“Thelma Figueroa Figueroa

de la República de Costa Rica, 2013

 

 

 

BUENOS AIRES :

Fuente de la Doncella, en mármol blanco, tamaño natural

Autor catalán: Limona i Bruguera. Encontrado en la Wikipedia

 

 

 

 

Angel Kandel

 

MadreZelda

 

 

Sos vos

            ya casi sin voz

y me atruena tu

                        te quiero.

Son tus ojos que hablan,

                          preguntan,

                          comprenden

 

y yo,

        ciega garganta de voces,

        mudos ojos que se nublan,

dejo rocío en tus manos

que riegan simientes

                        de olorosa madreselva

que sube, trepa y abraza,

             fragante

                         mi MadreZelda...

 

 

 

                       

 

Madreselva iluminada

encontrada en la Wikipedia

 

 

 

 

Cristina Berbari

 

Por-venir

 

Llevada en alas de la poesía

o montada en pelo sobre grupa del poema,

con mirada de asombro

con palabra inocente

mujer-Pegaso

abraza el torso al destino.

 

Allá

la vida

el amor

la locura

o la muerte.

 

Allá

Infierno

o Paraíso.

 

Si más allá

la mano hueca de la nada

donde hundir la cabeza...

 

Ahora

hay que correr el riesgo.

 

 

 

 

Cristina Berbari junto a “Pegasus”,

obra en hierro de su hijo Nicolás,

que obtuvo Mención

en la V Bienal de Artesanos de Buenos Aires 2013.

 

 

 

Elena Perla Piscun

 

La extraña sueña

en un único color,

el de la espera.

 

Vuelo sobre la sombra

vagan las palabras

y sus alas me acompañan.

Me entrego a la muerte

con esperanza.

Juego.

La noche explora

las estrellas.

Guardo un recuerdo,

pobre instante

de ternura.

 

 

 

 

Nido de estrellas

fotografiado por el telescopio Hubble

 

 

 

 

 

Beatriz Olga Allocati

 

Misa de Ángeles

 

A maitines

un agitar badajos

convocaba.

 

Acudían los catecúmenos.

Un banco en la penumbra, y allí

apoyó su cansancio el extranjero.

En el ofertorio, las alas

se le quedaron dormidas.

 

La que desata nudos

descendió desde la luz,

desenredó el hilo de plata

anudado ajorca en el sueño.

En las alforjas dispuso un arcángel

vino y pan para el camino.

 

El ángel despertó.

Una brisa de tilos

le sopló las alas

en retirada.


                       

(Del libro "Y se convierte en ángel")

 

 

 

 

Autor: Matthäus Kern

Ángel de la guarda (1840)

Acuarela sobre cartulina: 18 x 18 cm

 

 

 

 

 

Ileana Andrea Gómez Gavinoser

 

 

19

 

Entreví ojos lejanos del mundo

circunvalé las aguas del silencio

viajé semidifusa

por los espirales del cielo negro

noche que ha dejado paso al día

en que he de amanecer

bajo el sepulcro del sueño tornasolado

del alba.

 

 

El alba – encontrado en la Wikipedia

Adecuado para el poema de Ileana

 

 

 

Lina Caffarello

 

Encadenados


Deslizarse por el día,

como una sombra revolcada

entre papeles transpirados de cifras

y de ahogos.

Desgarrarse,

entrar en otras sombras,

ahuyentar silencios,

silenciar aullidos.

Despojos que arropan los sueños

con arpegios de color,

y recomponen sus hilachas en la noche.

La noche.

Sombra unánime,

canción de cuna verde,

libre de gárgolas y hambrientos minotauros.

Puerta privada,

túnel secreto hacia otra vida

                                          que vela,

                                          que vuela,

para estar sin estar,

sobre tejados circulares

en los que el tiempo se entrecruza.

De noche.

Antes de que la luz distribuya los fragmentos

y nos vuelva a la condena

                                      de escalar la propia sombra.

                

Poema incluido en el XLIX Congreso de la Asociación Canadiense de Hispanistas,

IX Exposición de Poesía y Arte (Junio de 2013),

University of Victoria, British Columbia, Canadá.

