Poeta de hoy en Santiago de Cuba

Reynaldo García Blanco

 

Fábula del solo

 

Si esta ventana diera al mar

a esos pájaros que una vez vi en la costa norte

y caían extenuados del viaje.

 

Si esta ventana

fuera al menos las luces de la ciudad

el tintineo de las torres que avisan alturas.

 

Pero aquí no soy más que una mesa y un árbol

velador del sueño de mi mujer

que ahora aprende a leer las manos

y no sabe que yo detesto los jueves diez

y que en mi mano no va a encontrar

el cáncer que me ronda

las veces que pronuncio su ojo derecho

los días que caminé ciudad afuera

y fui asaltado por los miedos

y me defendí con su perfume.

 

Esta ventana son cuatro pliegos de madera

comidos por el agua y el tiempo

torpes hilos que un día serán fuego

temblores del jamás y siempre acabar.

 

Por esta ventana que entro y salgo

llegaré a fantasma o diluvio

llegaré a definitivo y complaciente.

 

Por esta ventana he de perder o ganar el oro de bastos

que mi labio y mi insistencia merecen.

¿Qué seré yo sin entrar en esas lunas calladas

paseante en la hora que todo es río

que baja lento y golpea el cuello de los ahogados?

 

¿Quién encontrará mi carné de identidad

y reconoce el labio

y cierto, un día bebimos un café

y él pasaba por mi casa

y dicen, tenía una mujer bella

y qué malo, el tiempo, el voraz.

 

En las mañanas el sol cae diagonal, yo lo he visto

adentro la esposa prefiere dormir hacia la pared

para que los bichos no le coman los pezones

para que disfrace mi antigua contradicción

los cielos que acompañan

los mendrugos que me van a negar

el hospital blanco para decir adiós

como T. S. Eliot tras los cristales.

 

¿Quién a esta hora me escribe una carta

o recuerda el pan y los potajes

y la cerveza en la plenitud de la madera y los niños

que me rodeaban

para que yo les perdiera una moneda

o sacara pájaros y arrecifes?

 

¿Pájaros? Pero esta ventana gira su aire

y he aquí su verde, su tenuidad

y es otro el extremo de la isla.

 

¿Cuál de ustedes heredará mis costumbres

se ría de la vez que lloré al leer:

 

Y sin embargo, los muertos no son, no pueden ser

cadáveres de una vida que todavía no han vivido.

Ellos murieron

siempre de

vida.

 

Estáis muertos

 

He aquí la harina que tiembla

el niño que cruza a nado las mínimas aguas

 

y un día se va de su casa

se va al brebaje de la esposa

a la trampa del cilantro

a la deidad de no decir las veces de empuñar

su espada y arremeter de lobo y colibrí

leerse en voz alta:

quiero decir mi trémulo, patriótico peinado

y no me siento al borde de la cama para que me surquen

o pleiteen y yo le beso el cuello alto y quisiera deletrear

el reverso de las postales que envié el pasado diciembre.

 

Las hierbas me van a merecer

aunque yo no estrene una corbata

o silbe más o menos feliz

y me quede a mirar el cielo como un trasnochado.

 

Ya he recobrado mi oscuridad

nunca puedo calcular estos regresos.

 

De niño yo miraba al ojo del buey

y tenía miedo del cuerpo cóncavo y aturdido

del buey que me miraba.

 

Labio y tentación no son más que una verdad

y todas las naves no tienen coraza y bandera

algo que resguarde del frío.

 

Mañana o pasado me acodaré en la ventana

y haré memoria del vino

memoria de cuando yo era un solo

y hacía la fábula

y no besaba el cuello alto de la esposa

y de lejos llegaba un rumor de árbol y sentencia.