 

 

 

 

Misterioso anochecer

con hermosos reflejos atmosféricos.

Fotografía tomada por Mariette en agosto de 2006

 

 

 

 

 

Marta Olga Palacios

 

Sobre las cenizas del amor

 

Mis días están cubiertos

de olvido y de recuerdos

estoy colmada de ausencias

sin deseos como un duelo.

 

Sin pasado ni mañana

y las puertas que se cierran

el es cruel y desolado

y mis caminos sin presencia.

 

Siempre gritos y maltratos

a mi vida como serpiente envenena,

mientras me acuna en mi angustia estremecida,

como llamarada siento que me quema.

 

En la vera de mi sendero

no hay alas ni cadenas

solo la implacable resonancia

que hace un tiempo me aqueja.

 

Estoy aquí colgada

sobre las cenizas del amor

he dejado mis huellas

ya que enmudeció mi corazón.

 

 

 

 

 

Fotografía encontrada en la Wikipedia

“Fuego devastando unos antiguos cobertizos

en Helsinki, Finlandia, el 5 de junio de 2006”

 

El fuego limpia el pasado

 

De sus cenizas

con más fuerza

la vida renacerá

Déjala florecer en paz

sin veneno ni cemento

Mariette

 

 

 

Marta Rotonda

 

Hay que pedirle a la vida

 

Hay que pedirle a la Vida.

Hay que exigirle.

A Ella, la que guarda y esconde los dones y las dichas…

La que distribuye la savia y colorea

las mejillas y las flores.

La que lustra de sol a los planetas.

La que zambulle eternamente al pez en la piscina

inconmensurable del océano.

Hay que pedirle a Ella

y exigirle

como el pájaro que la subyuga con su canto,

como la roca que la hipnotiza con su obsesivo silencio…

 

Quiero un corazón recién despierto

sin cargas pero sabio.

Quiero ofrendar mi historia, recorrer lo que soy

como en un libro

y dar a luz esta trabajosa soledad

intentando la comprensión

y comprenderme…

La vida se ha guardado un vuelto que me debe.

Quiero lo mío.

 

 

 

      

 

Lonicera fragantísima

Encontrado en la Wikipedia

 

 

 

 

 

Roma Rotela

 

 

Quisiera ser

 

Quisiera ser pluma que vuela a los lejos
quisiera ser nube, ser noche, ser viento
un claro de luna, tibieza en invierno
claridad del alba, acaso ser fuego.
 
Enjugar el llanto del amor primero
de todas las penas, abrigo, consuelo
fuente cristalina, allá en el desierto
escuda de corza que en pos van corriendo.
 
De todos los niños, amor y caricia
sonrisa del triste, orar del ateo
ser sol en el polo, del trópico, brisa
de todo poeta, la rima, ser verso.
 
Perdón del culpable, la verdad del justo
son de la campana tañendo a los lejos.
Gota transparente de ese mar profundo
la lucha en el joven, sostén para el viejo.
 
Bien lo sé. Imposible. Es quimera mi sueño.
Sólo soy mujer, un alma en un cuerpo.
Apenas deseos, de noches insomnes,
ínfimo átomo perdido en el tiempo.

 

 

 

 

 

 

Cielo

Sol iluminando la cordillera

reflejándose en la niebla

Ribera y mar

 

Hoy la vida sueña

sólo un instante

que no volverá

Luego ¿qué será?

No lo sabe

Sigue soñando

Sigue imaginando

la aventura del mañana

que no sabe cómo será

Mariette

 

 

 

 

 

Mirta Cevasco

 

La tarde del asombro

                      ... con el aire de las fusas

                      llegar en espiral hasta el destello.

                                          LINA CAFFARELLO

                                                   Gorrión, Argentina, 2004

Hay festejos de bodas en el viento

un pájaro leal a este horizonte

me acercó el cielo de vino derramado.

Quiero sentir cuando amanece su plumaje

recala en la euforia de otras alas

en los Tronos que lo llevan al Principio.

Acaso su indulgencia sobrevuela cadenas

anda en las horas de las cúpulas

y en la tarde del asombro

suelta azahares en el aire.

  

                  

 

Amor sincero

 

 

 

 

Beatriz Vázquez de Novoa

 

Te fuiste

 

Sé porque te fuiste,

tenías miedo,

miedo de estar solo.

Si hubieses estado allí,

hubiera tomado tus manos

que desesperadas gritaban

procurando las mías.

Hubieras sentido,

¡latido de lumbre!

el bullir de mi sangre buscando tu sangre,

y no hubieras sido

destello apagado

ni sombra

arrastrando mi sombra.

 

 

 

¿Sabes acaso?

 

¿Sabes acaso

cuál es la parte más honda de la noche,

tal vez la más oscura,

para arrojarme en ella?

Desde que te fuiste,

la noche me seduce, me acosa, me llama.

No tengo donde asirme,

ni donde clavar mis uñas.

 

Perdóname, no pude…

 

 

 

 

 

 

 

María Quiroz

 

Mis recuerdos

 

             A mi hija Gabriela

 

 

Es un atardecer lleno de luz, el sol parece negarle el paso al anochecer…

 

Decidí salir a caminar contigo, mi niña. La suave brisa de un verano que está cumpliendo su ciclo, acaricia nuestros rostros.

 

El andar nos lleva hasta la plaza del pueblo.

 

La tibieza de tu mano me transporta a tu niñez, cuando buscabas mis brazos para refugiarte en mi regazo.

 

…Seguimos nuestro paso, percibiendo el aroma de las flores, las madreselvas enredadas en las glorietas embellecen las columnas.

 

De pronto, sueltas mi mano y comienzas a correr por la ancha vereda del parque.

 

Otra vez los recuerdos llegan como torrentes de agua clara… Corrías las palomas en Plaza de Mayo, ¡eras tan pequeña!

 

Cierto día, nos dieron la noticia de que un hijo venía en camino, la sonrisa se dibujó en el rostro de papá.

 

Tu llegada, la madrugada de aquella noche de verano…

 

 

El sol nacía contigo cuando oímos tu primer llanto.

 

Por un momento te pierdes entre la gente que pasea en la plaza admirando tanta belleza…

 

Volví al presente cuando te detuviste al ver pasar al heladero.

 

¡Mamá me compras un helado!

 

Eras independiente e inteligente, tu vocabulario se enriquecía.

 

Hace años dejaste de ser una niña, eres una mujercita adulta, de tus labios no brotan palabras, tu caminar seguirá siendo lento, a veces vacilante…

 

Tuve un pequeño sueño, soñé que me hablabas. ¡Sólo fue un sueño!

 

En la realidad, estás a nuestro lado.

 

Seguirás siendo mi niña…

 

 

 

 

Norma Sabatini

 

Yo y mi otro Yo

 

Siempre compartimos con mi otro yo. Cambio de ideas, problemas, soluciones.

 

Podrías disfrazarte con cualquier traje y reconocerte sabría.

 

Creo que los dos nos conocemos y ayudamos.

 

Agradezco tus reflexiones, sugerencias…

 

Llegaron a tiempo.

 

Tal vez para ti fue difícil vivir conmigo. Soy inquieta, pero clara.

 

Recuerdo que en un viaje muy largo, deseado, con retorno, me ubiqué en el asiento cómodamente en busca de algunas soluciones.

 

Fue imaginario, sin boleto ni inspectores a mi lado. Estabas tú, amigo, mi otro yo.

 

Existió un silencio enorme, quietud, espera… Luego comenzó el debate  entre Yo y mi otro Yo. ¡Qué tema!

 

De ese viaje rescaté realmente lo que fui a buscar.

 

 

Pude reflexionar, construir otros espacios mentales, algunas soluciones y otras cosas a portar de gran volumen, pero existían detalles que podían hacer ese peso más liviano…

De mente a mente, con ese ser tan invisible pero latente, viajamos, viajamos…

 

Escuché cosas importantes, renegué de otras pocas, me di cuenta de que sola no puedo.

 

Yo y mi otro Yo conformamos el dúo perfecto.

 

Por lo que me falta vivir, te pido que me acompañes, me asistas…

 

Te necesito, eres mi juez, mi consejero, parte de mí.

 

Creo que tenemos el mismo ADN de cuerpo y alma.

 

Al fin y al cabo somos uno.

 

Somos nuestra vida. Nacimos y crecimos juntos, pero cada uno debe respetar las conclusiones del otro.

 

Creo que lo hemos logrado…

 

¡Nos vemos amigo! Mi otro Yo…

De su libro “Con otra mirada”

 

 

 

Héctor Rico

 

Tríptico del Sueño

Parte III

 

Cuando regrese

el silencio

con sus espinas

invisibles.

Cuando caiga

en la sombra

de tu cuerpo

como un colibrí

desamparado.

 

Cuando ya los espejos

no tengan memoria de mí.

 

Cuando la noche hable

en su lenguaje de arena

y duerma conmigo,

no con mi apariencia.

Cuando se deshaga

en mil fragmentos de luna

o de cielo astillado.

 

Cuando espere la llegada

de las nuevas presencias

y no tema

a las estrellas

ni a sus itinerarios.

 

Cuando sea una sombra

de mi máscara

o una máscara de sombra.

 

Cuando me asome

al abismo

y vea los ojos

del viento despeñándose,

o mis ojos de viento

en el abismo.

 

Cuando atraviese

la hoguera

de la última luz

y me duerma lentamente

con un gesto de pájaro.

 

Cuando pise

el umbral del templo

y pregunte

por las llamas invisibles…

 

Entonces,

pondrás en mi cabeza

tu almohada de peñascos,

y alzarás

las imágenes oníricas,

como un mágico oleaje.

 

De su libro “Luminoso Silencio”, con prólogo de Lina Caffarello,

publicado en Córdoba, Argentina, en septiembre de 2013.

 

 

 

Martha Susana Desimone

 

Aventura final

 

Los rayos dorados permanecían adormecidos en el suelo anegadizo. El pajonal lucía sus amarillos y las varas se mostraban genuflexas ante la amenazante mirada del sol.  Silencio... Nadie cruzaba la inmensidad de la pampa en esta siesta de calor agobiante. Ni el ejército. Ni los aborígenes.

        

Sólo el gaucho Martín Fierro cabalgaba, casi desmayado. Sus fuerzas eran exiguas. Su condición de gaucho perseguido -adquirida por no haber pactado con el autoritarismo de los que ostentaban el poder; por haberse rebelado ante quienes vivían generando esclavos - lo había convertido en un desclasado, en un eterno morador de las soledades de la pampa.  

En el pentagrama de su canto,

ya había desvestido su verdadera realidad :

 

"Si uno aguanta, es gaucho bruto.

Si no aguanta, es gaucho malo.

¡Déle azote, déle palo!

Porque es lo que necesita.

De todo el que nace gaucho

Esta es la suerte maldita". (1)

      

 ¡Exiliado en su propia tierra! Una tierra sin límites, pero angostada para el gaucho por los ilícitos resortes de los que gobernaban.

 

 Sobre su alma quedaron, esculpidos, el deshumanizante trato del ejército, la humillación a la que cotidianamente era sometido por el sistema político imperante, y el salvajismo del aborigen.              

 

Había intentado convivir con este último mientras huía de lo que algunos llamaban, erróneamente, espacios de civilización. Pero debió asumir el fracaso.

 

Martín Fierro cabalgaba y los recuerdos lo iban encorvando, aún más, sobre su caballo,  ese  noble animal  con  quien com- partía la travesía del desierto pampeano. Cada imagen era un cuchillo que se adentraba rumbo al corazón, donde las últimas gotas de sangre aún bullían y parecían buriles grabando...

 

"Tuve en mi pago en un tiempo

hijos, hacienda y mujer,

pero empecé a padecer,

me echaron a la frontera,

¡ Y qué iba hallar al volver!

Tan solo hallé la tapera "  (2)

 

La pampa. El y su deseo de libertad. El y esa guitarra que, adherida a sus sobresalidos huesos, hoy era una mueca grotesca que le recordaba su época de payador no igualado.            

              

Fierro se sentía morir y su ahora muda guitarra esperaba la última instancia al lado del dueño. Aguardaba el momento que el gaucho ya había sentenciado en sus versos:

 

"Cantando me he de morir,

Cantando me han de enterrar..." (3)

 

De vez en cuando, en el religioso silencio de la extensión infinita, el viento de la pampa avivaba algunas cuerdas del instrumento y al hombre se le dibujaba una tibia sonrisa. Pero el gesto se borraba abruptamente y, en su desvarío,  balbuceaba:

 

- ¡Moreno, no me desafíes aura! Déjame llegar a la pulpería...

 

(La fiebre lo consumía  y el personaje del negro payador, con el que se había medido en un parejo duelo, surgía en su mente).

 

Fierro sabía que se acercaba su fin; que moriría en soledad, como había vivido, como lo había empujado a vivir parte de  una sociedad que se alimentaba de la marginación y de la soberbia, y que hacía del absolutismo su arma de supervivencia.

 

- Sean unidos ... hijos míos. Sean hermanos de verdad ... juyan de la cobardía. Yo...

 

Deliraba, y ahora la alucinación era habitada por sus dos hijos. En el emocionado reencuentro vivido hacía poco tiempo, les había dejado su legado; había desgranado un derrotero para salvarlos de la humillación y del maltrato al que se arriesgaban por la sola condición de ser, como su padre, gauchos:

 

"Procuren de no perder

Ni el tiempo, ni la vergüenza

- Como todo hombre que piensa

-                                                            Proceder siempre con juicio -

Y sepan que ningún vicio

Acaba donde comienza"  (4)

 

La mirada perdida. Gruesas gotas deslizándose sobre un rostro desfigurado por el cansancio y la enfermedad. Fierro, sin embargo, se resistía frente al último enemigo: la muerte no distante.

 

Sus manos  resbalaban sobre el pelaje, inundado de sol, del animal que soportaba, solidario, el diezmado cuerpo de su dueño. Se aferraba a la cabeza del caballo, en un intento desesperado por no abandonarlo.

 

Pero, finalmente, el hombre se derrumba. Junto a él, se echa el animal.

 

Ahora, Martín Fierro mueve costosamente su mano y acaricia a su único compañero, como agradeciéndole esa fidelidad inaugurada en tiempos de persecuciones constantes.

 

Un sol enorme y rojizo decidió abandonar la escena y desfallecer detrás de la neblinosa línea del horizonte.

 

Ocaso... A esta hora, el gaucho parecía cubierto por una mortaja púrpura. Su cuerpo tomaba cierta rigidez. En nada se parecía al de aquel héroe que atravesaba la pampa con una sorprendente altivez.

                     

La noche había acompañado el sueño febril de Martín Fierro y le había concedido un alivio a su quebrantada salud. No obstante, apenas movía sus miembros. Y continuaba delirando.                 

 

Al día siguiente, la mañana dejaba ver, nítidamente,  las siluetas del hombre y del caballo. Ambos, adormilados sobre la verde extensión de la pampa. Y también, en el silencio de la hora temprana, se enquistaban, en el aire, las palabras de dolor del gaucho agonizante:

 

- ¡Ay, Dios, misericordia! Ansí no me abandone.

 

En un intento por resistir la muerte, quiso ponerse  de pie. Sin embargo, sólo había logrado trastabillar y caer en cruz sobre las hierbas ralas. Así permanecía: como Cristo en el sagrado madero, y como Él, pidiéndole al Señor una oportunidad).   

 

Pero algo trastornó la quietud pampeana. Un remolino de tierra, como una pesada nube que se hubiera precipitado, se irguió a pocos pasos de la última escena.  Luego, resonaron, en la  quietud  de  la  planicie ,    los  cascos  de  animales  que se acercaban. Y, finalmente... irrumpe un hombre alto, entrecano, enjuto de rostro. Montaba a caballo. Ostentaba  una pesada armadura y blandía una enorme lanza. Detrás de él, se hallaba otro ser de baja estatura y robusto, también vestido para entrar en combate.

 

El primer hombre - con aires de caballero andante - descubrió al gaucho moribundo y expresó, a su compañero de ruta, frases que había emitido otras veces en la geografía de su España natal:

 

- " Gracias doy al cielo por la merced que me hace, pues tan presto me pone ocasiones delante  donde yo pueda cumplir con lo que debo a mi profesión, y donde pueda coger el fruto de mis buenos deseos". (5)

 

Dicho esto, se dirigió nuevamente a su acompañante:

 

-  ¡Sancho, aquí hay un hombre que me necesita!

 

La fiebre volvía al cuerpo de  Fierro una vez más. La vista se le

opacaba y aquellos dos hombres cobraban perfiles fantasma-góricos en su entorno. El gaucho intentó hablar:

 

¿ Sos vos,  Cruz?. Amigo mío…  ¿vienes a acompañarme a la hora de mi muerte, antes de que otra vez la polecía caiga sobre este gaucho desgraciao y lo convierta en astillas? (Ahora se había instalado en su mente la figura de quien fuera su alter ego en la difícil vida de dos hombres perseguidos por la autoridad. Cruz ya lo había salvado a Fierro una vez, y ahora, desde el más allá, tal vez repitiera la hazaña).

 

-                    - No soy Cruz,   ese fiel amigo.  Yo  soy  Quijote de la Mancha.

-                     ¿Y  usted  quién  es,   intrépido  morador de estas deshabitadas

-                     tierras?

 

  Yo ... Fierro. ¡El gaucho Martín Fierro!

 

El caballero andante supo que ese hombre - no importaba quién fuera -  merecía morir en paz e iba a reivindicar la injusticia que, seguramente, con él habían cometido.

 

El gaucho estaba débil, solo, con heridas a lo largo de su maltratado cuerpo. Ante el alma sensible del maduro manchego, esta realidad  merecía una hazaña. Por lo tanto, arriesgaría todo en el nuevo terreno pampeano.

En instantes, se arrodilló ante el cuerpo de Fierro, cuerpo devorado por la fiebre, y, al oído del gaucho, desgranó:

 

- He venido a deshacer agravios, a enmendar sinrazones. A luchar por usted. Hay deudas que satisfacer.

 

Cuando acabó de decir estas palabras, el guerrero español miró hacia la lejanía. La neblina desdibujaba, una vez más, los contornos del paisaje. Llevó su mano derecha hacia la frente, para profundizar la visión, y luego la apoyó sobre el pecho, como dándole ánimo a un corazón enamorado de la lucha. Embrazó la adarga, tomó la lanza que un confundido Sancho le  había alcanzado y...

 

- ¡Sancho!, mira, ha de ser de ese castillo que vienen a maltratar a hombres desvalidos como este. Iré por esos desaforados gigantes, enemigos de las causas justas. Acabaré con esos monstruos que se refugian en castillos encantados para sembrar el horror en estos campos. Los gigantes deberán abandonar esta tierra argentina.

 

- ¿Qué gigantes?, - dijo Sancho temiendo que se repitiera la aventura de los molinos de viento.

 

Martín Fierro sentía como muy lejana aquella voz del valiente hidalgo, pero la presumía amiga. Entonces, en un esfuerzo por evitar una acción seguida de muerte, balbuceó:

 

 

-                    No... hombre...

-                    le asiguro que no es un castillo. ¡ Es el fortín!  No vaya. Morirá ... lo mesmo que tantos. De los militares... naide escapa. No entienden razones como  las suyas.  ¡ Amigo Quijote, no vaya... !

 

Era demasiado tarde. Otra vez la polvareda. Otra vez la lucha, inseparable compañera de Quijote.

 

¡Rocinante - dijo Quijote a su caballo -, contra ellos!  ¡Allí asoman, en la altura del castillo! Son una multitud,  pero será fácil. No llevan armaduras. En la cabeza, birretes. Mira la torrecita del castillo; desde allí me observa, provocativamente, el monstruo de un sólo ojo. Y a no dudar ya, este ha de ser un castillo encantado. ¡Hacia ese ojo abominable; a ese ojo del gigante he de apuntar con mi lanza! Mira, Rocinante. En los costados de las torrecillas aparecen unos flacos hombres. Deben ser los prisioneros del mal, del mal que pregonan estos monstruos del castillo. Aquellos hombres esclavos se muestran poco vestidos y muy famélicos. ¡ Los liberaremos !

 

Deseoso de hacer el bien, ahora en la enorme llanura de la insondable pampa, el caballero, enajenado por el deber, susurraba al oído del animal sin dar lugar a la peligrosa realidad cercana. Los birretes descubiertos por el hidalgo lucían sobre las cabezas de  los militares apostados en el elevado paredón del fortín. La alta torre - que Quijote asimiló a la de los castillos -  era el mangrullo. Y el ojo, que tanto obsesionaba a este fiel guerrero, la posición más alta de aquel mangrullo, desde la cual se dominaba el desierto pampeano y a las amenazantes tribus. Las personas observadas como desvalidas, y ubicadas en otros espacios del fortín, eran los gauchos hechos despojos, rehenes y esclavos del poder de los militares.  Allí permanecían,  con  escasa comida,  ropa y paga, repeliendo la invasión de los aborígenes. Allí, precisamente, se dibujaba, con contornos brutales, la lacerante realidad socio-política que Fierro había denunciado en su comprometido canto (realidad que el hidalgo transfiguraba, desde el paradigma de sus heroicos sueños y su escaso juicio) :

 

"Sin sueldo y sin uniforme

Lo pasa uno aunque sucumba

Confórmese con la tumba

Y sinó ... no se conforme"       (6)

 

- ¡ Vamos, Rocinante!, apura el paso, - aseveró don Quijote.

 

El caballero andante golpeaba, una y otra vez, con sus talones,  el desnutrido lomo de Rocinante, y avanzaba, con dificultad y emocionado, para dar lugar a su deseo de revertir el mal en bien absoluto.

 

A la distancia, su fiel escudero Sancho observaba, tenso, el inicio de la presente odisea.

 

Luego, con esfuerzo, el escudero de Quijote subió el cuerpo desfalleciente de Fierro al caballo del gaucho: las piernas colgaban de un flanco del animal y los brazos pendían del otro.

 

La geografía del lugar adquiría un fuerte patetismo: Fierro, casi muerto, y Sancho, consternado por la escena que le había tocado vivir fuera de su patria, acompañaban con el corazón la nueva aventura del hidalgo.

 

- Atrévanse, vociferaba el caballero mientras se dirigía, al galope,  hacia el fuerte. ¡Vengo a darles batalla a las puertas del castillo  ( gritó don Quijote, mirando, con obsesión, hacia el mangrullo, atalaya del fortín). Desapareceréis de la faz de la tierra.  ¡ Los espera mi lanza !

 

Los soldados, consideraron ridícula la estampa que se mostra- ba ante sus ojos y abandonaban las posiciones. Pero un guardia permaneció en el mirador del mangrullo, aquel ojo maligno en la apreciación del caballero de la Mancha.

 

- Voy solo; bien sé que la batalla es desigual. ¡ No huyan!, - insistía Quijote.

 

E, inmediatamente, arrojó la lanza contra un fortín lejano en la realidad, pero cercano en su proyecto justiciero. Lo hizo con debilidad física, pero con ira y convencimiento. El arma era una saeta destinada a clavarse sobre el pajonal cercano. Y así ocurrió: la vara metálica cayó a poca distancia del cuerpo de Quijote, pero recorrió toda la extensión de sus frondosos sueños.

 

Una descarga precisa partió del fusil que portaba el soldado de guardia. Le siguieron muchas más. También continuaron burlas, risotadas grotescas, ademanes bochornosos.

 

Quijote fue derribado de su caballo por el último impacto de bala que retumbó, como nunca,  en el aire pampeano. Sancho bajó de su animal y tomó, de la rienda, el caballo sobre el que se encontraba Fierro. A esa hora, el sonido de las balas le había brindado una fuerza inusitada al gaucho, quien, en su desesperación por ejercer la defensa del caballero andante, abrió los ojos y vio cómo una  injusticia más germinaba en el suelo de la pampa.. Y dejó escapar:

 

- ¡ Ahijuna!... cobardes…, ansí matan a los hombres buenos... Pero naides acabará… con la lucha.

 

Los militares ya no escuchaban. Pero sí Sancho, quien apoyó su mano sobre la afiebrada y humedecida cabeza de Martín Fierro, en señal de solidaridad con su reclamo.

 

El alma simple del gaucho argentino había comprendido la locura de Quijote y habitaba, en esta triste vigilia, la hondura de los sueños del hidalgo.

                   

Sancho avanzó hacia el lugar donde Quijote había caído. Se arrodilló junto a él y le quitó el tramo de la armadura que ocupaba la cabeza. Luego, advirtió lo peor: el caballero se estaba desangrando. Le habían vaciado un ojo. Más tarde, retiró el cuerpo de Fierro, que permanecía sobre el caballo, y lo colocó sobre la tierra, junto al de Quijote.

 

- Adiós, amigo Fierro, - balbuceó costosamente Don Quijote, mientras la sangre fluía por su casi irreconocible rostro.

 

Martín Fierro ya no podía contestarle. Pero intentó despedirse de Quijote: extendió, exhausto, la mano derecha y la apoyó sobre la palma enguantada del héroe manchego. Instantes después, la inexorable muerte segó las vidas de ambos.                  

 

Sancho dejó escapar unas sentidas lágrimas. Su figura quedaba escasamente visible en una cerrada noche de primavera. Y comenzó la triste tarea de cavar las tumbas de los dos hombres. Del cielo enlutado descendió una feroz tormenta. Un aguacero cruel empapaba el cuerpo del escudero quien,  de rodillas, sostenía las riendas de Rocinante y las del caballo de Fierro. Más allá, el animal que había montado Sancho, acompañando las tantas aventuras de su señor, era una estatua gris y desterrada, habitando el  espacio desértico.

 

Relámpagos aislados se encendían sobre la angustiante escena. Y como para acompañar el viaje de las almas de los dos muertos, hacia el cielo de los valientes, una brisa punzante le arrancó un réquiem a la guitarra del gaucho, atravesada, en el corazón de la madera, por la lanza de Quijote; guitarra que, doliente, ahora,  a modo de epitafio, yacía sobre la tumba.

 

Cuando Sancho abandonaba la sepultura, observó, conmovido, dos espectros que se inclinaron sobre el montículo de tierra; dos siluetas femeninas transidas por el dolor. Eran Dulcinea y la mujer de Fierro. Oraban. Oraban en la mística quietud de una hora fúnebre.

 

En segundos, la ira del cielo se precipitó sobre la pampa. Un relámpago estremecedor y zigzagueante recorrió, enteramente, cielo y tierra. Luego, estalló sobre el abandonado facón de Fierro. Sancho alzó el arma, la elevó en señal de desafío, y gritó, desgarradoramente:

 

- ¡Ladrarán, Quijote y Fierro! Es que seguiremos cabalgando..,

 

Nadie se animaba a atravesar la pampa. Soledad y más soledad.

 

Tardíamente.... el bramido de los aborígenes rasgó el aire errático de la pampa.

 

Sí, nadie se animaba a cabalgar ... salvo las utopías de   Quijote y de Fierro.

                  Martha Susana Desimone

 

   

Martín Fierro                    Quijote y Sancho

 

1 - MARTÍN FIERRO, Hernández José (Parte I - Canto VIII)

 

2 - MARTÍN FIERRO, Hernández José. (Parte I - Canto III)

 

3 – MARTÍN FIERRO, Hernández José. (Parte I – Canto I)

 

4 -  MARTÍN FIERRO, Hernández, José (Parte II - Canto. XXXII)

  

5 - EL INGENIOSO HIDALGO DON QUIJOTE DE LA MANCHA, Cervantes, Miguel de. Parte Primera. Cap. IV.

 

6 - MARTÍN FIERRO, Hernández, José. (Parte II - Canto XXVII)